Elogio intempestivo de Carlos Pujol | Letras Libres
artículo no publicado

Elogio intempestivo de Carlos Pujol

Ante las sombras alucinadas de Leopoldo María Panero o la maniática personificación del personaje de Pere Gimferrer, nadie pensaría que la cordial corrección de Carlos Pujol escondía a un buen poeta. Lo fue con la misma vistosidad mate que tuvo el aire quebradizo o descoyuntado de José María Valverde, atado a la fábrica de las obras de divulgación pero igual de atado a la poesía hasta el final como ese Ser de palabra que quiso ser. Claro que ha sido uno de los capitales morales de Carlos Pujol, incluso para no perder su propio aire ahilado de trabajador eficiente y alto empleado de la macroempresa Planeta en los últimos treinta o cuarenta años. Ahí anduvo ocupado haciendo informes, emitiendo dictámenes, resolviendo admirablemente traducciones, mejorando manuscritos. Pero siempre circulando al mismo tiempo, como novelista y ensayista, por el interior de los hombres: en el París de la Segunda Guerra, en la Barcelona de posguerra o en el fin de siglo también francés, en los pliegues y recodos, en las minucias que lo contienen todo, como su poesía. Pero él era visible apenas una vez al año, en torno a un premio con micrófonos y cámaras, y muy raramente en algún recital de poemas (porque apenas se sabía que los hacía).

Desde que La Veleta de Granada reunió sus Poemas en un leve y hermoso volumen era ya imposible ignorarlo, y si me dejan una confidencia pertinente, entre los propósitos más firmes de Domingo Ródenas y yo al redactar nuestra Derrota y restitución de la modernidad estuvo destacar la valía del escritor muy por encima de su invisibilidad usual. Todos sus poemas dicen lo mismo, él mismo lo ha dicho más de una vez por escrito repitiendo unas líneas de Paul Claudel, pero no hay manera de saber qué puede ser eso que siempre dicen sus poemas si no es leyéndolos uno a uno y cada uno de ellos, en el formato de libros unitarios o en el formato abierto de inventario de las Vidas de los poetas, Los aventureros o los gozosos Desvaríos de la edad en clave de soneto.

El elogio del poeta empieza por la humildad de saber la “cariñosa indiferencia” que le espera. La frase es suya y está en el delantal telegráfico que escribió para el tomo de la Veleta, pero sus veinte años últimos han sido de una fecundidad que pone el vértigo en los ojos y la emoción en la cabeza sin querer, como si esos poemas sobre la vida humilde, la vida moral de un hombre culto y sofisticado sin la menor altanería de hombre culto y sofisticado, no pudiesen ser de otro modo que como son. A quienes disfrutan con los poemas más concisos y secos de Joan Margarit o de Luis García Montero, a quienes les gustaron los demarres de moralista sabio de José María Valverde o a quienes todavía les conmueven un puñado de poemas de Jaime Gil de Biedma y otro puñado de Ángel González ha de gratificarlos con felicidad la modulación translúcida e irónica de un creyente cristiano con la perplejidad a flor de piel: “Aunque a medio decir, / en verso, oscuramente, entre músicas tenues como el aire, / para que no se entienda, / lo he dicho casi todo de mí mismo. / Es una historia extraña y tan vulgar / como un tiempo de sueños y ceniza / (por más que pienso no me acuerdo de otra).”

Esto es un elogio intempestivo así que no hay razón para moderar la querencia por la poesía pausada y lúcida de un hombre que reservaba juicios literarios tremendistas, inconforme sin reservas con el mundo contemporáneo. En gran medida, también inconforme consigo mismo y su vida de productor de libros ajenos que muy raras veces satisfacían sus niveles de exigencia. Hace años le oí decir, con la sensación de que hablaba el poeta y no el editor de tonelaje, que la literatura europea y española de los últimos setenta años no había dado nada de valor superior a la literatura europea y española de los años anteriores a la guerra: nada quería decir nada, y la transitoriedad de una decadencia tan larga le parecía irreversible.

Discutí acaloradamente y sin el menor efecto ante la impasibilidad bondadosa y levemente misericordiosa del autor de algunos de los mejores aforismos de nuestras letras (están en Cuaderno de escritura y Tarea de escribir). Es de lo que trata su poesía: la melancolía expectante de un lugar que no existe pero ha de existir. Todo canto es elegía y memoria, nostalgia, ironía y a ratos, muy a ratos, cólera contra la miopía conformista de la mayoría, incluida la poesía viva y roma: “Insistentes, homónimas / bestezuelas, mandáis en el imperio / de la ridiculez / despótica; quedaos / con la jurisdicción de ahora mismo. / Lo vuestro es la caducidad. Se escribe / buscando las palabras / que duren escondidas / cuando seáis al fin la letra muerta.”

El optimismo biológico que profesó se da de bofetadas con esa percepción decepcionada y reticente, recelosa pero disimuladamente segura. Quizá es esa la raíz que explique la festiva adicción terapéutica que provoca la lucidez de un poeta invisible. Tan enmascarado anduvo detrás de otros –Robert Browning o Job, Ulises o Vermeer de Delft– que podía parecer que sus poemas no nacían de su más refinada máscara de clásico: “el fondo de uno mismo es el secreto / que al conocerse ya no vale nada”. ~


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