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Filoxenía

I. En uno de los pasajes bíblicos más reproducidos por la iconografía rusa se recoge la llegada de tres ángeles, hipóstasis de Dios, que son acogidos y agasajados por Abraham y Sara. Es la escena de la filoxenía donde resulta planteado el deber religioso de la hospitalidad, en el sentido más amplio de recibir fraternalmente al extraño, como si fuera enviado de Dios.
     No es la actitud de un único credo religioso, pero el relato sirve para recordar que es una creación cultural el establecimiento de vínculos de igualdad entre los miembros de un grupo humano y aquél a quien se considera un extraño. La tendencia espontánea no es a la fraternidad, sino al conflicto y al rechazo, en una palabra, a la xenofobia. Lo explicó Claude Lévi-Strauss:
La noción de humanidad, englobando sin distinción de raza o de civilización a todas las formas de la especie humana, es de aparición muy tardía y de expansión limitada. Pero para amplios sectores de la especie humana y a lo largo de milenios, esta noción se encuentra totalmente ausente. La humanidad se detiene en los confines de la tribu, del grupo lingüístico, a veces incluso del pueblo; hasta tal punto que gran número de las poblaciones llamadas primitivas se autodesignan con un nombre que significa "los hombres" —o a veces, con más discreción, "los buenos", "los excelentes", "los completos"—, implicando así que los demás grupos, tribus o pueblos no participan de las virtudes y ni siquiera de la naturaleza humana, estando compuestos de "malos", de "malvados", de "monos de tierra" o de "huevos de piojo".
Lo natural en la historia humana es, pues, el rechazo radical del otro, asumiendo la distinción que sobre una base biológica transfiriera Giddings a la sociología entre los conceptos de in-group y out-group. "Los pájaros del mismo plumaje forman bandada", citaba como ejemplo, haciendo suyo un proverbio que se encuentra en distintos refraneros. "Uduriak udurieki", "Los semejantes con los semejantes", se dice en el País Vasco para trazar la barrera de la identidad, que una vez definida se traduce en impulso de confrontación con quienes proceden del mundo exterior. A la concepción biológica de la identidad, como ocurriera entre nosotros con la limpieza de sangre bajo el Antiguo Régimen o en Alemania con el racismo, corresponde inevitablemente la tendencia a un rechazo visceral del otro: "Arrotz erri, otso erri", país extraño, país de lobos, propone hacia 1800 el cura casticista Juan Antonio Moguel sobre el telón de fondo de la apología del vasco cristiano y puro de sangre, y de la condena del francés revolucionario.
     La relación entre el in-group y el out-group es siempre asimétrica, cualesquiera que sean los colectivos implicados. El mejor ejemplo lo ofrece la historia del movimiento obrero en sus primeros pasos. Los trabajadores de una región o de un país adoptan de forma espontánea una actitud de rechazo cuando la inmigración supera un umbral, es decir, cuando surge la conciencia de que no llegan unos individuos aislados, sino los componentes de un grupo social al que se juzga como extraño. Así las gentes del Norte de Italia despreciaron a los terroni meridionales, los franceses lo hicieron a los maccaroni italianos —en alguna ocasión entonando la Marsellesa para adornar los actos de agresión (hoy Le Pen hace lo mismo)— o los vascos autóctonos a los maketos o belarrimochas que procedían de la submeseta norte. Los sambenitos que se cuelgan sobre los recién llegados pueden variar, pero casi siempre incluyen los mismos componentes. Hay un miedo de base que en ocasiones proporciona una fachada de racionalización: el extraño viene a quitar el trabajo a los locales o a rebajar los salarios de forma fraudulenta (así en Italia los esquiroles son llamados crumiri por la importación de trabajadores de esa comarca tunecina para romper huelgas).
     Por encima de todo el inmigrante es un ser al mismo tiempo inferior y amenazante. Los rasgos distintivos de este "extraño interior" consisten en ser sucio, inmoral y peligroso. Su condición diferencial es visible y recibe en el imaginario la carga de atributos negativos que pueden ser temporalmente ciertos (como los andrajos o el mal olor por vivir en pésimas condiciones de higiene) pero que son vistos como definitorios de su naturaleza. Lo mismo sucede con la propensión a la inmoralidad: tengamos en cuenta que la emigración contemporánea ha sido mayoritariamente masculina. Y en cuanto a la amenaza, tanto puede proceder de la asignación del carácter de delincuente nato como de su propensión reivindicativa de las relaciones de trabajo. Por una y otra vía, el punto de llegada es el mismo: la exigencia de proceder a su exclusión o, como mínimo, de convertirle en objeto de una represión selectiva y de la discriminación subsiguiente.
     Ahora bien, si la forma biológica de entender la alteridad ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, es precisamente la elaboración progresiva de este concepto, y su aplicación a las relaciones intergrupales, lo que permitió la entrada en juego de la tolerancia, de ese reconocimiento cordial del otro que llamamos filoxenía, por oposición a xenofobia, y de la consiguiente asunción de la multiculturalidad, esto es, de la posibilidad de convivencia bajo un mismo poder político de grupos sociales dotados de costumbres, creencias y lengua diferenciadas. Paradójicamente, la aparición de esta perspectiva tuvo lugar a través del conflicto, entre un imperio persa cuya vocación centralizadora resultó compatible con el reconocimiento positivo de la especificidad de los pueblos que le estaban sometidos en los planos administrativo y financiero —recordemos los relieves del desfile de tributarios en la escalera de Persépolis— y un mundo griego para el cual la relación agónica con los persas propició la superación del dualismo previo "griegos" vs. "bárbaros". Es lo que Esquilo reflejó en Los persas: éstos seguían formalmente incluidos en la raza de los bárbaros, pero en su propia derrota la descripción de su dolor les asimilaba a los griegos en un denominador común de sentimientos y aspiraciones.
     El enfoque de la alteridad había dado un giro de 180 grados, lo cual no significa que esa mutación lograse continuidad —la discriminación frente al extranjero se mantuvo en Grecia y en Roma—, ni que estuviera libre de contradicciones internas. El ejemplo más claro llega con el triunfo del ideal humanitario y universalista en el curso de la Ilustración. Incluso entonces el imperio de la razón se cruza con el eurocentrismo subyacente. El mito del "buen salvaje", arquetipo de hombre racional en potencia, tiene como contrapunto la oposición y la voluntad de exterminio aplicados al "mal salvaje", que no acepta la adecuación subordinada o, simplemente, resulta un obstáculo para la nueva forma de dominio del europeo (o euroamericano). La tensión es visible en la obra que Starobinski destacara como el más importante "emblema de la razón": La flauta mágica, de Mozart. "Es más que un príncipe, es un hombre", proclama en sentido revolucionario el sacerdote de la sabiduría respecto del protagonista Tamino. Pero la desaparición del absolutismo y del privilegio, el anuncio del nuevo poder de la razón, no abre el camino a la igualdad (se mantiene la subordinación del hombre inferior, Pappageno) y sobre todo la discriminación eurocéntrica se aplica en la figura de Monostatos, el tipo simiesco y servil, violento y lujurioso, representativo como el guardián turco del harén en El rapto en el serrallo de la infrahumanidad propia de los seres del despotismo oriental. Una visión de las cosas destinada a conservar su vigencia hasta nuestros días.
     Cuando en el siglo XIX la industrialización inaugure "la era de las migraciones", quedará de manifiesto que la superación de la propensión xenófoba es de carácter cultural. Conocemos las primeras reacciones de los trabajadores autóctonos ante la llegada de los inmigrantes y también el papel decisivo de las ideologías internacionalistas para modificar el escenario, imponiendo en la mentalidad obrera las ideas de fraternidad, solidaridad y universalismo en cuanto a la exigencia de la emancipación humana. El "¡Proletarios del mundo, uníos!" fracasó en cuanto proyecto político, pero permitió a lo largo de un siglo que en el imaginario de los trabajadores el sentimiento de pertenecer a una "clase universal" prevaleciese sobre la discriminación. Ciertamente, los hechos fueron menos brillantes que las ideas y sobraron casos en que la profesión de fe internacionalista sirvió para fundamentar la intolerancia y la represión ejercida contra el otro. Más allá de las excepciones, sin embargo, la conciencia de clase constituyó un freno eficaz a la tentación de clasificar a los trabajadores por criterios de origen. Su desplome, con los del comunismo y de la socialdemocracia, ha abierto paso al regreso de los planteamientos defensivos: el auge de la extrema derecha en regiones clásicas de implantación obrerista tradicional, especialmente en periodos de crisis económica, constituye la mejor prueba de ese vínculo hoy quebrado.

2. La crisis de la tolerancia y el auge de la xenofobia que se viven actualmente en los países de la Unión Europea son otros tantos factores de estrangulamiento para que en la actual era de inmigraciones pueda resolverse adecuadamente el problema de la multiculturalidad. No faltan especialistas que ponen en tela de juicio la aceptación de esta perspectiva, apoyándose precisamente en el fracaso del intento, en otro orden de cosas, de construir un Estado basado en la autonomía de sus componentes territoriales y en el fomento de sus respectivas culturas. Para Mikel Azurmendi, por ejemplo, la aceptación de esta pluralidad cultural habría servido únicamente para potenciar los nacionalismos de raíz étnica, centrífugos y antidemocráticos. El diagnóstico no es erróneo, aunque la causalidad en que se basa no toma en cuenta que no es en sí mismo el pluralismo cultural, sino su utilización por una ideología de exclusión, como el nacionalismo vasco, lo que determina la agudización del conflicto. De momento no parece que la misma fractura tenga lugar en otras comunidades. Por otra parte, la multiculturalidad debida al proceso inmigratorio no es algo que pueda ser eliminado en muchos casos, sino una realidad que admite una amplia gama de tratamientos, desde la voluntad de asimilación, tendente como es obvio a suprimirla y que resulta practicable ante una inmigración dispersa y poco cohesionada, y en el polo opuesto de la organización propia, e incluso de la representación política autónoma, de los colectivos exógenos. Nos remitimos al libro de Will Kymlicka, Multiculturalidad y democracia, para el examen de esas distintas posibilidades.
     A la vista de la composición de las inmigraciones recibidas por los países de Europa occidental, resulta evidente que ambos extremos son impracticables. No es hora de resucitar el modelo de los millet o comunidades subalternas autorreguladas de naturaleza religiosa en el imperio turco. Su operatividad cesó al debilitarse el sultanismo otomano, dejando paso a un siglo de enfrentamientos y pulsiones genocidas. En la actualidad algo similar sería del todo incompatible con una vida política y social democrática. En cuanto a la asimilación, todo el peso del jacobinismo y del espíritu de homogeneización propios del sistema político y educativo francés, si bien ha tenido éxito en los casos de las inmigraciones procedentes de Polonia, Italia, Portugal, España o Armenia, no consiguió eliminar la voluntad de permanencia que en torno a la religión fraguó el colectivo musulmán, mayoritariamente de origen magrebí. No es solamente cuestión de la especificidad islámica. El progreso registrado en las comunicaciones en el último tercio del siglo XX ha incrementado las posibilidades de resistencia a la asimilación, tanto para los musulmanes en Francia como para los hispanos en Estados Unidos, al favorecer la realización de viajes y la escucha y visión de radios y emisiones televisivas que refuerzan ese mantenimiento de los vínculos afectivos e idiomáticos con la cultura de origen.
     En abstracto, la fórmula aplicable a una situación de pluriculturalidad, desde supuestos liberales y democráticos, no ofrece demasiadas dudas. Ante todo, frente a una solución de tipo jacobino que violentase las aspiraciones y los derechos de los colectivos minoritarios, el Estado democrático debe proporcionarles los medios para preservar si lo desean sus hábitos, valores y formas culturales, siempre que resulten compatibles con las exigencias del Estado de derecho. Aceptar en abstracto y con carácter general, como propone W. Kymlicka, las demandas de derechos poliétnicos y de representación, implica abrir la puerta a una posible legitimación de normas internas de un determinado grupo contrarias a los valores y a las normas de la sociedad democrática en la que participa. Pensemos, por ejemplo, en lo que representa el objetivo de "normalización" del euskera propugnado desde el nacionalismo vasco, y que en la práctica abriga el propósito de excluir al idioma allí mayoritario, el español, creando todo tipo de mecanismos de discriminación contra aquellos que no hablan la lengua considerada como propia de la nación.
     Hay que defender, por consiguiente, el pluralismo cultural y al mismo tiempo cuidar de que ese respeto no incluya la persistencia de prácticas incompatibles con la democracia. El fin último debe ser, lógicamente, que asuman sus valores en el marco de un patriotismo constitucional, pero al mismo tiempo han de respetar las normas que en todos los órdenes la Constitución determina. Y, en segundo lugar, el Estado democrático debe velar porque esos colectivos no impongan limitaciones y reglas a los individuos que los integran, cercenando el principio de libertad individual. El marco de reconocimiento de los derechos es general y no cabe admitir espacios sociales en los que impere una normatividad opuesta a los citados derechos individuales. En una palabra, el Estado democrático no puede permitirse ser tolerante con la intolerancia.
     La praxis de la multiculturalidad no puede ser vista al modo de una experiencia elemental de laboratorio, en la cual componentes químicos heterogéneos son reunidos en el interior de una probeta. Los componentes culturales actúan dentro de procesos en cuyo curso los grupos portadores de los mismos plantean objetivos, les asocian valores, normas y reglas de control. En este sentido, una futura sociedad mestiza no supone el cocktail de ingredientes plurales donde el resultante emerge de una suma de vectores. Si hay una sociedad receptora en la que prevalecen valores democráticos y liberales, resultaría suicida que sus gobernantes abdicasen del papel axial que la misma ha de desempeñar para canalizar las presiones y definir las metas del cambio. Una cosa es que las leyes alemanas perpetúen la discriminación contra el colectivo de inmigrantes turcos y otra que no creen los estímulos para que ese colectivo interiorice y haga suyos los valores y, en lo esencial, las formas de comportamiento propias de la sociedad germana. No se trata de que sigan siendo turcos generación tras generación ni de que abdiquen de sus raíces, sino de que se conviertan en turcoalemanes, en ciudadanos alemanes de origen turco que de desearlo han podido preservar los componentes religiosos y culturales de esa procedencia.

     En la aplicación de este criterio, no existen soluciones perfectas, pero sí experiencias susceptibles de ser utilizadas para la adopción de políticas que al mismo tiempo promuevan la integración y el respeto al pluralismo. Para lo primero, siempre cabe recordar el éxito relativo que sobre la plataforma anglófona ha representado la construcción de una nación sobre bases étnicas muy heterogéneas en Norteamérica. En términos de John Higham, aquélla jugó el papel de una "población formativa", determinando que los inmigrantes tuvieran que integrarse en ella, en lugar de formar naciones separadas. Más que de integración se trató, pues, de asimilación. No es éste el modelo a imitar, pero hay que tener en cuenta que la disolución de los rasgos culturales de los inmigrantes en el crisol wasp dependió también de condicionamientos tecnológicos, sobre todo en el campo de la comunicación social. Hoy la importantísima minoría hispana cuenta con canales de televisión propia, posibilidad de viajar en pocas horas para la visita al país de origen y redes de sociabilidad que permiten un tipo de integración manteniendo la diferencia que no fue posible para sus predecesores. A pesar de ello, la exigencia de asunción de los valores de la "sociedad formativa" se mantiene, llenando de contenido a un "patriotismo constitucional" de por sí inevitablemente abstracto, desprovisto de carne y de sangre humanas, de un tejido creencial sobre el que insertarse. Tal vez éste sería el patrón a seguir, salvando las distancias que en cuanto a cultura política se dan entre Norteamérica y las sociedades europeas.

3. Una política orientada a la integración, teniendo en cuenta la multiculturalidad, ha de tomar asimismo en consideración los rasgos específicos de esas culturas procedentes de la inmigración. La problemática que en Norteamérica plantearon los inmigrantes italianos, con sus formas de organización de la delincuencia, fue diferente de las de alemanes o irlandeses, por no hablar de minorías como los amish. La integración lograda en Argentina entre la gran masa de inmigrantes italianos y la matriz hispana, reforzada a su vez por una inmigración coetánea de la italiana, aunque cuantitativamente menor, se vio favorecida por la proximidad entre ambos idiomas, e incluso entre ciertas pautas religiosas y culturales; en ese crisol dual vinieron a fundirse corrientes minoritarias, como judíos o emigrantes del Imperio Otomano. Difícilmente se hubiera conseguido esa articulación con otros ingredientes en la composición de los procesos centrales.
     Y en la vertiente opuesta, una alta cohesión en un grupo de inmigrantes cuantioso puede dar lugar al mantenimiento en la sociedad receptora de las formas culturales originarias, de un lado incrementando la tensión, de otro propiciando fenómenos de sincretismo. Al lado de Brasil, Cuba ofrece un ejemplo extraordinario de esa incorporación diferencial con su población afrocubana procedente en su gran mayoría de una esclavitud cuya intensidad máxima se concentró en pocas décadas del siglo XIX y con una región de origen relativamente acotada. Religión, cultura y sociabilidad sobrevivieron en el marco hispano, afectado a su vez por la influencia norteamericana, hasta el punto de que sociedades como los ñáñigos pasaron la frontera racial, desde el espacio de color al blanco, y otro tanto ocurrió con formas de superstición tales como la santería, en el campo de la música, etc., todo sobre el telón de fondo de una sociedad efectivamente mestiza, de cuyo interior, sin embargo, no han desaparecido vivos reflejos racistas.
     El reto de la multiculturalidad surge ante la presencia de colectivos con fuertes sentimientos de identidad y cohesión interna que favorecen la defensa de la cultura propia. Por eso, y por la fuerza de los números, es por lo que la inmigración musulmana, y en particular la procedente del Magreb, plantea el tema con una intensidad muy superior a las demás. Constituye, asimismo, una buena muestra de la necesidad de conjugar la voluntad integradora con el análisis de una realidad siempre compleja, huyendo tanto de la demonización como de su opuesto, la angelización. La primera se ve propiciada entre nosotros por un legado de xenofobia, enraizado con fuerza desde las contiendas coloniales y la guerra civil, y encuentra últimamente el apoyo intelectual de quienes como Sartori juzgan con un alto grado de pesimismo la integración de las minorías musulmanas. La segunda tendencia, expuesta con insistencia por publicistas como Gema Martín Muñoz, cree que todo quedaría resuelto si nuestra opinión pública asumiera que con la inmigración musulmana lo que se produce es un cruce fructífero de aportaciones, con Europa cambiando al Islam y el Islam cambiando a Europa en un fértil intercambio de ideas y de valores. Para llegar a ese final feliz, únicamente hace falta que abandonemos los residuos de mentalidad imperialista y judeocristiana, erróneamente convencida de la superioridad de Occidente. Ni siquiera puede admitirse que exista un "terrorismo islámico", concepto que atiza el fuego de la xenofobia tras el 11-S y que carece de fundamento, de la misma manera que son inexistentes los terrorismos católico, protestante o judío.
     Los hechos son, sin embargo, tozudos, y sólo un ignorante o un ciego voluntario pueden negar que existe un terrorismo islámico, en la medida en que lo practican islamistas radicales a partir de su concepción ortodoxa y rigorista del Islam, del mismo modo que han existido el terrorismo católico y el terrorismo protestante en el Ulster, y que desde la génesis del Estado de Israel hubo un terrorismo judío. Por esa razón, nada terrible supone que la desconfianza frente a los árabes, o a quienes parecieran árabes, con los consiguientes reflejos xenófobos, se intensificara en los meses que siguieron al 11-S, singularmente en los aeropuertos. Sarampión pasajero e inevitable. No es ese el problema, sino el mucho más acotado, pero imprescindible, de prestar atención en los países europeos, como ya lo hace Francia desde hace años, a la propaganda del integrismo islámico, vía mezquita con imam de origen saudí o escuela coránica del mismo signo.
     Esta problemática ha de separarse de la general que ofrece la integración de inmigrantes musulmanes, sustentada en la estrecha imbricación que existe en el Islam entre religión, usos sociales y cultura. Lo ha explicado con suma claridad el arabista Mikel de Epalza: el Islam envuelve todas las dimensiones de la vida del musulmán, desde el nacimiento hasta la muerte, desde los rituales hasta el código de comportamientos en su calidad de miembro de la umma, de la comunidad de los creyentes.

En la base de la fe musulmana —explica Epalza— se encuentra una coherencia completa entre un Dios absoluto, fundamento de todas las cosas, un orden del mundo regido por Dios y un orden sociopolítico que comprende tanto el aspecto familiar como el político, dominado por el Islam, referencia suprema. No hay en el Islam las dicotomías que establece el cristianismo: natural/sobrenatural, Iglesia/Estado o sociedad, gracia/pecado. Como ha mostrado Y. Moubarac, se trata de una cosmovisión muy unificada, que protege al mismo tiempo que vincula. Como consecuencia, la adhesión del musulmán a tal sistema es muy profunda y, hasta cierto punto, indestructible.
Este carácter totalizador hace particularmente difícil la asunción de valores y usos que pudieran implicar mínimamente conflicto con la creencia, si bien al mismo tiempo es un factor de estabilidad y confianza. Con el mencionado espíritu de violencia ligado al concepto de yihad en los grupos integristas, por consiguiente cuestión minoritaria, el principal obstáculo para la integración musulmana en las sociedades occidentales reside en el estatus de la mujer. Las experiencias británica y francesa demuestran en todo caso que más allá de conflictos puntuales, como el del velo o el pañuelo, no existen bases para un pesimismo a lo Sartori. Problemas habrá, pero perfectamente resolubles en un marco democrático.

4. Las sociedades europeas se encaminan hacia esa forma de multiculturalidad que se ha llamado mestizaje étnico y cultural. La clave para el buen éxito del proceso reside en conjugar la voluntad integradora con el respeto a la pluralidad cultural a la sombra de un "patriotismo constitucional" convenientemente sustentado en la proyección de los propios valores en cuanto "poblaciones formativas". Sin complejo de superioridad, y también sin masoquismo de donjulianes, intentando resolver las cuestiones puntuales a partir de un conocimiento técnico de las mismas y no de la búsqueda de lo políticamente correcto desde cada ideología. Ello supone asimismo ver las cosas desde Europa, pero en la medida de lo posible sin eurocentrismo ni complejo de choque de civilizaciones. El necesario rapto de Europa por los inmigrantes requiere que los europeos enfoquen el problema del otro desde una perspectiva universalista, tratando ante todo de entenderle para luego proyectar ese entendimiento sobre las agencias de socialización, y en primer lugar sobre la enseñanza y los medios de comunicación de masas. Insistimos, sin caer en la angelización, que al final a nadie convence y que incluso puede desembocar en esa forma de racismo que es la actitud paternalista. Por eso mismo, la finalidad de ese proceso integrador no puede ser únicamente la articulación en la convivencia del respeto al otro, sino que ha de tender a convertirle progresivamente en un ciudadano pleno. El reconocimiento de los derechos constitucionales de reunión y asociación, la eliminación de toda práctica discriminatoria y la concesión de grados sucesivos de participación política, serían los pasos para que verdaderamente pudiera afirmarse que con la defensa de la multiculturalidad se consolidan la libertad y la democracia. ~