Frente y perfil: Joan Didion. Anteojos negros | Letras Libres
artículo no publicado

Frente y perfil: Joan Didion. Anteojos negros

En buena parte de sus fotos, la ensayista y novelista Joan Didion (Sacrameto, 1935) suele llevar anteojos negros. Enormes y tan marca propia y registrada como ese mechón blanco de Susan Sontag. Anteojos negros cubriendo buena parte de su rostro fino y de rasgos afilados y sabios e implacables. Leyendo sus ficciones y sus no-ficciones —que a menudo parecen confundirse, limitar sin fronteras claras, morderse la cola— cabe pensar que la verdadera función de esos anteojos no es la de esconderla a ella sino la de protegernos a nosotros.
     En la contratapa del recién aparecido The Year of Magical Thinking —ganador del National Book Award y a punto de ser publicado en castellano por la editorial de Barcelona Global Rythm Press— por una vez, Joan Didion no lleva anteojos negros. Y no está sola. En la foto Joan Didion está acompañada por su esposo de siempre (el también narrador y periodista John Gregory Dunne) y la hija adoptada por ambos (Quintana Roo Dunne). La foto fue tomada en una casa junto al mar, Malibú 1976. Es una de esas fotos inequívocamente felices. Una de esas fotos para las que se inventaron las fotografías. Una de esas fotos que demuestra que si algo envejece y muere más rápido que las fotos, ese algo es la felicidad.
     Y si esta nota fuera una novela de Joan Didion —novelas como Run River, Play It As It Lays, A Book of Common Prayer, Democracy o The Last Thing He Wanted— bien podría empezar con una de esas características frases tan didionianas. Secas y como un dardo. Que te clavan de entrada en el tiempo y el lugar. Frases como "Seré su testigo". Si esta nota fuera una investigación neo-periodística de Joan Didion —cualquiera de las piezas incluidas en Slouchin Towards Bethlehem, The White Album, Salvador, Miami, After Henry, Political Fictions o Where I Was From— bien podría arrancar con algo como: "Es fácil ver los principios de las cosas, y difícil ver sus finales". Pero esta es una nota sobre un libro desgarrador de Joan Didion —un libro titulado The Year of Magical Thinking— y empieza así: "En buena parte de sus fotos oficiales —esas que suelen guardar las espaldas de sus libros— la ensayista y novelista Joan Didion suele llevar anteojos negros".
     En estos días, Joan Didion lleva anteojos negros por motivos muy diferentes a los que le hicieron llevar anteojos negros el día de su boda.
     The Year of Magical Thinking abre con la muerte de su marido John Gregory Dunne, el 30 de diciembre del 2003, un mes antes de su cuarenta aniversario de bodas, en un departamento en Nueva York. Dunne de pronto se llevó la mano al pecho y entonces el tiempo se detuvo y comenzó para Joan Didion lo que denominó el año del pensamiento mágico, el año de volverse inteligentemente loca para, sólo así, evitar perder la razón.
     Por lo que llegado este punto —como sucede con las espasmódicas tramas y los intermitentes perfiles de Joan Didion— tal vez sea pertinente profundizar en la figura del muy sólido fantasma que vaga por las páginas y pasillos de The Year of Magical Thinking.
     John Gregory Dunne (1931-2003) se hizo escritor "porque tartamudeaba y quería dejar de tartamudear, al menos en la página" y pensaba que la escritura era un trabajo manual "como instalar cañerías". Dunne escribió varios guiones para Hollywood y constituyó, junto a su socia y esposa, una de las parejas más cool y hip de Nueva York o Los Ángeles. Se sabe que eran inseparables y que uno terminaba las frases o las oraciones que empezaba el otro. Dunne murió sin haber escrito la Gran Novela Americana, pero lo intentó varias veces y el resultado fueron varios títulos admirables. La más conocida de ellas —traducida al español por Pomaire— fue la portentosa y melancólica Confesiones verdaderas (1977), que narra la historia de dos hermanos, un policía y un sacerdote, enredados en el misterioso crimen de la Dalia Negra en el Hollywood de los años cuarenta. En el terreno del ensayo, sus artículos y colaboraciones fueron recopilados en varios libros. Entre ellos, El estudio (1969, publicado por Anagrama en 1971) era una sabrosa y virulenta excursión a los estudios de la 20th Century Fox, a un planeta desbordante de idiotas con mucho poder y mucho dinero. Igual fascinación por la estupidez del mundo del celuloide es lo que se padece en Monster: Living Off the Big Screen (1997): la crónica kafkiana de sus aventuras con Didion a la hora de intentar escribir para los Disney Studios, a lo largo de ocho años y varias reescrituras, lo que se suponía que iba a ser una denuncia del detrás de la escena de los noticieros televisivos. El film, claro, acabó siendo una empalagosamente romántica película protagonizada por Robert Redford y Michelle Pfeiffer. La última oración del libro —que puede ser considerado, sin dudarlo, un clásico en su forma; uno de los mejores testimonios de los sufrimientos y humillaciones que Hollywood puede llegar a hacerle experimentar a los escritores— es: "También la pasamos genial".
     Aquí y ahora y en The Year of Magical Thinking, Joan Didion es como sus heroínas: una madre y una esposa esperando que algo suceda. La madre espera que su hija Quintana Roo salga de un coma profundo producido por complicaciones de una neumonía para así poder decirle que su padre ha muerto. La esposa espera que su marido muerto vuelva a casa y la rescate del presente porque "durante cuarenta años yo me vi sólo a través de sus ojos; yo no envejecí". Pensar en The Year of Magical Thinking como en un singular libro de auto-ayuda. Un libro que sólo ayuda a su autor y al que nosotros accedemos con el más respetuoso y admirado de los silencios. Un libro que Joan Didion comenzó el cuatro de octubre del 2004 y que concluyó 88 días después y que fue escrito para no derrumbarse. Un libro con una mujer súbitamente vulnerable y azotada por catástrofes que no dejan de sucederse: su hija, repuesta, vuela hacia California para el postergado servicio fúnebre de su padre y, en el aeropuerto, recién aterrizada, sufre una caída y se golpea la cabeza, y coágulo y neurocirugía en el UCLA Medical Center mientras Joan Didion va de la cama al living (a la biblioteca y a los libros consoladores de Eurípides y Freud y Auden y de su marido) y de ahí al escritorio y a la sala de terapia intensiva, volviéndose loca, imaginando milagros y resurrecciones, yendo a misa, renunciando a soñar por las noches, descubriendo que no se puede pensar sin recordar, comiendo poco y nada, llorando, armando frases con anteojos negros: "Te sientas a cenar y la vida, tal como la conociste hasta entonces, terminó" o "el matrimonio no es sólo tiempo; también es, paradójicamente, la negación del tiempo" o "la locura retrocede, pero ninguna claridad ocupa el espacio que deja libre".
     Malas noticias: no se consiguen libros de Joan Didion en castellano. Hace años se publicaron un par en Argentina y tres en España. Tal vez algo bueno salga de todo esto —de "estos fragmentos que he encallado junto a mis ruinas"— y la maestra reconocida de Bret Easton Ellis viaje a costas lejanas y reciba el reconocimiento que se merece y que siempre tuvo en su país y, sí, "El genio de Joan Didion" es el título de tapa de una reciente edición de The New York Review of Books.
     Y The Year of Magical Thinking —"un libro que me resultó muy fácil de escribir"— no llega hasta su segundo final, una coda terrible, otro ciclón golpeando en las ya muy castigadas costas de Joan Didion: el pasado 26 de agosto, como consecuencia de una pancreatitis aguda, falleció la hija y fotógrafa Quintana Roo Dunne a la edad de 39 años.
     Ahora ella es la única que queda, la sobreviviente de la foto, la que tendrá que contar la historia sola y sin nadie que complete las oraciones. Es una tarea dura pero, también, es un consuelo: saberse dueña de una buena vida, protagonista de una pareja de antología, madre de una hija formidable y, cuando llegue la hora, socia indivisible a la hora de repartir fifty-fifty del crédito —el terrible dolor que se destila en The Year of Magical Thinking sólo se consigue luego de muchos y largos años de felices acciones racionales— por un epitafio à deux en el que bien podría leerse, sí, otra vez, para siempre, un "También la pasamos genial". -