El silencio perdido | Letras Libres
artículo no publicado

El silencio perdido

Hemos perdido el silencio. Ya no se consigue en los espacios públicos donde antes era moneda corriente. Ahora es una especie en extinción.

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Hace unos meses, el escritor y crítico español Vicente Luis Mora escribió en su muro de Facebook un irónico agradecimiento a la señora que viajaba junto a él en un vagón de tren por hacerle saber “que su hija Pili está bien, que ya le han dado el alta”, y a otra por contar que “mientras ella se da la quimio él va a trabajar por ahí”, y a un hombre que comentaba a gritos sus negocios, y a otros de cuya información no podía escapar.

Entre los comentarios de la publicación se destacó uno, escrito por Javier Jiménez, director de la madrileña editorial Fórcola: “Antes, para hablar, las personas salían al descansillo del vagón para no molestar al resto de pasajeros. Por educación, por respeto a los demás y por pudor. Ahora se ha perdido el pudor, el respeto a los demás y la educación. Lo suyo es que si quieres leer tranquilamente, salgas tú al descansillo, porque tu silencio molesta a los demás. El silencio se ha convertido en un artículo de lujo en el siglo XXI”.

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Hemos perdido el silencio. Ya no se consigue en los espacios públicos donde antes era moneda corriente. Ahora es una especie en extinción. Como tal, se lo preserva en cotos reducidos: desde hace unos meses, los trenes de alta velocidad (AVE) españoles cuentan con “coches en silencio”. En ellos está prohibido hablar por teléfono, todos los dispositivos electrónicos deben estar silenciados, no se admite la presencia de menores de 14 años y “se hablará en un tono bajo y no se establecerán conversaciones duraderas”, según explica la web de la empresa.

Lamentablemente, al servicio de AVE español acceden solo un puñado de personas. Los trenes, autobuses y metros en los que día a día nos movemos carecen de toda protección al ciudadano que desea viajar concentrado en su lectura, reflexionando sobre la vida y la muerte, o tan siquiera con la mente en blanco, sin enterarse de asuntos ajenos. Por muy trascendentales que estos le parezcan al pasajero de al lado.

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En este juicio, todas las sospechas recaen sobre un acusado: el teléfono celular. La ciencia enseña que la función precede al órgano. En teoría, este pequeño órgano vino a instalarse en nuestros bolsillos para satisfacer una necesidad: la de tener una vía de comunicación permanente con cualquier persona, de modo tal que si necesito consultar de manera urgente a mi médico, o cancelar una cita debido a que estoy en medio de un atasco de tránsito, o cualquier caso similar, podré hacerlo. Y esta capacidad es su mayor beneficio (hablamos del aparato en tanto teléfono, es decir, un dispositivo para hacer y recibir llamadas y mensajes, no las demás funciones que incorporaron los smartphones).

El problema —tal como afirman Miguel Benasayag y Angélique del Rey en su libro Nunca más solo: el fenómeno del móvil(Ed. La Oveja Roja, Madrid, 2007)—es que las consultas al médico o las cancelaciones de citas no son cosas que ocurran con demasiada frecuencia. Sucede entonces que el hecho de tener un teléfono todo el tiempo encima genera, en palabras de los autores, “el desafío de fabricar la función: millones de horas de un blablablá inmundo se vuelve posible gracias a un bosque de antenas”.

Benasayag y Del Rey comparan el teléfono celular con el automóvil. Así como este fue desarrollado como un medio de transporte pero produjo cambios estructurales a lo largo del siglo XX hasta crear una auténtica sociedad del automóvil, “con una economía, un urbanismo, problemas de sanidad pública, que no tienen nada que ver con la movilidad como única explicación”, el teléfono irrumpió en nuestra cultura y alteró múltiples dimensiones sociales y personales, de maneras que poco tienen que ver con la necesidad de enviar, de vez en cuando, un mensaje a alguien.

“Esta marea invasora de blablablá comunicacional no puede ser un mar de estupidez hasta entonces contenido por un dique —plantean—. Sencillamente, como tenemos móvil, saldo y nuestra muy humana estupidez, nos ponemos a hablar para dar una pequeña función a este instrumento”.

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Y más allá de ese blablablá que llena las horas e inunda los vagones de tren, hay una cuestión todavía más profunda, la que da título al ensayo: la sensación de que, a partir de la creación del teléfono celular, ya nadie volverá a estar solo nunca jamás. Benasayag y Del Rey opinan que es exactamente al revés: el supuesto “nunca más solo” es en realidad “nunca más conmigo mismo”, porque el celular llena de palabrerío muchos territorios antes reservados para la introspección, y esta falta de encuentro con uno mismo deriva en “un vacío interior que te deja en un ‘nunca más solo’ lleno de soledad”.

En una entrevista en la que le preguntaron por sus primeros pasos en la escritura, Rodrigo Fresán respondió: “Uno empieza a escribir porque le gusta estar solo, pero la soledad, que antes era algo festejable, se ha convertido en algo sospechoso”.

Si quiere estar solo, haga el favor de dirigirse al descansillo del vagón.

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Aunque pueda parecerlo, el citado ensayo y este artículo no son alegatos contra el teléfono celular, sino contra algunos de sus usos y sus efectos. “No es cuestión de tirar el móvil ni de comprar uno nuevo —dicen Benasayag y Del Rey—, sino de reflexionar acerca de la brutal conmoción antropológica que este objeto ha creado en nuestras sociedades y en nuestras vidas”.

El teléfono celular crea una sociedad del teléfono celular. En ella, no solo puedes hablar por teléfono todo el tiempo y en cualquier parte aunque no tengas nada para decir. También puedes escuchar música en un espacio público sin auriculares, es decir, a través del altavoz, obligando a todos los que estén alrededor a que escuchen lo mismo. Y si vas al cine y le pides a la pareja de al lado si por favor pueden callarse de una vez, el raro —tienes que saberlo—eres tú.

En una escena de The Artist, un productor le dice al protagonista, George Valentin, estrella del cine mudo, que las películas sonoras son el futuro. Valentin lo desprecia: “Si eso es el futuro, ¡te lo dejo a ti!”. En la escena siguiente, el actor sufre una pesadilla: las cosas comienzan a hacer ruido. El vaso al golpear sobre la mesa, el timbre del teléfono, los ladridos del perro, hasta una pluma genera un estruendo al caer. Su voz, sin embargo, no se escucha. Intenta hablar, intenta gritar, pero todo es en vano. Lo único que sigue siendo mudo es él.

Así, como Valentin, agobiados por los ruidos a nuestro alrededor, y mudos, nos sentimos muchas veces quienes no tenemos más remedio que ir a leer o a estar solos al descansillo del vagón.

Nos queda, en todo caso, cuidar nuestros silencios y disfrutar de lo que otros hacen con los suyos. Como The Text is Silent, un original proyecto que publica páginas escaneadas de obras maestras de la literatura a las que les han borrado todas las letras y dejado solamente los signos de puntuación. Quizá sea la mejor manera de apreciar el ritmo interno, la respiración de los textos. En silencio.

 

 

 


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