ETA todavía | Letras Libres
artículo no publicado

ETA todavía



Unidad…

¿para qué?

Fernando Savater

Que la unidad básica de los principales partidos constitucionalistas (es decir, los que representan a la inmensa mayoría de la ciudadanía española) resulta fundamental para llevar a buen término la derrota del terrorismo es algo de lo que bastantes hemos estado convencidos desde hace mucho. O sea, que no necesitamos ahora que nos lo griten al oído como si fuésemos sordos quienes hasta hace poco predicaban contra el indeseable “seguidismo” que uncía al PSOE con el PP en el siempre fastidioso camino de la sensatez. Pero claro, una cosa es la unidad democrática y otra que los ciudadanos de este país debamos imitar en sus hábitos suicidarios a los lemmings, esos unánimes roedores que por mor de la armonía social se tiran todos a una desde un acantilado al mar. Vayamos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional, pero siempre que no se utilice esa conjunción de voluntades para ocultar los errores políticos cometidos en el pasado –de cuya responsabilidad política no disculpa la buena intención, que sólo tiene efectos morales– y sobre todo para enredar a todo el mundo en nuevas equivocaciones que confirmen, prolonguen y agraven las cometidas en el pasado que aún no se han reconocido. No se trata de pedirle a Zapatero que se haga el hara-kiri, como pretenden los extremistas (en caso de apuro, con la dimisión basta), sólo sencillamente que admita la necesidad de rectificar si no el pasado –eso lo dejaremos para la próxima Ley de Memoria Histórica– al menos los pasos futuros en la lucha antiterrorista. Porque ése debe ser el objetivo y no ningún otro: acabar con el terrorismo liquidando a ETA. En cuanto esto se logre vendrá la paz, no la de los cementerios ni la de la rendición a ideas inconstitucionales, sino la de la polémica política, incómoda y a veces agria pero incruenta. Afortunadamente, parece que ahora todo el mundo se apunta ya a la idea de que debe haber vencedores y vencidos, siendo ETA la que ha de perder para que todos ganemos la libertad. Algo vamos progresando… ~

 

Errores garrafales

Fernando Aramburu

Con escándalo personal, con pena, vi desde el principio de la tregua que destacados miembros del gobierno de España, acaso ingenuamente, consideraban factible, e incluso deseable, un encaje político de ETA, de sus colaboradores y adeptos, dentro del sistema democrático vigente en la actualidad. Y esto a pesar de las continuas advertencias de conocidos militantes del Partido Socialista en el País Vasco. Aspirar a un desenlace equivalente a la convivencia pacífica mediante el tejemaneje político en la sombra, haciendo agujeros en la ley para contentar a quienes nunca han dejado de proclamarse enemigos de la democracia española, demuestra un desconocimiento harto vergonzante, por quienes pusieron nuevamente en marcha esa equivocada metodología, del fanatismo y la irracionalidad que nutren la estrategia criminal de la izquierda abertzale. Se han cometido errores garrafales desde la responsabilidad de gobierno. No es el menor de ellos el haber adoptado la terminología del terrorismo para hablar, por ejemplo, de “proceso de paz”. Le vienen a uno las lágrimas cuando comprueba que los dos principales partidos políticos de España son incapaces de afrontar con unidad de criterio un problema tan singularmente grave para la nación. ~

 

Raíces de ETA

Francesc de Carreras

El problema que plantea la supervivencia de ETA no es tanto que el País Vasco puede separarse del resto de España sino, sobre todo, que en un rincón de Europa occidental, en una zona con un nivel de vida por encima de la ya muy alta media europea, existe un movimiento de tipo fascista y totalitario que no consigue ser vencido y que tiene un cierto apoyo social. Sin duda, un caso único en Europa, ¿por qué?

Para buscar la raíz de todo quizás hay que remontarse a fines del siglo XIX. De manera más o menos dificultosa, con bastante retraso respecto a los países europeos avanzados y una guerra civil por en medio, España se incorpora definitivamente a Europa a partir de 1975, tras la muerte de Franco. Queda, sin embargo, un residuo del Antiguo Régimen que no ha pasado por el cedazo del liberalismo y la democracia. Efectivamente, ciertos sectores del País Vasco y Navarra que optaron por el carlismo hasta 1876 y que, a partir de entonces, adoptaron un nacionalismo de raíz integrista católica, son la base social de ETA. Este poso antiliberal y populista del carlismo, mezclado con un nacionalismo radical y un tosco marxismo primitivo, da como fruto la ETA de finales de los años sesenta. Muchas escisiones, muchos cambios en la dirección, pero la realidad es que un diez por ciento de la población que se considera culturalmente vasca –entre ciento cincuenta y doscientas mil personas– apoya al último movimiento fascista de la civilizada Europa.

Las ingenuas negociaciones emprendidas por el gobierno de Zapatero no han hecho otra cosa que empeorar la situación: ETA vuelve a estar en las instituciones, entre mil quinientos y dos mil etarras cobrarán de los ayuntamientos, los poderes públicos financiarán a ETA. Mientras, los amenazados volverán a su angustiosa vida, a su incierto porvenir. El resto de ciudadanos, dominados por el miedo, mientras no se rebelen contra los violentos, intentarán disimular: “algo habrán hecho las víctimas”. Quizás sólo una ventaja habrá tenido esta fallida tregua: ¿alguien puede seguir defendiendo seriamente la política del diálogo? ~

 

Errores sin retorno

Félix Ovejero Lucas

En su comparecencia al día siguiente del anuncio del final de la tregua, Rodríguez Zapatero le dijo a ETA que se equivocaba de camino, que, por esa vía, no alcanzaría sus metas. Es posible. Lo que es seguro es que hoy ETA está en mejores condiciones que cuando inició la tregua de conseguir cualquier meta que se proponga por la sencilla razón de que tiene más poder. Y lo sabe. En aquellos días parecía que lo único de lo que había que hablar era de cómo, después de entregar las armas, volvían discretamente a sus casas, a la espera de que nadie les pidiera cuentas por la barbarie de tantos años. Como los franquistas en su día, con la conciencia de que formaban parte de la historia condenada moralmente. Un año más tarde, nos encontrábamos discutiendo la agenda política de ETA. El final de la tregua nos deja con ANV en las instituciones y sus votantes convencidos de que el gobierno es el culpable de que las cosas no vayan a puerto, a su puerto. Les dieron esperanzas y ahora les defraudan. Sueltan a De Juana y lo vuelven a encerrar. Con más poder y envalentonados por lo que juzgan una traición. Cuando lleguen los muertos, no dejarán de votar lo que ETA les pida.

Lo peor del diagnóstico del “camino errado” es que no cuestiona las metas de ETA. Parece asumir que hay algo de veraz en su denuncia de un pueblo oprimido y de legítimo en su proyecto de imposición identitaria. Nada sorprendente. Durante este tiempo el gobierno ha aceptado un lenguaje (dialogo, conflicto, paz) que daba por buena la descripción de ETA y que arrastraba a sus conclusiones, a considerar que sus “soluciones” eran atendibles. También aquí se han sentido traicionados los votantes de HB: si se buscaba la paz entre dos bandos qué más razonable que ceder a sus exigencias.

Ésa es la mayor desgracia de lo sucedido en este tiempo. Se podrán desarmar comandos y desandar el terreno perdido policialmente. No será fácil. Con todo, costará mucho más restituir el sentido común. Tienen razón los que dicen que la solución del “problema vasco” es política. Pero en un sentido exactamente contrario al que ellos suponen: hay que desmontar las palabras trucadas del nacionalismo, recuperar el lenguaje de la libertad, la ciudadanía y la decencia. No ceder un milímetro a la sinrazón.

Desafortunadamente, no hay que esperar que ésa sea la estrategia de Rodríguez Zapatero. Cuesta mucho romper las inercias, sobre todo cuando no sobra el talento. Como en la bolsa y en la vida, los desatinos se mantienen, sin convicción, simplemente porque se empezó cierto día, aunque ya no se sepa muy bien por qué. ~

 

Volvemos a las andadas

Álvaro Delgado-Gal

En países políticamente educados, los hechos históricos se reprocesan en forma de explicaciones, que la oposición exige y los gobiernos no pueden por menos de dispensar. En países poco formados, el cálculo o el sigilo sepultan la palabra y el público se ve obligado a moverse por indicios. De la democracia sobrevive sólo el voto, que en un vacío racional tenderá a ser arbitrario. Resumió bien la situación el presidente en su entrevista con Gabilondo: “La nota la ponen los votantes”. Dicho lo mismo en otros términos: se es responsable de ganar o perder las elecciones, pero de nada más.

Tengo la impresión penosa de que el síndrome se va a repetir también esta vez. El jueves 7 del mes pasado, Zapatero rehusó asumir responsabilidades por la zozobra de un proceso cuya estructura no hemos terminado de entender aún. Pemítanme que use una analogía. La cuestión no está en si se ha perdido una guerra, sino en el tipo de armamento que se ha utilizado. No es lo mismo la guerra química que la nuclear, ni ésta equivale a una guerra convencional. Tampoco es lo mismo haber discutido con ETA medidas de gracia que haber prometido, o amagado, concesiones políticas. No son cuestiones de detalle, sino puntos esenciales, puesto que afectan por lo derecho a la legitimidad del Gobierno y las instituciones.

A lo que parece, la oposición ha renunciado a que se pongan en claro estas cosas. Tras su encuentro del lunes 11 con Zapatero, afirmó Rajoy: “No es hora de reproches ni de hablar de la credibilidad del presidente del Gobierno. Tiempo habrá en su día para pedir responsabilidades a cada cual por las conductas de estos últimos años”. ¿Cuándo? ¿Cuando Rajoy escriba sus memorias?

El hombre que encabezó una manifestación gigante en la que faltó el canto de un duro para que se declarase inicuo al Gobierno de Zapatero, ha preferido dar un paso atrás y hacerse invisible tras el velo que protege los grandes intereses de Estado. ¿Patriotismo? ¿Cálculo electoral? Sea como fuere, volvemos a las andadas. Gentes de otras generaciones indagarán los datos de que nos habría gustado disponer como ciudadanos. ~

 

Nada será ya igual

Mikel Azurmendi

1. Por primera vez en la historia española de la democracia, ha sido el Gobierno socialista quien ha negociado con ETA la concesión de una tregua. Y ha venido negociándola antes y durante el Pacto Antiterrorista que contrajo con el PP. Las promesas políticas del PSOE a ETA han sido: el arreglo de una fórmula hacia la autodeterminación, la cuestión de Navarra (echar a la mayoría actual y aliarse PSOE y nacionalistas tras las elecciones), la legalización de Batasuna y la instauración de un periodo constituyente a través de mesas de partidos políticos. Además de no ser beligerante en la represión.

El PSOE dejó de lado lo pactado con el PP y buscó un amaño congresual para autorizarse unas negociaciones directas con ETA. El amaño reunió a todos los pequeños partidos que desde tiempo atrás han condenado las vías jurídicas, políticas y económicas de la lucha contra el terrorismo de ETA. El amaño autorizó el diálogo con ETA tras verificar su desarme.

ETA no sólo no se ha desarmado durante la tregua sino que se ha rearmado robando armas y fabricando nuevos ingenios para matar. Ha desarrollado más de quinientas acciones de lucha callejera con el balance de un asesinado y cientos de millones de euros causados por los destrozos materiales. Y ha destrozado la T4 de Barajas asesinando a dos personas. El Gobierno mantenía que no existían razones para sospechar que ETA se estuviera rearmando y cometiendo tropelías. Apenas han existido detenciones de terroristas y no ha aplicado la Ley de Partidos con la contundencia que debía ser aplicada. Mientras tanto ha volcado las peores descalificaciones contra el PP y las víctimas.

2. El Estado de derecho ha perdido una importante batalla y está por ver si reconstituirá sus fuerzas para librar con éxito otra y otra, hasta la derrota final de ETA. Porque el Estado de derecho se halla al borde del colapso institucional, con importantes disfunciones en los tres poderes.

El juego de ETA en esta batalla estaba cantado pues ha obrado según su manual de treguas a fin de cobrarse un respiro, rearmarse y volver donde solía. Lo decisivo y realmente innovador en esta batalla de tres años es el papel del Gobierno y del conjunto del partido socialista. Porque su táctica era matar al compañero de trinchera y excluirlo mientras establecía con el enemigo un negociado secreto de concesiones por armisticio.

Si el compañero de trinchera quedaba enterrado en ella, mejor que mejor, se trataba precisamente de hacerlo aparecer ante la sociedad como un numantino inservible en esas nuevas campas de la gestión de la paz. Y se transformó radicalmente la terminología que antes llamaba a las cosas del terrorismo por su nombre, implantándose el discurso políticamente correcto de las nuevas exigencias.

Esta táctica socialista ha escindido a la sociedad democrática en dos, y éste es el mayor éxito de ETA, más allá incluso que el de su recomposición de fuerzas. Y ha partido en dos a los colectivos de la sociedad civil que venían movilizándose merced al viento a favor del consenso pactado entre los dos grandes partidos democráticos. Y la táctica socialista hubiese acabado con la movilización social a menos que las propias víctimas no hubiesen tomado las cosas por su mano. Y ésta es precisamente la única victoria democrática, una especie de escaramuza nada más dentro de la gran batalla perdida, pero que ha posibilitado sacar al hundido en la trinchera y reponer su política en la liza como única política justa.

3. El Gobierno trata de salvar los muebles y huir hacia adelante, con una Batasuna en las instituciones. Maniobrará por ganar las próximas elecciones pero es rehén de ETA. ~