El solitario del bulevar | Letras Libres
artículo no publicado

El solitario del bulevar

Daguerre: Vue du boulevard du Temple,

París, 1838. Foto: Especial

Esta imagen, la de un bulevar de París en una soleada mañana de 1838, fue tomada hace 172 años, en la primera mitad del siglo XIX. Sin más deterioro que algunos rayones en la parte superior de la placa de cristal, pero con una admirable precisión de lente fijo, la foto captura un temprano momento del Bulevar del Temple, al que apodaban Bulevar del Crimen por gracia de las pantomimas y los dramas de asuntos tenebrosos y sangrientos que en él se representaban todas las noches con todo el personajerío del melodrama y del folletín pour faire pleurer Margot y hacían chirriar los tablados y chillar al público de los innumerables teatros situados a lo largo del bulevar.

[Y de paso: para darse una idea de la intensa y abigarrada vida que en esa época frecuentaba el bulevar del Temple o del Crimen, véase el extenso aunque excelente melodrama fílmico de 1945: Les enfants du Paradis, escrito por Jacques Prévert, dirigido por Marcel Carné e ilustrado con los rostros y los talentos del fantasmal mimo Jean Louis Barrault, del excesivo tragicomediante Pierre Brasseur y de la “Verdad Desnuda”, que se exhibía bañándose en una barraca de feria: la bella Arletty.]

La foto, que nos muestra el bulevar en una soledad y una tranquilidad que diríanse de mañana de domingo, fue capturada durante unos diez minutos por la cámara de monsieur Louis Jacques Mandé Daguerre, uno de los primeros hombres de la historia de la fotografía, quien continuó los trabajos de Nicephore Niepce en la captación de imágenes mediante la luz, la lente y la química.

Se preguntarán ustedes por qué fue necesario tanto tiempo para imprimir en película la imagen del bulevar, pero... es que no había película, sino una placa de cristal bañada con una emulsión ad hoc, la cual en esas primeras décadas de la técnica fotográfica exigía muchos minutos de exposición para inmortalizar cualquier cosa que la lente de la cámara tuviera delante, y con la condición de que hubiera suficiente luz.

Tal vez parezca extraño que un popular bulevar parisino se vea despoblado, incluso si fuese domingo o día vacacional; y, qué cosa tan desconcertante: en esos diez minutos de objetivo abierto es casi seguro que iba y venía por el bulevar gente de distintas clases sociales, y tal vez transitaron algunos vehículos de tracción animal, y quizá algún hombre o alguna mujer se habrá asomado a una de las ventanas de esa casa que ya no existe, que ya es un fantasma de casa; pero como el soporte químico de la placa era muy lento, y como transeúntes y vehículos no estuvieron quietos durante esos diez minutos (pues precisamente estaban pasando, tanto en el tiempo como en el espacio), los diez minutos de exposición fueron insuficientes para que se pudiera fijarlos, y se afantasmaron unos y otros en la total invisibilidad.

Pero no, no se evaporaron de la imagen todos los que pasaron por el bulevar ante el appareil photographique de Daguerre. Hay por lo menos un personaje en la foto. Miremos bien: cerca del ángulo inferior izquierdo de la imagen, en el espacio en que la acera se curva, se percibe la presencia visualmente diminuta de un hombre de porte dandístico, visto de perfil, con una pierna alzada en ángulo y el pie apoyado en algo que podría ser el cajón de un lustrador de calzado. Acaso también percibiríamos al lustrabotas, pero su posible aunque indefinible silueta, más oscura, se habría confundido con la de uno de los verticales artefactos situados a tramos en la acera.

Y así es: en la imagen que logró Daguerre (tal vez desde una ventana de un tercer piso) hay, por lo menos, un hombre. Eso hace más histórica la foto, a la que comentadores del desarrollo de la técnica y el arte fotográficos consideran como la primera que registra una presencia humana. De modo que, aun si ignoramos todos los datos personales y la condición civil de ese hombre, podemos decir que es un inmortal, o... siquiera lo será mientras perdure el original o una copia del daguerrotipo.

¿Quién habrá sido ese boulevardier solitario que quedó fijado allí mientras un gran número de sus coetáneos desaparecía? ¿Tal vez alguno de los escritores y artistas que frecuentaban esos rumbos adscritos a la “vida bohemia”? ¿Fue el poeta Baudelaire o el poeta Nerval o el pintor Delacroix o el entonces aclamadísimo actor Frédérick Lemaître? ¿O quizá fue el mismo Daguerre, que habría delegado en alguien el manejo del aparato fotográfico para bajar al bulevar a instalarse en la acera por diez minutos y así inmortalizarse en imagen?

A saber, pero yo, como muchos, prefiero suponer que el bulavardiero solitario pudo ser un don nadie y que, por el solo hecho de estar casualmente allí, inmóvil durante los minutos en que le lustraban los zapatos, sería premiado con un modo de visibilidad para siempre.

Es decir, premiado con una virtual forma de inmortalidad.