El último trágico griego | Letras Libres
artículo no publicado

El último trágico griego

A 200 años del suicidio del poeta alemán Heinrich von Kleist, ¿cómo se leen sus obras ahora?

Se cumplieron el pasado mes de noviembre, doscientos años del suicidio del poeta alemán Heinrich von Kleist (1777–1811). A pocos como él –asumiendo lo consabido de que el suicida marca su vida con su muerte–, les es tan difícil ser leídos sin la grandiosa truculencia del episodio final. Se conoce bien lo que pasó y es tan exacta la reconstrucción de los hechos extrayéndola de la correspondencia de Kleist, de los informes policíacos y la prensa que a Michel Tournier, el novelista francés, le bastó con editar esas cartas para componer una notable crónica de cómo en una colina sobre el pequeño lago Wannsee, en Berlín, el poeta le dio un tiro a su amiga, la enferma incurable Henriette Vogel y luego se mató. Circula actualmente en español una nueva edición de los relatos más conocidos de Kleist, El terremoto de Chile (Atalanta, 2008) con el ensayo de Tournier (traducido hace mucho por el poeta mexicano José Luis Rivas) como prólogo.

Pertenece Kleist al batallón de los primeros suicidados románticos y parece a veces, encabezarlos. Primero fue el inglés Thomas Chatterton, en 1770, luego Werther, el personaje de Goethe que estuvo más vivo que muchos de nosotros y quien a partir de 1774 dictó la moda suicida, de la cual Kleist fue, quizá, la gran estrella. Pero siempre vale la pena juzgar, al menos, en literatura, a un autor demasiado famoso por su muerte e intentar, vanamente, abducirlo de esa sombra. Para hacerlo leí, esencialmente, tres libros, sin contar la relectura de algunos de los cuentos más conocidos, de los que dicho sea de paso tengo yo un no-recuerdo: Michael Kohlhaas, en la cincuentenaria edición de Austral (circulan otras más recientes) y Pentesilea en la adaptación francesa de Julien Gracq.

Va mi informe de lectura. En cuanto a Michael Kohlhaas (1810) lamento empezar por un lugar común pero el relato demuestra porque sólo la lengua alemana podía hospedar a Kafka. La de Kohlhaas es la historia de lo que le ocurre a un hombre decidido a vengar un agravio como si ello fuera la demostración de una forma geométrica. Kohlhaas es un modesto tratante de caballos a quien maltratan y extorsionan los castellanos de Tronka, decomisándole dos magníficos caballos negros.  Más que la bajeza, al héroe lo intriga la inexplicable arbitrariedad sufrida, nacida de la nada, una verdadera violación del orden natural, una catástrofe cósmica que sólo podrá ser remediada con un remedio de igual proporción. Recorre el héroe todas las instancias y desesperado ante la injusticia guarecida en el infierno burocrática, harto del papeleo y de las influencias que protegen a su defraudador, subleva provincias enteras y convierte su modesta vida en la de un Atila, un incendiario al frente de un ejército campesino. De principado en principado, atravesando la Alemania del siglo XVI esta versión primitiva, llana y terrible de las novelas de Kafka, concluye con la decapitación del rebelde por los daños infligidos al Estado pero, al mismo tiempo, el  propio Estado, en la persona del elector de Brandenburgo, le da la razón, en el caso de origen, al agraviado y antes de su ejecución le devuelve los caballos, le paga los costos del proceso, encarcela por dos años al señor de Tronka, el culpable del delito y arma caballeros a los hijos de Kohlhaas, quien muere presumiblemente satisfecho de haber salvado su honra, su hacienda y, además, habiendo expiado los crímenes que cometió en conciencia.

Esta justicia diabólicamente salomónica es tan estremecedora como Pentesilea (1808), acaso el único drama neoclásico en verdad, si por neoclasicismo se entiende no la imitación servil o minuciosa sino el escanciar, en odres nuevos, el vino de los griegos, tal cual se soñaba con hacerlo en el siglo XVIII. La leyenda secundaria de una Pentesilea, reina de las amazonas, dándole muerte a Aquiles habría podido interesarle a muchos de letrados de entonces, pero sólo Kleist escribió algo que al leerse parece una de las tragedias griegas perdidas. Dicen que el Aquiles de Kleist piensa como un oficial prusiano y que su heroína bien podría ser la reina Luisa  a la que admiraba el poeta. A mí, esta tragedia bárbara, tan molesta, famosamente, para Goethe, me dio esa sensación de proximidad inaudita a veces sólo sentida y sufrida leyendo a Esquilo. No es Pentesilea una heroína romántica habitual al enamorarse de Aquiles ni el drama que los une y los separa es fácil de leer escolarmente como algo sucedido al transitar la literatura del neoclasicismo al romanticismo. Sé que mucho se discute si Kleist fue una cosa o la otra. Es evidente que escribió Pentesilea por encima de su época. Hacerlo un clásico aceptable en aquellos años, escribió Marthe Robert en Un homme inexprimable. Essai sur l’ oeuvre de Heinrich von Kleist (1981), hubiera requerido de  cerrar los ojos ante la sexualidad agresiva de la amazona y de ejercer otras censuras deliberadas o implícitas, así como denunciar la contradicción imperante en una obra diseñada impecablemente en la unidad de tiempo y lugar y a la vez desbordada, caótica, prematuramente cinematográfica, desenvuelta gracias a un hilo que a Kleist le fue otorgado por esos dioses que en aquella época se daban ya por desaparecidos. Quizá, por ello,  Pentesilea sólo encontró su lugar durante el siglo pasado cuando llegaron a representarla los brechtianos (en México lo hizo Luis de Tavira) y al hallar lectores más curtidos en la larga experiencia romántica, hartos de guerras, vanguardias y psicoanálisis, como Albert Béguin, Stefan Zweig, Tournier, Gracq o la propia Robert.

Así que el suicidio de Heinrich Von Kleist, la voluntad minuciosa de matarse, la puesta teatral que se arma naturalmente gracias al orden documental, me parece, tras haber leído Michael Kohlhaas y Pentesilea,  un desenlace lógico, un acto de consecuencia y hasta  una obra maestra, porque en ella se verifica la expiación perfecta.