El segundo acto de Christina Rosenvinge | Letras Libres
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El segundo acto de Christina Rosenvinge

Christina Rosenvinge (Madrid, 1964) comenzó siendo la cantante de Ella y los neumáticos cuando apenas tenía quince años, lideró un grupo de éxito, fue rockera, cantautora y referencia del indie, y acaba de editar Lo nuestro (El Segell del Primavera, 2015). En su universo musical referencias que vienen del cine, del arte contemporáneo y la literatura, además de las musicales, se dan la mano para hablar de asuntos universales que parten de detalles de la vida cotidiana o sobre un “Verano fatal”, la canción que da título al álbum que compuso con Nacho Vegas.

“Si juntas a Joan Baez y Paco Ibáñez, influencia de mi hermana mayor, con la influencia estadounidense de los discos de mi hermano y la influencia literaria de mi hermana Teresa, te das cuenta de que es la base que tengo y he llegado hasta aquí con eso.” Entre las primeras lecturas que le marcaron, recuerda libros “muy poco adecuados”, a los que llegó precozmente gracias a que compartía cuarto con su hermana: “Me acuerdo de leer El proceso y La metamorfosis, de Kafka –primero El proceso, que me dejó trastocadísima–, aparte de En la carretera, de Kerouac. Tuve una iniciación en todo esto muy oscura; también recuerdo que Lolita me perturbó muchísimo.” A esas primeras lecturas añade el descubrimiento temprano de películas de Truffaut y Fellini; recuerda que pasó “un año de soledad absoluta y me dedicaba a ir todos los fines de semana al Pequeño Cine Estudio a ver los ciclos de cine italiano; cada vez que veía un apellido terminado en ‘–ini’ me iba a ver la película que fuera porque sabía que iba a ser distinto”.

Cree que alguien solo puede dedicarse a la música por amor: “No hay otro motivo que pueda explicar que una escoja una profesión tan sumamente difícil como esta.” Matiza: “Cualquier trabajo vocacional se hace por un impulso interior que es inexplicable. No sé si uno siente la inclinación porque lo sabe hacer bien o lo acaba haciendo bien porque siente esa inclinación y le dedica tantas horas y tanto empeño que al final acaba saliendo bien.”

“Álex & Christina fue un bombazo desde el primer momento –cuenta–. Era algo muy original: bebíamos de fuentes como el pop italiano o el pop francés y por otro lado de la salsa, que nos encantaba.” En ese momento la música era un negocio que movía mucho dinero, las discográficas no buscaban “una carrera a largo plazo, lo que querían era explotarte lo más rápido posible. Después de hacer dos discos así, lo dejé y empecé a hacer canciones sola, por mi cuenta, en una onda mucho más de cantautor”, cuenta. Componía y escribía –siempre lo ha hecho–, pero firmó dos discos como Christina y los subterráneos, que “no existían, eran los que yo cogiera para estar a mi lado”, y no usó su nombre y apellido –“era la fantasía adolescente de tener una banda, que conservo, aunque cada vez lo veo más difícil”– hasta Cerrado (1997). En ese momento “no tenía la situación estratégica para trabajar bien. Increíblemente y por casualidad, Steve Shelley –batería de Sonic Youth–, que había grabado Cerrado, me invitó a participar en el festival de cantautores que estaba montando en Nueva York. Me fui para tres meses y me quedé cinco años. Tocaba en locales allí y en festivales europeos y, como me editaba una compañía independiente estadounidense, cuando viajaba a Europa se me catalogaba como American songwriting. La gente flipaba cuando contaba mi historia, pero como lo que habían leído era lo que había salido en las revistas americanas, creían que vivía en Nueva York desde siempre, no que tenía una carrera previa en España.”

En Nueva York pudo desembarazarse de la etiqueta de estrella pop, que incomodaba a los demás aunque no a ella. Allí empezó a trabajar con un idioma nuevo que le daba “otros sonidos y otra métrica. Básicamente, la ventaja que le veo al inglés es que es un idioma mucho más conciso. Cuando haces letras de canciones, te pasas la vida contando sílabas”. Además, “escribir en inglés supuso que podía llevar todas esas influencias que tenía, sobre todo de mujeres escritoras, tipo Margaret Atwood o Anne Sexton, lo podía reproducir en las letras maravillosamente. Durante un tiempo fue estupendo por eso. Pero también fue estupendo volver al castellano después”. En eso público y crítica le han dado la razón: Tu labio superior (2008) y La joven Dolores (2011) aparecen en las selecciones de lo mejor de la producción nacional de los últimos años.

En Lo nuestro hay una llamada a las mujeres (“La tejedora”); una canción dedicada al visionario Nikola Tesla (la huella de la idea original de dedicarle un disco a él solo); narraciones complejas sobre la identidad (“Lo que te falta”) o fantasías sobre el deseo de inmortalidad (“La muy puta”); canciones con melodía infantil que reclaman la responsabilidad de todos (“Alguien tendrá la culpa”) y hasta una “Balada obscena”. La parte musical “bebe de todo un poco”. Están Battiato y PJ Harvey, también Mark Lanegan y Violeta Parra y folclore: “todo eso se fusiona porque son cosas que tengo en la cabeza, y cosas que aparentemente no tienen nada que ver de repente casan”.

Uno de sus principios es “buscar melodías donde encajen la métrica y la acentuación del castellano. Eso muchas veces supone recurrir a melodías clásicas del bolero y de la copla, pero meterlas en progresiones armónicas que pertenecen más al rock y a otros estilos de música. Es muy divertido. Todo eso –que lo hace mucha gente que escribe en castellano– es lo que hace que el pop en español tenga sentido y tenga carácter”. Tal vez por eso sus canciones son de una apariencia sencilla –pegadizas, pero no evidentes–, pero también el resultado de un trabajo metódico que pretende equilibrar las letras con la música, los arreglos o la manera de cantar. “En este disco se acabó el intimismo”, dice entre risas. “Tienen que encajar las tres piezas: la música, la letra y también los arreglos. Y luego, es muy diferente –y esto es lo que es fascinante de escribir letras– cómo la misma frase puede ser horrorosa o una maravilla dependiendo de la melodía. La melodía es la dramatización de la letra. Eso obliga a pensar la letra casi como si fuera el texto de un actor, tienes que pensar en cómo se va a decir. Al final a la conclusión a la que llego siempre es que tiene que ir todo junto”, confiesa. Asegura que su obsesión es “sobre todo que las canciones pop no beban solo del pop”. Eso a veces significa “juntar raíces folclóricas de toda esa cultura tan bastarda que he acabado teniendo con cosas más elevadas”.

En sus canciones los textos son especialmente importantes, “las letras son otro género literario, con sus propias características”. En ese sentido, se siente escritora. Entre sus referentes siempre hay mujeres: “Djuna Barnes fue importantísima y de ella he aprendido muchísimo sobre cómo escribir letras. Tiene esa cosa, como Dorothy Parker, tan fresca, tan corrosiva y tan potente, que también tiene Margaret Atwood. Eso es lo que más me deslumbra y lo que intento buscar en mis letras: escribir desde un lugar que es al mismo tiempo muy emocional pero muy inteligente”. Durante la composición de su último disco “estaba muy imbuida en lenguaje poético después de la gira con Alejandro Simón Partal, en el espectáculo Antagonista, donde mis letras eran de una sencillez increíble al lado de sus poemas. Supongo que empecé a desacomplejarme a la hora de escribir letras y a escribir en un lenguaje descaradamente poético”. Tenía en la cabeza la poesía de Gil de Biedma y de Cernuda, “que han escrito tanto sobre la belleza, la carnalidad y la juventud y cómo se ve eso desde los cincuenta años. Es muy interesante cómo, siendo mujer, te puedes identificar con un poeta homosexual perfectamente. Mi experiencia vital es distinta a la que percibo en ellos porque no veo la juventud como un tesoro que irremediablemente vas a ir perdiendo por el camino, pero a lo mejor porque sé perfectamente el poco valor que tiene al haber estado en el lugar del objeto del deseo. La edad y los años no tienen por qué conllevar amargura ni pérdida, ganas muchas más cosas de las que pierdes. Lo único malo del tiempo es que se agota”.

Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, la tentación de buscar una dirección en su carrera está ahí, pero la rechaza: “Se va descubriendo sobre la marcha. No tenía la menor idea de que esto iba a salir así. En mis discos lo que manda son las circunstancias. Intento convertir todos los inconvenientes que tengo en ventajas y transformar todas las carencias en rasgos de estilo”. ~