Elegía del arte | Letras Libres
artículo no publicado

Elegía del arte

John Updike, Busca mi rostro, traducción de Jordi Fibla, Tusquets, Barcelona, 2004, 318 pp.

 
     Para decepción de los lectores de sus novelas, Updike se conforma esta vez con muy poco, apenas con una trama endeble y hasta algo tosca con la que pretende sustentar una ficción demasiado sui generis, que no funciona sino como pretexto para el ensayo de historia del arte que en realidad se oculta bajo la apariencia de novela, y que sí reviste un incuestionable interés. Sepan que, a los efectos narrativos, no hay más que una marisabidilla de Nueva York, la crítica de arte Kathryn D'Angelo, entrevistando un día entero, en la campiña de Vermont, a una anciana artista llamada Hope Chapetz, viuda de dos genios indiscutibles de la pintura contemporánea norteamericana, locuaz hasta la risa (a ver qué remedio, dado el propósito "didáctico" del autor), y testimonio de excepción, a juicio del autor, del que tal vez haya sido el último capítulo del arte antes de la muerte del arte.
     Así que en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, el maestro Updike ha abandonado la sempiterna tragicomedia de la clase media de su emblemático Harry Conejo Angstrom por el drama de la élite artística, del mismo modo en que la mediocridad cotidiana ha sido sustituida aquí por el deslumbrante y enfermizo talento, y la novela —ese artefacto con argumento y acción, ya saben— se ha convertido, a la mata callando, en un extraño centauro, con cuerpo de narrativa y cabeza de ensayo. Y el caso es que hasta el lector más distraído advertirá que la última criatura del autor de Pensilvania es un cabezudo de cuerpo diminuto, pues las virtudes (y las razones) de Busca mi rostro hay que buscarlas, no se dude de ello, en su voluntad ensayística, aquella que lleva al texto a argüir acerca del alcance y los fundamentos del arte y a escribir una crónica documentada y brillante —eso sí, hecha de citas y fragmentos, como un patchwork— delexpresionismo abstracto y el pop art, las columnas de Hércules que sustentan el esplendor artístico vivido por los Estados Unidos a partir de la segunda posguerra mundial. Una fuerza expresiva inusitada logra que muchos de sus juicios críticos lleven el texto en volandas y guíen al lector con extrema lucidez por los avatares del arte contemporáneo. ¿Cómo explicar de forma más atractiva la ruptura con la poética tradicional, con el arte anclado todavía en la ética y el argumento?: "Tuvo que prescindir de la anécdota. Por eso Hooper y Wyeth nos parecían unos dinosaurios, porque parecían seguir contándonos relatos. Un relato presupone un autor, mover desde arriba a los personajes, movernos a nosotros, los lectores, desde arriba, para llegar a algún punto moralmente inteligible, y ¿quién iba a creer en nada de eso, después del Holocausto, después de la bomba atómica?"
     Ahora bien, en vano se esfuerza Updike por dotar de tensión narrativa a una novela lastrada desde buen principio por su estructura, una inverosímil entrevista de más de trescientas páginas, encorsetada y trufada de flash-backs, escenas absurdas e incontables fragmentos de crítica de arte y teoría estética que, hilvanados en un ensayo acerca del cómo y el porqué de la pintura (norteamericana) contemporánea, sin necesidad de excusas, disfraces ni pretextos, constituirían la iluminadora contribución a la historia del arte de quien la conoce como la palma de su mano. Desperdigados a lo largo y ancho de esta artificiosa y forzada entrevista (gotean sobre la página como la pintura de Pollock goteaba sobre el lienzo), no hacen más que diluir la historia y entorpecer el desarrollo de una novela que nunca llega a serlo, ahogada siempre por un laberinto de nombres, fechas y juicios críticos por el que no acaba de avanzar a gusto el lector de a pie, pero que, en cambio, resulta sumamente apetitoso para el connaisseur, que sonríe al descubrir que Busca mi rostro no es sino un roman à clef en toda regla, y se apresura a arrancarles las máscaras a los personajes de la novela, buscando su rostro ("busca mi rostro", reza el salmo 27 en el que se inspira el título): Hope Chafetz oculta a Lee Krasner, en su día sufrida esposa de Zack McCoy, trasunto de Jackson Pollock, y de Guy Holloway, renombrado pintor pop moldeado sobre la base de Roy Lichtenstein, Andy Warhol y Jasper Johns. Al baile de disfraces al que nos convoca Updike acuden asimismo Willem de Kooning, bajo el nombre paródico de Onno de Genoog, Mark Rothko, escondido tras el nombre de Seamus O'Rourke, Barnet Newman, cuyo nombre en clave es Bernie Nova, Arshile Gorki (Korgi), el glamoroso crítico Clement Greenberg (Clem), el galerista Leo Castelli (Leo), la mítica mecenas Peggy Guggenheim (Peggy) o Hans Hofmann (Hermann Hochman), esto es, el elenco completo que representó, como en una extravagante performance de la época, el advenimiento del arte contemporáneo, los dioses del Olimpo artístico, quienes medran a la sombra del genio y aquellos que, como Lee Krasner, alientan el talento ajeno con el sacrificio propio.
     A quienes saben de la pasión de Updike por el arte —admira a Vermeer, a Cézanne o a Brancusi— no les sorprenderá que el autor de Corre, Conejo se haya por fin decidido a pergeñar una novela en torno a la escuela de Nueva York y los fundadores del arte norteamericano contemporáneo. No en balde Updike lleva años deleitando a propios y extraños con sus espléndidos artículos del New York Review of Books acerca del significado del Arte con mayúsculas y de la condición obsesiva y ególatra del artista, asuntos que en esta última novela trata con un decidido tono elegíaco con el que parece confesarnos que aquellos tiempos en que el artista se creía un semidiós y el arte conducía sin remedio a la inmortalidad ya no existen, y lo peor es que no volverán.
     Ha querido Updike emprender aquí la aventura de escribir la novela del arte, pero ha pagado por ello el alto precio de perder su maestría en el arte de la novela. ¿Cómo decirlo tout court? Busca mi rostro es un buen libro —de hecho, es un espléndido ensayo en torno a la creación artística— pero no una buena novela. Léanlo entonces, si les parece, como una amena y excéntrica monografía. -