Flaubert por Maupassant | Letras Libres
artículo no publicado

Flaubert por Maupassant

En De la amistad en la vida y en los libros (1942), el viejo y venerable librito de Ricardo Sáenz Hayes, el traductor y exégeta de Montaigne, no hay un capítulo dedicado a la relación entre Gustave Flaubert y su discípulo Guy de Maupassant. Sí lo hay respecto de Flaubert y Alfred Le Poittevin, el tío de Guy que decidió encargarle a su mejor amigo (Flaubert) el destino de su sobrino. Desde entonces mucho se ha hablado de que si Maupassant (1850–1893) pudo ser hijo natural de Flaubert (1821–1881) pero poco se ha insistido en el fuerte vínculo que los unió: son como padre e hijo, en efecto, pero se tratan como colegas cuya diferencia de edad la va borrando la literatura y me sospecho que, de haberse acompañado más tiempo, hubieran generado un monstruo tierno al estilo del creado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (separados por quince años de edad). Pero debe decirse que el tono libertino, calenturiento y desmadroso que privaba entre Flaubert y Maupassant hubiera sido inadmisible entre los amigos argentinos.

Tras intercambiar 286 cartas de las cuales se conservan 91, le tocó a Maupassant presentar al Flaubert misántropo, orfebre del lenguaje y enemigo de las supersticiones de su tiempo que al siglo XX le tocó, con tanto gusto, exaltar. Algunos de estos detalles los acabo de leer en el prólogo de Manuel Arranz a Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert (Periférica, Cáceres, 2009), en el cual se publican los dos ensayos de Maupassant sobre el autor de Madame Bovary, el de 1884 y el de 1890. En el primero de ellos, comentando Bouvard y Pécuchet, decía Maupassant:

“Creencias firmemente establecidas durante siglos son expuestas, desarrolladas y refutadas en diez líneas, oponiéndolas a otras creencias tan limpia y apasionadamente demostradas y demolidas como ellas. De una página a otra, de una línea a otra surge una idea, y a continuación otra que refuta la primera y es refutada a su vez por su vecina. Lo que Flaubert había hecho con las religiones y las filosofías antiguas en La tentación de San Antonio, lo hizo de nuevo con todos los conocimientos modernos [en Bouvard y Pécuchet]. Es la torre de Babel de la Ciencia, en que todas las diversas doctrinas, contrarias y sin embargo universales, hablando cada una de ellas en su lengua, demuestran la impotencia del esfuerzo, la vanidad de la verdad y la eterna miseria del todo. La verdad de hoy es el error del mañana; todo es incierto, variable, y contiene en proporciones desconocidas cantidades tanto de verdad como de falsedad...”

Es tonificante leer lo que dice Maupassant de su maestro, habiendo revisado las notas de Bouvard y Pécuchet, algunas de las cuales fueron a dar al Dictionnaire des idées reçues, traducido al español varias veces, algunas como Estupidiario, otras, literalmente, como Diccionario de las ideas recibidas. Afirma Maupassant: “Quien haya escrito alguna vez, habrá dicho una tontería en algún momento. Infaliblemente, Flaubert encuentra esa tontería y la apunta. Relacionándola una con otra, y luego con otra más, y aun con otra, forma un conjunto formidable que desarma cualquier creencia y cualquier ley.”

A Maupassant le fue fácil escribir: para bien y para mal fue un hijo del periodismo moderno. Como Hemingway, luego, tuvo días en que escribió hasta dos cuentos magníficos y temporadas enteras le fueron suficientes para redactar algunas novelas bastante malas. No es extraño que casi le reprochara, a Flaubert, la naturaleza de su genio. Dijo en 1890: “Su erudición, por consiguiente, fue casi un obstáculo para su producción. Heredero de la vieja tradición de los antiguos ilustrados, que eran en primer lugar sabios, poseía una prodigiosa erudición. Además de su inmensa biblioteca de libros, que conocía como si acabara de leerlos, conservaba una biblioteca de notas tomadas por él mismo de todas las grandes obras imaginables, consultadas en instituciones públicas o en cualquier lugar donde descubriera algo que despertara su interés. Daba la impresión de que se sabía de memoria aquella biblioteca de notas, citaba las páginas y los párrafos en los que se encontraba la introducción buscada, consignada por él diez años atrás, pues tenía una memoria prodigiosa.”