God Save McLaren | Letras Libres
artículo no publicado

God Save McLaren

Qué épocas aquellas antes de Internet y del acceso a la información desde cualquier punto del planeta. Tenía que contentarse uno con los intermediarios, aquellos que viajaban a Inglaterra para ver bandas en vivo y traerse una buena dotación de Melody Maker y lo más in comprado en Camden o Kings Road. Vaya nostalgia. Uno se embebía de la hagiografía. Y dentro de esas vidas de santos ocupaban lugar especial Johnny Rotten y Sid Vicious, dos jóvenes de la clase obrera de Londres que habían conformado una banda que en ese momento aún parecía la encarnación de una pesadilla: pelos pintados con peróxido y tintes de farmacia, seguritos por doquier y gestos de padre poseído por los demonios de Loudun. Los Pistols eran jóvenes aburridos que detestaban el rock progresivo y a la estreñida clase media inglesa. Debieron de transcurrir varios años para que uno descubriera que en realidad los Sex Pistols fueron la encarnación de la idea de un hombre.

En el maravilloso Rastros de carmín, uno de los libros fundamentales para entender no sólo la cultura punk y movimientos colaterales sino también la huella que une las protestas y los movimientos estéticos de confrontación del siglo XX, Grail Marcus cuenta que Malcolm McLaren era uno de los pocos situacionistas que existían en las islas, movimiento que había conocido en su deambular por las escuelas de arte en su adolescencia. Recibía la gaceta del movimiento y era un lector de los postulados estéticos de vanguardia del siglo. Si bien la historia oficial vincula más al nacimiento del punk la experiencia neoyorkina de McLaren como manager de The New York Dolls y con los visos de mercachifle –ese rasgo de charlatanería que no abandonó nunca a Malcolm– lo cierto es que los Sex Pistols y el punk, a la distancia, despliegan cada vez más su parecido con la tradición del dadá y su espurio hijo, el letrismo. Debieron de pasar muchos, muchos años para que Malcolm confesara esa genealogía. Apenas el pasado año dijo que en realidad el punk no lo había creado de la nada. “Duchamp tuvo su urinario”, acotó, “yo tuve a Johnny Rotten.” La alharaca, la provocación, el gesto, esa ética de espanta-y-corre fueron siempre la lección más indeleble. Dadá + Situacionismo = punk. A diferencia de los artistas vinculados a ese corredor dadá-surrealismo-situacionismo su gran obra fue un evento: la mítica barcaza surcando el Támesis mientras en la otra orilla retumbaba el cielo con los fuegos artificiales del Jubileo de la Reina.

Malcolm fue más que un hábil, genial empresario que cambió la historia del siglo XX en las sociedades occidentales. Fue músico –precursor del hip hop británico y autor de la primera canción inglesa con scratching–, cómico, escritor de sketches y rutinas y ante todo un charlatán. Uno se lo imagina como uno de esos auténticos cómicos de la legua, deambulando incesantes con su carromato por ferias y villorrios. Lo pudo haber pintado Hoggart. Por ello, junto con su ascendencia pistol, Londres lo recordará como propietario de la mítica y desaparecida tienda Sex, ahí en el 430 de Kings Road. Demostró que la impostura puede ser genial.

La muerte permitió conciliar las diferencias. El mejor homenaje lo recibió del hijo pródigo. Johnny Lydon emitió un pésame firmado como Johnny Rotten. Sí, había rehusado utilizar durante años el sobrenombre y se habían enfrascado en una batalla legal que finalmente los Pistols perdieron contra McLaren por los derechos de los discos, pero en un gesto que lo honra, el líder de los Pistols expresó que para él “Malc fue siempre entretenimiento, y espero que así se le recuerde. Por encima de todo él fue un animador y como tal lo extrañaremos.”

Se ha ido McLaren, el último de ese selecto grupo de músicos, managers, periodistas, gente que no es seguida en las historias habituales del rock ni mucho menos por los adolescentes, como pilares del rock, cualquier cosa que esto signifique hoy en día, y sin embargo han sido decisivos en la transformación del género y en el caso de Malcolm, de la sociedad.

“Be childish. Be irresponsible. Be disrespectful. Be everything this society hates.”

– José Homero