En busca del número dos | Letras Libres
artículo no publicado

En busca del número dos

Hasta hace 15 años, el puesto de vicepresidente en Estados Unidos era casi simbólico. Designado para tomar el mando en el caso improbable de que el presidente resulte inhabilitado, y para emitir el voto de calidad en el legislativo, el vicepresidente ha sido, históricamente, sólo un delfín sonriente. Al Gore, que jugó un papel central en la consolidación de la imagen de Bill Clinton como un presidente joven e innovador, y Dick Cheney, quien ejerció más que su jefe el poder, cambiaron las cosas. En los comicios de 2008, la selección del candidato vicepresidencial será objeto de un escrutinio inédito. Dados los puntos débiles de John McCain y de Barack Obama, el compañero de fórmula de cada uno puede resultar crucial.

En la política estadunidense, los aspirantes presidenciales escogen a su número dos tomando en cuenta una de dos variables: sus deficiencias o la capacidad hipotética del candidato vicepresidencial para atraer votos de algún estado particularmente complicado. Así, John Kerry eligió a John Edwards para acercarse a los votantes conservadores sureños y, al mismo tiempo, atenuar su imagen de patricio engreído del noreste (no logró, por cierto, ni lo uno ni lo otro). En el caso de George W. Bush, la elección de Cheney respondió a la necesidad de darle formalidad a un candidato que, en comparación con Al Gore, su rival en la elección de 2000, tenía un currículum de vergüenza. La apuesta de Bush resultó inmejorable, al menos en el sentido electoral: con Cheney a bordo, ni Al Gore ni su compañero, Joe Lieberman, pudieron acusar a Bush de principiante.

Para 2008, McCain y Obama enfrentan retos severos. El desafío para Obama es evidente: conquistar el voto obrero blanco. A juzgar por sus primeros anuncios de campaña, Obama ya ha concluido que la elección podría decidirse cuando, en la intimidad de la caseta el día de los comicios, el votante blanco de clase media baja se pregunte: “¿De verdad votaré por un negro?” Durante las primarias demócratas, Obama sufrió para acercarse de manera convincente a los blancos que, en estados como Ohio y Pensilvania, han sufrido problemas económicos de gravedad en los últimos años. Por eso, en su nueva propaganda de campaña, Obama subraya su herencia blanca y aparece abrazando, saludando y escuchando a decenas de trabajadores blancos. En los anuncios no hay un solo rostro latino ni mucho menos uno de color.

Si Obama tiene razón y su obstáculo mayor para llegar a la Casa Blanca es ese sector demográfico, deberá elegir a un compañero de fórmula que le dé más posibilidades de conquistarlo. Para ello, el candidato ideal es un senador o un gobernador blanco y conservador (es una pena tener que estar hablando del color de la tez en la política, pero esa es la innegable realidad de la sociedad estadunidense a principios del siglo XXI). Esa baraja la encabezan los gobernadores de Ohio y Virginia. El primero, Ted Strickland, tiene una notable carrera en el servicio público y podría, con toda seguridad, inclinar su estado (que en 2004 fue el fiel de la balanza) hacia el lado demócrata. El segundo, Tim Kaine, es un hombre del sur, religioso y serio que, como un valor agregado nada desdeñable, habla un perfecto español. Si Obama prefiriera a un colega senador, el sueño de los heterodoxos es Chuck Hagel, de Nebraska. Hagel tiene el perfil idóneo: héroe de Vietnam, décadas en el Senado y una elocuencia envidiable. ¿El problema? Hagel es republicano.

Para McCain, el problema es mayor: debe afianzar el voto de dos minorías fundamentales y, quizás, opuestas: los conservadores y los latinos. Además, el candidato republicano debe asegurarse de ganar cinco estados del sur, claves de la elección: Arizona, Nuevo México, Florida, Colorado y Nevada. Con problemas en los últimos tres, McCain no tiene tiempo que perder. El candidato probablemente deberá rezar para que, a final de cuentas, los conservadores dejen atrás las dudas que les despierta su trayectoria moderada y prefieran votar por él antes que por un demócrata como Obama. Eso deja en la mesa el otro desafío: los latinos. Si McCain se toma en serio la conquista del voto latino (y su visita a Colombia y a México es evidencia suficiente para suponerlo), tendrá que elegir a alguien con experiencia en asuntos fronterizos. La senadora de Texas, Kay Bailey Hutchinson, o Charles Crist, el carismático gobernador de Florida, son opciones naturales. McCain también podría olvidarse de cálculos electoreros y apostar el todo por el todo a su agenda de seguridad y, más importante, a la base conservadora del partido. De ser así, Mitt Romney, conservador de cepa, y hasta el gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford, podrían ser la elección final de McCain. Claro, conociendo su trayectoria impredecible, también es posible que McCain enloquezca y pretenda pelearle a Obama el mensaje de cambio e innovación: el joven gobernador de Louisiana, Bobby Jindal, un exitoso y carismático hindú-americano, representaría un emocionante golpe de timón.

- León Krauze