El vértigo del sincretismo | Letras Libres
artículo no publicado

El vértigo del sincretismo

En las figuras monstruosas del friso de la iglesia de San Miguel Ixmiquilpan quedó registrada la tensión militar y religiosa de una época. 

El pueblo se llama San Miguel Ixmiquilpan por el arcángel que vencerá al Mal al final de los tiempos. Hace medio milenio era la frontera; al norte: tierra de nadie. Imprevistos bajaban los “chichimecas” a saquear, a robar ganado, a incendiar casas y templos, luego desaparecían tras la polvareda. Convertirlos al catolicismo significaba mucho más que salvar sus almas: la región se pacificaría, la plata de las minas cercanas podría ser transportada sin sobresaltos a España, mejor aún, hacerlo apresuraría el regreso de Cristo a la tierra.

En ese límite de “la civilización” —un “jirón de tierra muy ruin”[1]— se construyó una iglesia que también era una fortaleza: sus muros y almenas servían de resguardo contra las redadas de los “indios bárbaros”. En la torre del campanario, un globus cruciger[2] fue el símbolo de la guerra, evangélica y apocalíptica, que vendría. Durante varios años, la zona quedó dividida entre los cuatro frailes agustinos encargados de la administración y la doctrina de los otomíes, sus aliados, y un número desconocido de pames, guachichiles, guhmares y zacatecos a los que se les llamaba “chichimecas”.[3] Esta tensión militar y religiosa quedó registrada en el interior del templo.

En el friso de los muros se extienden las pinturas de Ixmiquilpan. Caminar por la nave es como hojear un manuscrito medieval iluminado —sí, hay correspondencias entre los libros y los edificios, entre la decoración de ciertas ediciones y la de algunos proyectos arquitectónicos. Cada misa recreó, entre los sermones y las escenas pictóricas, un discurso oral y visual que insistía en hacerle la guerra a los infieles.

Del acanto no florecen querubines como en otras iglesias, en cambio brotan los protagonistas de un conflicto que enfrentó arcos y flechas chichimecas contra los escudos (chimalli) y macanas de obsidiana de los otomíes que, antes de la Conquista, fueron tributarios de los tepanecas. Junto a una columna, un caballero jaguar levanta la cabeza degollada de uno de sus enemigos[4] mientras grita roleos o palabras; no se sabe, pues este adorno europeo se confunde con la vírgula, la representación náhuatl de la palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En otra parte del muro, un guerrero chichimeca —desnudo y de cabello largo y suelto—, acompañado de la cabeza de un dragón que no escupe fuego sino una hoja de acanto, está por enfrentarse a un caballero que lleva una diadema precolombina. En medio de ellos se perfila un semblante monstruoso.

Más adelante, cuelga otra cabeza de la silueta blanca de un animal cuadrúpedo que podría ser un caballo, si no tuviera pies humanos, calzados de huaraches, y manos que llevan armas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre los racimos de uvas, ángeles y pájaros, propios del grutesco,[5] un dragón, que usa plumas de quetzal y que también sería un caballo si no tuviera esa piel de escamas amarillas, ha capturado a un guerrero desnudo. De sus colmillos sale la palabra mientras su nariz y su barbilla casi se diluyen y se convierten en la enredadera vegetal que decora estas pinturas.

Estos motivos, combinados, crean el vértigo del sincretismo. Los zarcillos italianos fueron adoptados por los españoles y pintados en lo que entonces era la frontera por indígenas otomíes para enmarcar uno de los primeros temas novohispanos: la conquista espiritual llevada a cabo por las órdenes mendicantes. Por si fuera poco, aquí y allá aparecen motivos medievales y también el águila que, de pie sobre un nopal que nace de una laguna, refiere a Huitzilopóchtli.

Ixmiquilpan es el resultado de una creatividad extraordinaria, una excepción desafiante para nosotros, de ahí que se debatan diferentes interpretaciones. Para Abelardo Carrillo Gariel es la lucha de los vicios y las virtudes en el alma;[6] para Elena Estrada de Gerlero, los murales hacen alusión a una campaña de la Guerra Chichimeca que se libró entre 1569 y 1572; en cambio, Jeannette Favrot Peterson piensa que, también, es la guerra cristiana entre el bien y el mal;[7] la misma opinión tienen Arturo Vergara Hernández[8] y Olivier Debroise, quienes creen que las pinturas funcionaron como propaganda para que los otomíes se enfrentaran a los chichimecas; estrategia, por lo demás, rentable, pues 6,094 familias se confesaban ahí al menos una vez al año.[9] Además, si se toma en cuenta lo que ha escrito Antonio Rubial García acerca del carácter milenarista de los primeros frailes novohispanos,[10] se puede sumar, como lo he hecho, una interpretación apocalíptica del mural.

No solo se discute el tema general, sino el origen iconográfico de las figuras monstruosas del friso. Para Gerlero, este peculiar grutesco proviene de una edición veneciana de 1490. Y es cierto que el zarcillo de acanto y los seres híbridos decoran el margen de las páginas de la Biblia Malermi, pero es frágil el vínculo entre este libro y fray Andrés de la Mata.

 

Si bien ambos son italianos y contemporáneos,[11] nada nos asegura que el fraile haya consultado esta Biblia. Por su parte, Víctor Ballesteros argumenta que unos naipes de tarot podrían haber servido de modelo. Él mismo reconoce que es improbable, si no imposible, que los religiosos tuvieran entre sus manos este tipo de baraja.[12] Mejor aún, esta data de 1583 y parece que los murales fueron pintados en la década de 1560. Además —y gracias al esfuerzo de colonialart.org— sabemos que las pinturas novohispanas casi no modifican los grabados europeos en los que están inspiradas. Bien podría ser que este fuera un caso atípico, pero falta la argumentación que lo respalde.

Por si fuera poco, los murales apenas fueron descubiertos en 1955. Muchas partes fueron destruidas por renovaciones, vandalismos y, quizás, censuras.[13] Quienes quieran ver lo que queda tendrán que hacerlo entre los feligreses y las telarañas, pasando por las habitaciones que ahora se usan para impartir clases. En suma, todavía está por escribirse la historia de las destrucciones de Ixmiquilpan. Mientras tanto, las pinturas siguen abiertas a la interpretación y cerradas por el tiempo que nos separa de ellas.

 

 


[1] Fray Bartolomé de Ledesma, Descripción del Arzobispado de México, sacada de las memorias originales hechas por los doctrineros o capellanes, 1571. Publicado por Francisco del Paso y Troncoso, p. 98.

[2] El globo terráqueo con un crucifijo representa el reino de Cristo.

[3] La identificación de estos grupos étnicos proviene de Olivier Debroise, “Imaginario fronterizo/Identidades en tránsito. El caso de los murales de San Miguel Itzmiquilpan”, op. cit., p. 157. 

[4] Este gesto aparece también en el códice Mendoza, fol. 64 r.  De acuerdo con Estrada de Gerlero, es el signo de triunfo. Elena Estrada Gerlero, “El friso monumental de Iztmiquilpan”, en Actas del LXII Congreso Internacional de Americanistas, París, 1976. p. 13. Le agradezco especialmente a Laura Martínez Domínguez por ayudarme a encontrar este artículo.

[5] Elena Estrada de Gerlero, op. cit., p. 9.

[6] Ver Raúl Guerrero Guerrero, Murales de Ixmiquilpan, Hidalgo, Gobierno del Estado de Hidalgo, 1992.

[7] Ver Jeannette Favrot Peterson, The Paradise Garden Murals of Malinalco. Utopia and Empire in Sixteenth Century Mexico. Austin, University of Texas Press, 1993.

[8]Arturo Vergara Hernández, Las pinturas del templo de Ixmiquilpan. ¿Evangelización, reivindicación indígena o propaganda de guerra? Hidalgo, unam, 2010.

[9] El total proviene de la suma de 2 546 vecinos de Iximiqulpan, 50 de Tztaquetasco, 1 200 de Tlazintla, 40 de Gueytepexe, 40 más de Cuyametepeque, 800 de Tlacuitlapilco y 200 de Tecpatepec (ambos, pueblos encomenderos) y 1 218 de Chilquauhtla, consignados por fray Andrés de la Mata en Bartolomé de Ledesma, Descripción del Arzobispado de México…, op. cit., pp. 98-100.

[10] Antonio Rubial García, El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804), México, fce-unam, 2010, pp.: 17-58.

[11] Elena Estrada de Gerlero, op. cit., pp. 13 y 17.

[12] Víctor Ballesteros, op. cit., pp. 32-33.

[13] Ballesteros ha hecho la gran tarea de consignar las partes que fueron destruidas. Ver Víctor Ballesteros, La iglesia y el convento de San Miguel Arcángel de Ixmiquilpan, Hidalgo, México, unam, 2000. Por su parte, Estrada de Gerlero opina que lo anterior se debe a las modificaciones recientes del templo y al vandalismo.