Entonces, Tomás Segovia... /1 | Letras Libres
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Entonces, Tomás Segovia... /1

Tomás Segovia ha muerto a sus 84 blanquibarbados y todavía muy galanes años.

Tomás Segovia ha muerto a sus 84 blanquibarbados y todavía muy galanes años. Apenas hacía dos semanas que lo había visitado yo en casa de uno de sus hijos, donde desde el atardecer hasta bien avanzada la noche estuvimos, con su compañera María Luisa Capella, charlando de poesía, de poetas, del exilio republicano español y del pintor y escritor Ramón Gaya y el poeta Emilio Prados, y, puesto que si a la actualidad se le cierra la puerta, entra por la ventana, charlamos también de estos difíciles tiempos sociales y políticos del país.

—Tú eres —le dije en el momento en que más arreciaba la nostalgia y deseábamos abandonar el tema de los difíciles tiempos— el primer poeta que vi en funciones, o sea escribiendo poesía en un café y a la vista de todo el mundo.

—¿En cuál? —preguntó.

—Adivina. En un café del multitudinario centro de la ciudad de México… De la zona en la que entonces se concentraba la vidita literaria y artística y editorial de la ciudad.

—¿En “el Chufas”?

—Ese mismo. ¿Lo recuerdas?

—Sí. Un café largo, estrecho, silencioso, con mesas en “caballerizas” y barroco mueblaje de madera oscura. Con entrada de puerta giratoria de cuatro alas de madera y cristal.

—Sí, y alguna vez me dijiste que esa puerta, al girar, hacía dialogar el silencio del interior del café  con la vida y el rumor de la calle. Y siempre te ha gustado trabajar, silencioso, en medio del rumor de la vida. Eres el poeta de los cafés.

Cafés… El momento en que empecé a tratar a Tomás se había dado hace más de medio siglo, tal vez en 1954, el año en que también conocí, allí, en el “Chufas”, a Pedro Garfias, León Felipe, Juan Rulfo, Emilio Uranga… Pero ahora se trata de Tomás Segovia.

El “Chufas” era café de escritores, pero “lugar de paso”, no de tertulias nocturnas o diurnas como las de otros cafés del Centro: el Madrid, el París, el Tupinamba, el Campoamor et al, porque resultaba algo incómodo con sus bancas y sillas a las que Emilio Uranga calificaba de “rudamente ortopédicas”. Estaba situado en el primer tramo de la calle de López, casi en esquina con la Avenida Juárez, y se le apodaba “el Chufas” porque en él, además de un excelente café en los modos del express, del “cortao”, del café-con-leche (y nunca de esa agua negra: el abominable “americano”), se servía una blanquísima y muy fría horchata valenciana hecha con chufas auténticas, a la cual José Vasconcelos le había dado el honorífico nombre de “leche vegetal”.

Yo acababa de publicar, en una revista irrecordable para vos y para mí, una nota entusiasta sobre el primer o segundo libro de Tomás: Primavera muda, de la hoy legendaria colección Los Presentes dirigida y sostenida por Juan José Arreola (colección, en la que un año después publicaría mi primer librito, cuyo título tengo el derecho de no recordar).

—¿En el “Chufas? —dijo Tomás—. ¿Ya entonces nos hablábamos?

—No —respondí—, no nos hablábamos, o más bien yo no me atrevía a hablarte. Te veía desde una distante mesa del café y te admiraba por los poemas que te había leído, y porque ya eras para mí un escritor hecho y derecho, capaz de la valentía, si no era impudicia de escribir en público, ¡y escribir poemas!. Te observaba casi furtivamente y me decía a mí mismo que “de grande” sería como tú y escribiría ante el mundo entero. Me sabía cabalmente poemas tuyos y me gustaba susurrar uno que te había leído en Hoja o en Segrel o en Presencia: “Desátame, noche, desátame,/ igual que desataste antes mi sueño/ como algún día desatarás mi cuerpo,/ desátame…”

—Y… entonces, allí en “el Chufas” ¿qué?

—Entonces, una tarde, el cordial mesero mexicano Eleuterio López, que, ¿recuerdas?, era muy viejo y se declaraba aficionado a “los versos” (podía declamar de corrido La Suave Patria, el Primero Sueño y, claro está, El brindis del bohemio), me dijo furtivamente, como traicionando un secreto: –Ese señor de allí enfrente es poeta, y español y refugiado, como usted. —Ya lo sé, le dije, es Tomás Segovia. —Ah, ya lo sabe, ¿y cómo no se hablan ustedes? —Yo le hablaría con gusto, lo admiro mucho, pero no quiero interrumpirle un poema. —Ora, ¿pues cómo?, dijo, y antes de que yo lo detuviera cogiéndole una manga se fue a decirte quién era yo y que deseaba hablar contigo. Tú miraste hacia mí y, sonriendo, hiciste con la mano un sencillo gesto invitador. Fui a sentarme ante tu mesa, llena de hojas manuscritas y de vasos de horchata más una tacita de express, y me agradeciste la nota que en una revista había publicado sobre tu libro La luz provisional y te dije cómo admiraba que con frecuencia escribieras, en lugar de la palabra belleza, la palabra hermosura, que suena menos estatuaria y más carnal, más humana. Y sentí que un halo se me formaba en la coronilla cuando dijiste que yo había entendido. Poco después, entrando por la encristalada puerta giratoria, llegó Ramón Gaya y yo casi no podía creerlo:¡ahora no sólo conocía a Tomás Segovia sino además al admirable sutil pintor, el autor de los gouaches ilustradores de los grandes calendarios regalados cada fin de año por Mazapanes Toledo! Y mientras él y tú empezaron a hablar de no recuerdo qué cosas, yo pensaba que la incipiente noche ya era para mí histórica. O más: legendaria.

(Continuará...)