Elvis (Costello) está vivo | Letras Libres
artículo no publicado

Elvis (Costello) está vivo

En un principio, en principio, jamás se pensaba que los rockers tenían que escribir un libro. Ya escribían canciones, ¿no? Y –si sentían ganas de algo más– ahí estaba el recurso del álbum conceptual que tantas vergüenzas ajenas y alguna alegría dieron a sus seguidores. De acuerdo: de tanto en tanto salía a la superficie el capricho más o menos pertinente (volúmenes delgados con tendencias al juego palabrero y alucinatorio como Por su propio cuento/Un españolito en obras de John Lennon o Tarántula de Bob Dylan); pero jamás de los jamases se pensaba que se tenía que contar la propia vida, porque para eso estaban los hagiógrafos a sueldo o las aves de rapiña no autorizadas. A veces alguien como Paul McCartney se sentaba a conversar con Miles. O Ray Davies se arriesgaba a una más que admirable rareza como x-Ray. Eran fenómenos esporádicos.

Pero los jóvenes envejecen y tienen más tiempo libre. Y, de un tiempo a esta parte, pareciera que no puedes considerarte una verdadera estrella si no has puesto por escrito cómo fue que te encendiste e iluminaste. Así, en los últimos años, hay tres bestsellers/cumbres muy altas del formato a las que aspirar: la dicción cuasi noir con memoria selectiva de las magníficas Crónicas. Volumen i de Bob Dylan, las órbitas centrífugas de la adoradora a adorar Patti Smith en Éramos niños (y su reciente secuela m Train) y el recuento picaresco de crápula encantador en el Vida de Keith Richards. Bajo esta santísisma trinidad, un montón de intentos fallidos previsibles (las páginas frígidas de Sting o Eric Clapton), alguna inexplicable decepción (el Who I Am. Memorias de Pete Townshend), el fárrago petulante con destellos gloriosos de Morrissey (Autobiography), y las involuntariamente desopilantes reminiscencias de Neil Young (El sueño de un hippie y Special Deluxe. Mi vida al volante), obsesionadas con trenes eléctricos y automóviles varios.

Ahora, se suman a la fiesta las casi setecientas páginas de Unfaithful Music & Disappearing Ink de Elvis Costello en tándem con el inevitablemente parcial pero imprescindible y muy personal doble cd antológico Unfaithful Music & Soundtrack Album). Todo hacía pensar que el de Costello iba a ser uno de los buenos. Costello (nacido Declan Patrick MacManus en Londres en 1954, en activo desde 1970) siempre fue un tipo de amplio vocabulario (ahí están las letras de sus canciones y aquí ese momento impagable en el que Dylan suelta una carcajada cuando le oye decir la palabra “amanuense”), un más que sensible e implacable conocedor de su oficio (comprobarlo visionando las dos temporadas de Spectacle, su talkshow de tv), y un sarcástico con los demás y cruel consigo mismo testigo de lo que lo rodea o lo que lleva dentro (estudiar sus exhaustivas liner notes para la reedición a principios de este milenio en el sello Rhino de todo lo suyo entre 1977-1996).

Lo que no podíamos suponer es que Unfaithful Music & Disappearing Ink fuese a ser tan excelente ubicándose junto a lo de Dylan & Smith & Richards y acaso superándolos. Costello hace comulgar aquí la retromirada dylanesca a la hora de explorar el pasado, la confesión del hecho imperdonable con una sonrisa torcida de Richards y el encandilamiento y amor por sus camaradas à la Patti, añadiendo un formidable talento para la frase ingeniosa, el giro inesperado, la definición perfecta.

Elvis Costello es –antes que nada– un escritor, y no es casual que Bret Easton Ellis y Nick Hornby le hayan robado títulos para sus primeras novelas. Ha leído todo y oído todo (es un auténtico enciclopedista y falsificante maníaco referencial que suele superar al original) y ahí va y aquí viene con sus aires de sexy nerd. Es célebre y graciosa la afirmación de David Lee Roth de Van Halen en cuanto a que “a los periodistas de rock les encanta Elvis Costello porque luce igual que un periodista de rock”. Pero, además, Costello es un artista total, un músico sin fronteras, un polimorfo perverso (ningún estilo le es ajeno, sus canciones se amoldan sin resistencia a cualquier garganta y ha sabido colaborar con firmas tan diversas como las de Johnny Cash, Anne Sofie von Otter, Allen Toussaint, Wendy James, Paul McCartney, Aimee Mann, Burt Bacharach, Roy Orbison, Bob Dylan, The Brodsky Quartet, The Roots, George Jones, Chet Baker y hasta William Shakespeare en Il Sogno), una voz privilegiada y vintage. Y lo más parecido a un Dylan-Beatle-Reed-Kink que jamás ha dado la New Wave. Es un titán de los sesenta que llegó un poco tarde pero llegó para quedarse. Digámoslo así: de haber justicia en este mundo, Elvis Costello –y no Jeff Lynne– habría sido un Traveling Wilbury. Aunque, tal vez, el resto de esa superbanda no hubiese demorado en echarlo por hablar demasiado, por hablar hasta por los codos acodado en el estudio de regrabación, por no hacer otra cosa que lo que ya advirtió en su “Oliver’s Army”: “No hagas que empiece a hablar / Podría hablar toda la noche / Mi mente es sonámbula.”

Y exactamente así “suena” su autobiografía insomne: como partes sueltas y modelo para armar de alguien sabio y sabedor de que tiene mucho y muy interesante para frasear. Y de que no vamos a poder dejar de escucharlo y leerlo porque nadie (aunque la bio Complicated Shadows de Graeme Thomson, en 2004, tenía lo suyo) puede contarlo como él. Con firme memoria privilegiada y saltarina libre asociación de ideas, Costello va para atrás y para adelante y para atrás de nuevo. Evocando a su padre crooner de big band Ross McManus como figura formativa, aprendiendo a armonizar con las voces de Lennon & McCartney frente al tocadiscos de su pubertad y cantando “All You Need Is Love” en Live Aid, recorriendo la Nueva Orleans devastada por el Katrina o perdiéndose en la Casa Blanca renovada por Obama, naciendo “en el mismo hospital en el que Alexander Fleming descubrió la penicilina. Me disculpo por no haber sido una recompensa similar para la humanidad”, como un Tristram Shandy, a la altura de la página 81. Y, entre uno y otros, Costello explicando al detalle cómo se le ocurrió ese estribillo o cómo alguien le comentó que “hubieses tenido muchos más hits si le hubieses quitado la mitad de las notas a tus canciones”.

Y, claro, hay noches duras o días oscuros y horas bajas y furia de altura como de la que brotan obras maestras de la ira juvenil como This Year’s Model o del despecho amoroso como Blood & Chocolate o de la melancolía con luz al final del túnel como North, aunque en un tramo reconozca “cambiar en mis canciones el yo por un él o el yo por un nosotros. Porque no hay que confundir la música pop con una confesión”. Pero lo que se impone por encima de toda máscara transparente y gana la partida es la felicidad de haber hecho la suya y de haberse salido con la suya. Escribe: “El problema con poner fin a una autobiografía como esta es que, por cada anécdota más o menos divertida o recuerdo precioso, uno tarde o temprano arriba a este pensamiento: el sujeto no importa mucho.”

Unfaithful Music & Disappearing Ink –fiel e imborrable e imposible de olvidar y ya deseando su continuación de aquí a unos años– cuesta veinticinco libras y vale la pena y la alegría de todas y cada una de ellas.

“La vida real se convierte en un rumor”, cantó y sigue cantando Elvis Costello en su tumultuosa “Man Out of Time”. Aquí y ahora, él convierte su vida en true story.

O tal vez no del todo, porque recordar es reescribir.

Una cosa sí es segura: aquí el sujeto importa.

Mucho. ~