¿Es útil anular el voto? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Es útil anular el voto?

En los medios masivos de comunicación se ha extendido la idea de que los partidos políticos son territorios donde predomina la corrupción y la ineficiencia. Muchos creen que los políticos deben ser castigados por haber dado la espalda a la ciudadanía y por ocuparse solamente de sus intereses. El desprecio por la política refleja una extendida decepción ante la democracia, que no parece cumplir las esperanzas que se depositaron en ella, un menosprecio que los políticos, con su demagogia, alientan todos los días. Estas ideas y sentimientos se expresan de muy diversas maneras y se ligan a corrientes de pensamiento de muy distinto signo ideológico. Tienen en común el desencanto y la frustración. ¿Cómo votar si ninguna opción nos convence? Este es un predicamento propio de las sociedades democráticas y debemos acostumbrarnos a una nueva civilidad que obligue a reflexionar detenidamente sobre la manera de encontrar que el voto sea útil a pesar de las inclemencias del clima político.

En esta generalizada desconfianza de la política confluyen los indignados que protestan por el desempleo, los que esperan que la democracia solucione los problemas del desarrollo económico, los marginados que viven en la pobreza, muchas organizaciones gubernamentales, quienes exaltan la voluntad individual para alcanzar el éxito, los que desean un Estado restringido que no intervenga en la economía o en la seguridad social y quienes impulsan un vigilantismo que procura tomar en manos privadas la persecución de delincuentes.

Esta marea heteróclita de opiniones e intereses suele estimular la abstención electoral, la indiferencia ante los procesos políticos y la rabia que clama por la anulación del voto. El hecho es que no faltan motivos para impulsar la marginación política, el importamadrismo y el rencor. Ciertamente en muchos lugares del mundo hay una clase política de baja calidad y partidos políticos llenos de basura que hacen pensar que es inútil el ejercicio del voto.

Todo ello es evidente en el México que se enfrenta a las elecciones presidenciales. Y a pesar de todo es importante señalar claramente que las corrientes y movimientos que fomentan las abstención y la anulación del voto contribuyen a minar las todavía no muy sólidas bases de la democracia en México. Además, indirectamente contribuyen a que el partido que va a la cabeza de las intenciones de voto obtenga un mayor porcentaje de diputados. La abstención y el voto nulo, en estas elecciones, favorecen al PRI. Movimientos como el que encabeza el poeta Javier Sicilia, con su loable protesta contra la violencia, detestan a los partidos, a los que consideran esencialmente antidemocráticos, oligárquicos y corruptos. Un inteligente crítico de la política, mi amigo Lorenzo Meyer, coincide con esta apreciación pero al mismo tiempo apoya el movimiento que encabeza López Obrador en su lucha por ganar las elecciones. Escribe con toda razón que el candidato de la izquierda “encabeza ¡un esfuerzo conservador! cuya meta no es poner fin a la propiedad privada o al capitalismo, sino preservar, pero mejorado y aumentado, lo ganado por la Revolución mexicana a favor de los intereses de la mayoría” (“El lopezobradorismo”, Reforma, 12-IV-2012).

Hay otros contendientes en la lucha por el poder que también desprecian a los partidos y las esferas de la política, y que se presentan como representantes de la “ciudadanía”, de la “sociedad civil” o del “pueblo”. No nos debe sorprender que estas actitudes antipolíticas hayan logrado ahuyentar a muchos votantes que están indecisos o que desconfían con buenas razones de los círculos del poder. Las intensas movilizaciones por deslegitimar las elecciones de 2006 contribuyeron a que una gran parte de la sociedad se alejase desencantada de los mismos partidos y grupos que las fomentaron. Con ello auspiciaron sin darse cuenta la expansión de aquellas tendencias que, después de más de setenta años de ejercer autoritariamente el poder, configuraron lo más corrupto del sistema político y los más antidemocráticos estilos de hacer política. Por otro lado, la televisión, la radio y la prensa, con sus frecuentes burlas del comportamiento absurdo o ridículo de los políticos, expresan los sentimientos de los sectores más derechistas del empresariado y de la clase media. Estos mismos sectores, a la sombra del partido en el poder, protegieron a los monopolios de la televisión, que son responsables de las más atrasadas formas de manipulación política. Han logrado que las elecciones parezcan insulsas y aburridas, que los candidatos a la presidencia se adapten al estilo fragmentado y obtuso que les exigen y que una parte de la sociedad sienta una morbosa pero secreta satisfacción por los enfrentamientos entre delincuentes que han producido más de cincuenta mil homicidios.

No debemos extrañarnos que mucha gente quiera anular el voto o simplemente abstenerse, sin percatarse que con ello fomentarán las posibilidades de que el partido del antiguo régimen autoritario retorne al poder. ~