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Gradas

I.

Las estrellas nos miran lentamente,

cierran sus ojos las bahías. El arco

de luz cerca los cabos en la ruta del fuego,

foques, banderas en las barcas, fosco

el fuego atónito de las naranjas,

en la aguanueva de los naranjales. Las bridas

de caballos pensados, pesados, imaginados,

lentamente nos guían igual que las estrellas,

cobarde noche, no puede con nosotros

tu oscuridad de marivientos

y raíces en el acantilado. Ah, todo canta, canta

en las encrucijadas del desierto: arco breve del mar.

 

Caramar, astro-nieve, lentamente

me deslumbran (el sol en las espumas

hace castillos breves de marinieve y trigo).

Los labriegos se mueven –leve moverse–

como en casa de Brueghel, como

los ríos que se mueven: no: que se anudan

en las pinturas altas de balcones abiertos,

en las huellas de un sueño que reflejan

las purísimas

aguas de un ojo que no veo

ni puedo ver con ojos

carnales, oh dioses del mar, oh dioses encendidos.

 

(Grupo intacto y exacto de flores amarillas

en las sendas del bosque, en los atajos

de la vista me cercan, beben, cantan –no,

no me cercan. Ah, barcas. Lentamente

los ángeles de viento y de poniente

ríen, las flores de los áloes

me esperan no sé dónde o lo sé poco,

más allá de las fuentes

oh barcas. Todo es ejercicio de belleza

sobre las olas azulencas.)

 

Los áloes, las miradas del cabo

–mar adentro–, flores de espuma, crecen.

Mediodía. Todo es silencio y en la roca

el mirar Tuyo crece, nunca

visible, mas visible eternamente

como la ola visible arena toda

como tronco y maderas todos leves

como la luz sencilla memoriosa

Mente.

 

(Chillan gaviotas-naves oro leve y Dios

pensar del pensamiento horrorizado el pico

restauradoramente-isleño y cree y creo

mimosaluzcongojahonestaohfleuve

de mirar irritado, malquiere, maloduele

oh las barcas.)

oh barcas, barcas, barcas,

Una hoja navega en este río

y es verde y pura mar de luz y mar.

 

II.

Las frutas y los cortos mirajes de la noche

son cachorros blancos. Cielo encendidamente arco,

Martín del Arco –¿y dónde, dónde Dios?

Bien lo saben las yerbas verdes, verdes

bien lo saben las gradas del naciente mar,

bien lo saben los pájaros madrugadores,

bien lo sabe la oruga de la yerba

que Dios es Dios en cada

trozo del mundo, trozo de hielo y heladura

más allá de las cosas Dios de cosas,

barcas nacen y vuelven, hijas claras

de barcas-luz, de barcas cuerpo a barlovento.

 

En las playas serenas de la tarde, cantan

descendientes de Giotto, muro a muro,

hijos del mundo, hijos

del Hijo. Basta, el silencio habla. Basta.

Silencio, habla. Basta el silencio calla

calladico, calladamente Te dice.

Una plegaria –naves del mar navegan–,

una plegaria –las rosas mar navegan–,

una plegaria: las ruinas

vuelven hacia la forma exacta del origen.

Orar (no, no hablar, orar),

verte en las hojas doradas,

gregoriosamente el canto nace de la barca,

el canto brota en la madera viva de la barca.

 

III.

Arenas crujen

danzan ríos

y Tú ríes y juegas,

lo ha dicho el Maestro Eckhart:

“Él ríe y juega”.

 

Los sauces se hacen ríos

y los ríos se vuelven sauces,

todo el universo se mira

en la mirada de Tus ojos.

Ah, en el mar, manzanos,

ah, en el mar, la ventisca

revira vira

viraviento.

 

IV.

Aguijones, abejas, las estrellas

calladamente, Cachorro. Silencio.

Cantan. Todo canta. ¿El mal?

Está en el mundo y no es el mundo

y la muerte y la muerte y la muerte

¿y la muerte de la muerte?

El alma viva de las algas sabe

que la muerte no es muerte.

Ligeras, ligeramente, las gaviotas

son barcas barcas

rodeadoras de islas.

 

V.

Sin saberlo han entrado en tu Templo,

las músicas antiguas y tocadas son presentes,

pero, duro, el oído no oye nada. El templo es bello

y es viejo el Templo de los muros vivos,

la flor de la humedad es la flor de humildad

¡En la ojiva, en los órganos, cuántas

voces, cuántas en el silencio transparente

cuántas y cuántas voces, oh barcas!

He entrado en tu Templo

de tierra-oro, tierra-brasa encendida.

En los muros las velas de Aquellos

hombres viven aún, limpias y blancas. ¿Dónde estás?

No hay lugar ni espacio ni tiempo donde estés

Tú: no hay círculos ni claras esferas.

Escuchemos, ojos mortales, en el silencio,

concentrados, vivos, atentos en el

Silencio.

Hacia tu mar penetran lentas barcas,

penetran lentamente nuestras barcas.

 

VI.

Risco y roca en el muelle y roca y costas,

fauna de frío en el centro del fuego.

La oscuridad cae ahora que nos miras

(sí, recordemos

aquel pincel que dibujaba los peces de la noche

en el centro del aire –tiene un nombre,

tiene un nombre la mano que lo lleva, nombre-pincel).

Cae la oscuridad, cierra los ojos de las nieves,

libera voces. El cuerpo de la sombra

vive de palabras, las palabras

viven de la Palabra, fuego

que es la “Razón Ardiente” en el claustro de fuego.

Es el fuego de las horas precisas,

es, ¿pero puede decirse qué es?

Vale más contemplar olivos y manzanos,

mirar rocas eternas,

las espumas eternas, los escudos de la fauna,

las sombras siempre sombras del Pez siempre

que en su mar ríe y juega.

 

VII.

Cae el pantano, cae el mundo, cae mojado,

pesado, oscuro, hacia el silencio negro,

hacia el otro silencio. Los metales parecen

fundirse no por fuego, no por nieve,

si por las alas sucias. Cae a fondo, a plomo,

la noche, cae el mar. Las fibras de los pájaros

se quiebran un instante, decía Kierkegaard, es

la condena (un instante también la salvación).

Pero pesados, pálidos, sucios de noche muerta,

caen los cantos, es decir, cae el mundo,

pantano, muelle de agua, viento mojado

mojadamente, haz de gavillas de oscuridad

ausente de luz. ¿Y no es ya el agua, no es ya el fuego,

no es ya la tierra, el viento-agua no es ya?

Los elementos se funden, desafinan, desesperan

Pero si Vida y Muerte son instantes,

¿no puede, en las aguas del muelle, muelle a muelle,

renacer llena de color

la Vida?

 

VIII.

Luz de luz y mar de mar,

rumor de luz y luz de voces

golondrinas en el grito nocturno.

Todo un desierto de azulosa luz

en los círculos del yeso, en las cercanías

de la tarde, en el oscuro mediodía

como si las frutas de la luz

ya no vivieran, como si las yedras

subieran con las olas oscuras,

como si las sombras fueran luz ausente

de vida, de parajes, de plumajes.

Calmadamente todo es lento,

todo es calma de una calma mala,

todo desconsuelo en el huerto del desconsuelo.

 

Poco a poco las lentas velas vivas,

las riadas del sol en los atajos,

 

en las espigas, en los ojos, la vida

de muchachas blancas en las torres de oro,

en los ojos del niño –ah, barcas–

toda la oscuridad es ya Razón Ardiente.

Las redes pescan peces diminutos,

las redes diminutas. Son peces breves,

imágenes de su Signo. Gloriosas

las manos del Signo se ponen en el mundo

y la muerte-vida es vida y ya es vida la muerte

viven reviven, hablan piedras puras

oh barcas, tan sólo este camino.

 

Las barcas han salido y ahora vuelven

con el oro del Pez, oh mar de mar mar

y tierra legibles, flores

del Libro, el de Ramón, el de Juan, el de Francisco,

arrancan signos con los cantos del arpa

Libro de Rotaciones, libro de los cantos,

libro de los animales más finos.

 

¿Vienen las barcas?

Olorosas de luces lejanas

y cercanas, olorosas de maderas y remos

vienen las barcas claras, vienen barcas,

eternas en las olas y en las playas.

 

IX.

Una cascada, un vaso de luz, la Venus

de las algas, puentes donde bajan las piedras,

puentes por los que pasan las olas de caballos.

Venus, cascada y vaso es todo y es ahora.

¿Tan sólo ahora? ¿Ahora pasajero? No,

ahora cuando somos sentido de la presencia,

ahora que no es momento ni ser sino raíz.

Todo es Memoria.

Un caballo, un puente, una gaviota,

un pozo de luz perforador de cielos,

pasan, pasan, barcas del aire barcas,

una cascada, un vaso, la Venus en el alga.

 

X.

En el Templo de luz

castillos de mar adentro

y cielo adentro el Templo

hace castillos.

Mirad las sombras, el poniente,

¿dulcísimo?

Mirad las sombras, el poniente,

¿vivo?

Todo hombre es ciego, mira las sombras,

mira ciego, ciego, dulcísimo

¿el Poniente?

Todo hombre ve

cuando mira, las palabras del Templo,

de su Templo,

la Barca.

 

XI.

Barcas del mar azul,

los olivos ramos y remos de todo pájaro

hablan, cantan, Gregorio, con luz

que no admite tinieblas. Se abren los libros,

se abren todos los signos –barcas, barcas–

las estrellas nos miran lentamente,

cierran sus ojos las bahías. El arco de la luz

a pesar de Dolor, canta, todo canta,

cuando las naranjas maduras, en el campo

verde caen y son luz,

ah, mar, de barcas, barcas, barcas,

en la bahía abierta, en el cristal

de la bahía de las barcas, barcas, cuando

las naranjas se abren en el cielo. ~

 

 

– Traducción de Andrés Sánchez Robayna

© Vuelta, 42, mayo de 1980