Enrique Morente: la voz del Albaicín y los poetas | Letras Libres
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Enrique Morente: la voz del Albaicín y los poetas

Morente nace en Granada, la ciudad más morisca de España. Ahí la cultura gitana se refugió en las cuevas del Sacromonte durante cientos de años, y su arte antiguo, alimentado en su diáspora desde la India hasta la península ibérica por las influencias de todas las tierras andadas, se sumó a las músicas de los califas, a las oraciones y cantos de las iglesias, sinagogas y mezquitas, así como a los versos que nacían en los diversos territorios de la lengua española. El cantaor viene al mundo en el barrio granadino del Albaicín, vecino del Sacromonte, el día de Navidad del año de 1942. De niño canta en el coro de la iglesia y de joven toma clases de cante tradicional flamenco, donde se convierte en alumno destacado de un clásico vivo de su tiempo, Pepe de la Matrona. Desde un inicio Morente sorprende por su vuelta a los viejos cantes casi olvidados y por las selecciones de temas de sus primeros discos, donde destaca una sensibilidad poética y musical educada para el rescate de aquellos versos donde late con más fuerza la poesía popular andaluza y donde se multiplican la variedad de ritmos, métricas y estructuras compositivas, cuyo rescate requiere también una buena dosis de erudición y espíritu etnológico. Cante flamenco y Cantes antiguos del flamenco son títulos francamente catedráticos, y su aparición fue un referente de estudio y conocimiento que interesó igual a los enterados que a la nueva generación a la que pertenecía el artista.

En 1971 Morente sacó a la luz su tercer disco: Homenaje flamenco a Miguel Hernández. Esta pieza discográfica significó el comienzo de un diálogo cultural que transformó para siempre el flamenco y que haría posible su incorporación definitiva al arte contemporáneo español. Es cierto que Paco Ibáñez ya había abierto la puerta a la alianza de la canción popular con la poesía española –de Góngora y Quevedo a Alberti, León Felipe, José Agustín Goytisolo y Manuel Celaya–, y que, desde Barcelona, Joan Manuel Serrat ya había interpretado versos de Antonio Machado, y que muy pronto aparecería, en 1972, su Miguel Hernández, pero la intervención de Morente significaba, por una parte, la incorporación del flamenco a aquella corriente cultural, de carácter universitario y urbano, que representaba el urgente deseo de libertades y renovación intelectual de gran parte de la juventud española tras el peor periodo del oscurantismo franquista de la posguerra. Con esto, el joven maestro de las formas clásicas y los cantes de culto anunciaba también la apertura del mundo cerrado y autorreferencial del flamenco a la cultura contemporánea. Si Serrat revivió al poeta de Orihuela sacrificado por el franquismo y lo popularizó extensamente por el universo de habla hispana, Morente condujo a Miguel Hernández, como después haría con otros poetas, a la cueva flamenca, a ese rincón del arte donde gitanos y andaluces cuidan cierto fuego sagrado hace centurias.

Dicen las crónicas flamencas que en aquellos años setenta era muy común que en los festivales se repitiera el formato taurino del “mano a mano”, y que uno de esos encuentros que animó más de una de aquellas fiestas fue el que protagonizaron Enrique Morente y Camarón de la Isla. En ese tú por tú entre el de Granada y el del Puerto de Santa María se cifraban muchas cosas, la vieja disputa por la “pureza” del cante, el viejo celo entre los de Cádiz y Jerez por el monopolio del flamenco, o el eterno debate entre los que consideran el flamenco como un arte exclusivo de la raza “calé” y menosprecian el arte de los “payos”. Pero lo que es fundamental es que entre esos dos y Paco de Lucía se estaba gestando la gran revolución del flamenco moderno y su verdadera universalización. Sin las aportaciones de Morente, Camarón y De Lucía el flamenco no sería hoy considerado patrimonio cultural de la humanidad ni su influjo habría llegado como hoy a los territorios del son, el bolero, el tango, el rock, el pop, la música africana (árabe y negra), el cine o la danza contemporánea. Por cierto que cuando se le preguntó a Morente por la nominación del flamenco por parte de la unesco como patrimonio de la humanidad este respondió que en realidad era la humanidad la que debía ser declarada patrimonio universal del flamenco.

El Homenaje flamenco a Miguel Hernández coincide con el acercamiento de Morente a la izquierda española, en particular al Partido Comunista. Esa simpatía por quienes resistían a la dictadura en el interior de España y por quienes habían tenido que partir al exilio y mantenían viva la causa republicana lo llevó a cantar entre los trasterrados del pce en la ciudad de México, donde vivió algún tiempo e hizo amistad con el poeta Luis Ríus, el escritor Paco Ignacio Taibo I, los escasos pero eruditos amantes del flamenco y los tampoco muy numerosos andaluces exiliados. En una entrevista concedida al alimón con su hija Estrella Morente para la revista Vanity Fair recuerda que en esos mismos años el cantaor fue a presentarse frente a los miembros del Partido Comunista de España en París, acompañado nada menos que por Rafael Alberti, y que ahí manifestó una rebeldía indoblegable ante el pensamiento dogmático al negarse a cantar las canciones políticas que pedían los presentes, y en cambio recitarles a los camaradas una clase magistral de los cantes más antiguos y jondos de su repertorio. Es esa misma rebeldía la que lo hizo cantar, muchos años después, una canción republicana frente al rey Juan Carlos. De cualquier manera su interés por lo que sucedía no solo más allá del mundo flamenco sino de las fronteras de España lo llevó a solidarizarse con otras causas: desde dedicarle un disco de flamenco puro (El pequeño reloj) a “Lula, esperanza de Brasil”, hasta incluir en su sitio oficial en la web su punto de vista sobre los acontecimientos en Medio Oriente o a elaborar panfletos contra el hambre.

De Hernández, Morente pasó a la poesía de san Juan de la Cruz: de cantar la libertad del hombre a cantar la libertad de su alma. Sabemos que el flamenco tiene mucho de religión y que su repertorio está lleno de confesiones arrebatadas de fe y plegarias de súplica al supremo, pero las interpretaciones de los versos de san Juan de la Cruz, del “Cántico”, el “Pastorcito” o el “Cantar del alma que se huelga de amar a Dios por fe”, son verdaderamente inspiradas. A través de la voz flamenca de Morente, Juan de la Cruz ha tenido, por lo menos en España, una difusión sin precedentes en el terreno de la cultura popular.

Pero además de su interpretación de versos de Alberti y de Nicolás Guillén, de buscar la fusión del flamenco con las músicas de África y el Caribe, de impulsar proyectos conjuntos entre músicos de Caí, La Habana y Granada, su curiosidad lo acercó también al punk y en colaboración con el grupo español Lagartija Nick creó el que considero su mejor disco: Omega. Ya habían pasado casi dos décadas desde la aparición de La leyenda del tiempo de Camarón de la Isla, donde el flamenco se abrió definitivamente a la instrumentación del rock, a su sonido electrónico y poderosamente percutido, y por este camino, y con versos de García Lorca, a los lenguajes universales de la música contemporánea, de manera que Omega no tenía la intención de innovar ni de romper, sino sencillamente de experimentar y crear. En esta pieza (¿o debería llamarse suite, como propone Enrique Helguera?) Morente ensambla la guitarra y batería de Lagartija Nick con los poemas neoyorquinos de García Lorca, la sabiduría beat de Leonard Cohen con la inspiración gitana de Juan Antonio Salazar, la guitarra de Vicente Amigo y la de Tomatito.

Omega –se aclara en el disco– es la visión de Enrique Morente sobre Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.” En esta obra, el quejío flamenco hace de los versos de Lorca un lamento desgarrado pero poderoso que se levanta del tropel de la batería, del riff de la guitarra y el contratiempo de las palmas flamencas para gritar a todo pulmón, con una fuerza que admiraría el mismo Robert Plant, la suerte del hombre “Entre las formas que van hacia la sierpe/ y las formas que buscan el cristal”, la muerte del hombre “¡Asesinado por el cielo!”, y para pronunciar también el Aleluya de Cohen por el amor que nos obsequia la existencia. Si a los veinte años Morente rescataba el canon flamenco de los abuelos, a los cincuenta hizo el mejor rock de España. En 2008, a sus entrados sesenta años, visitó por última vez la ciudad de México invitado por José Luis Paredes “Pacho” para el Festival del Centro Histórico. En la plaza de Santo Domingo, con la imponente iglesia barroca iluminada de rojos azules y morados, algunos miles de asistentes pudimos escuchar en directo Omega.

Con su muerte en 2010, Morente deja en el mundo del flamenco muchos huérfanos además de su hija Estrella, como lo reconocieron Miguel Poveda o José Mercé. Sin él y sin Camarón de la Isla, con Paco de Lucía prácticamente retirado entre Playa del Carmen y Toledo, el flamenco va cerrando una época de oro en la cual el arte de los gitanos y andaluces salió del refugio de las cuevas y las peñas de los barrios para ganar un lugar de privilegio entre las músicas que los pueblos crean como alta manifestación de su cultura.

Siguen por ahí los descendientes andando su propio camino: Diego el Cigala, Poveda, Mayte Martín, Mercé, Macanita, Potito...

Con Morente, además del gran innovador del flamenco que revolucionó este arte ancestral, se marcha un notable lector de poesía y el gran cantaor de los poetas. ~


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