En defensa del Super Bowl 50 | Letras Libres
artículo no publicado

En defensa del Super Bowl 50

A pesar de que no fue el Super Tazón más espectacular, Broncos vs. Panteras fue un partido en el que la estrategia pesó más que el talento individual, una de las características más admirables del futbol americano. 

“El peor supertazón de los últimos años”… “Aburridísimo”… Las redes sociales estallaron contra el partido final de la NFL el domingo en la noche. Acostumbrados a espirales perfectas, atrapadas espectaculares y finales dramáticos, los aficionados no podían entender cómo, en el partido más esperado del año, las ofensivas eran totalmente incapaces de producir el espectáculo anticipado.

Al final, los Broncos de Denver derrotaron a las Panteras de Carolina 24-10. Su quarterback, el legendario Peyton Manning, que había llegado al Super Bowl como uno de los mejores en la historia de su posición, tuvo una actuación para el olvido. Se puede decir que su equipo ganó pese a él. Su contraparte, el mejor jugador de la temporada, Cam Newton, lo hizo aún peor. Lo interceptaron una vez y soltó dos veces el balón. En la última ni siquiera se tomó la molestia de intentar recuperarlo.

Contra lo que podría pensarse, sin embargo, el partido fue la muestra perfecta de una de las características más admirables del futbol americano. Quizá como en ningún otro deporte de conjunto, un partido de la NFL se define tanto por estrategia como por el talento de los jugadores. Para quien no lo conozca a fondo, el juego parece una suerte de batalla campal entre 60 jugadores gigantescos, pero nada está más lejos de la realidad.

Cada jugada en un partido presenta 11 duelos individuales. A diferencia, por ejemplo, del futbol, que es un deporte fluido, en el que las combinaciones suelen ser mucho más importantes que el talento individual, en el juego favorito del vecino del norte, el principal objetivo de un jugador es vencer al rival que tiene enfrente. Nada más.

Durante 60 minutos, los entrenadores ubican sus piezas en el gigantesco tablero de ajedrez. Cada vez que se mueve el balón, deben establecer un plan de batalla y anticipar lo que hará el rival. Los partidos se ganan cuando un equipo logra enfrentar sus principales virtudes con las flaquezas del rival. Un peón puede tener tanta importancia como la reina. Si pierde su duelo personal, el conjunto entero queda a merced del rival.

No obstante, en los últimos años la tendencia se había invertido. Sumergida en el escándalo por las lesiones cerebrales de antiguos jugadores, la liga debió cambiar las reglas para proteger a los participantes, sobre todo a aquellos a los que la pelota le llega a las manos. El contacto físico, el arma principal de las piezas menores, fue severamente restringido. La dureza de los golpes disminuyó. Desaparecieron las tacleadas a las rodillas y la posibilidad de tocar a un jugador antes de recibir un pase. Los árbitros se hicieron más estrictos. Las modificaciones beneficiaron a las ofensivas y, con más espacio para manifestarse, el talento individual empezó a ganar la partida a la estrategia colectiva.

En consecuencia, los partidos se han vuelto festivales de puntos, muchas veces decididos por quién puede exprimir una última anotación antes de que el reloj expire. Los resúmenes parecen salidos de un videojuego. Las espirales perfectas, atrapadas espectaculares y finales dramáticos se han vuelto la regla, no la excepción. El mínimo indispensable.

No es para escandalizarse, por supuesto. A final de cuentas, lo importante es el espectáculo y la salud de los participantes. Pero a veces parece que se ha perdido la esencia del juego. Como si, de pronto, fuera posible jugar con tres reinas y cinco torres, y obligar a los caballos y alfiles a moverse una casilla a la vez.

En consecuencia, quienes se quejaban en redes sociales tenían parte de razón. El del domingo no fue el Super Bowl más espectacular de la historia. Tampoco será el más recordado. Pero resultó reconfortante ver cómo esas ofensivas, normalmente capaces de atravesar el campo, se estrellaban una y otra vez contra las murallas creadas por los intrincados esquemas tácticos de los entrenadores.

Cuando al final del encuentro el premio al jugador más valioso no lo recibieron ni Peyton Manning ni Cam Newton, las piezas más poderosas del tablero, sino Von Miller, un talento al servicio del grupo, cuya misión fue impedir y no generar, el futbol americano recuperó un poco de su esencia. También existe algo de belleza cuando el colectivo supera al individuo, aunque sólo sean los nostálgicos quienes alcancen a apreciarla.