Góngora | Letras Libres
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Góngora

Góngora. Es sabido que Alfonso Reyes se interesó muy tempranamente por Góngora. Recordemos algunos datos generales. Reyes, tras el asesinato de su padre, el general Bernardo Reyes, por las fuerzas revolucionarias mexicanas, se exilió en Madrid, donde vivió diez años fundamentales, de 1914 a 1924, y donde fue amigo de Menéndez Pidal –con quien trabajó en el Centro de Estudios Históricos–, Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, José Moreno Villa, Gómez de la Serna, Gerardo Diego, José Bergamín, y, entre otros, el historiador cubano Chacón y Calvo. Reyes era un joven erudito dueño ya de una prosa ejemplar (que sería escuela de muchos y cenotafio de su obra). Su conocimiento del mundo clásico era amplio, así como de las literaturas europeas y latinoamericanas. Su desvelamiento por Góngora duró toda su vida, y fue en 1911 cuando le dedicó algunas de sus páginas iniciales.

Reyes, al parecer, relaciona antes de estas fechas al poeta cordobés con Mallarmé. Es sabido que fue Remy de Gourmont quien en 1912 (Promenades littéraires) hizo esta analogía, de la que se haría eco Francis de Miomandre e incluso Paul Valéry, un tema que diversos vanguardistas exploraron, llegando con alguna vivacidad aún al grupo de poetas concretos brasileño del que Haroldo de Campos fue su figura más destacada. Los inicios de la recuperación de Góngora, en un universo literario que había entronizado a Lope ocultando el lado más hermético del Barroco, está ya, a pesar de sus renuencias, en Menéndez y Pelayo pero, sobre todo, en los jóvenes poetas de la revista Helios, como González Blanco, Juan Ramón Jiménez, Pérez de Ayala y otros. Hay que decir rápidamente que los estudios de Reyes sobre Góngora, aunque fueron superados a partir de mediados de los veinte por Dámaso Alonso, resultaron decisivos, tanto por su erudición y sensibilidad interpretativa como por su rigor filológico. De hecho, colaboró decisivamente en el establecimiento de la primera edición fiable de las obras de Góngora llevada a cabo por el hispanista Foulché-Delbosc. No fue el único, y es justo recordar los exhaustivos trabajos biográficos de Miguel Artigas (1925). Tengan en cuenta los que desconozcan los entresijos de la época y del autor que Góngora no guardaba los originales de sus poemas, y que sus obras se editan tras su muerte, utilizando fuentes muy distintas.

Algunos de los asuntos sobre los que escribió Reyes fueron los poemas atribuidos a Góngora, las corrupciones y alteraciones de los textos, la biografía, Paravicino como antecedente del estilo gongorino, Pellicer y la correspondencia de los contemporáneos de Góngora (dilectos y detractores), los comentaristas de su tiempo e inmediatamente posteriores, lo popular en Góngora y algunos otros temas. Al final de su vida trabajó en una edición en prosa del Polifemo, que se publicaría inconclusa póstumamente (1961).

Todos los trabajos de Reyes sobre Luis de Góngora fueron recogidos en 1927 en el volumen Cuestiones gongorinas y luego en el volumen vii de sus Obras Completas. Arturo Dávila ha estudiado recientemente la relación del polígrafo mexicano con Góngora, así como, de pasada, la fidelidad paralela que mantuvo con Mallarmé. Habría que mencionar otra gran figura europea: Goethe. ¿Por qué estos tres autores? Sin duda por razones distintas, pero no tanto como para que no haya un denominador común cuya expresión sería el mismo escritor mexicano. Dámaso Alonso (nos lo recuerda Sánchez Robayna) pensó que la comparación entre el poeta español y el francés era meramente adjetival porque, concluye, uno es la negación del otro. Reyes sabía que la afinidad entre ambos no era profunda pero no investigó este extremo. En ambos encontró oscuridad, amor excelso por la forma, “la fuente ideal, el estado psicológico del artista, lo consciente y premeditado del esfuerzo, la religión poética”. Ambos están más cerca del mester de clerecía que del mester de juglaría. La oscuridad de Góngora se disipa al desvelarse el reverso erudito, la de Mallarmé coincide con la forma porque lo que pretendía su poética era devolver a las cosas su naturaleza primera. Sin embargo, algunas de estas comparaciones no resisten un análisis profundo. Góngora era creyente; Mallarmé, ateo. Difícilmente compartían el estado psicológico, porque, como escribió Octavio Paz, Góngora, poeta visual y sensual (lo dice también Reyes), nos enseña a ver en tanto que Mallarmé concibe la visión como una experiencia espiritual. Mientras que el mundo es para Góngora algo previo, del cual la palabra poética es una metáfora, Mallarmé es radicalmente idealista; recuérdese que pensó que el mundo existía para devenir en un libro. Yo diría además que en Góngora la oscuridad es una diablura estética mientras que en Mallarmé, especialmente en el último, el diablo juega con él a los dados. Góngora escribe en un mundo contrarreformista, barroco –luego descentrado y crítico en muchos aspectos–, asistido por una exaltación propia del Renacimiento, del mundo grecolatino. Mallarmé, simbolista que lleva este movimiento a los límites que abren las puertas de la modernidad, es heredero del romanticismo: de una filosofía y estética que había exaltado la subjetividad desplazando el mundo hacia el yo, que había decretado la muerte de Dios, y exaltado y condenado la Historia. Un mundo que Mallarmé hereda para refutarlo y trascenderlo. Mallarmé escribe frente al vacío y a la búsqueda de una lengua (poética) universal, haciendo de lo concreto algo general, una vibración indeterminada. No hay símbolo ni representación sino sugerencia, descenso órfico. En Góngora los significados se apoyan en lo narrativo y son, en cuanto que tales, únicos, aunque la reivindicación llevada a cabo por la generación del 27 no fue en este sentido sino, digámoslo así, una interpretación libre que, desasistida de los anclajes históricos informaba con su imaginería a la modernidad.

Reyes estuvo más cerca de Góngora que de Mallarmé, en el sentido de que no se planteó ni padeció las cuestiones metafísicas ni poéticas del gran simbolista. Pero amó la profunda belleza de sus poemas, su exaltación histórica de una estética que idealiza la tarea del poeta. El autor de Visión de Anáhuac sujetó a sus musas en el potro de la erudición, de la cortesía y del bien, y en este sentido su mundo tiene más que ver con el neoclasicismo que con el primer Goethe o con el último Mallarmé. Pero encontró en los tres, quizá, más allá de las diferencias, tres modelos eruditos y fuertemente literarios. Mallarmé confesó que la Nada había sido su Beatriz; Góngora quizá podría haber dicho que lo fue la Imagen (difícil); Reyes, en cierto sentido borgiano, podría afirmar que su Beatriz fue la Biblioteca. ~