Félix Romeo: 4 años y un día | Letras Libres
artículo no publicado

Félix Romeo: 4 años y un día

Félix Romeo, novelista innovador, crítico feroz y colaborador de esta revista, murió hace 4 años.  Recordamos su legado como escritor y persona. 

Félix Romeo murió hace cuatro años y un día. Murió en Madrid, donde había ido para asistir a la celebración del décimo aniversario de la edición española de Letras Libres. Tenía 43 años.

Es muy raro que haya un día en el que no recuerde a Félix, y sé que les ocurre lo mismo a muchos de sus amigos. Los esfuerzos por paliar su ausencia impulsan algunos de los homenajes y ediciones que se han hecho. Poco después de su muerte se publicó Noche de los enamorados, una investigación sobre el asesinato que cometió el compañero de celda de Félix en la cárcel de Torrero cuando el escritor fue condenado por insumisión. Al cabo de unos meses, Debolsillo reunió Dibujos animados, un libro divertido y triste que cuenta cómo crece un chico del barrio de Las Fuentes; la novela polifónica, torrencial y posmoderna Discothèque; Amarillo, la estremecedora reflexión sobre el suicidio del escritor Chusé Izuel; y Noche de los enamorados. La editorial Xordica y Eva Puyó e Ismael Grasa han impulsado dos libros imprescindibles: el volumen de relatos Todos los besos del mundo y la colección de artículos Por qué escribo, el libro que más se parece a su autor. Se le han hecho homenajes, como un corto de Vicky Calavia y Gaizka Urresti, una edición especial en la revista Rolde, el fallido Negro de Jorge Martínez Lucena, un dosier en Letras Libres, artículos en publicaciones como Turia o Artes & Letras, el suplemento de Heraldo de Aragón donde Félix ejercía de crítico.

Esos libros muestran el talento y la fecundidad que una personalidad arrolladora como la suya podía eclipsar. Escribió muchos textos, algunos recogidos en libro y otros no: algunos, como esta hermosa evocación de un verano en Castellón, su conversación con Jorge Semprún o su retrato de la monja Forcades o su búsqueda de Peter Handke en Soria, se pueden ver en esta página web. Muchas veces, cuando me pregunto quién podría reseñar un libro o trazar un panorama de un autor descubro que ya lo había hecho él y me doy cuenta de que habría sido la mejor opción. No habrá más textos de Félix. Pero tampoco más proyectos disparatados ni esos análisis perspicaces y brutales. No hace falta estar siempre de acuerdo para admirarlo, pero releerlo siempre ofrece sus recompensas: está lleno de humor, erudición, inteligencia e intuiciones. El pensamiento de Félix nunca era estático, y no era uno de esos que encabezan su opinión con la declaración un tanto deprimente de “Siempre he dicho”. Pero en su manera de ver el mundo, más moral que política, había dos elementos constantes: el rechazo al relativismo cultural y un impulso libertario. Decía a menudo que no quería para los demás algo peor que lo que él tenía. Su defensa de la libertad y la independencia era algo físico, y generaba consecuencias que afrontó.

Era, en cierto sentido, un polemista. Discutía por escrito y en persona con vehemencia. Pero esa vehemencia también estaba en sus afectos, que manifestaba a menudo hacia gente que tenía opiniones muy distintas a las suyas. Les daba, como a sus amigos, títulos y consejos, pensando en lo que podía ser mejor para ellos. Su huella está en los libros y las películas de mucha gente. Esta selección de textos quizá muestre un atisbo de su calidez y humanidad. Félix Romeo no era solo un hombre extraordinario. Hacía que los demás se sintieran extraordinarios y eso los hacía mejores.

Con la muerte de Félix perdimos una voz literaria singular y profunda, y uno de los críticos culturales y literarios más brillantes de nuestro país. La causa de la libertad perdió a un defensor brillante, y muchos hemos perdido su activismo de la amistad, que daba energía y referencias y te unía a otras personas. Pero hemos perdido sobre todo el flujo Félix. Me habría gustado conocer su opinión sobre los libros que acaban de salir o sobre las elecciones de diciembre y habría agradecido una buena discusión a gritos. Lo mejor es impredecible, porque una de sus cualidades era la cantidad de libros, revistas, películas y personas que te ayudaba a descubrir.

Tengo muchos recuerdos de Félix, y bastantes de los últimos meses: cuando fuimos a buscar la tumba de Santiago Dulong, su compañero de cárcel, en el cementerio de Zaragoza; cuando fuimos a verlo con Pippi Tetley, Ismael Grasa y Eva Puyó a casa de Lina Vila, su novia; la última noche, cuando cenamos con Aloma Rodríguez, Jonás Trueba, Ricardo Cayuela y Ramón González Férriz en La choza, en la calle Echegaray.

También recuerdo la mañana del 7 de octubre de 2011: yo iba en metro a la redacción para colgar el post semanal de Félix en la web de la revista, el último texto que escribió, cuando mi hermana, que lo acogía en casa, me llamó desde su trabajo para decirme que fuera a su piso. Su novio le había dicho que Félix parecía muerto. Releo sus correos y me apena que algunos recuerdos se debiliten, que la vida siga y él no esté a mi lado. Lo recuerdo inmóvil en el sofá cama de ese piso de la calle Príncipe, pero muchas noches sueño con que me encuentro a Félix y me dice que todo fue un error. Tuvo un ataque al corazón. Se ha recuperado, pero le recomendaron una vida tranquila y lleva tiempo sin salir. Me cuesta asimilarlo, pero me alegra pensar que nos vamos a ver pronto y le pregunto qué libro va a reseñar este jueves. Sé que nadie lo hará tan bien como él.

[Imagen: Aloma Rodríguez]