El Romance de Chicogrande | Letras Libres
artículo no publicado

El Romance de Chicogrande

Un célebre corrido (que no es de autor anónimo, sino de Samuel M. Lozano) alude a la expedición punitiva lanzada por el general estadunidense John Joseph Pershing en persecución del revolucionario mexicano Francisco Villa, cuya tropa había cruzado la frontera y asaltado la población norteamericana de Columbus. Compuesto en metro largo irregularmente medido y rimado, el corrido comienza con esta cuarteta:

“En nuestro México, febrero veintitrés,/dejó Carranza pasar americanos,/diez mil soldados, seiscientos aeroplanos,/buscando a Villa, queriéndolo matar.”

Meses después de tal suceso, tras el famoso e impensadamente poético mensaje enviado por el general Pershing al alto mando militar: “Tengo el honor de informar que Francisco Villa se encuentra en todas partes y en ninguna”, las fuerzas de la expedición punitiva abandonaban la tierra de Chihuahua. En gran parte de ese tiempo el hombre ferozmente perseguido había estado herido y escondido en una cueva inaccesible para quien desconociera el territorio, y a la vez se hallaba repartido en mujeres, hombres, viejos y niños: gente pobre y anónima, que creía en el “Centauro del Norte” como en un paladín reivindicador.

De esto, y muy poco del mismo Francisco Villa, trata la película número 30 de Felipe Cazals.

Felipe Cazals es el veterano de los cineastas mexicanos surgidos en la década de los 60. Con 73 años de edad, con 43 de hacer cine y con una anterior filmografía de 29 títulos (entre los cuales los hay excepcionales, como La manzana de la discordia, Canoa, El apando, Las Poquianchis, Los motivos de Luz, Su Alteza Serenísima, Las vueltas del Citrillo, más quizá algún otro que no he visto), ha logrado su definitiva obra maestra en la más reciente de sus películas: Chicogrande, realizada en 2009, en la cual a la sabiduría de un viejo realizador que en el asunto del cine se las sabe todas se alía el brío de un intuitivo y talentoso cineasta joven que se arriesgaría en la anhelada primera aventura fílmica.

TODOS ERAN VILLA

Chicogrande, la película número 30 de Cazals, derivada de cierto documentado momento de la gesta revolucionaria de México, despliega una narración multilineal que en realidad trata del mito colectivo formado en torno al “Centauro del norte”, tal como ese mito habría sido colectivamente deseado, forjado, vivido por héroes que apoyan, defienden, protegen, hacen inencontrable para el enemigo al jinete reivindicador, mientras éste se halla herido y escondido en una cueva inaccesible a los exploradores pielrojas al servicio de los gringos; y es como si, en efecto, Villa estuviera “en todas partes y en ninguna”, según lo confirma el informe de Pershing. En cierto modo la gente creyente en Villa sostiene a un querido cuasifantasma mítico, pues muchos de ellos ni siquiera han visto al paladín “en carne y hueso”. Esos hombres, mujeres, viejos y niños, aunque no habrían de pasar al libro de la Historia ni siquiera como notas al pie de página, esos espontáneos militantes del villismo son soldados civiles, héroes transitorios a los que, sabiéndolo o no, encabeza Chicogrande, el hombre leal a su héroe hasta el martirologio.

Cazals, basándose en un relato (o quizá en apenas una idea de relato) de Ricardo Garibay, les otorga voz, en monólogos, en diálogos, en pregones y gritos y lamentos, a esos personajes que no son nada secundarios, sino protagonistas de un gran protagonista colectivo, pues en la película resultan dignos de un mayor tiempo de presencia que el de un Francisco Villa poco visible y afantasmado en la supuesta ubicuidad (“todas las partes y ninguna”) reconocida por el desilusionado telegrama de Pershing. Ellos, los humildes villistas anónimos, pero presentes, tendrán derecho a testimoniar con voz íntima u oral, y así recorre la película un habla sabrosa, ruda y señorial, quizá derivada de Ricardo Garibay, el narrador de sabio oído.

La mano maestra y fuerte de Cazals, director y principal autor de Chicogrande (pues es además el autor del guión), ha regido el ritmo narrativo de la película a partir de momentos clave como los monólogos interiores o declarativos otorgados a algunos personajes del personerío colectivo, o como las dos sesiones de tortura por flagelación, en las cuales los latigazos que despellejan las espaldas indefensas suenan implacable e impecablemente regidos por una precisa, una cruel maestría rítmica del manejador del látigo.

Chicogrande es un sombrío romance visual sobre un crispado relato llevado con pulso firme, con un rigor maestro en el encuadre, en la hábil alternancia de planos cercanos y planos generales, en la sintaxis de tomas breves y tomas-secuencia, en el uso dinámico de bien fotografiados paisajes casi minerales, en un espléndido reparto encabezado por Damián Alcázar y Patricia Reyes Espíndola, que están inmensos y son bien correspondidos por la hermosa Lisa Owen y Daniel Martínez, Juan Manuel Bernal, Bruno Bichir y otros.

No quiero dejar esta página sin anotar que rara vez, salvo en Kagemusha, de Kurosawa, y algunas pocas películas más, he visto un final comparable a la sombría, estremecedora grandeza de la última secuencia de Chicogrande, en la que, en el anochecer, el cineasta hace pasar al leal personaje desde el caballo y la agonía a la muerte y quizá a esa virtual vida póstuma: la leyenda.