España en cien libros | Letras Libres
artículo no publicado

España en cien libros

Andrés Sánchez Robayna*

 

Soledades (1903), de Antonio Machado

Tal vez el mejor libro de Antonio Machado, en el que las notas y preocupaciones simbolistas se dejan oír con nitidez. Algunos de los poemas de Soledades tienen la precisión y la sugestión de un emblema: se quedan en la memoria para siempre. Yo leí de niño, por ejemplo, “Recuerdo infantil”, y no pude ya olvidarlo. Es un poeta “luminoso y profundo”, para decirlo con Rubén Darío.

 

 

Lecturas españolas (1912), de Azorín

La mirada que Azorín sabe arrojar sobre los clásicos españoles está tan alejada del academicismo mimético como de los caprichos del excesivo subjetivismo. La tradición literaria adquiere en el escritor levantino una nueva corporalidad, una nueva vida, capaz de actuar sobre el presente. Un espíritu que se halla en otras obras suyas como Clásicos y modernos (1913) o Al margen de los clásicos (1915).

 

 

Del sentimiento trágico de la vida (1912), de Miguel de Unamuno

En “el año de gracia de 1912” escribe de Unamuno un libro que pretendía “sentir el pensamiento” y “pensar el sentimiento”. Vio en ello un problema trágico, una lucha: “El más trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y con las volitivas”. Entre Cristo y Don Quijote, la meditación unamuniana se debate por lo que se debate todo pensamiento: por encontrar sentido.

 

 

Luces de bohemia (1920), de Ramón del Valle-Inclán

Más allá de la técnica del esperpento, de su función deformadora (y creadora), Valle-Inclán logró en Luces de bohemia una profundización en personajes y situaciones que hace pensar en la mejor dramaturgia de Occidente, de Sófocles a Pirandello. Y ello en un lenguaje de una arrebatadora fuerza lírica, aprendida en el modernismo y el expresionismo.

 

 

Las rosas de Hércules (1922), de Tomás Morales

Tengo debilidad por este libro. Las rosas de Hércules re presenta, a mi juicio, la expresión más nítida del modernismo en España, con alturas a veces comparables a las de Darío, como en algunos sonetos de “Los poemas del mar”. Tomás Morales y Alonso Quesada fueron poetas sin los cuales no se explican cabalmente ni el modernismo ni la fase llamada “posmodernista” de la lírica hispánica del pasado siglo.

 

Tirano Banderas (1926), de Ramón del Valle-Inclán

Aunque sólo fuera porque es la matriz genial de una suerte de “subgénero” narrativo (la “novela del dictador”), Tirano Banderas ocuparía ya un lugar de excepción en la literatura española del siglo XX. Pero sabemos que Tirano Banderas es muchas cosas más: entre otras, una obra que supo crear, a partir de su absorción de diversas hablas americanas, una lengua que sólo tiene realidad en la obra misma.

 

 

La rebelión de las masas (1930), de José Ortega y Gasset

Ortega y Gasset se acercó pronto, a la altura de 1930, a un problema decisivo en las sociedades del siglo XX: el papel de las masas, del hombre-masa, del que más tarde nos daría Canetti, entre otros, una nueva versión en Masa y poder. Probaba con ello su lucidez al detectar los problemas esenciales de su tiempo. Pero Ortega no es sólo un pensamiento: es también un estilo inequívoco.

 

 

El público (1930), de Federico García Lorca

El teatro de Lorca es a mi juicio, con el de Valle-Inclán, el de mayor trascendencia en la España del siglo XX, y sólo en Arrabal, tal vez, tiene a un heredero de altura. El público reúne muchas de las características del sentido mistérico que preside el universo teatral lorquiano: sus obsesiones, sus búsquedas, sus denuncias, su antropología del dolor y de la belleza.

 

 

Juan de Mairena (1936), de Antonio Machado

En Juan de Mairena se concentran algunas de las mejores páginas del pensamiento español del siglo XX. No se trata de estar de acuerdo con las ideas del autor (especialmente sus ideas estéticas, a menudo muy tradicionalistas e inclinadas al popularismo), sino de reconocer su profundidad intelectual y filosófica y su admirable sentido de la ironía como forma de conocimiento.

 

 

La realidad y el deseo (1936), de Luis Cernuda

De los poetas surgidos en la década de 1920 (olvidémonos ya de esa marca comercial “Generación del 27”), Cernuda es el que más me gusta e interesa. Tanto antes de 1936 (Un río, un amor o Los placeres prohibidos), como después de esa fecha (Las nubes o Como quien espera el alba), su poesía tuvo un sello único. No fue ajena a ello su asimilación de la tradición anglosajona.

 

 

Poeta en Nueva York (1940), de Federico García Lorca

El libro más intenso –y también el más arriesgado, a mi juicio– de García Lorca. En él llevó a un límite la mayor parte de los elementos de su mundo lírico, lleno de mitos y arquetipos religiosos y simbólicos. Determinadas imágenes resultan, diría, incandescentes, y la libertad de la escritura alcanza niveles no vistos hasta entonces en la poesía de lengua española.

 

El escritor (1941), de Azorín

He dudado entre este raro relato-ensayo y San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Ambos son de una extraña modernidad en las letras de su tiempo. Si me inclino por El escritor es por lo que yo llamaría su espíritu “mallarmeano”, en el que la reflexión sobre la escritura se transmuta en ficción, en narración. Y en una prosa de una desnudez incomparable.

 

 

La realidad histórica de España (1948), de Américo Castro

Américo Castro nos ha hecho pensar, sobre todo. La realidad histórica de España es un libro que nos hace pensar como pocos en relación con la historia de un país empeñado en ocultarse a sí mismo segmentos decisivos de su pasado. Debemos agradecerle a Castro, más allá de tal o cual objeción, el que nos recuerde la necesidad de mirar la historia española con ojos más abiertos y, al mismo tiempo, más justos.

 

 

Automoribundia (1948), de Ramón Gómez de la Serna

La prosa de imaginación en su estado más puro, más incondicionado, más libre. Ramón fue un escritor insólito y sin paralelo (a excepción tal vez de Valle-Inclán, sobre todo en cuanto a la creación verbal), y Automoribundia uno de sus libros más representativos. La inventiva ramoniana no tiene límites, y su imaginación analógica es de la un gran poeta.

 

 

Dios deseado y deseante (1949), de Juan Ramón Jiménez

Lo mismo que Dios deseado y deseante podía haber señalado Diario de un poeta recién casado, libro seminal en la poesía española del Novecientos. Si me inclino por Dios deseado y deseante es porque veo en él la cumbre de la escritura juanramoniana y uno de los libros más decisivos de la poesía hispánica del siglo XX.

 

 

Cántico (1951), de Jorge Guillén

Pese a la rigidez de ciertos planteamientos poéticos y a la frecuente “predeterminación” de la escritura, Cántico es para mí un libro capital, que enlaza con la mejor poesía europea del momento. Una lección de rigor, de sentido constructivo, de afirmación vital en un momento extremadamente duro de la historia de Europa, y que afirma asimismo el valor de la esperanza.

 

 

La colmena (1951), de Camilo José Cela

A pesar de las reservas que suscitan tanto ciertas facetas biográficas del autor como algunas de sus obras, Cela es un novelista de considerable alcance en una obra como La colmena. Retrato de un tiempo histórico preciso (que a veces logra parecer arquetípico), La colmena es una narración que cautiva por su complejidad estructural y sus infinitos entrecruzamientos de personajes y situaciones.

 

Pido la paz y la palabra (1955), de Blas de Otero

Veo en Blas de Otero al único poeta verdaderamente importante que produjo la posguerra española. Pido la paz y la palabra reúne las mejores virtudes de su poesía: hondura, musicalidad, humanismo trágico y al mismo tiempo esperanzado. Estoy convencido de que Blas de Otero –nunca olvidado, pero sí semioculto hoy para los más jóvenes–volverá a ser leído con admiración.

 

 

Conjuros (1958), de Claudio Rodríguez

La obra de Rodríguez es muy breve. Destaco en ella Conjuros porque su voz es absolutamente singular y, a pesar de su sofisticación técnica (pienso sobre todo en los insólitos juegos de rimas), es un libro extraordinariamente fresco. Poemas como “A la respiración en la llanura”, “A mi ropa tendida” o “Pinar amanecido” están sin duda fuera de lo común.

 

Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín Santos

Cuando leí por vez primera Tiempo de silencio, al final de mi adolescencia, quedé deslumbrado por la potencia de su lenguaje. Era de las pocas novelas españolas que, por su ambición estética, creía comparables a otras hispanoamericanas que yo leía también en aquellos momentos (Rayuela o Cien años de soledad). No he cambiado de opinión en este punto.

 

 

Don Julián (1970), de Juan Goytisolo

En Juan Goytisolo coinciden el narrador y el ensayista, ambos muy notables. Lo mismo que en otras novelas suyas, especialmente la muy valiosa Señas de identidad, en Don Julián (primeramente llamada Reivindicación del conde don Julián) convergen la extraordinaria vivacidad del lenguaje y la crítica moral. El repaso del pasado literario español y el homenaje a Góngora constituyen además toda una lección crítica.

 

 

Material memoria (1979-1989), de José Ángel Valente

La obra poética de Valente llena como pocas la segunda mitad del siglo pasado.

Su escritura fue avanzando con riesgo y radicalidad crecientes. Sin renunciar a postulados realistas (verdaderamente realistas), a partir de Material memoria (1980) y en los libros sucesivos alcanzó una “luminosa opacidad” de la palabra y de la visión poética que considero irrepetible.

 

 

Todas las almas (1989), de Javier Marías

Tengo muchas dudas en relación con la novela española de los últimos decenios, que conozco de manera muy insuficiente. Todas las almas me parece, sin embargo, un verdadero tour de force constructivo y un mundo novelesco muy atrayente. Todo un ejercicio de inteligencia y de sabiduría narrativa. Javier Marías es tal vez el novelista español más brillante surgido en los últimos tiempos.

 

 

Teatro completo (1997), de Fernando Arrabal

No me decido por una obra concreta de Arrabal. Me tomo la libertad de hablar de su teatro como un todo, aun a sabiendas de su evolución y de las diferencias de sus logros. Arrabal fue durante años, para la literatura española, un autor casi maldito cuyas libertades eran difícilmente asimilables para la España de Franco. Es esa misma libertad creadora la que otorga a su obra una absoluta singularidad.

 

 

París no se acaba nunca (2003), de Enrique Vila-Matas

Vila-Matas ha conseguido dar un tono preciso a cierta sensibilidad contemporánea para la cual hay una continuidad natural entre lo real y lo ficticio. O, si se prefiere, ha sabido “ficcionalizar” el yo y lo real en términos literarios muy convincentes. París no se acaba nunca es, a mi juicio, uno de los mejores ejemplos de lo que considero una conquista de la prosa narrativa. ~

 

 

 

Jordi Canal

 

Campos de Castilla (1912), de Antonio Machado

Machado es uno de los más grandes poetas españoles contemporáneos. Y Campos de Castilla, publicada en 1912 y ampliada más adelante con nuevos poemas, es su obra más conocida. Las evoluciones estilísticas y temáticas con respecto a anteriores poemarios resulta palmaria. La impronta patriótica es clara. El paisaje castellano y sus hombres, así como la muerte y la existencia, centran la mayor parte de los poemas. Este libro ha sido reeditado desde entonces en numerosas ocasiones.

 

 

Del sentimiento trágico de la vida (1912), de Miguel de Unamuno

Unamuno fue un personaje fascinante. Lo sabíamos ya, pero la reciente biografía de Colette y Jean-Claude Rabaté nos lo muestra de nuevo. Representa bien la figura del intelectual a fines del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX. Escribió muchísimo, tanto artículos como libros, sin olvidar la correspondencia. El conjunto de ensayos que componen Del sentimiento trágico de la vida constituye uno de sus textos más conocidos e influyentes, tanto en España como más allá de nuestras fronteras.

 

 

Platero y yo (1917), de Juan Ramón Jiménez

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”: así empieza esta obra en prosa poética de Juan Ramón Jiménez, un autor que recibiría en 1956 el Premio Nobel de Literatura. Platero y yo es el libro más conocido y popular de este poeta, en el que se combinan una exquisita prosa y bellas imágenes poéticas. Figura por méritos propios entre las obras más destacadas que han sido publicadas en España en el transcurso de la última centuria.

 

 

Luces de bohemia (1920), de Ramón del Valle-Inclán

Es uno de los autores faro de la literatura española del siglo xx. Escribió mucho, tanto poesías, como narraciones o teatro. Muchas de sus obras fueron muy importantes: las Sonatas, Flor de santidad, Tirano Banderas o las series de La guerra carlista y El ruedo ibérico, si nos centramos en la narrativa; Voces de gesta, Divinas palabras, Luces de bohemia o Martes de carnaval, por lo que al teatro se refiere. Luces de bohemia, en concreto, de la mano de Max Estrella, nos introduce en el fantástico mundo del esperpento.

 

 

La rebelión de las masas (1930), de José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset fue uno de los personajes más importantes de la España del siglo XX y, asimismo, uno de los españoles más influyentes en el pensamiento occidental contemporáneo. La rebelión de las masas, en el que el filósofo reflexionaba sobre el “advenimiento de las masas al poderío social”, es su libro más famoso y su mayor éxito editorial. Muy leído y discutido, se hicieron cinco ediciones antes de la Guerra Civil y fue traducido rápidamente a varios idiomas.

 

 

La casa de Bernarda Alba (1936), de Federico García Lorca

Varias obras de García Lorca merecerían estar en una lista de las obras más relevantes en la España de los últimos cien años. En el campo de la poesía, el Romancero gitano o Poeta en Nueva York; en el del teatro, El público, Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba. Me he decidido por esta última, escrita en 1936 y estrenada en Buenos Aires en 1945. Se trata de una obra sobre la intolerancia, la tradición y la sociedad opresiva, que sigue teniendo, más de medio siglo después, una fuerza y una vigencia extraordinarias.

 

 

Nada (1945), de Carmen Laforet

La aparición de esta novela, en el marco del denominado primer franquismo, es un hecho excepcional, tanto por su calidad literaria como por ser una mujer de 23 años su autora. El libro obtuvo el Premio Nadal de novela en su primera edición, 1944, y vio la luz en 1945. Crítica y público coincidieron en considerar esta obra, que narra las vicisitudes de la joven Andrea y, sobre todo, de su entorno en la Barcelona de 1939-1940, como muy relevante, lo que obligó a hacer en poco tiempo varias ediciones.

 

 

Historia de una escalera (1949), de Antonio Buero Vallejo

Esta obra, que inicialmente debía titularse La escalera, fue escrita en 1947-1948 y estrenada en el Teatro Español de Madrid en 1949. Aborda con realismo el drama de la frustración social. Tuvo desde su estreno un gran éxito de crítica y de público, convirtiéndose en un auténtico hito de la dramaturgia española del siglo XX. Ha sido representada muchas veces y llevada al cine y a la televisión. Existen, asimismo, numerosas ediciones de la obra literaria.

 

 

La colmena (1951), de Camilo José Cela

Esta novela fue publicada inicialmente en Buenos Aires, ya que la censura no autorizó a hacerlo en España. Interesó desde un primer momento, sin embargo, a los críticos. Se trataba de una obra muy moderna para la época, ambientada en el Madrid de la posguerra, con sus miserias materiales y morales. A través de las historias de decenas de personajes se traza un retrato brillante de la época. Esta obra contó y ha seguido contando con el favor del público. Fue adaptada al cine en 1982.

 

 

Notícia de Catalunya (1954), de Jaume Vicens Vives

Este autor tuvo un papel destacadísimo en los intentos hechos a mediados del siglo XX para situar a la historiografía española en el marco europeo y mundial. Sigue siendo hoy un referente fundamental. Escribió obras enjundiosas, pero también manuales y trabajos de síntesis. Notícia de Catalunya pertenece a esta última categoría, bien escrita y fruto de una dilatada reflexión. El Vicens liberal se combina, en esta ocasión, con el catalanista. La influencia de esta obra en Cataluña ha sido muy notable.

 

 

Obres completes (desde 1956), de Josep Pla

Josep Pla escribió muchísimo. No resulta sencillo destacar un libro en concreto y por ello me inclino por sus obras completas, en más de cuarenta gruesos volúmenes, editadas a partir de mediados de los años cincuenta. Fue el gran escritor catalán del siglo XX, el más conocido, el más leído y el más influyente, a pesar de algunas admoniciones nacionalistas. Pla llevó a cabo en la posguerra una monumental reconstrucción literaria de su tiempo, que consideraba indispensable en la lucha contra el olvido.

 

 

España, un enigma histórico (1957), de Claudio Sánchez-Albornoz

Político, escritor e historiador, Sánchez-Albornoz desarrolló una parte de su carrera en España y la otra en Argentina, separadas por la cesura de 1939. Se dedicó sobre todo a la historia medieval y creó escuela. España, un enigma histórico fue seguramente su obra más conocida y más reeditada –la novena edición, en 1991–, primero en Argentina y más adelante en España. Este trabajo debe situarse en el marco del debate sobre el ser de España, que enfrentó a Sánchez-Albornoz y a Américo Castro.

 

 

Las brujas y su mundo (1961), de Julio Caro Baroja

Este antropólogo, historiador y ensayista vasco fue un autor prolífico, con cerca de un centenar de obras publicadas. Algunas se han convertido en clásicos y han abierto vías de trabajo e investigación muy destacables. Las brujas y su mundo es uno de sus libros más conocidos e influyentes, en el que se combina investigación, erudición y una buena escritura. Se han hecho múltiples ediciones de esta obra, que cuenta, asimismo, con traducciones a varios idiomas.

 

 

Cinco horas con Mario (1966), de Miguel Delibes

Miguel Delibes es uno de los grandes escritores españoles vivos y ha recibido numerosos premios y distinciones por su obra literaria. El elaborado retrato de los valores morales de la sociedad de la época y la voluntad de renovación formal del género hacen de este monólogo interior, que protagoniza Carmen en el velatorio del cadáver del marido, un texto excepcional.

Cuando se publicó tuvo una buena acogida, que ha mantenido, convirtiéndose en uno de los libros más conocidos y leídos del autor.

 

 

El fracaso de la revolución industrial en España, 1814-1913 (1975), de Jordi Nadal

Este historiador de la población y la economía, discípulo de Vicens Vives, ha contribuido decisivamente a renovar la historiografía económica en España. Su principal área de trabajo ha sido la industrialización. El fracaso de la revolución industrial en España, 1814-1913 es un libro clásico, reimpreso y reeditado en numerosas ocasiones. Aunque seriamente revisada en la actualidad, la tesis de Nadal sobre el fracaso industrializador ha sido muy influyente durante lustros en España.

 

 

La Edad de Plata, 1902-1939 (1975), de José Carlos Mainer

La bibliografía sobre literatura española contemporánea de José-Carlos Mainer es muy extensa: La Edad de Plata, 1902-1939, La doma de la Quimera, De postguerra o, entre otros, Tramas, libros, nombres. El primero ha sido, sin lugar a dudas, el más influyente, leído y reeditado. No solamente abordaba un periodo fundamental, sino que abría el camino a nuevas vías de análisis de la literatura del siglo XX. La inteligencia y la brillantez del autor aparecen en todas y cada una de las páginas del volumen.

 

 

Autobiografía de Federico Sánchez (1977), de Jorge Semprún.

El libro, que obtuvo el Premio Planeta y fue un éxito de ventas, apareció en un momento clave, en plena Transición, mientras el pce estaba buscando respetabilidad política y democrática. El autor muestra con prosa ágil y envolvente las mentiras de la verdad comunista a través de la verdad de las mentiras literarias. Críticas y polémicas no faltaron. Mario Vargas Llosa escribió entonces que “era una flagrante prueba de inoportunidad y mala educación políticas (muy típicas de un escritor que merezca este nombre)”.

 

 

Antiguo régimen y revolución liberal (1978), de Miguel Artola

Miguel Artola, uno de los padres de la actual historiografía contemporánea en nuestro país, se ha interesado sobre todo por los orígenes de la España contemporánea. Este volumen, en el que se renuevan sustancialmente las interpretaciones sobre la sociedad y la política en la primera mitad del siglo XIX, constituye un buen ejemplo. En unos años en los que se imponía en la universidad española el marxismo, la obra de Artola, que puede adscribirse a la historiografía liberal, permitió avanzar con solidez.

 

 

Contra las patrias (1984), de Fernando Savater

En una época en la que los intelectuales han tendido a desaparecer o a esconderse, Fernando Savater constituye una de las figuras a las que mejor encaja todavía esta denominación. En 1984 dio a la imprenta un libro comprometido y valiente, un panfleto en el sentido clásico del término, Contra las patrias, que sería reeditado, en versión aumentada, en 1996. Savater se rebelaba en aquel volumen, con el País Vasco siempre como telón de fondo, contra la mentalidad excluyente y los nacionalismos.

 

 

Salón de pasos perdidos (1990-2009), de Andrés Trapiello

Andrés Trapiello ha cultivado numerosos géneros literarios y ha destacado en todos ellos. Su obra más excepcional es, a mi modo de ver, la colección de diarios titulada Salón de pasos perdidos, que publica desde 1990 la editorial Pre-Textos. Han aparecido hasta el momento un total de dieciséis volúmenes de esta personal novela en marcha, como se la ha bautizado en alguna ocasión. La combinación de la inteligencia y la buena prosa del autor dan lugar a una obra única en la literatura española.

 

 

El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos (1997), de Jon Juaristi

Este libro había obtenido el Premio Espasa Hoy 1997 y recibiría, al año siguiente, el Premio Nacional de Ensayo. Constituye uno de los más logrados ensayos publicados en España en el último cuarto de siglo. Un libro complejo y poliédrico, atractivo y fascinante, lleno de sabiduría y capacidad comunicativa, del que se han hecho ya varias ediciones. Contiene la visión personal de Juaristi sobre un fenómeno que ha condicionado la vida española a lo largo del siglo XX: el nacionalismo vasco.

 

 

La era de la información (1997-1998), de Manuel Castells

Este sociólogo ha publicado numerosos libros y artículos en varias lenguas. Destaca entre ellos la monumental trilogía La era de la informaciónLa sociedad red, El poder de la identidad y Fin de milenio–, una obra muy leída, citada y también criticada, tanto a partir de su primera edición inglesa como en la española posterior. Este documentado ensayo sobre la nueva sociedad emergente a finales del siglo XX, de capitalismo informacional, se ha convertido en un auténtica obra de referencia.

 

 

Sefarad. Una novela de novelas (2001), de Antonio Muñoz Molina

Esta novela de novelas, que reúne materiales de distinta y variada procedencia, personajes reales e inventados, y mezcla en armonía lo biográfico y lo autobiográfico con la ficción y el ensayo, constituye uno de los productos literarios más ambiciosos ofrecidos hasta hoy –excluyo la flamante La noche de los tiempos– por Muñoz Molina. Las distintas piezas de Sefarad permiten construir un extraordinario retablo que conforma, en palabras de Justo Serna, una radiografía transfigurada del siglo pasado.

 

 

La loca de la casa (2003), de Rosa Montero

Novelista y periodista, Rosa Montero es autora de numerosos libros, que le han granjeado generalmente el favor del público lector. Inteligencia y sensibilidad se unen de forma maravillosa en su obra. En La loca de la casa, la autora ofrece al lector, a través de la combinación de autobiografía novelada y reflexión sobre la realidad, lo ficcional y la imaginación, un interesante y apasionante volumen sobre el escritor y la escritura.

 

 

Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas

Ocho años después del gran éxito de Soldados de Salamina, Cercas publicó un excelente libro dedicado al 23-F, tan bien contado como repleto de informaciones, tan conmovedor como fascinante. Esta historia de tres mosqueteros –Suárez, Gutiérrez Mellado, Carrillo– presenta una Transición democrática compleja, azarosa, improvisada y trabajosamente trenzada, pero, sobre todo, construida por hombres y mujeres de carne y hueso. Una auténtica lección para los que nos dedicamos al oficio de la historia. ~

 

 

 

Jordi Gracia

 

Niebla (1914), de Miguel de Unamuno

Es posible que si Unamuno fuese de otro sitio, hoy sería Pirandello o algo semejante, pero no por debajo. En Niebla se regaló la máxima libertad de invención y supo mirar al autor desde el otro lado del espejo, como va a ser común en las letras del futuro. Pero con una diferencia crucial: lo que será libertad jovial o juguetona en los jóvenes es angustia y aullido en Unamuno, adobado con ese humor suyo oscuro, opaco o incluso roto de puro dramático.

 

 

El pensamiento de Cervantes (1925), de Américo Castro

Para que la mayoría de las gentes dejase de decir tonterías sobre Cervantes y la invención del Quijote se escribió este libro; para dejar de creer en un Cervantes arrebatado por la genialidad casual y no por la lenta constitución moral de un escritor del Renacimiento madurado por el erasmismo y alimentado por la pasmosa lucidez sobre las personas, sin envanecimiento y con misericordia.

 

 

La rebelión de las masas (1930), de José Ortega y Gasset

Es un ejemplo de la mala suerte cuando los libros caen en manos de profesionales del entusiasmo político. Fue un ensayo de gran lucidez y muy apreciado en Europa por personas perfectamente sensatas, pero aquí acabó siendo una especie de inspiración ideológica del falangismo joseantoniano. Pero eso era leer con el tambor cargado un texto cuyo eje es la filosofía moral y sobre todo la pedagogía del esfuerzo como vitamina de la plenitud vital, más allá de la inercia, la conformidad o la inopia. Otra cosa son los añadidos de 1937 y 1938.

 

 

Juan de Mairena (1936), de Antonio Machado

Tan antiguo como parece Machado y tan moderno como resulta este volumen de prosas sin mucho concierto pero con la coherencia de la ironía y la piedad, como si también él quisiera ponerse cervantino y aplicar la misericordia sin amonestación, la lucidez sin arrogancia, la clarificación mental sin orden ni mando sino por la vía de la transparencia y la paradoja, el humor benévolo y el sustrato más invisible de todos: la desengañada pero irrenunciable vocación cívica.

 

 

Lírica de una Atlántida (1936-1954), de Juan Ramón Jiménez

Ya era tan tarde para entonces que parecía que nos íbamos a quedar con el magisterio puro del Diario de un poeta recién casado (1916), título de una vulgaridad doméstica tan increíble, y sin embargo treinta años después la insistencia en las mismas intuiciones de absoluto e instante lírico, de totalidad e intuición, promovieron esta pesquisa sobre la naturaleza inmanente y plena de la poesía como casa y caza mayor.

 

 

Poeta en Nueva York (1940), de Federico García Lorca

La desolación anímica y el desamparo vital hicieron astillas el equilibrio de los edificios, la claridad de las ciudades, la limpieza de los espacios y empezaron a aparecerle a Lorca versos como vísceras, latidos visibles de la carne y una imaginería irracionalista y arrebatada donde las cosas gotean con dolor y los poemas dejan rastros casi tangibles de la amargura.

 

 

Diccionario de Filosofía (1942-1976), de José Ferrater Mora

Contra lo que dice el título, esto no es un diccionario sino la biografía de una obstinación: ocupó a Ferrater Mora casi todos los años de su vida de madurez intelectual, entre los casi treinta de la primera edición y hasta treinta y tantos años después con mil páginas más.

El objetivo fue aprehender el saber filosófico con tal nivel de interiorización que fuese capaz de escribirlo claro y recto para que otros pudiesen aprenderlo de él.

 

 

Automoribundia (1948), de Ramón Gómez de la Serna

La genialidad del título está disuelta en las páginas de un memorialista más melancólico que risueño pero incompatible con el envaramiento solemnizador. Cuando decide narrar la noticia de su muerte (en 1927) se autodescribe como “escritor joven y de reconocido ingenio”, luego se llama humorista a sí mismo y en el libro explica por fin, y ya al final, que “ningún humorista ha practicado el humorismo: se ha practicado a sí mismo”.

 

 

La colmena (1951), de Camilo José Cela

Que les gustase mucho a quienes no gustaba un pelo el propio Cela dice mucho en favor de una novela que en su quietud es un torbellino de microdramas sin desarrollo e interrumpidos, amputados en el relato como amputada está la sociedad de 1945. El modo en el que habla su narrador da una veracidad alta a lo que cuenta, que es casi siempre mezquino y envilecido, animalizado, y eso impresionó altamente a los jóvenes que iban para novelistas entonces.

 

El arco y la lira (1956), de Octavio Paz

Algunos de sus ensayos no parecen ensayos sino pura literatura de creación en torno a algunos de los asuntos que han de dominar el ámbito de las ideas sobre literatura y, en particular, sobre la poesía. La tradición de la ruptura o el modernismo como auténtico romanticismo hispánico se han convertido en formas de la fe moderna y culta casi inamovibles, seguramente tanto por razones conceptuales como por el don persuasivo de un espléndido ensayista.

 

 

Tiempo de silencio (1961), de Luis Martín-Santos

Reconquista en trescientas páginas treinta años de titubeos y ensayos de impotencia modernista en la novela en español: el afán exhibicionista de un psiquiatra y militante socialista clandestino desemboca en la novela más despiadada en el retrato de la miseria moral y claudicadora del intelectual español de la posguerra por medio de las herramientas literarias más descabaladoras del realismo naturalista o impresionista del medio siglo anterior.

 

 

Desolación de la quimera (1962), de Luis Cernuda

Fue publicarse y ya no moverse más de los libros cruciales, aunque Cernuda moría al año siguiente todavía en el exilio. La desolación era su tema de siempre, la frustrante insatisfacción del deseo y hasta la mala imaginación del deseo, pero entre los lectores jóvenes en España valió por una bandera identitaria en su homosexualidad pero también de la crudeza analítica y ética: sus poemas perdonan muy poco a los demás y sólo muy a ratos algo a sí mismo.

 

 

El quadern gris (1966), de Josep Pla

Otro moderno con hechuras de pueblo y cabras balando. Sus ochocientas páginas son la gran novela que jamás hubiese escrito Pla si no se hubiese tratado como autoficción pura, como recreación novelesca de una personalidad excepcional –la del propio Pla lector, conservador, cínico, oportunista y rematadamente sentimental– tal como se fue haciendo durante toda su vida. Cada anotación y cada apreciación sobre las putas, la literatura, Proust, Stendhal, Baroja o Eugenio d’Ors están remitidas ficticiamente a los años 1918-1919 en forma de dietario (a partir de un original verídico).

 

 

Arde el mar (1966), de Pere Gimferrer

Otro puñado de poemas fulgurantes y suntuosos de un muchacho de veinte años sin otra memoria que la literaria y cinematográfica: es la autobiografía objetivada líricamente de un ser no de palabra (como había de escribir Valverde) sino de imágenes y cultura manufacturada. Y sin embargo la mejor vibración llega a los poemas con la pugna de la persona por aparecer y clamar entre escenarios irracionalistas e incendios verbales dictados por la mecánica de la asociación libre.

 

 

Volverás a Región (1967), de Juan Benet

La circularidad del título fue profética porque volvemos a Región los lectores como se vuelve a un enigma sin solución pero productivo: el lenguaje en esta primera novela se comporta con protocolos y desquiciamientos expresivos muy raros para lectores españoles, pero eran los que necesitaba Benet para satisfacer la ansiedad de una novela en estilo elevado sobre la devastación y la ruina. Sin duda, otro moderno.

 

 

Conversación en La catedral (1969), de Mario Vargas Llosa

Dura ochocientas páginas semejante conversación porque ambiciona comprender y aprehender la deriva ética y política de un país concreto en un tiempo concreto pero sin recetas prefijadas ni sortilegios mágicos para salir del desastre del Perú. No era entonces la novela de un candidato a la presidencia del país sino de un excepcional novelista injertado de ciudadano con afán político. La novela política es un género casi imposible: si no fuera por algunas otras pocas novelas como esta, parecería imposible sin más.

 

 

Crónica sentimental de España (1971), de Manuel Vázquez Montalbán

Fue primero una serie de crónicas publicadas en la revista Triunfo en septiembre de 1969 y después ha sido un clásico imbatible para saber cómo olían y cómo bailaban, cómo soñaban y cómo sufrían las clases populares de la posguerra. Ha servido también para escuchar el rumor de la educación sentimental de una juventud atrapada entre la copla y la radio, el patio de luces y la sala de cine, la pobreza y la represión política, con una frescura y una plasticidad de estilo que fue puro pop, o puro camp, o puro post.

 

 

Si te dicen que caí (1973), de Juan Marsé

A Marsé le hizo falta redoblar la complejidad de estilo y estructura y ensanchar las lindes del realismo para reducir a migajas cualquier idea simplificada sobre lo que fue la humillación del vencido y la euforia de la victoria: fabricó los espejos deformantes y las lentes de aumento, los intrumentales de un investigador de la forma, para que de su observación y su memoria saliese un caleidoscopio envenenado, muy cruel y nada complaciente ni con vencidos ni con vencedores.

 

 

Las personas del verbo (1975), de Jaime Gil de Biedma

Son un puñado de poemas, ni siquiera todos excelentes, que desplegaron la cirugía analítica de un poeta suspendido del hedonismo, desamparado ante sus propios deseos, más lírico que Cernuda pero menos cruel, y finalmente adormecido en una suerte de nostalgia imposible de la juventud que le hace desear un falsísimo retiro de viejo señor decadente y lúcido. Reúne toda su poesía hasta sus cuarenta años, porque desde 1969 ya no escribió más, y quizá es lectura más indicada para la primera madurez que para la segunda.

 

 

La edad de plata. Ensayo de interpretación de un proceso cultural, 1902-1936 (1975), de José-Carlos Mainer

Puso de golpe en el centro casi todo lo que había estado en los márgenes y en las cunetas a lo largo del franquismo. El pasado no vuelve pero es que además ese pasado no se había ido nunca, aunque muchos de los protagonistas de esta novela erudita estuviesen en el exilio y muchos ya muertos. Tuvo que venir un muchacho de treinta años para enseñar a leer la densidad creativa y conflictiva de un proceso cultural –con escritores y editores, cineastas o pintores– sin dejarse nada ni en los márgenes ni en la cuneta.

 

 

La infancia recuperada (1976), de Fernando Savater

En la cara y el envés de este Savater mayor confluyen procesos complementarios inéditos en la cultura reciente española: el hedonista que disfruta con Cioran, el gastrónomo que piensa en Schopenhauer, el ávido lector de aventuras que no renuncia al placer de la aventura imaginada, el fecundo escritor que dinamita cada vez que puede las leyes de la pereza, y para todo ello ha acudido a las ficciones ardientes leídas en la juventud y adolescencia para sacar de ellas el coraje de seguir pensando, sea con Guillermo Brown, con Moby Dick o con Sandokan: todos, incluido Savater, personajes de ficción.

 

 

Coto vedado y En los reinos de Taifa (1985-1986), de Juan Goytisolo

Los dos libros abarcan la autobiografía más introspectivamente veraz que las letras en España habían dado hasta ese momento, anudada en torno a dos ejes: la homosexualidad como correlato objetivo de una disidencia española cuya otra dimensión era el deshaucio o la demolición del reaccionarismo católico de nuestra insalubre historia: pura higiene.

 

 

Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1994), de Rafael Sánchez Ferlosio

Este libro trajo la sorpresa de un Sánchez Ferlosio vanguardista: también él aceptaba el fragmento y el mosaico, el patchwork y lo intermitente como mecanismo útil del pensamiento, quizá porque había sido ya la brevedad reveladora e intensa una de las lecciones de Juan de Mairena. Pero aquí Ferlosio no es vanguardista sino ya posmoderno: aforismo y nota filosófica, poema y página lírica, denuncia política y perplejidad ética para emitir una percepción desesperanzada pero exacta de la condición humana. Inolvidable la definición de Savater: “Ferlosio en comprimidos”.

 

 

Tu rostro mañana (2002-2008), de Javier Marías

A esta novela le llega la corriente eléctrica de dos generadores que redoblan la potencia anterior del escritor: la intuición experimental de un novelista insatisfecho con cada uno de sus anteriores narradores morosamente reflexivos y la intuición civil o ética de un novelista más y más dispuesto al autoanálisis y la meditación sobre un pasado colectivo del que quiso huir a todo trance en sus primeros libros y al que ha regresado para aceptarlo ya también como casa propia y no sólo mera residencia accidental.

 

 

Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas

Se acabó la posmodernidad en España y empieza otro invento donde las novelas pueden escribirse sin renunciar a la verdad ética de los hechos de ficción –la más integradora, la más completa, la más honda– y sin rectificar ni corregir, sin fabular ni enmendar los hechos históricos que relata el libro.

Su secreto es la invención de un modo de novela en el que actúa el principio de la ficción y el principio de la historia en igualdad de condiciones: sin asaltarse mutuamente ni colisionar entre sí. ~

 

 

 

Félix Romeo

 

Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), de Marcelino Menéndez Pelayo

Para la mayoría un pacato conservador... al que han saqueado durante todo el siglo XX, en especial tras la muerte de Franco, los que afirman que es un pacato conservador.

 

 

El espectador (1916-1934), de José Ortega y Gasset

Que Ortega prefiriera ser un “filósofo en la plazuela” en lugar de un pensador de sistema, no quiere decir que su obra no ejerciera en los creadores de su tiempo una inmensa influencia (más bienintencionada que benéfica), que quizá germinó mejor en algunos de sus discípulos, como Fernando Vela. Se le ocurrió decir que éramos Europa cuando triunfaba el “que inventen ellos”. El franquismo le cayó fatal, y todavía sigue con parte de esa losa encima.

 

 

Luces de bohemia (1920), de Ramón del Valle-Inclán

Quizá uno no se atreva a matar a su maestro literario, y pobre de solemnidad, por un billete de lotería... pero no duda en acompañarlo durante una noche helada para tratar de hacerse con él.

 

 

Fiesta (1926), de Ernest Hemingway

Consiguió lo que ningún escritor español consiguió con su obra: convertir una fiesta local en diversión universal. Vivió feliz en la República y en el franquismo... a diferencia de su ex amigo John Dos Passos, que sólo fue feliz en la República y fue perseguido por sus ex camaradas durante el resto de su vida melancólica.

 

 

Imán (1930), de Ramón J. Sender

Novela de un soldado cobarde en la patética guerra de Marruecos, escrita por un autor que se exiliaría unos pocos años después y soportaría la calumnia de los comunistas, que habían sido sus camaradas, hasta el final de su vida insomne.

 

 

A sangre y fuego (1937), de Manuel Chaves Nogales

Le parecían igual de bestias los fascistas que los comunistas. Escapó en cuanto pudo de la guerra y encarna algo que quizá no existiera, “la tercera España”. Me gusta pensar que en igual circunstancia yo me hubiera comportado como él, aun si ser tan buen escritor.

 

 

Homenaje a Cataluña (1938), de George Orwell

Muestra como nadie el aburrimiento de la Guerra Civil... en la que los leales a la República se asesinan entre ellos. La experiencia le obligó a renunciar a su ideología pesada y obsoleta como una coraza medieval y pensar que tenía que atreverse a estar solo.

 

 

Españoles de tres mundos (1942), de Juan Ramón Jiménez

De Juan Ramón Jiménez me gusta todo (poemas, cartas, prosas, ensayos), aunque últimamente lo que prefiero son sus aforismos. Españoles de tres mundos, recopilado en el exilio, es una especie de libro de memorias a través de los otros. No es su mejor libro, pero me gusta ver en compañía a alguien que tanto se protegió y aisló.

 

 

Automoribundia (1948), de Ramón Gómez de la Serna

El supuesto humorista escribe una de las autobiografías más tristes de la historia. Cabeza de puente de la vanguardia, vive misteriosamente exiliado en Buenos Aires... pese a la victoria de los suyos. Podría haber sido, en logros literarios, alguien cercano a Walter Benjamin, pero daba gracias por ganarse la vida realizando solapas para libros.

 

 

El corazón y otros frutos amargos (1959), de Ignacio Aldecoa

No es su mejor libro de cuentos, pero los años cincuenta también existieron, aunque en España fueron tan amargos como los frutos del título, y tuvieron su literatura. Aldecoa vivió deprisa, y su obra sigue teniendo un brillo metálico, sin desgastar.

 

 

El verdugo (1963), de Luis García Berlanga y Rafael Azcona

Otra de las anomalías del franquismo, y son millones, es que la mejor novela que se escribió cuando entonces fue una película de risa y brutal.

 

 

El cuaderno gris (1966), de Josep Pla

Dietario con sucesos de los años diez, reescrito en los años sesenta, que yo leí en la traducción que hizo al castellano Dionisio Ridruejo, un falangista que se había vuelto contra el franquismo, al que había celebrado con alborozo. Quizá lo mejor del libro es que no pasa nada... es decir, sólo pasa la vida.

 

 

La infancia recuperada (1976), de Fernando Savater

Otro filósofo sin sistema y en la plazuela. Tiene muchos libros que me interesan, pero el primero de los suyos que disfruté era una defensa del placer que precipitó, o previó, una nueva forma de contar en la ficción española.

 

 

El castillo de la carta cifrada (1979), de Javier Tomeo

Una novela cómica y dramática sobre un tipo aislado que quiere volver a conectarse con el mundo. Un crítico alemán vio en ella una clara metáfora del franquismo y de la incipiente transición. Si no hubiera sido adaptada al teatro en Francia y en Alemania, seguramente no habría vuelto a reeditarse aquí.

 

 

Mi último suspiro (1982), de Luis Buñuel

No fue escrito en español ni fue escrito por su autor. Fue escrito en francés y por Jean-Claude Carrière. Buñuel se decía nacido en la Edad Media y trató de explicar el neolítico (en Las Hurdes, por ejemplo). Se exilió y quisieron echarlo de su exilio... cosa que habrían conseguido si Octavio Paz no hubiera defendido Los olvidados. Consiguió ser el cineasta más moderno porque no paraba de saquear la picaresca y a Galdós.

 

 

Hormigón (1982), de Thomas Bernhard

Bernhard es un escritor español, como lo son Hemingway y Orwell. Como Francis Bacon es un pintor español. Esta novela, o relato autobiográfico, o lo que sea, mira un país de turistas como nadie lo ha hecho en las lenguas españolas.

 

 

Lo peor de todo (1992), de Ray Loriga

No es la primera novela de la democracia (ahí estaban ya las de Jesús Ferrero, Julio Llamazares o Javier Marías para demostrarlo) pero es la primera escrita con la libertad de alguien que casi sólo podía recordar una vida en democracia.

 

 

Las armas y las letras (1994), de Andrés Trapiello

La Guerra Civil con todas las palabras. Entre ellas, las palabras “muerte”, “horror”, “venganza”, “odio”... Un libro para sentir vergüenza de ser español y de ser escritor.

 

 

Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño

Un escritor chileno, exiliado en España, cuenta la historia de la búsqueda de una poeta mexicana.

 

 

La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas Llosa

Novela sobre un dictador dominicano, escrita por un novelista peruano al que ha convertido en apátrida el dictador japonés de su país. Quizá no sea su mejor novela, pero me parece que está escrita con una gran libertad... ¡que envidio!

 

 

Cuadernos de todo (2002), de Carmen Martín Gaite

Apareció póstumamente, circunstancia que explica más de lo que parece. Cuenta la historia de una escritora que quiere ser mujer y llevar una vida intelectual: se siente castrada en una España sucia y aislada... hasta que descubre, en Estados Unidos, que puede ser las dos cosas y ser feliz.

 

 

Fiebre y lanza (2002), de Javier Marías

Ahora ya no se puede leer como una obra autónoma, pero yo lo hice cuando apareció. Muy diferente al resto de las novelas de su autor, cuenta varias historias de la Guerra Civil, como la del asesinato de Andreu Nin, que ya había obsesionado a Juan Benet, y de la Segunda Guerra Mundial, relacionadas con el silencio y el “no contar”. La búsqueda por las fosas improvisadas de Madrid de un cadáver es espeluznante.

 

 

París no se acaba nunca (2003), de Enrique Vila-Matas

Cómo un barcelonés, en los años 70, en París, inquilino de un piso propiedad de Marguerite Duras, se convierte en escritor.

 

 

Enterrar a los muertos (2005), de Ignacio Martínez de Pisón

Un profesor español regresa por vacaciones a España y le toca defender la República. Instalado en Valencia, es stalinizado con el silencio cómplice de los intelectuales, a cuya cabeza está Hemingway, antiguo amigo.

 

 

Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas

Qué frágil es la democracia e historia de la dignidad de Adolfo Suárez (y de Gutiérrez Mellado y de Santiago Carrillo) durante el fallido golpe de Estado del 23-F e historia de amor filial de Javier Cercas hacia su padre. ~

 


 

 


* No entiendo la literatura española sin la hispanoamericana, con la que forma un todo, un conjunto vivo, pero la selección exige mencionar solamente obras y autores españoles. Confío en que en mi elección haya hablado, más que el profesor y el crítico, el lector hedónico, aun sabiendo que profesor, crítico y lector son inseparables. Por último: no olvido que, como solía decir Octavio Paz, “Elegir es equivocarse”.—A.S.R.