Entrevista a José Manuel Caballero Bonald | Letras Libres
artículo no publicado

Entrevista a José Manuel Caballero Bonald

La casa de José Manuel Caballero Bonald en Madrid tiene algo de camarote de viejo galeón delicado. El mundo se amortigua aquí arriba entre libros, maquetas de barcos, caprichos dispersos, horas, vida y una piel de serpiente pitón que hace de dintel y casi toldo. Caballero Bonald anda despacio porque piensa rápido. Habla con pausa porque dice mucho. Es de modales lentos como un regreso. Conoce el secreto del naufragio. Dos veces zozobró su embarcación en aguas de Cádiz. A la tercera, asegura la leyenda marinera, se alcanza la inmortalidad. Al enterarse de tal peligro, este hombre dejó de navegar. Sería una vulgaridad permanecer aquí tanto tiempo.

Milita en la literatura desde los primeros años de vida, como lector, como autor, como viajero. Nació en Jerez de la Frontera en 1926. Formó parte desde primera hora de la nómina principal de la generación del 50 y, a la vez, se hizo sitio en la novela con algunas piezas de muchos quilates: Dos días de septiembre (1962), Ágata ojo de gato (1974) o En la casa del padre (1988). También en el memorialismo estableció su propia alcurnia con La novela de la memoria (2010). Espronceda está entre sus predilecciones. Como Góngora. Como el flamenco sobre el que levantó un ensayo necesario, Luces y sombras del flamenco (1975), y para el que dejó fijado el Archivo del cante flamenco, grabando y estudiando algunas de las voces primitivas del cante y la guitarra que estaban ya muy cerca de perderse. Ha hecho la guerra a su modo, con los compañeros de viaje justos, más propenso a la soledad que al trabalenguas de las multitudes.

José Manuel Caballero Bonald sostiene que se le ha pasado la edad de la poesía. Está en la aventura de unas prosas sobre algunos creadores que han sido amigos, que ha conocido: desde poetas del 27 a Juan Carlos Onetti. De los prosistas de vanguardia a Juan Rulfo. Entre España y Latinoamérica, donde el autor de Las adivinaciones concretó buena parte de su educación sentimental. Política, literaria y sentimental.

Caballero Bonald es uno de los grandes creadores españoles de la segunda mitad del siglo XX. Premio Cervantes. Dispensa destellos sobrios de chamán de sí mismo. Sabe que la poesía habita también en lo más crudo, en lo intocado, en lo prohibido. Donde uno casi olvida. O muere. O se enamora. Y entra en sus espacios con una acumulación de riesgo, huyendo de toda rutina. Entre lo moral y lo alucinatorio establece su perímetro, mientras agita una sonoridad dolorida y despierta que acumula vida y atenciones, soledades, alguna traición, relecturas, las nostalgias exactas y la lucidez perpleja, desbordante, desengañada, sin otro idilio que los volúmenes que tiene cerca en el ángulo oscuro del salón.

¿Y el nuevo libro que lleva entre manos?

Ah, sí... Estoy trabajando en unas prosas que son semblanzas o perfiles de escritores y artistas que conocí y que por alguna razón me sedujeron o me resultaron gratos... O no tan gratos, porque algunos tampoco salen muy favorecidos.

¿Con quién ajusta cuentas?

Con Jaime Gil de Biedma, por ejemplo. No fuimos muy amigos y su poesía no me agrada del todo, pero era un crítico literario excelente. Su libro El pie de la letra es extraordinario, con gran diferencia de su poesía, tan explícita, tan propensa al “sencillismo”… Eso me interesa muy poco. Tampoco quedan muy bien Baroja, Eugenio d’Ors, Sabato, Leopoldo Panero o Josep Pla… A Pla, sin ir más lejos, lo conocí en una comida en Mallorca, donde cometió todas las groserías que podían molestar a los comensales. Eso no quita que El cuaderno gris sea un libro valioso, por más que me desagraden profundamente la ideología franquista y la actitud misógina de Pla. Sin olvidar, además, que sus ideas sobre la vanguardia eran altamente retrógradas.

¿Tiene título para el libro de semblanzas?

Aún no. Y tampoco sé cuando lo publicaré. O si lo llegaré a publicar. Y eso que está casi terminado, me parece, pero se me acabaron las prisas. Las prisas son propias de principiantes.

¿No ha vuelto la poesía?

No. Y creo que ya no volverá. La poesía es un estado de ánimo. Una inclinación del pensamiento. Y no estoy en ese estado. Me resulta más agradable, más divertido, trabajar ahora en esos retratos.

¿Cómo se enfrenta hoy a la escritura?

Pues me ocurre algo poco razonable a estas alturas, y es que encuentro una facilidad que nunca había tenido para el desarrollo de la frase. He llegado a un fraseo fluido, de buena entonación. Me atrae mucho quebrar la norma, ir a contracorriente. No le tengo miedo a la falta de lógica. Supedito la lógica al pensamiento intuitivo. Y tampoco me preocupa que el poema no sea enteramente entendible. El “sencillismo” se usa muchas veces para tapar vicios. Viene a ser como la excusa de los incompetentes.

¿En ese libro de reencuentros se reactiva la nostalgia o se lo tiene prohibido?

Sí, a veces se reactiva, es inevitable. Por ahí andan algunos de mis escritores predilectos, como Onetti, Rulfo, Cunqueiro, Octavio Paz, Blas de Otero, Valente... Eso, irremediablemente, genera emociones, hace revivir experiencias y propicia la sensación de oír el paso del tiempo. El tiempo es un agujero negro que se lo traga todo.

El último tramo de su escritura poética ha sido poderoso. Se ha acercado a la poesía con un ímpetu juvenil.

Soy consciente de eso. A partir de Diario de Argónida la poesía abarcaba todo el espacio de mis preocupaciones. Sentía una obsesión por la escritura poética como no había sentido antes. Incluso durmiendo pensaba versos o corregía los que ya había escrito. Estaba trabajando en conseguir una tonalidad, un ritmo en el poema que fuera distinto a lo que había hecho. Y creo que lo alcancé, sobre todo en un libro que considero el libro de mi vida: Entreguerras. En esa biografía poetizada están mis obsesiones, mis manías, incluso mis manías persecutorias. Me sorprende, con lo viejo que soy, poder sacar fuerzas de flaqueza para condenar todo lo que no me gusta. Es una forma de autodefensa. Pero ya no tengo edad para la poesía. La poesía requiere unos apasionamientos que los viejos no solemos cultivar. Aunque sospecho que una cierta rebeldía aún me mantiene en pie.

Aquellos versos van impulsados por una fiebre o ansiedad por decir, por andar, por celebrar o también por devastar.

Así es. Además, ya le digo, en poesía no hay por qué entenderlo todo. En un poema las palabras pueden lograr que se abra una puerta, se rompa un sello, te hagan asomarte a un mundo desconocido, a una realidad nueva. A mí, por ejemplo, me emociona la lectura de las Soledades de Góngora y no entiendo todo lo que en ese poema sucede. Es como una selva en la que de pronto caminas a tientas, por la oscuridad, y en un momento inesperado se abre un claro, se ilumina el fondo. Entonces aprecias la absoluta nitidez y belleza de la palabra, que en Góngora suele tener mucho de palabra nueva. En ese momento compruebas que en poesía la palabra tiene que significar más de lo que significa en los diccionarios. En este sentido, recuerdo ahora un libro que me deslumbró: Hojas de Madrid con La galerna, de Blas de Otero. Comparto a medias su obra de compromiso social, pero en ese libro aparece un poeta excepcional, con un mundo complejo y sorprendente. Creo que él no se dio cuenta de lo que significaban esos textos que dejó inéditos tantos años.

La casa de José Manuel Caballero Bonald ha alcanzado esa penumbra de moscatel de las tardes que están casi cumplidas. Sobre la mesa unas copas de “palo cortado”, junto a una urna con estilográficas como batutas dormidas, pequeñas bayonetas que han escrito palabras profusas, ideas ardientes, certezas quizá hoy fatigadas. El poeta en la mecedora, balanceado con un rumor de insurrecciones que se resisten a ser amansadas.

¿Cómo afecta a su escritura lo que sucede fuera, en la calle?

Si hablamos de política española, todo me resulta bastante penoso. Los debates de los líderes de los partidos en las pasadas elecciones fueron insulsos. Lo que está ocurriendo en España acrecienta mi escepticismo en materia política. A veces creo que todo está supeditado a los lugares comunes, como dominado por una epidemia de gregarios. Cada vez hay por ahí más mediocres encumbrados. Me siento defraudado, decepcionado, y mi escepticismo crece por momentos. Como mis dudas. Creo cada vez en menos cosas.

¿Está más escéptico que indignado?

Soy un escéptico que se indigna por lo que ocurre a su alrededor: la desigualdad, la corrupción, los abusos de poder, la pobreza, la injusticia... Todo eso aumenta mi escepticismo. He ido perdiendo todos esos ideales por los que muchos luchamos hasta no hace tanto. Luchamos por tener a unos representantes que apostasen por cambiar la sociedad, la cultura... Pero eso se quedó en incertidumbres, pactos imposibles, desgobierno... En nada.

¿Y ahora?

Pues todo anda un poco a la deriva. Habría que empezar cambiando la ley electoral, que es un disparate... Yo estoy cerca de Izquierda Unida y de Podemos, aunque lamento que Podemos no aceptara el proyecto de Unidad Popular. Pero ahí puedo detectar una voluntad de cambio, aunque también una manifiesta falta de experiencia. Y eso es una falla importante. La administración del Estado es algo desconocido para esos nuevos protagonistas de la política española... En fin, que yo no bajé a votar.

¿Los nuevos partidos políticos qué solución son?

No sé si suponen una solución, pero sí un acicate, una señal de extinción de las viejas estructuras del bipartidismo, la posibilidad de crear una sociedad nueva, distinta y modernizada. Me gusta lo que dice en este sentido el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, un chico inteligente, culto y sereno. Lo que prometen desde Podemos puede tener algo de utopía, pero no olvidemos que la utopía es una esperanza largamente aplazada y resulta necesario mantenerla viva.

Parece significativo que ninguno de los candidatos se refiriese a sus proyectos sobre la cultura durante la campaña.

Es cierto. Ninguno mencionó la cultura. ¿Para qué? La cultura puede ser un peligro para los inmovilistas. Lo única referencia fue la bajada posible del iva, pero eso es algo colateral. Así que ese silencio es más bien alarmante.

Podría ser uno más de aquellos “desahucios de la razón” que usted señalaba en su discurso de recepción del Premio Cervantes.

Eso parece, porque tenemos casi los mismos “desahucios” que cuando entonces. Por ejemplo, los recortes indiscriminados, la corrupción generalizada, la prepotencia. Esa tolerancia aparente de los ciudadanos ante la corrupción también es una forma de “desahucio”. Nos hemos acostumbrado peligrosamente a aceptar que todo el mundo roba y que nadie devuelve luego nada de lo que robó. Da igual que los condenen los jueces. A la cárcel solo van algunos que hacen de cobayas para acallar a la gente. Los demás siguen por ahí en una escandalosa impunidad.

¿Cuál cree que es el motivo por el que se ha llegado a esta degeneración política?

Yo viví muy intensamente lo que se llamó la transición, o sea, la “transacción”, porque aquello fue un apaño de urgencia entre la izquierda y la derecha. Salió bien por casualidad. El punto álgido de esa componenda fue la Ley de Amnistía de 1977, que impidió que un tribunal juzgara los crímenes del franquismo. Y eso aún se nota. Los lastres del franquismo afloran por ahí de cuando en cuando.

¿En qué lo detecta?

En los modales, en las actitudes de una derecha sulfurosa que sigue teniendo un tic franquista que reaparece a cada momento. El origen de muchos de los estancamientos políticos que hoy observamos se debe a la falta de un tribunal que borrara con valentía las huellas de la dictadura, que acabara con la historia sin culpables. Y por otra parte está la deshonestidad de buena parte de los políticos que creyeron en la democracia como en un coto privado para sus negocios.

¿Qué más motivos de degeneración sospecha?

Pues aunque no se dice tanto como debiera, creo que la falta de un proyecto educativo y cultural eficiente nos ha hecho más frágiles como sociedad. Hemos tenido unos ministros de cultura opacos, irrelevantes, por eso estoy convencido de que ese ministerio debería desaparecer en favor de un consejo nacional de cultura formado por representantes de las distintas áreas culturales. Será la forma más sensata de dinamizar la cultura en este país. Y, a la vez, habría que incrementar las competencias del ministerio de educación, que es el estamento principal para generar y asegurar una ciudadanía honesta y civilizada.

Un cierta brasa de hogar se impone en este salón que no iluminan del todo las lámparas encendidas. Aquí se han dado reuniones fabulosas. Pequeños conciliábulos de conspiración. Madrugadas de alcohol y complicidades. Desvelos y otras batallas de la conciencia. Entre esta casa y el retiro de Sanlúcar de Barrameda ha escrito José Manuel Caballero Bonald el largo convoy de su obra. Ajeno a las tendencias dominantes, consciente de pertenecer a una tradición que se mueve en un compás propio y goza del delirio, de las corrientes alternas del idioma, de todo aquello que de límite tiene en su raíz el temperamento de lo barroco. El discurso de Caballero Bonald es así por esa molécula furiosa de quien tiene en las palabras su batalla más intensa. Es un hombre que huye de la evidencia porque cree que esta pocas veces evidencia nada.

¿Importa ahora menos la poesía que cuando usted era joven?

No, no lo creo. La poesía solo le importa a unos pocos. Además, cuando yo era joven había 42 poetas en España y ahora hay 4.200. Me doy cuenta de lo viejo que soy porque me llegan noticias de poetas jóvenes a los que no conozco ni de nombre y ya tienen publicados uno o dos libros. El que haya tanta gente escribiendo es un síntoma de que la poesía tiene seguidores y de que yo soy muy mayor. En mis años de juventud la poesía no tenía ninguna influencia en nada, como ahora, aunque hubo un tiempo (cuando la poesía de protesta) en que leer poesía en la universidad generaba un cierto fervor. La palabra libertad dicha en un poema bastaba para enardecer al auditorio. Nada de eso es ahora posible, tampoco importa mucho.

¿La edad le ha reconciliado con autores que no leía entonces con interés?

Sin duda. La edad remunera de algunas cosas, como la lectura. Cada vez leo menos novedades. Me tienta más volver a los libros que me han acompañado siempre. En estos últimos años he regresado a escritores latinoamericanos que han sido mis maestros. Y no precisamente de la generación del boom, sino anteriores: Onetti, Rulfo, Lezama Lima, Borges, Octavio Paz, Carpentier. Los sigo leyendo con gusto creciente. Y de españoles voy también haciendo mi cabotaje de lecturas, desde Juan Ramón Jiménez a José Ángel Valente, de Cernuda a Carlos Barral, Carlos Edmundo de Ory o Álvaro Cunqueiro, el de Las mocedades de Ulises. Estuve muchos años sin leer a Cunquiero, pero fue un reencuentro maravilloso. Su imaginación resulta portentosa. Se trata de un dominador absoluto del idioma.

¿De qué le ha salvado la literatura?

De no escribir, por ejemplo. La literatura salva de muchas cosas, del remordimiento de no escribir, del tedio de la vida, del silencio no creativo... Es muy habitual que si no haces algo que te compense de veras te aburras de una forma perniciosa. Y de eso me ha salvado la literatura. De eso y de estar por ahí errante, sin oficio ni beneficio. Escribir me justifica, me alivia. Mi energía se libera a través de la escritura y me pacifica. De otro modo saldría a la calle demasiado enojado.

¿Y cuánto le debe al desconcierto de escribir?

Le debo la afirmación de mi personalidad. Me he hecho el que soy porque escribía. La escritura te hace pensar mucho en tu propia manera de ser. La escritura ha sido en mi caso una terapia, un aprendizaje para la decencia. Siempre creí que la poesía tenía un fondo curativo, paliativo, que te alivia de obsesiones, de manías, te libra de caer en un nihilismo dañino, o algo así. La poesía enaltece el valor de la realidad. ~