Fotógrafos que no hacen fotos | Letras Libres
artículo no publicado

Fotógrafos que no hacen fotos

Un fotógrafo era alguien que tomaba una foto que cumplía ciertos requisitos técnicos. Podía tener una idea de la fotografía que se aproximara a lo artístico o a la abstracción, o preferir el documentalismo, el reporterismo o la fotografía de calle. Podía buscar el momento decisivo o forzar la pose. Ante la diferencia, dentro de una categorización de las artes visuales, les unía armarse de una cámara fotográfica y accionarla. Ya no.

Hasta ahora, ante la discusión sobre la objetividad o veracidad que otorga la fotografía, aspecto del que desengañan teorías desde John Szarkowski (El ojo del fotógrafo, 1966) hasta Joan Fontcuberta (The post-photographic condition, 2015), se coincidía en que el fotógrafo “estuvo allí”. Al menos eso, lo que no es poco. Podía influir en el contenido, abrir o cerrar el marco e incluso retocar la imagen. Pero, qué duda cabía, había estado allí para hacer y suscribir la foto. Ya no.

¿Es posible que un fotógrafo siga siéndolo a pesar de no producir sus fotografías? En estos últimos meses se han publicado varios libros, de los que aquí destaco cuatro, que dan fe de ese rol del fotógrafo que no toma fotos, pero las “recoge” e interpreta. Es decir, adquiere un rol de narrador y maneja las imágenes como los escritores las palabras.

En The encyclopedia (2015), Kurt Caviezel mantiene vigilancia sobre miles de cámaras de seguridad. Hace capturas de pantalla en su ordenador como sucedáneo al clic de la cámara fotográfica, sobre temas que organiza bajo una categoría (“Ass”, “Insect”, “Red car”, “Snow”) en la que hay una selección de entre veinte y cuarenta imágenes. De este modo, con una estructura de diccionario, construye un análisis de la sociedad (gestos que se repiten entre ciclistas, personas que fotografían como turistas o profesionales, fraternidad) e incluso del medio ambiente (la nieve, la suciedad, los insectos, las aves). En “Bather”, por ejemplo, las cámaras apuntan hacia el agua de piscinas públicas, y el autor/fotógrafo atrapa un momento de personas que desconocen estar siendo filmadas –y fotografiadas–. En ocasiones, logra interceptar el instante de la mirada de deseo, en otras el ritual, casi de apareamiento. Y en las finales, su propia mirada de voyeur.

Bajo un título polisémico, Salitre (2014) es un ambicioso conjunto de trece libros, de los que solo uno está firmado por el fotógrafo Juan Valbuena, y los demás están compuestos por fotografías familiares y personales de doce hombres, inmigrantes subsaharianos, que compartían una vivienda de cincuenta metros cuadrados en el madrileño barrio de Lavapiés. Se reúnen, así, fotografías impresas que iban y venían en encomiendas. “Tacos de fotos de 10 x 15, en bolsas plásticas –recuerda Valbuena–. De móvil o de cámaras digitales, siempre impresas.” Cada uno contó su historia en dieciséis páginas, “un espacio individual que no tenían donde vivían”, dice quien, como editor (“catalizador”, prefiere él), intentó intervenir lo menos posible, y que, como hiciera Geert van Kesteren en Baghdad calling (2008), incluye también su propio trabajo fotográfico (interiores, retratos, objetos, vida cotidiana), junto al de sus protagonistas.

Otro libro, You haven’t seen their faces (2015), de Daniel Mayrit, se apropia de la “retórica” de los folletos que las autoridades de Londres repartieron con las caras de los jóvenes que presuntamente participaron en los disturbios de 2011, provenientes de las cámaras de seguridad. Mayrit rebusca en internet y extrae los rostros de las cien personas más poderosas de la ciudad, según el informe de 2013 de la revista Square Mile, para exponerlas al escrutinio público. “La mayoría son fragmentos de fotografías de ámbito fotoperiodístico, o capturas de videos –explica–. Una vez que conseguí reunir las cien imágenes que más se acercaban a lo que yo iba buscando, las manipulé digitalmente para darles ese estilo de cámara de seguridad.”

En Mujercitos (2014), Susana Vargas edita las fotografías tomadas entre 1963 y 1986 de hombres vestidos de mujer, que fueron publicadas en el periódico de crónica policial Alarma! “Se trata de retratos de hombres altamente sexualizados que adquieren un papel protagónico dentro de las fotografías. El diseño del libro se inspiró en las páginas del periódico”, dice la autora en el prólogo. Compone así un relato de la sociedad mexicana acerca del transexualismo, mostrando varias perspectivas mediante la selección pero también el diseño gráfico y el tono (titulares, leyendas) de aquellos reportajes.

Estos trabajos fotográficos están íntimamente vinculados a la tecnología actual pero también a una antigua, el libro códice. Planear un proyecto de dimensiones suficientes para hacer un libro obliga a otro enfoque de la fotografía, no ya hecha de retazos de realidad, sino de “narraciones” más extensas (no necesariamente más complejas), en las que no es posible que una sola persona “esté allí” para fotografiar todos los eslabones de ese discurso. Hoy, que todos hacemos fotos, no todos somos fotógrafos pero contribuimos a un ecosistema de imágenes disponibles con el que ensamblar un discurso. ~