Furia y pena de Neruda | Letras Libres
artículo no publicado

Furia y pena de Neruda

Pablo Neruda y su tiempo. Las furias y las penas (Ril Editores, Santiago de Chile, 2008), de David Schidlowsky, es una de las biografías documentales más amplias y minuciosas que se hayan publicado en lengua española. Esta biografía se compone de dos tomos (que cubren, respectivamente, los períodos de 1904 a 1949 y de 1950 a 1973) y fue, en un principio, la tesis doctoral de Schidlowsky (1954), profesor de literatura nacido en Alemania de familia chileno-israelí.

No le fue fácil, según él lo dice, a Schidlowsky publicar esta obra, de la cual apareció, en Alemania, una primera edición casi privada. Es comprensible que los editores hayan rehuido el compromiso y lo es por varias razones, editoriales y políticas. No sólo en tanto que biografía documental basada en la confianza explícita de Schidlowsky en el documento como “verdad histórica” y reacia a cualquier concesión narrativa, el libro es a ratos ilegible. Muchas de sus páginas (son 1520 contando ambos tomos) no están “escritas”: acumulan y reproducen cientos de documentos sobre absolutamente todo lo que hizo Neruda, desde las huellas de sus tres matrimonios hasta la compra y embalaje de las conchas, campanas y mascarones de proa que enriquecían sus colecciones, pasando por sus cotidianas declaraciones durante el medio siglo en que fungió como uno de los principales intelectuales comunistas del planeta.

No parece haber habido archivo que Schidlowsky no consultase en busca de cualquier dato, por más anodino que fuera, sobre el gran poeta chileno. Por ello, fatalmente, Pablo Neruda y su tiempo está llena de trivialidades que el biógrafo, siendo coherente con su propósito, no podía omitir. Y por desgracia, la edición es calamitosa, como si el manuscrito original no hubiese sido objeto de ninguna revisión editorial. Pareciera que el primer tomo, al menos, fue traducido del alemán al español a las carreras y está lleno de erratas, de explicaciones didácticas obvias e innecesarias, de palabras declinadas en un castellano fantástico así como de grafías caprichosas e inexistentes que afectan a la totalidad de los nombres extranjeros. Ni siquiera se tuvo cuidado de homogeneizar las trasliteraciones: Trotsky, por ejemplo, aparece escrito hasta de cinco maneras distintas y ni siquiera el nombre del científico John Bernal, el Premio Nobel irlandés de fervorosa militancia, atinaron a reproducir correctamente.

Pero más allá de las dificultades de la empresa, es fácil adivinar el escrúpulo político que la publicación de Pablo Neruda y su tiempo debió de provocar en algunos editores. Estamos ante una biografía que exhibe de manera irrefutable la convicción fría, consuetudinaria, obcecada, con que Neruda defendió al comunismo soviético, verdad que Schidlowsky documenta hasta la exasperación y que los más recientes biógrafos nerudianos como el experto chileno Hernán Loyola (Neruda. La biografía literaria (2006) y el no tan experto Adam Feinstein (Pablo Neruda. A Passion For Life, 2004) se ocupan en escamotear, mesurar y olvidar.

Los documentos reproducidos por Schidlowsky, inéditos en importante proporción, prueban que Neruda fue el stalinista perfecto y no tuvo piedad para ninguna de las víctimas de Stalin, cuyo destino conocía con información de primera mano. Para hablar sólo de los casos más célebres, a Neruda no le importó que la infamia o la muerte cayeran sobre Trotsky –cónsul en México el poeta logró esconder en Chile a Siqueiros, fallido asesino del bolchevique–, sobre los médicos judíos acusados de querer envenenar a Stalin, sobre los rebeldes húngaros en 1956 o los demócratas checoslovacos en 1968, ni sobre el Premio Nobel Pasternak ni sobre escritores soviéticos como Yuri Daniel y Andrei Sinyavski, condenados a penas infames por delitos estéticos en 1966.

No hubo crimen, real o imaginario, de Estados Unidos que Neruda no condenara (es el gran antiyanqui latinoamericano, lo cual es ganar una reñidísima competencia) y nada hubo en la URSS que le pareciera mal, jamás. No faltaron comunistas heterodoxos que le rogaron, sin éxito, alguna rectificación (en México, documenta Schidlowsky lo hicieron personalmente José Revueltas y Eduardo Lizalde durante su última visita).

Tras el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956, naturalmente, Neruda dejó de escribirle poemas a Stalin, acató las críticas al “culto a la personalidad”, le bajó el tono a su prédica por el realismo socialista y él, huésped habitual de los castillos bohemios, le perdonó la vida a Kafka y a Rilke. Hay un poema, es cierto, donde lamenta las Procesos de Moscú pero junto a la infinita serie de documentos abyectos recopilados por Schidlowsky, su importancia parece poca. Su pelea con los cubanos –desde el principio le cayeron muy mal Castro y Guevara– se debió a la vanidad herida del poeta llamado a cuentas en La Habana por escritores que juzgaba inferiores, y a la defensa de la política moderada, antiguerrillera, del Partido Comunista Chileno (PCCH). Esa controversia, generacional, no implicaba ninguna discrepancia de fondo con el totalitarismo.

Enorme importancia le da el biógrafo al seguimiento del primer matrimonio de Neruda, verificado en Batavia, con la holandesa María Antonieta Hagenaar, alias Maruca, con la cual el poeta tuvo en 1934 una hija enferma de hidrocefalia que murió a los ocho años. A ambas las abandonó Neruda en la Holanda invadida por los nazis, regateándoles la pensión. Uno de los momentos más estremecedores de Pablo Neruda y su tiempo es cuando leemos el horror de Vicente Aleixandre al asomarse a la cuna donde estaba la hija recién nacida de Neruda, quien todavía era o aparentaba ser, un padre feliz.

Schidlowsky lo recupera todo: la vida bohemia del joven poeta llamado Neftalí Reyes Basoalto, las guerras literarias con Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, el viaje diplomático al Oriente, el tempranísimo antagonismo entre Borges y Neruda, la aparición de Residencia en la tierra (1933) en España, el amor fraterno que unió al chileno con Federico García Lorca, el cariño paternal por Miguel Hernández, las diferencias con Octavio Paz, la presencia enigmática de la novelista María Luisa Bombal, el giro de Odas elementales (1954) hacia la simplicidad de expresión.

Pablo Neruda y su tiempo también es, no podía ser de otra manera, una crónica documental de Chile y de su izquierda, del Frente Popular de 1938 a la Unidad Popular, ilustrando la paradójica trayectoria democrática del PCCH. Detalla Schidlowsky la paciencia y la disciplina con que el poeta sirvió al partido, sus años como senador y la comedia de enredos ocurrida cuando el gobierno de González Videla ilegalizó en 1947 a los comunistas y Neruda, en la clandestinidad, jugó al gato y al ratón con una policía que lo buscaba sin querer encontrarlo. Neruda aceptó la candidatura a la presidencia por el PCCH en 1970, jugando la baza que obligó a otra candidatura, unitaria: la de Salvador Allende. Nombrado embajador en París, Neruda, enfermo de cáncer de próstata, regresó a Chile a fines de 1972. Moribundo, intentó mediar entre Allende y los demócratas cristianos, impulsando la fallida política conciliatoria de los comunistas.

Concluye David Schidlowsky afirmando que Neruda no fue un gran hombre. Hombre de partido como los ha habido pocos, no tuvo piedad para las víctimas de su propia causa. Nunca cambió de opiniones antes de que su partido lo hiciese. Obligado a tragarse el poema que escribió contra Tito, el jefe comunista de Yugoeslavia, Neruda le dijo a un amigo: “Ellos rehabilitan al traidor y uno se queda con su poema.” La suya fue una fe ciega a ratos atemperada por el cinismo de quien se sabía irresistible como poeta y como hombre.

Fue uno de los escritores más influyentes del siglo XX y se sirvió voluptuosamente de ese dominio, viviendo, genialmente, de su poesía. Casi todo lo tuvo Neruda (fama, genio, poder, amor) y todo lo aprovechó: su poesía es admirable porque es la obra de un mimado por las musas y por los dioses. Pero al final fue castigado sin clemencia y la historia a cuyas leyes él se había confiado, lo obligó a ser el testigo agonizante del hundimiento. Nunca he releído sin estremecerme la crónica de esos poco más de diez días que Neruda sobrevive al golpe militar contra el régimen de Allende. Y hacerlo, a través de Pablo Neruda y su mundo, no es la excepción. A Neruda, a su manera dueño del mundo, le tocó errar enfermo, sin el cuidado de su médico, tentado por el exilio y tentado por su patria, sin una tumba propia donde yacer, huérfano entre las ruinas de sus casas allanadas y confrontado ante la certeza de que su gente sería torturada y asesinada. Neruda es un Virgilio a quien le toca que el imperio romano se le deshaga entre las manos.