Escribir con buena ortografía...no tiene precio | Letras Libres
artículo no publicado

Escribir con buena ortografía...no tiene precio

¿La ortografía servía para hacer alarde del tiempo libre de las clases privilegiadas? 

Los viajes ilustran... en mi caso, especialmente ante la oportunidad de pasear por las librerías del aeropuerto y hacerme de alguna novedad editorial que no sabía que necesitaba. En mi último viaje, llamó mi atención un libro de Yves Michaud, El nuevo lujo, experiencias, arrogancia y autenticidad. De fácil y amena lectura, cuando llegué al capítulo de “Ostentación, arrogancia e identidad”, central para la hipótesis de Michaud, me dolieron los ojos por la sorpresa.

En la página 157, el autor señalaba que uno de los bienes de lujo más preciado en la actualidad era el tiempo libre: vacaciones a sitios exóticos (islas privadas o viajes fuera de la atmósfera terrestre), deportes sumamente exclusivos (la cacería de elefantes o las carreras de yates) y otros pasatiempos extraordinarios. Coincidí en todo con él, hasta que llegué a “el conocimiento de las lenguas muertas y las ciencias ocultas; la ortografía, la sintaxis y la prosodia”; la cita procedía de Teoría de la clase ociosa(1899), de Thorstein Veblen.

¿La ortografía servía para hacer alarde del tiempo libre de las clases privilegiadas? Si aceptamos con Yves Michaud que el ocio es un tipo de “consumo improductivo del tiempo” y que “hay que escenificarlo haciendo visible su inutilidad”, la respuesta es afirmativa. Regresé a casa meditabundo y algo ofendido por el cinismo de Michaud.

“¿Qué esperabas?”, me preguntó mi esposa a quemarropa. Esperaba que la ortografía formara parte de la canasta básica de las sociedades modernas; que fuera una especie de sueldo mínimo de la comunicación cotidiana. No imagino un grupo humano donde la ortografía no sea un requisito indispensable para poder hablar de orden, progreso y civilización. Ni Tarzán, ni el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, ni el de Michel Tournier, escribieron con faltas de ortografía. El penoso estado de salvajismo al que llegaron luego de sus respectivos naufragios no afectó sus competencias ortográficas. Escribir conforme a reglas compartidas por una comunidad garantiza que nuestros mensajes sean comprendidos de forma óptima. La ortografía, pensaba yo, no podía quedar reducida al pasatiempo de una clase ociosa y opulenta.

Con independencia de mis creencias, la ortografía ciertamente comparte muchas características con los bienes y servicios de alta gama enlistados por Michaud:

  1. Como las joyas y los relojes más caros, la ortografía está en manos de unos pocos miembros afortunados de la sociedad (si lees este artículo, perteneces a este reducido grupo de magnates ortografógrafos y multimillonarias ortografólogas).
  2. Como los autos de alta gama, los yates y los aviones privados, las competencias ortográficas son difíciles de adquirir y mantener (los primeros, debido a sus altos costos; la ortografía, porque depende de una educación esmerada de muchos años que se refrenda en la noble práctica de la escritura).
  3. Como ciertas marcas de ropa o accesorios con diseños exclusivos y por ello, sumamente costosos, su exhibición revela un capital económico o cultural. Una buena ortografía se puede presumir y confiere prestigio a quien la ostenta. Twitter quizá sea el mejor ejemplo de la coincidencia entre buena ortografía, reputación digital y número de seguidores.

En sociedades tocadas por la desigualdad social, una gran mayoría no puede acceder a los bienes de lujo sino a través de su imitación fraudulenta: el clon o versión pirata. En estas circunstancias, ¿qué posibilidades reales tenemos de comparar a la ortografía con estos productos de alta gama?

De inmediato, pensé en las imágenes típicas de la publicidad, donde la ortografía cede su potestad a la intención de vender algo mediante la empatía con su público. Recordé el prestigio artificial de los anglicismos y galicismos crudos (se llaman así porque no se traducen ni se adaptan a las reglas del español), unas veces transparentes y otras opacos para el público. Si Office Depot vende mercancías para la oficina y Home Depot, productos para el mantenimiento del hogar, ¿qué vende Vicky Form (que podría traducirse por “la forma de Vicky”) o Mixup (quizá “el revoltijo” sería una buena traducción)?

Los galicismos gráficos en México suelen embestir a un público que tiene poco trato con la lengua de Rabelais (sí, pronunciado rabelé, no rabeláis). Pero el ingenio local no conoce límites: la revista Moi (sí, pronunciado muá y no moy) acompaña su título de un “#túdimua” y en una revista donde se presenta la marca Jaeger-LeCoultre se agrega una simpática coletilla: “esta marca relojera (que se pronuncia lleguer-lecultr)”.

Tras los extranjerismos crudos no tardan en aparecer las quimeras ortográficas: en Domino’s Pizza, el apóstrofo del genitivo sajón indica que la pizza ha sido hecha por Domino, pero en Italianni’s no tiene mucho sentido atribuir la comida a un Italianni, porque no existe tal nombre. Chili’s se asocia al chili con carne y Opp’s Jeans nace de mezclar opciones y jeans, pero en ambos casos el genitivo sajón no deja de ser un mero ornamento (que en inglés se acepta nada más con seres animados, no con cosas).

Para el despacho de publicistas, lo cercano y familiar se identifica con la grafía deforme y monstruosa. Desde las geminaciones o sustituciones fonéticas (Bizzarro en el rubro de las joyerías, Elektra en el de los electrodomésticos y Marke para ventas por teléfono) hasta francos disparates. Cklass, cuya ortografía contradice el sentido de la palabra, es una marca de venta por catálogo de ropa y zapatos entre vecinos y vecinas de puerta o de escritorio. Bajo el mismo esquema, Price Shoes ofrece una línea llamada Karosso Kasual. En telecomunicaciones, izzi es la escritura extravagante de la pronunciación aproximada de ease, ‘fácil’ en inglés. Júmex, por su parte, tiene una línea de bebidas llamada Bida (por suerte, el eslogan se escribe con corrección: “Sácale toda la pulpa a la vida”).

A través del error, estas heterografías aspiran a ser identificadas y recordadas por el consumidor. Para muchas personas, resultará gracioso tomar una Be-Bida (nótese la aliteración y la rima en eco con el eslogan) que se llame Bida; pero habrá quien no sonría. Cuando le pregunté a mi hijo de ocho años si compraría un producto cuyo nombre está escrito con faltas de ortografía, respondió un “No” categórico. “Y ¿en una tienda llamada ¡Ay, Güey! (escrito con esa culta y correctísima diéresis contra el común anglicismo gráfico wey, con una coma que indica pausa tras la interjección y con el signo de exclamación de apertura)?” Después de reír un rato con la ocurrencia, dijo que sí, porque estaba bien escrito. El visionario creador de la marca logró que una frase popular considerada grosera se transformara, gracias a una ortografía de lujo, en una marca de lujo con boutiques de lujo en centros comerciales de lujo para vender playeras que, en este contexto, solo pueden ser consideradas de lujo. La marca facturó 74 millones de pesos en 2013.

Vencido por la evidencia, quizá tenga que aceptar que sí, que en nuestro país la ortografía efectivamente es un lujo.

 

 


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