En la familiaridad de la poesía | Letras Libres
artículo no publicado

En la familiaridad de la poesía

 Publicamos como homenaje a Tomás Segovia un sereno e inteligente retrato escrito por su hijo Rafael, un poema póstumo del propio Tomás, una conversación reciente con Christopher Domínguez Michael y un poema de despedida de Eduardo Vázquez Martín.

Para hablar de Tomás Segovia, que fue mi padre, he escogido hablar desde la familiaridad. No tanto porque me haya sido cercano en ese sentido –que lo fue de una manera irremplazable– sino porque me parece que su influencia en el mundo que lo conoció y del que fue parte (el de la literatura, el de la conciencia independiente, el de la juventud como rebeldía, manifestación de comunidad y antisolemnidad, el de la integridad como fe en el ser humano) debe permanecer bajo el signo de la familiaridad. Quienes lo frecuentaron saben que no había otra manera de estar con él. Nunca fue el señor Tomás Segovia, ni el escritor Tomás Segovia. Siempre fue “Tomás”, incluso para sus hijos que nunca lo llamamos papá. Su único apodo fue el de “poeta” a secas. Y lo supo llevar con la naturalidad de quien no es otra cosa y no tiene por qué inventarse nombres.

Para ilustrar lo que digo baste recordar una anécdota tan deslumbrante para quienes la atestiguamos como ingenua para quien la escucha relatar: en un viaje familiar que hicimos a la playa, alguien propuso hacer una fiesta de disfraces, y Tomás apareció vestido con una sábana, una corona de “laurel” y un arpa de cartón. Se había disfrazado de “poeta”, y a todos nos resultó de una rotunda evidencia que no podía disfrazarse de otra cosa, y que además ese disfraz le resultaba tan natural como si estuviera ante nosotros la reencarnación del mismo Homero. Creo recordar que pensé en aquella ocasión que Tomás ya había sufrido un proceso de transubstanciación final: solo quedaba en él la esencia del poeta. Era poeta con todo su ser.

Esta dimensión de familiaridad nunca fue un intento por hacer ligeras las relaciones con los demás, ni convertir en superficial el suceder de la cotidianidad. La vida y los afectos, la luminosidad del sentido, eran el centro de una realidad rotunda que Tomás imponía a su alrededor con la sencillez de sus gestos y sus palabras. La misma que, en efecto, nos revela la poesía cuando cumple con su esencia. Esa realidad, esa revelación que él comunicaba en todos los aspectos de su vida es lo que a tantos amigos, discípulos y colegas inspiró una devoción admirativa por su persona, que fue creciendo con el tiempo, favorecida con la vejez, que borra el sentido de la rivalidad y las demás pasiones.

Él mismo lo dijo muchas veces: nunca asumió la poesía como una identidad, como un título que se pudiera ostentar ante los demás. Su relación con la poesía fue siempre la del cortejo, la del temeroso adentrarse en las palabras como en un bosque misterioso aunque familiar, en una aventura incierta siempre renovada. Es por eso que decía que él escribía para indagar sobre el mundo, sobre la verdad, y nunca hubiera podido escribir por programa, con un tema preestablecido, para “hacer un soneto” o “componer una décima”. Fue, en ese sentido, un escritor llevado por la inspiración. Pero la inspiración entendida como desamparo, desnudez, o mejor dicho, sinceridad. Es tal vez por eso que su principal fuente de inspiración fue el paisaje, la naturaleza, la sensación –casi siempre física, carnal– de lo que lo rodeaba. Su poesía partía siempre de un diálogo con el mundo, con el tiempo, con la vida.

Tomás fue también un gran pensador, y sobre todo un pensador original, siguiendo siempre caminos no trillados, descubriendo las evidencias que nadie observa, retando al sentido común con la observación cabal de las cosas, sin artificios ni rebuscamientos. Él decía que su curiosidad lo llevaba a entrar imprudentemente en terrenos reservados, allí donde el común mortal no se aventura porque se le dice que son el coto de especialistas y altos académicos. Él entraba allí con la confianza de que la inteligencia es capaz de encontrar sentido en las cosas sin necesidad de andamiajes. Era un espeleólogo sin equipo, un astronauta de a pie, que llegaba sin embargo a las inmensidades intelectuales con desenvoltura y agilidad.

Siempre he pensado que esta libertad para abordar el pensamiento tenía que ver (tiene que ver siempre) con una forma de concebir al hombre, a la historia y a la civilización, que sin duda le fue transmitida a Tomás por sus mentores y predecesores, es decir por el pensamiento español libertario, el que en el siglo XX adoptó la identidad de la lucha republicana. Hay en efecto en esa manifestación del espíritu influencias de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, García Lorca y muchos otros que en México, en el medio del exilio en que se formó mi padre, fueron representados por seres tan excepcionales como Emilio Prados, José Bergamín, Max Aub, Ramón Gaya y, claro –aunque no tuvo tanta relación con Tomás–, León Felipe. Y también en gran medida su formación de conciencia se debe a esa corriente discreta y profunda que se dio en la Europa de la desilusión, representada por Camus, Aragon, René Char, Ungaretti o Pavese. Sobra decirlo, pero fueron todos ellos pensadores muy pendientes de la profundidad histórica, de la constancia de los valores humanos a través del tiempo, y muy particularmente de la luminosidad de la cultura griega.

Esta actitud de libertad y humanismo no es una simple opción política, es una opción humana, es decir es una apuesta por el hombre, por el espíritu como lugar de lo posible, como herramienta para alcanzar la libertad y la felicidad. Tomás pertenecía indudablemente a esa estirpe. Y digo estirpe, como si fuera un asunto de sangre, porque creo en efecto que se trata de una particular herencia humana, que surca la historia desde sus más remotas profundidades, y que siempre ha defendido los mismos valores fundamentales. Y a la vez, porque cuando uno se mueve dentro de esa corriente, no es por decisión consciente, sino por formación consuetudinaria, por instinto creado. Lo cual se traduce las más veces por una convicción tan profunda que modela la personalidad desde sus raíces.

Cuando joven, su rebeldía a acomodarse de las convenciones y los juegos de poder llevaron muchas veces a Tomás a quedar aislado, a sentirse amargo por la marginación, pero nunca cejó en su integridad, en su terca independencia, y fue con la labor paciente de la creación cotidiana, de la defensa de sus ideas “inoportunas” como llegó a ser reconocido y querido, admirado y homenajeado. Tanto más admirable es su prestigio que se lo ganó a pulso, con intrepidez e independencia, sin concesiones. Tanto más fuerza tiene su pensamiento cuanto que siempre fue movido por un interés real, por una curiosidad sin límites, por la pura necesidad de demostrarse a sí mismo que lo que presentía en la profundidad de su cultura, de la cultura humana, de la civilización como expresión del espíritu, como bastión de la buena voluntad, era cierto, era comprobable.

De ahí que siempre estuviera en el fondo de sus preocupaciones la del sentido, la que podría justificar en última instancia todas las contradicciones, todas las tensiones, todos los desvaríos, vertiéndolos en un mismo cauce en el que todo se ilumina. Alguna vez (o varias veces) le preguntaron que si tenía alguna fe, y él respondía y yo diría también que esta era su única fe. Creyó en el hombre, porque en la propia experiencia de ser hombre encontró un fondo de incomparable riqueza, una respuesta que resuelve (que absuelve) la ignorancia y la violencia, en la que todos podríamos encontrarnos si nos resolviéramos a ser valientes como él y renunciar a los falsos valores, a los juegos del poder, a la mentira del prestigio.

Y finalmente, esta actitud, creo yo, no puede decirse más que en la poesía, desde la poesía, con la poesía.

Poeta, Tomás, gracias por la familiaridad con que nos entregaste un hermoso rostro de la verdad. ~