Guía de libros fabulosos | Letras Libres
artículo no publicado

Guía de libros fabulosos

(Tercera entrega de la Guía de libros fabulosos)

El libro invisible

Son muchos los libros que han sido escritos con tinta invisible, y de forma tan lograda que algunos han llegado a ser confundidos con libros vacíos. Al libro al que me refiero, sin embargo, es realmente invisible. Se trata del libro cuya existencia es postulada por los miembros del Invisibility Club, quienes razonan así: Si los colores que vemos son el efecto subjetivo de la refracción de los rayos luminosos sobre la materia al impresionar nuestros órganos visuales, justo es concebir un material cuya estructura molecular se refracte con una longitud de onda imperceptible para la visión humana. De ese modo, concluyen, la invisibilidad no es más que un color, uno más entre muchos. Para reforzar su argumento, aluden a las diversas gamas del espectro cromático, como el infrarrojo y el ultravioleta, que sólo pueden ser vistas por algunas especies vivientes, mientras que son irreconocibles para las otras. Entre los diversos objetos que pueden ser fabricados con ese material invisible, afirman los delirantes, hay, además de una clepsidra, una brújula y el badajo de la campana milagrosa de Saint Germain, un libro entero, con sus solapas y sus forros, sus páginas y su marcador de lectura, todos ellos invisibles para el ojo humano. En el sitio web de ese club, hay uno que asegura haberlo tenido entre sus manos y que tras recorrer sus páginas con los dedos, ya que sus ojos no le bastaban, reconoció en ellas una textura irregular que lo hizo colegir que se encontraba escrito en alfabeto Braille. A la espera de que la fórmula química de ese color sea desentrañada, vayamos haciendo una lista de los libros que bien valdría la pena pintar de ese color.

El libro viviente

En El Orden alfabético, Juan José Millás imagina un mundo en el que los libros cobran vida repentina y, usando las hojas como alas, escapan volando como aves enloquecidas. En esa fábula ilustrada, los libros arrastran consigo las palabras, las cuales, primero, van perdiendo sus letras (con lo cual “electicidad” deja de funcionar tan bien como lo hacía la electricidad, y los párpados se convierten en “pápados”, “duros y reptilianos”) hasta llegar a desaparecer por completo, llevándose de corbata a la realidad. Más allá del solipsismo lingüístico implícito en las premisas, Millás nos hace recordar los verdaderos libros vivientes, plasmados por Ray Bradbury en su inolvidable Fahrenheit 451, donde, ante la amenaza flamígera el grupo de académicos dirigido por el profesor Granger decide memorizar, cada uno de ellos, un libro, cual depositarios carnales de la letra a fin de preservarlos para generaciones futuras. Menos ficticios, sin embargo, son los hafiz, quienes, celosos de la palabra del Profeta, aprendían de memoria el Corán, a fin de evitar -¡blasfema sobrestimación de la memoria humana frente a la Sagrada Escritura!- cualquier corrupción a manos de los escribas.

El libro polimorfo

Quizá resulte difícil imaginar un libro cuyo significado cambia de acuerdo al lector que recorre sus páginas. Pues bien, los representantes de la filosofía deconstructivista, poseídos de rabia posthermenéutica, afirman que todo libro es polívoco, pues lo que cuenta no es la letra sino la lectura que se hace de ella. No satisfechos con ello, van más allá al afirmar que aun el mismo libro, leído dos veces subsiguientes por una misma persona es, por fuerza, dos libros diversos. Así, no resulta descabellado pensar que dos libros distintos, con títulos y temas dispares, escritos quizás en idiomas disímbolos, puedan llegar a significar lo mismo para dos personas diferentes y, en esa medida, ser el mismo libro (presiento que estas líneas ya las escribí antes, con otras palabras y en otro lenguaje —mas si no fuera así, si por ventura pudiera no ser así, entonces no quiero escribirlas jamás).

Post scriptum: No he podido resistir la tentación de infiltrar clandestinamente un libro de mi propia creación. Suplico al lector, que seguramente habrá adivinado cuál es, me disculpe por mi ligereza.

- Salomón Derreza