El tiempo plastilina: un día en 512 Hours de Marina Abramović | Letras Libres
artículo no publicado

El tiempo plastilina: un día en 512 Hours de Marina Abramović

Este es el diario de una visita, un 20 de agosto, y también un recorrido por la carrera de Abramović.

 

1.

Londres, 20 de agosto de 2014

Es una mañana soleada, para los estándares locales. Yo tengo frío. Compro un café en vaso desechable y a las nueve en punto entro a Hyde Park por su esquina noreste, donde una cabeza de caballo, de más de diez metros de altura, besa el pavimento. El parque es de los más grandes de la ciudad. En algunas partes, conserva ese desorden preconcebido que aún hoy los paisajistas llaman “jardín inglés”. Pero dura instantes, porque a cada pocos metros hay algún monumento homenaje a –por nombrar solo algunos– Peter Pan, las víctimas del Holocausto, la princesa Diana, el perro de algún millonario (Harvey, a great companion 1987-1999).

Corta el parque en diagonal el lago Serpentine, que da nombre a la galería de arte que busco. Vengo a ver 512 Hours, el nuevo performance de Marina Abramović. Empezó el 11 de junio y termina en cinco días. Espero encontrar una fila interminable. Pero cuando, a las 10:10, finalmente doy con la galería, la fila es sorprendentemente corta. Me explican que ya entró la primera ronda (de ciento sesenta personas), y que salió Marina a recibirlos, saludando a cada persona que entraba, algo que solo sucede a primera hora. Maldigo a Peter, Diana y Harvey por haberme distraído, y este es mi primer atisbo interior al fanatismo que quizás cunde en la fila: no venimos tanto a vivir la experiencia como a ver en persona a la artista. Somos grupis culturales.

Fue hace apenas cuatro años que Abramovićdio el salto de artista reconocida a una suerte de estrella pop del arte. Casi toda la gente a la que le conté que vendríasabía exactamente de quién hablaba. O no exactamente, pero sí algo así:

–Es la que se sentaba inmóvil en el moma, solo viendo a los ojos a quien se le ponía enfrente, ¿no?

–Sí. Ocho horas diarias durante tres meses.

–Y ¿cómo hacía pipí?

–No lo sé.

La verdad es que esa mañana aún sé muy poco de Marina Abramović. Conozco sus piezas canónicas porque te las enseñan en historia del arte cuando rozan, como si fuera un trapo breve y más bien sucio, la década de los setenta. Y vi el mismo video viral que vio todo el mundo: un fragmento del documental The artist is present, homónimo a la exhibición del moma, en el que a Marina se le sienta enfrente Ulay, quien fuera su pareja y compañero de trabajo durante doce años. También sé que caminaron la muralla china uno hacia el otro y, cuando se encontraron en el centro, se separaron, en un ritual que originalmente habían planeado como boda. Ah, y sé que ella se autodenomina la abuela del performance. Eso es todo.

https://www.youtube.com/watch?v=xlf68X2qEpM

Además, no sé qué voy a ver ahora, porque me impuse la regla de no averiguar nada hasta haber vivido la experiencia de 512 Hours en carne propia. Es una regla absurda, si se quiere, pero dado que voy a documentar un performance, me parecía de lo más apropiado imponerme reglas absurdas. Si la hubiera roto sabría que, en la conferencia de prensa previa a la inauguración, Marina misma declaró no tener ni idea de qué iba a pasar en la Serpentine, y estar aterrada, porque siempre había basado cada pieza en una serie de instrucciones básicas (a veces solo para ella, a veces también para el público) y esta es la primera vez que prescinde de lineamientos claros.

En efecto, las reglas impresas, que me entrega una mujer vestida de negro, son más bien vagas: “La exhibición es gratis y para mayores de doce años. Al entrar aceptas ser filmado y fotografiado. Debes dejar afuera bolsas, abrigos y cualquier aparato electrónico. Estás invitado a permanecer dentro el tiempo que gustes. Puedes irte cuando quieras. Puedes venir en silla de ruedas. Si sales, deberás volver a formarte.”

Es todo. Podrían pedirnos lo mismo para ver Las meninas. Qué lejos estamos de Rhythm 0, quizá su pieza más conocida. Era 1974 y Abramovićse prestó –en actitud de absoluta pasividad– a la voluntad de un público que fue poniéndose cada vez más violento. Los lineamientos entonces eran:

Instrucciones: Hay 72 objetos en la mesa que pueden usar sobre mí como gusten.

Performance: Yo soy el objeto. Durante este tiempo yo asumo toda la responsabilidad.

6 horas. (8 p. m.-2 a. m.)

Lista de objetos en la mesa: pistola, bala, pintura azul, peine, látigo, pintalabios, navaja, tenedor, perfume, cuchara, algodón, flores, cerillos, rosa, vela, agua, bufanda, espejo, vaso, cámara polaroid, pluma, cadenas, clavos, aguja, alfiler, pasador, cepillo, venda, pintura roja, pintura blanca, tijera, pluma, libro, sombrero, pañuelo, hoja de papel, cuchillo, martillo, sierra, pedazo de madera, hacha, palo, hueso de cordero, periódico, pan, vino, miel, sal, azúcar, jabón, pastel, tubo de metal, bisturí, lanza de metal, caja de hojas de afeitar, plato, flauta, curita, alcohol, medalla, abrigo, zapatos, silla, cuerdas de cuero, hilo, alambre, azufre, uvas, aceite de oliva, rama de romero, manzana.

El experimento terminó con Marina desnuda, ensangrentada y un hombre apuntándole, con la bala ya dentro de la pistola, a la garganta. Durante los siguientes cuarenta años, ha dicho en diversas entrevistas que el momento más intenso de toda su carrera sucedió al volver al hotel después de Rhythm 0, cuando se miró al espejo y descubrió que, en algún momento de esas seis horas, le había encanecido el pelo.

2.

La fila “sorprendentemente corta” dura más de una hora. Crece hasta que ya no veo donde termina. A mi alrededor hay señoras francesas con abrigos asimétricos. Parejas gay. Familias italianas que no tienen ni idea de a quién van a ver. Profesores con el diario bajo el brazo que desconfían del arte en general y del performance en particular. Backpackers. Una pareja mayor con sillas desplegables. Muchas personas jóvenes, solas, ávidas de algo. Una en especial llama la atención porque está de azul de pies a cabeza, incluido el pelo, y anota cosas en una libreta con un pincel y un tintero.

A las 10:45 salen dos señoras por la puerta de vidrio. Tienen cara de desconcierto y cuchichean. Me emociono, tal vez esto va a valer la pena y voy a poder escribir algo decente al respecto. Mi ambición es narrar la experiencia. Ni analizar ni burlarme. Intuyo y corroboraré más tarde que gente más cualificada y ocurrente que yo ya ha hecho ambas cosas. A mí lo que me interesa es llevar a la escritura esa búsqueda milenaria que también Abramovićse ha apropiado: la de hacer presencia. Estar donde se está. Algo viejo como el mar, escurridizo como el río. Mi segunda regla es, pues: venir, vivirlo y narrar cómo fue para mí. Listo. (Aunque, aclaro, tal vez innecesariamente, que narrar algo “como fue” suena más fácil de lo que es. Igual que “sentarse en una galería a no hacer nada” suena más fácil de lo que es.)

Hay más gente vestida de negro. Tres en la puerta y un grupo de seis o siete sentados en el pasto en círculo. Algo me dice que son los fieles alumnos y seguidores de Abramović. Pienso en los alumnos de la Kahlo que se autodenominaban los Fridos. Estos deben ser los Marinos. Los Marinitos.

Uno me indica que es mi turno. Avanzo a la entrada y me pone un sello en el antebrazo, con la fecha y ninguna función real (dado que la entrada es gratis y, si salgo, tendré que volverme a formar). Hay una tienda minúscula a la entrada, los baños y, al centro, una primera puerta de vidrio. Al atravesarla se entra a un espacio intermedio, una suerte de vestidor pudoroso. Tiene dos bancas en el centro y, en los muros laterales, hileras de lockers metálicos, cuadrados y gratuitos. Meto mi bolsa en uno y miro la hora por última vez esa mañana: 11:25. Un chico se fotografía el antebrazo y lo tuitea antes de desprenderse de su teléfono. Tal vez es justo esa la función del sello.

Al fondo, en la entrada, un Marinito verifica que nadie tenga reloj. Le pregunto con un gesto si puedo dejarme puesta la chamarra. No es aparatosa y traigo el frío de estar formada afuera, pero contesta que no. Me digo que podré envolverme en mi mascada si hace falta y la guardo en el locker. Echo llave y descubro que no tengo dónde guardarla. En un gesto que hace mi abuela con su kleenex, y espero que con la misma naturalidad, me la escondo en el brassiere. Está helada. Avanzo a la puerta donde el Marinito me entrega uno de los muchos auriculares que tiene colgando del brazo: en diadema, negros, sin cable ni marca. Se lleva además el dedo a los labios para indicarme que, una vez adentro, no debo hacer ruido. Me cubro los oídos y entro, a medias esperando toparme con algún encuerado. No es paranoia sino el recuerdo de Imponderabilia: cuando Marina yUlay se acomodaron –desnudos e impávidos– uno frente a otro en la puerta de una galería, de modo que no había manera de pasar sin restregarse contra ellos. Pero aquí nada te cierra el paso, excepto la persona que entra justo antes y se frena. No porque haya algo extraordinario que ver, sino porque no se parece a lo que esperas. No se parece a nada. Es una pieza amplia, pero hay muchas cosas sucediendo, y todo en silencio, y todo muy lento.

Lo primero que sorprende es que no ves a Marina Abramović. De golpe y contra las imágenes que tengas de su trabajo previo, entiendes que aquí las reglas han cambiado. No vienes a verla a ella haciendo nada, ni haciendo algo. Ahora el show somos todos. Quizá por eso nos frenamos: toca asimilar que serás tan espectador como espectáculo.

En el centro de la pieza hay una tarima de madera con gente de pie, algunos tomados de las manos. A cada lado de la tarima hay un catre, y en cada uno hay alguien acostado, envuelto en una sábana verde. Alrededor de los catres hay otras tarimas, de más o menos un metro cuadrado. En una, una Marinita realiza algo así como una interpretación en cámara lenta de alguien burlándose de la danza contemporánea. En las paredes laterales hay puertas a otras salas. Hay gente en las tarimas, en el piso, en las sillas. Hay gente inmóvil y gente que camina. Pero nada más entrar el ritmo cambia. Quizá por la elevada presencia de Marinitos, que imponen con su andar lento el compás al que, casi de inmediato, nos acoplamos los recién llegados. Son al menos diez. Además de la ropa negra, los reconoces porque no traen auriculares. Se ven concentrados, pero también a veces hablan entre ellos, algo a lo que los demás no nos atrevemos. De vez en cuando, uno toma a alguien de la mano y lo conduce a alguna tarima, donde le indica que cierre los ojos. Pasado un rato, lo suelta y lo deja allí, un poco en alto. No veo a nadie que reaccione a este abandono. Nadie que abra los ojos y se baje de inmediato. Estamos ya convencidos, mansos, dispuestísimos.

Me siento en una silla y cierro los ojos. Me gustaría decir que me uno a la suerte de meditación colectiva pero lo cierto es que me siento para lidiar con mi propia reticencia. Viene en olas de ironía. Estoy acostumbrada, pero no quiero dejar que lo estropee todo. Así que me siento y respiro y me invito a estar, yo también, abierta. Recuerdo que los temores (que van del “esto es una mamada” al “esto es genial pero será imposible describirlo sin sonar new age”) son en realidad los mismos que tengo cada vez que me comprometo a escribir algo, cualquier cosa, y que por ahora solo tengo que ver qué pasa. Me digo lo de inhalar y exhalar y en un rato siento calma y ganas de, ahora sí, entrar. Abro los ojos y me encuentro con el rostro blanquecino de Marina Abramović: una mezcla de nariz y serenidad. Pero ella a mí no me ve.

3.

Cuando vuelva de Londres y aprenda incluso más de lo que habría deseado saber sobre Abramović, asociaré libremente este deseo de que me mire con cómo se habla de su infancia. De sus padres héroes partisanos que nunca la abrazaron. De las carencias emotivas y las ganas de ser vista.

Pero por ahora solo me sorprende y me entretiene observar esta reacción, como la de una gran admiradora que en realidad aún no soy. Me recuerda estar en Roma a los catorce años, tan atea como siempre, pero acampando afuera de San Pedro, contagiada por el furor de mi amiga católica que a toda costa quería ver al papa. Veo a Marina y lo que más quiero es que ella me mire, me dé algo: atención, una de esas miradas que hicieron llorar a Nueva York en el moma, qué se yo. Pero ella solo mira al hombre que tengo enfrente, recostado en un catre. Se inclina sobre él y suavemente le retira los auriculares. Él abre los ojos. Ella le dice algo al oído. Él dice que sí con la cabeza. Ella lo destapa. Él emerge de la sábana verde y se levanta. Ella lo toma por el brazo y se lo lleva por la puerta de la izquierda. Yo los sigo.

También aquí me freno para asimilar el cuarto, su distribución y sus coreografías. Es, entiendo pronto, un lugar donde se camina. Es una sala más amplia, o al menos más alargada y más vacía que la anterior. Todo el muro del fondo es ventana. Tiene unas persianas blancas que bloquean la vista pero dejan pasar toda la luz de la que Londres es capaz. A mi izquierda hay nueve sillas alineadas, giradas hacia la pared. Y en cada una hay alguien mirando el muro. Se ven tan irremediablemente estúpidos que parecen una buena escultura.

Lo otro que sucede son los caminantes. Abarcan todo el espacio y caminan muy, muy despacio. Marina lleva al hombre a un extremo de la pieza y le muestra cómo se hace. Los miro hasta que me da pudor mi condición de público pasivo y decido tomar una silla que acaba de liberarse. Solo entonces entro realmente en la sala y descubro que las sillas no miran al muro pelón, sino a unas cartulinas de colores. Hay una frente a cada silla. Tres rojas, tres moradas, tres amarillas. Okey..., me digo, y es lo único que se me ocurre. La mía es morada. Es fea, un poco brillosa. Es desagradable. No me interesa. Cierro los ojos e intento navegar otra ola de ironía pero esta vez no funciona. Intento mirar la cartulina hasta que me lloran los ojos, pero lo más interesante que sucede es cuando se cae al piso la cartulina de a lado. Me pregunto si son los 59 días de cansancio o si están programadas para caerse de vez en cuando. Cuán superfluo de mi parte esperar cosas programadas y/o interesantes. Y peor aún descubrir esto: estoy aburrida.

Qué raro es sentir aburrimiento. Es una sensación de infancia. De mis domingos de hija única en el campo. De una familia sin televisión en la que el aburrimiento era considerado falta de creatividad, problema de actitud. Aprendí a combatirlo narrándome cosas en la cabeza, y luego aprendí a anotarlas porque de lo contrario las olvido de inmediato. ¿Cómo voy a retener todo lo que estoy pensando si me quitaron mi pluma? Y ¿cómo se me ocurre que a alguien pueda interesarle? Me siento como vencida antes de empezar, como cuando te das cuenta de que te citaste, otra vez, con alguien que en realidad te cae mal. Me digo que podría irme ya, salir, tomar notas, comer algo. Pero la idea de volver a hacer la fila me persuade de lo contrario. Al final, me entretengo tanto analizando mi aburrimiento y dependencia al papel y los aparatos, que se esfuma. Me viene un ataque de energía y me levanto dispuesta a acercarme a Marina y pedirle que caminemos juntas, pero ya no está en la sala. El hombre sí, sigue caminando. Bastante más gente se ha unido, pero va cada uno a su ritmo. Decido caminar. Esto sí sé hacer, me digo, como si hiciera falta saber algo. Voy a un extremo de la sala.

En preparación cierro los ojos, exhalo. Puedo hacer esto. Lo he hecho antes. He hecho taichi, una vez me gasté el sueldo en un curso de mindfulness donde solo me recomendaron oler el jabón antes de aplicarlo, y he tenido que cruzar escenarios utilizando toda la hora de ensayo. Voy a caminar lento y voy a hacerlo mejor que ustedes, ¡bastardos! Me pregunto si todo el mundo está igual de voluntarioso. Pero cuando abro los ojos para empezar, veo en una de las sillas a un señor dormido. Se cae otra cartulina y creo que es mi señal de arranque.

Bajo la vista. Levanto un pie contando, porque he descubierto que es la mejor manera de desacelerarme. Me tomo ocho segundos para cada paso, luego dieciséis, luego 32. Llega un momento en que voy tan lento que el pie de apoyo se me cansa y tiemblo. Pero está bien, estoy aquí, de esto –creo o, más bien, elijo– se trata este cuarto.

Las líneas entre los bloques blancos del piso y la punta de alguno de mis pies son lo único que veo durante mucho rato. De pronto no sé qué es lo que llamamos paso. ¿Es levantar un pie, avanzarlo y apoyarlo, o es el ciclo completo, cuando el otro pie ya lo ha alcanzado y el primer pie vuelve a quedar detrás, donde había empezado?

No sé cuántos pasos o medios pasos he dado cuando aparecen en mi campo de visión un par de zapatos de hombre. No están avanzando. Simplemente están allí inmóviles, y apuntan hacia mí. Están conectados a unos jeans pero no veo nada más. Me pongo nerviosa. Pierdo el ritmo de mi caminata tratando de decidir qué es lo adecuado: si seguir avanzando hasta chocar con él, o si alzar la cara y mirarlo de frente. De pronto tengo otra vez doce años. De pronto peso otra vez noventa kilos y no quiero ni respirar frente a un chico porque asumo con una especie de certeza ingobernable que cualquier manifestación de mi cuerpo resultará no solo inadecuada, sino también grotesca. Dura un instante, pero es el momento más emotivo que he tenido en toda la mañana, y es nefasto. Antes de que me recupere, los zapatos toman la decisión por mí y se van, seguramente sin haber notado mi breve regresión.

No sé cuántos pasos más doy, los suficientes para que se me deslave la tensión, y para volver a fluir con tanta lentitud que nada más importa. Llego a la pared, alzo los ojos y la miro. Es blanca. Me duele la espalda. Me giro, la apoyo en el muro y me deslizo hasta el piso. Es un cansancio raro (pacífico, tristón), el final de una experiencia meditativa. Y es deliciosa la equidad que te inyecta en la mirada: miro a la gente y nada es más interesante que otra cosa.

Hay más gente que antes, me parece. Cada uno está en lo suyo. Me pregunto si también reviviendo sus pequeñas miserias. Está Marina, ahora con una mujer, enseñándole, supongo, a caminar. Me dan una ternura ligera. Todos. Algo blando. Como niños en un parque, niños que llevan treinta años sin jugar. Y algo como compasión, también, por ellos, por mí. O tal vez es la luz. Hay mucha luz en este espacio, mucho silencio. Mucho respeto. Esto es lo que hay: esta burbuja cambiante, que generamos entre todos. No sé qué es pero es especial. No se necesita religión, ni siquiera excesiva espiritualidad, para reconocer cuando se ha entrado en un templo.

4.

Miro gente como gotas de agua hasta que la equidad se va y lo único que me interesa es ir adonde pega el sol. Cruzo la sala y me siento junto a la ventana, buscando recrear mi estado y postura anteriores, pero la cortina me impide recargar la espalda. Me pongo de malas. Perdí algo. No debería haber cambiado de sitio, estaba tan tranquila y ahora me invade una amargura pastosa. Qué rápido caminan los que pretenden caminar lento. ¿Por qué pasa Marina tanto tiempo con esa mujer sin chiste? ¿Qué tiene ella que no tenga yo? Qué tontos se ven los que miran cartulinas. ¿Quién levantó las caídas? Además, qué fue ese viaje a mi adolescencia, esto se parece sospechosamente a la terapia. Ya no me gusta. Requiere un esfuerzo. Prefiero pensar en el cuerpo de Marina Abramović, en el cuerpo genérico del body art, pero no en el mío, por favor, no otra vez. Me siento encerrada. Me giro hacia la ventana, corro un poco la persiana y miro afuera. Es la parte trasera de la galería. Hay pasto, árboles, nadie. Miro mucho rato el jardín, a medias esperando un regaño. Pero nadie me dice nada, ni nadie pasa por atrás de la galería. Todo el mundo está al frente, formado. Soldaditos, borreguitos, tengo hambre. Me desilusiona la vista, no sé qué esperaba. Tal vez que alguien pasara y yo ser la niña que mueve la cortina en una peli de terror. O como para decirles con los ojos: Lero lero, yo estoy adentro y tú afuera. Pienso en una obra de teatro de la Mnouchkine, que vi hace unos quince años, a la que te pedían que llegaras dos horas antes. Podías cenar algo afuera de la sala y había una serie de cortinas con agujeros por los que, si te asomabas, veías a los actores preparándose. Me digo, ya en pleno berrinche, que todavía me gusta más el teatro que el performance.

Abramović, aprenderé más tarde, tiene una definición simplista y contundente de lo que separa ambos géneros:“El teatro es falso: hay una caja negra, pagas un boleto, te sientas en la oscuridad y ves a alguien actuando de alguien más. El cuchillo no es real, la sangre no es real, las emociones no son reales. El performance es justo lo opuesto: el cuchillo es real, la sangre es real y las emociones son reales. Es un concepto muy distinto. Es sobre la verdadera realidad.”

Curiosamente, cuando ella ha hecho teatro, su personaje era ella misma. ¿Eso en qué porcentaje es sangre y en qué porcentaje es ketchup? Tal vez ahora mismo está en personaje. Tal vez lo está siempre. Tal vez te hace eso la fama: que no puedas ser para los otros más que tu caricatura. Me giro buscándola. Ya no está. Se fue otra vez sin mirarme. Pero ya estoy acostumbrada. ¡Ja! Esta plasticidad del tiempo, esta biografía de una mañana que nos generamos los ávidos, ¿de esto se trata? ¿Este aguantar el hambre e ignorar el frío por unas horas de silencio no del todo relajado? Tras cuarenta años de incomodidad extrema y autoinfligida, ¿lo nuevo es repartir cucharadas de su propia medicina? No sé si sea generosidad o venganza. Tal vez ambas.

5.

Entre otras muchas cosas, en los últimos cuarenta años, Marina Abramović:

 

–Se cortó una estrella en la panza con un cuchillo y se dio de latigazos hasta perder la conciencia.

–Se cepilló el pelo durante cincuenta minutos, frente a una cámara, con movimientos cada vez más agresivos, repitiendo: “Art must be beautiful, artist must be beautiful.”

–Respiró en la boca de Ulay durante dieciséis minutos hasta que no hubo oxígeno y ambos se desmayaron.

–Vivió cinco años en una camioneta, vivió un año con aborígenes en Australia. Crió un canguro.

–Se masturbó hasta tener nueve orgasmos en el Guggenheim, bajo unas duelas sobre las que el público podía caminar.

–Ayunó innumerables veces.

–Pasó doce días expuesta en tres habitaciones instaladas en la pared de una galería, sin hablar, sin comer, sin ningún tipo de privacidad. Tres escaleras bajaban al suelo, pero era imposible tomarlas porque en vez de peldaños tenían cuchillos. Fue allí que Marina empezó a mirar al público (a ese público que, no nos confundamos, siempre había sido parte integral de su trabajo) a los ojos.

–Miró a los ojos a setecientas mil personas, una por una, sin prisa, durante tres meses.

–Delegó por primera vez sus piezas a otros artistas.

–Entrenó a un grupo de hombres y mujeres guías, dispusieron tarimas, sillas, cartulinas, silencio, catres, caminar despacio y... ¿qué habrá en la sala que me falta? Resuelvo ir a averiguar. Me froto los brazos, me envuelvo en mi mascada y abandono la única esquina de la Serpentine en donde pegaba el sol.

 

6.

Para llegar a la tercera sala, cruzo la central. Me parece que la actitud general ha cambiado. Una mujer llora al centro. Pero fuera de eso, o quizá por eso, algo parece apagado. Hay menos gente en la tarima y más sentada en los bordes, recargada en la pared, mirando nomás. Quizá solo cambió mi percepción. O quizás hay una ola de cansancio colectivo. Los que entramos primero estamos cansados de tanta meditabundez, y los recién llegados de tanta fila. Se formaron y ahora quieren ser retribuidos. Siguen ávidos, no todos darán el giro hacia entender que no hay nada que ver. O participas o te aburres. Es un performance muy Elige tu propia aventura.

Veo a dos personas rechazar invitaciones de un Marinito y pienso: Ustedes se lo pierden. Pero también pienso que a mí ningún Marinito me ha tomado todavía de la mano, ¿no me estaré yo también perdiendo de algo? ¿De lo mismo?

Marina está sentada en una silla, con los ojos cerrados y las manos sobre las rodillas. Hay un catre vacío y veo a la chica Azul que lo toma. No se me ocurrió que eso se podía hacer. De esto también depende el performance, creo, cuentan con nuestras limitaciones autoimpuestas, que deben ser bastante similares. No sé si el atrevimiento de Azul me da admiración o envidia. Debe ser lo segundo porque siento cierto placer al ver que un Marinito se le acerca. Pero en vez de la reprimenda que yo espero atestiguar, la envuelve en la sábana con delicadeza.

En la tercera habitación, la gente tiene los ojos vendados. Fuera de eso, no hay nada. En la entrada, dos Marinitas entregan pañuelos negros. Me dan uno, me lo ato, entro.

Avanzo con las manos al frente, en posición zombi discreto, y me siento cerrada, sin ganas de chocar con nadie. Pero choco, claro, aunque muy suave porque todo el mundo se mueve con la misma incertidumbre. Llego a una esquina y me detengo. Reconozco que sé que estoy en la esquina porque veo el suelo por una rendija. ¿A quién creo estarle haciendo trampa? Me quito los auriculares por primera vez en... ¿horas? ¿Minutos? Por primera vez desde que me los dieron. Lo hago solo para atarme mejor el pañuelo, pero resulta todo un evento sensorial. Me sorprende, primero, la frescura atrás de las orejas. Hay sudor allí, pero solo lo sé ahora que lo toca el aire. Y me sorprende, sobre todo, el sonido. Es un silencio ruidosísimo. De suelas de plástico rechinando en el linóleo. De aparatos ambientadores. De cuchicheos y roces de telas. Como ese mito de que los esquimales tienen no sé cuántas palabras para decir nieve, ¿no deberíamos tener nombres para los distintos grados de silencio?

Cancelo la rendija y me pongo los auriculares. Soy como un robot tratando de relajarse. Un poco pese a mí, descubro que opero igual con cada choque: me paralizo, luego me retiro en la dirección opuesta. Se me ocurre que es la reacción normal, pero a la vez la vivo como una cobardía lastimosa. Decido probar lo contrario. La próxima vez que choco, me inclino hacia el otro cuerpo, pero este retrocede. La siguiente es un brazo, o tal vez una mano. Estoy determinada a no rehuir el contacto. Tampoco me atrevo a forzarlo. Estiro un dedo y lo dejo en la piel del otro, que me contesta también con la punta del dedo, con unos golpecitos, como los que le das a un recipiente para ver si quema. No me gusta. Avanzo hasta otro choque. Nos paralizamos al unísono. Creo que estamos hombro con hombro, tal vez mirando a lados opuestos, pero no estoy segura: es solo un trozo de cuerpo tibio. Nos quedamos así un rato. Es, sobre todo, un asunto de temperatura. Imagino una especie de transfusión de calor, tal vez porque la necesito. Luego nos despegamos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, muy lento, y solo entonces reparo en cómo nos habíamos ido recargando uno contra el otro. Camino un poco más pero me digo que eso era lo más interesante que me iba a pasar aquí, y que estoy lista para irme. Me quito el pañuelo y, tras los parpadeos obligados por la luz, veo a cinco Marinitos apilados en la puerta, mirándome de lo más conmovidos. Una hasta tiene la mano en el pecho y lagrimea. Por un instante creo que es mi minuto de fama, pero luego me giro y veo lo que admiran: un hombre y una mujer se exploran en un intenso abrazo ciego.

Salgo al hall central. Marina sigue sentada, con los ojos cerrados y las manos en las rodillas. Estoy a punto de decidir irme cuando se libera uno de los catres. Lo tomo. Un Marinito me tapa y envuelve con la sábana verde. Se toca los párpados para decirme: Cierra los ojos. Y yo, por supuesto, cierro los ojos.

 

7.

Entre 1981 y 1987, Marina y Ulay realizaron Nightsea crossing, una serie de veintidós performances en los que pasaban siete horas diarias sentados uno frente al otro, inmóviles, en distintos museos del mundo. Abramovićllevó entonces, como siempre, un diario. Aquí un fragmento:

11 de julio: Solo dolor en mi columna. Las piernas temblando fuera de control. Pero al final el tiempo pasa rápido. De nuevo un Sentimiento de paz. En casa un placer indescriptible al beber jugo de naranja – felicidad.

12 de julio: Crisis. Sin concentración. El público es ordinario. Demasiado ruido y olor. El tiempo no se mueve. Estoy nerviosa. Nos faltan siete días. Estoy deseando que logremos terminarlos. En un momento tuve la sensación de perder mi cuerpo, pero rápidamente volví. El público me sirve para no mover el cuerpo. ¿Quién me servirá para dejar de pensar?

8.

Estoy en el catre, sin moverme, pero sin poder dejar de pensar.

Pienso en cómo algunas de las cosas que estoy viviendo no sé decirlas en español: Estoy tucked in. No estoy fidgeting.

Pienso en un programa que le encantaba a mi primo, de un mago que hipnotizaba a la gente para que, por ejemplo, no pudiera separar su mano de un cristal. De algún modo los convencía. O eran todos actores, lo más probable. Pero se parecía a lo que hacen los Marinitos: hacerte adquirir, como si nada, un compromiso inquebrantable. Mi inmovilidad tiene algo de escénico, un pacto de representación: mi personaje es La que no se mueve en el catre. Pero da igual el motivo, porque la inmovilidad me lleva a otras partes.

Pienso en que esto es lo que creo sobre el trabajo de Marina Abramović: sea lo que sea, nunca es de mentiritas. No puede serlo. Y en un mundo de doping, 3d y Auto-Tune, seguir usando los propios límites como terreno de creación es valiente. ¿Cómo se dice doping en español? ¿Dopaje? ¿Dopamiento? ¿Doppy no era uno de los siente enanos? Se me duermen las manos. No sé si puedo endure esto. No sé si estoy perdiendo mi lengua materna. ¿Se verá muy mal si muevo los brazos? Luego no aguanto más y los bajo a los costados. Es un error porque mi propio abrazo me calentaba. Siento contra mis piernas mis manos heladas.

Pienso en las manos de mi mamá. Después de meses sin vernos, la visité y le noté los nudillos ensanchados. En broma, sin pensarlo, le dije: ¿Te está dando artritis o qué? Contestó: Sí, pues como a mi papá. Me sentí mal. No sé si por lo insensible de mi pregunta o si porque está envejeciendo.

Pienso en que pensar, desde luego, no es el verbo correcto. Pensar no es esto. Este vagar de la mente es, en todo caso, lamonkey mind: según entiendo, observarla es el primer paso hacia la meditación. Pero meditar tampoco es el verbo. O sí, tal vez esta suerte de presión escénica acelera la meditación.

Pienso en un negocio que me hará millonaria: inventaré la meditación observada. A diferencia de la guiada, que puedes encontrar gratis en internet, en esta tendrás que pagarme a mí y a cambio yo te proveeré de un público exigente, que te impedirá abrir los ojos y así accederás más rápido (¡Más eficiente!, dirá la publicidad) al nirvana. La idea me hace sonreír. Me pregunto si alguien allá afuera lo habrá notado.

Pienso: ¿Allá afuera? Sí, los que me observan. Seguro nadie me está viendo. O sí, pero ya están muy lejos. Tanto que, cuando decido que tengo demasiado frío como para seguir inmóvil, tomo un minuto para recordarme, para convencerme, de que habrá gente “afuera”.

Abro los ojos y la presión social es inmediata. Siento que debo dejarle el catre al siguiente, aunque nadie me está pidiendo nada. Me destapo, me levanto y empiezo a temblar de frío. Necesito salir y cubrirme. Pero antes necesito despertar, o como se llame: volver a mí antes de irme. Camino hacia la puerta y me recargo en la pared unos instantes, me aprieto los ojos con las palmas. Luego entrego los auriculares y salgo.

Solo cuando he abierto el locker y tengo puesta la chamarra se me ocurre que alguien más profesional no se habría salido sin buscar por última vez a Marina. Pero de inmediato sé que eso en realidad no importa. Y esta certeza, incluso más allá de todo lo que iré aprendiendo sobre su carrera en las siguientes semanas, es lo que me hace respetar 512 Hours. Quizás la gente viene porque Abramovićes famosa, pero se van sabiendo que no se trataba en absoluto de ella.

 

9.

En el vestidor, titiritando, bebo dos vasos de agua de unos garrafones que no noté al entrar. Azul está en las bancas, conversando con un señor mayor. Voy al baño y en la fila una mujer me pregunta la hora. No tengo la más mínima idea, le digo, y es verdad. Tomo la decisión espontánea de no averiguar hasta que haya tomado notas, pero alguien más le contesta que son las cuatro y cuarto. Cuento con los dedos para estar segura: estuve casi cinco horas allí adentro. ¡Cinco horas! No puedo creerlo.

Salgo de la galería y entro a su cafetería camaleónica. Compro un té y un brownie. Después de un rato, me dejan de temblar los dientes. Camino sin rumbo hasta encontrar un pub tranquilo donde comer y escribir. Cuando salgo, es de noche. Siempre me ha molestado la idea del tema. Pero si hubiera que endilgarle uno a512 Hours, diría que es el tiempo. El tiempo plastilina. (Abramović, creo ahora, diría que son las energías.)

Días después leo que (en homenaje a Joseph Beuys) el título original era How to explain immaterial art to a human being. Insufrible, claro, pretencioso y pedagógico. Pero, a la vez: extrañamente apto.

Cada noche al terminar su sesión en la Serpentine, Marina grabó un video. Todos están accesibles aquí. El día que yo estuve, se le ve llena de dudas. Dice: “Mientras más nos acercamos al final, menos sé qué estamos haciendo. ¿Qué estamos haciendo? ¿Esto es arte?” Yo no sé si es arte. No sé si entendí algo del arte inmaterial. No sé si es inmaterial algo que usa tantos cuerpos y sillas y catres y auriculares. No sé si el efecto es más o menos o igual de efímero, en el espectador, solo porque la pieza es más efímera que un cuadro.

No tengo conclusiones. Lo único que tengo es una intuición. Es simple, y tal vez también ingenua. Al principio del documental, Marina dice que, después de cuarenta años queriéndola mandar al psiquiátrico, finalmente se reconoce su trabajo. Creo que tiene razón y que lo tiene merecido, pero mi intuición es: ¿No será simplemente queMarina Abramović, más que famosa, o además de famosa, se hizo mejor?

Hay una expresividad de trazo, o un grado de presencia escénica, o una independencia de los adverbios y los adornos: en fin, una suerte de depuración, de una sencillez dificilísima de obtener, que sucede en todas las artes y que solo se alcanza a través de una gran confianza en las propias herramientas. Confianza que, a su vez, solo se alcanza mediante muchos años de práctica. Y eso se menciona demasiado poco en las esferas culturales, con tanto producto final y tan pocos recuentos honestos del proceso. Con tanta mención del “talento” y una tremenda fascinación por la juventud. Somos grupis y olvidamos que el secreto atrás de lo que admiramos es el mismo de siempre: el trabajo.

Quizás Marina, simplemente, creció. Pasó del ímpetu adolescente (todo ese peligro, todas esas confrontaciones) a una madurez que no tiene nada que ver con sentarse en sus laureles o abandonar sus impulsos creativos, sino con profesionalizarse, y con comprometerse a explorar nuevas ramas: modos de expresión que antes le habrían sido imposibles. Y, también, a los que no habría podido llegar sola. Y de allí que empezara a delegar. A compartir de un modo poco usual: haciendo del espectador no solo partícipe, sino verdadero cocreador.

Al final, más de cien mil personas participaron en la creación de 512 Hours.

Y 512 Hours se trató de ellos. ~

 

Publicado como contenido exclusivo de nuestra edición para tabletas de octubre 2014. 

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