El síndrome Paul Auster | Letras Libres
artículo no publicado

El síndrome Paul Auster

Si entendemos la ficción como una convención entre el creador y el lector o espectador, la verosimilitud no es, en sí misma, un valor. En tanto que existe una suerte de acuerdo tácito entre ambos por el que el grado de parecido a la realidad es irrelevante si el receptor acepta el engaño, si se deja llevar. Es pues tolerable, desde este punto de vista, que Paul Auster haga que el niño protagonista de su novela Mr. Vértigo tenga la capacidad de volar. Sin embargo, hay una característica que sus críticos subrayan como meramente definitoria y que es, a mi juicio, el punto débil de casi toda su obra y un vicio que se está demostrando contagioso: el abuso del azar. No hay nada más tramposo que hilvanar las historias con la casualidad. Esta concatenación de hechos azarosos supone romper ese contrato implícito con el lector y una dejación de la más mínima decencia narrativa.

Él mismo se defiende de esta acusación en Dossier de Paul Auster contraponiendo casualidad a linealidad y advirtiéndonos lo que todos ya sabíamos: que la vida está llena de momentos aleatorios que marcan el rumbo de nuestras vidas. Pero su excusa se aprovecha de la ambigüedad de los términos. Todos entendemos que las historias, como la vida, están llenas de contingencias y que el hecho de que un personaje muera atropellado o se salve de un accidente por un retraso circunstancial es perfectamente razonable. Lo que no es admisible es que la narración avance y se resuelva por hechos fortuitos que alteren de una manera burda los elementos fundamentales de la misma. Si, además, el autor convierte la historia en una hipérbole del “efecto mariposa” por el cual todo está relacionado, lo que obtenemos es un texto en el que no es preciso adentrarse en los complejísimos efectos causales, que son sustituidos por los casuales.

Casi todas sus obras son ejemplos de estas carencias, desde El Palacio de la Luna, de hace más de veinte años, donde una casualidad lleva al huérfano Marco Stanley a descubrir que el viejo que contrata es en realidad su abuelo, a la manera en la que se unen las piezas en la reciente Sunset Park.

Ahora bien, es cierto que no es el único. Guillermo Arriaga, el flamante guionista de tres películas de Alejandro González Iñárritu y director él mismo, es considerado uno de los talentos más deslumbrantes del cine latinoamericano. Y, si se ha demostrado un genio en unir historias inconexas por detalles azarosos (otra vez el “efecto mariposa”), es en una de sus producciones más afamadas, Los tres entierros de Melquíades Estrada, donde vemos con más claridad el síndrome Paul Auster. Un resumen sucinto de algunos tramos argumentales nos sirven como muestra: un policía de fronteras dispara a un desconocido y, bendita casualidad, ese desconocido resulta ser el hombre con el que su mujer le estaba engañando. Ese mismo policía golpea fuertemente a una migrante ilegal que intenta cruzar a los Estados Unidos. En un viaje posterior del policía al desierto mexicano es mordido por una serpiente de cascabel y, ay, más casualidades, la mujer que le cura es la misma migrante a la que rompió la nariz.

Pero hay muchos otros autores que sacan ases de la manga de la casualidad. Y con acercarse someramente a la creciente infantilización de la literatura y a la simplificación de los superventas cinematográficos ya puede uno entrever que es una fórmula exitosa.

Paul Haggis en 2004 cautivó al público y a la crítica con su película Crash. La cinta era un compendio de todos los conflictos posibles en la ciudad de Los Ángeles: racismo, rabia, incomunicación... Una de esas películas que nacen cada cierto tiempo y que pretenden ser una radiografía de todos nuestros males. Ahora bien, para que tantos sentimientos disímiles cupieran en dos horas de metraje tuvo que abusar de lo azaroso. En un área metropolitana de más de quince millones de habitantes, los personajes, de toda índole social, se encuentran sin parar con el único fin de que la acción pueda avanzar. El espectador, bañado en lágrimas por la muerte a balazos de una niña o por el rescate del fuego de una accidentada, no se percata de lo exageradas que resultan las conexiones entre personajes.

Los defensores del “efecto mariposa” y de este uso desmedido de lo casual suelen argüir que el mundo es muy pequeño y esgrimen teorías de café como la de los seis grados de separación con otro ser humano en la tierra. Y sí, la teoría funciona cuando la persona elegida es Barack Obama o Bill Gates pero falla estrepitosamente si buscamos nuestra relación con un campesino de Extremadura o de una aldea de Lugo.

La vida es infinita y desordenada y la ficción tiene, entre otras misiones, la de encapsular, ordenar e interpretar la realidad en unas páginas o unos centímetros de celuloide. Explicar lo que les sucede a los personajes sin más engarce que el azar facilita las cosas al autor pero infringe la regla del porqué de las cosas que se le debe al lector o al espectador. ~


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