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artículo no publicado

Habermas y la crisis del euro

Actualmente, Grecia amenaza con convertirse en la primera pieza del dominó econonómico que, al caer, puede hacer que la unidad monetaria europea se derrumbe, con lo cual el sistema financiero internacional sufriría ese colapso (acaso ahora agigantado) del que, por los pelos, se salvó durante la crisis bancaria de 2008-2009. A fin de conjurar ese peligro, los líderes de 27 naciones europeas y el FMI aprobaron un paquete de ayuda de 110 mil millones de euros destinado a salvar la moneda común, dinero, en su mayor parte, proveniente de la recaudación fiscal.

En un polémico ensayo, aparecido en Die Zeit, bajo el título “¡Necesitamos a Europa!”, Jürgen Habermas analiza las consecuencias de ese “cambio de paradigma” y, más allá, reflexiona sobre las mutaciones ocurridas dentro de la naturaleza más íntima del capitalismo.

A continuación, algunos pasajes.

De la incompletud al viraje

La transformación de la crisis financiera en una crisis estatal nos recuerda el error de nacimiento de una unión política inconclusa, varada a medio camino: En un espacio económico de dimensiones continentales y con una numerosísima población surgió un mercado común, con una moneda parcialmente común, sin que, al mismo tiempo, se constituyeran competencias a nivel europeo mediante las cuales pudieran coordinarse efectivamente las políticas económicas de los países miembros.

Hoy ya nadie puede tachar de insensata la exigencia de un “gobierno económico europeo” enunciada por el presidente del FMI.

La maldición de la asimetría

Naturalmente deben ser saneados los presupuestos nacionales, pero de lo que aquí se trata no es únicamente de las “fullerías” griegas ni de las “ilusiones de bienestar” españolas, sino de un ajuste político de los niveles de desarrollo dentro de un territorio monetario con economías políticas heterogéneas. El Pacto de Estabilidad, que incluso Francia y Alemania debieron abrogar en 2005, se ha convertido en un fetiche. Un recrudecimiento de las sanciones no será suficiente para neutralizar las consecuencias indeseables de una deseada asimetría entre una unificación completa desde el punto de vista económico e incompleta desde el punto de vista político de Europa.

Hacia un gobierno europeo unificado

La Comisión Europea se propone conservar a largo plazo el fondo de ayuda, en sí limitado temporalmente, y, de manera preventiva, inspeccionar los planes presupuestarios nacionales, incluso antes de que sean presentados a los respectivos parlamentos. No es que tales propuestas sean insensatas, lo que resulta descarado es la sugerencia de que una intervención tal en el derecho presupuestario de los parlamentos por parte de la Comisión no violaría los tratados ni haría aumentar de modo inaudito el déficit de democracia que impera desde hace mucho tiempo. Una coordinación efectiva de las políticas económicas tiene que conllevar un fortalecimiento de las competencias del Parlamento de Estrasburgo y, de ese modo, hará patente la necesidad de contar con una mejor coordinación en otros campos políticos.

Los países de la zona del euro se dirigen hacia la alternativa entre una profundización de la cooperación europea y la renuncia al euro.

¿Y la superestructura?

En un mundo globalizado, todos deben aprender a integrar la perspectiva de los otros en la suya propia, en vez de refugiarse detrás de una mezcla egocéntrica de estetización y optimización de los beneficios. Un síntoma político de la menguante disposición a aprender son los veredictos de Maastricht y Lisboa, fallados por el Tribunal Constitucional Federal alemán, los cuales se aferran a concepciones de dogmatismo jurídico hoy superadas. La mentalidad de un coloso egocéntrico en el centro de Europa, la cual gira sobre sí misma y carece de exigencias normativas, ya no es garante ni siquiera de que la Unión Europea siga exisistiendo con su tambaleante status quo.

Domeñar a la Bestia

En lo relativo a la domesticación del embravecido capitalismo financiero, nadie puede engañarse respecto a la voluntad mayoritaria de la población. En el otoño de 2008, por primera vez en la historia del capitalismo, la columna vertebral de un sistema económico mundial impulsado por los mercados financieros pudo ser salvado del colapso gracias a las garantías de los contribuyentes. Y, a partir de eso, el hecho de que el capitalismo ya no pueda reproducirse por sus propios medios se ha afianzado en la conciencia de los ciudadanos, los cuales, en su calidad de personas fiscales, deben responder en caso de ocurrir una “falla en el sistema”.

Las exigencias de los expertos yacen sobre la mesa. Se habla del aumento del capital propio de los bancos, de más transparencia acerca de las prácticas de los fondos de inversión libre, de un mejor control de las bolsas de valores y las agencias de rating, de la prohibición de los instrumentos de especulación —tan creativos como perjudiciales—, de un impuesto a las transacciones financieras, de un impuesto bancario, de la separación entre bancos de inversión y bancos comerciales, del desmembramiento profiláctico de complejos bancarios que son “demasiado grandes para dejarlos quebrar”.

Krisis

Pero las buenas intenciones fracasan debido menos a la “complejidad de los mercados” que a la pusilanimidad y la falta de independencia de los gobiernos nacionales. Fracasan debido a la renuncia precipitada a una cooperación internacional destinada a compensar las capacidades de acción faltantes —a nivel mundial, en la Unión Europea y, en primer lugar, dentro de la zona del euro.

La crisis de la moneda común puede conducir, con un poco de agallas políticas, a aquello que más de uno alguna vez ha deseado de una política exterior común en Europa, a saber: a una conciencia que trascienda las fronteras de que se comparte un destino europeo común.

– Salomón Derreza