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artículo no publicado

El rock me absolverá

El rock estuvo proscrito en Cuba durante décadas. Esta crónica del reciente concierto de los Rolling Stones –una señal de apertura para algunos y una operación cosmética para otros– muestra el carácter contradictorio y anacrónico del régimen.

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a María José

It’s revolution, baby

–Te voy a contar la vez que conocí a un rockero de verdad –me dice un vendedor de libros en la Plaza de Armas.

En La Habana apenas son necesarios un apretón de manos o un cruce de miradas para que alguien empiece una historia.

–Un viejo de cola de caballo se acercó la otra vez a comprar libros al puesto –prosiguió el hombre–. Yo me decía a este lo he visto en alguna parte, pero no sabía bien quién era. “¿Tú eres músico?”, le pregunté. Me contó que, bueno, más o menos tocaba la guitarra, que había aprendido de manera autodidacta y esas cosas. “Pero tú te me haces conocido, hermano”, le digo, “tú te llamas Jimmy algo”. “Jimi Hendrix”, me dice. “¡Cómo que Jimi Hendrix, coño! Jimi Hendrix es negro.” “Ah, sí”, me dice, “Jimmy Page”. ¡Era Jimmy Page, mi hermano!, y yo no lo reconocí porque cómo carajos le haces en este país para saber cómo es Jimmy Page de viejo. Después de tomarse una foto conmigo, me dijo que le gustaba pasear por La Habana porque aquí nadie sabía quién era.

En un lugar en el que no llegan las noticias de chismes o el canal mtv, y en el que a menudo hay que recurrir a vendedores clandestinos para obtener internet, los músicos legendarios de rock son eternamente jóvenes en un sentido que habría satisfecho al Club de los Veintisiete. Siendo observadores, la anécdota pintaba en todo su esplendor un par de paradojas irresistibles: los Rolling Stones, el grupo que había hecho de su perseverancia un milagro geriátrico, iba a actuar en el único lugar que no había atestiguado en cámara lenta su envejecimiento. En el otro extremo, uno de los conciertos más publicitados de la historia iba a llevarse a cabo en la misma ciudad donde Jimmy Page podría caminar sin ser reconocido. ¿Qué podíamos esperar de algo así?

–Eso ya está lleno, mi hermano –me dice el vendedor como si lo natural fuera terminar hablando del concierto–. Yo que tú ya me iba para Ciudad Deportiva.

La mañana del 25 de marzo, en varios puntos de La Habana podía percibirse esa sensación incómoda que despiertan las sociedades demasiado conscientes del momento histórico que están viviendo. Los turistas contribuyeron de manera más bien desagradable a esa atmósfera: habían traído tanto escándalo que era imposible no albergar sospechas de que todo se trataba de una falsa alarma. De hecho, si uno tomaba el Granma de ese día, las palabras del embajador de Reino Unido, Timothy Cole, no eran muy distintas de lo que podía escucharse en las calles: “Será algo muy grande”, aseguró en una entrevista donde expresiones del tipo “evento inolvidable” y “de nivel mundial” aparecían como salidas de un ejercicio de improvisación. Un reporte de Reuters podría darle motivos para ser todo lo rimbombante que quisiera: quinientas toneladas de equipo, 61 contenedores, ciento cuarenta trabajadores habían llegado días antes a la isla para hacer posible el concierto, y el dinero ni siquiera había salido de los bolsillos de Jagger o del gobierno británico, sino de un millonario brasileño –Gregory Elias–, a través de la Fundación Buena Intención.

Había algo seductor, es verdad, en que uno de los grupos emblemáticos de un género prohibido por el gobierno revolucionario llegara por fin a tocar a Cuba con el régimen todavía de pie. Pero la razón auténtica del ruido mediático era lo morboso que resultaba presenciar una suerte de lenta claudicación que tenía como primer episodio la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, pasaba por las visitas del papa y Obama, tenía un amplio intermedio musical a cargo de Mick Jagger cantando “You can’t always get what you want” y cerraba de modo más o menos confuso con un Fidel Castro que, en una de las sesiones del Congreso del Partido Comunista, admitía su probable mortalidad. Esa era la impresión general en la prensa y de no pocos críticos del castrismo: ver en tiempo real un cambio de época. A contracorriente, el jazzista cubano Paquito D’Rivera consideró que sus satánicas majestades estaban en realidad legitimando al gobierno cubano –“igual que el papa y Obama”, según declaraciones hechas a El País–, y no se hallaba del todo equivocado: el rock también podía servir a los intereses de un gobierno que había sido tradicionalmente hostil hacia sus músicos y su público. De hecho, no era inédito que el género maldito en Cuba terminara recibiendo, aunque con demora, las bendiciones de la Revolución.

Es solo rock and roll (y nos gusta)

La primera impresión que tengo al momento de entrar a Ciudad Deportiva es que los controles de seguridad son escandalosamente laxos. Acostumbrado, como estoy en México, a pasar al menos dos detectores de metal y tres manoseos de inspección antes de escuchar a una banda de rock, parece que algo anda mal si el único obstáculo a la vista es un hombre uniformado que te pregunta si llevas algún objeto de vidrio en la mochila. Se extrañan también el hostigamiento de comerciantes que te ofrezcan suvenires piratas o, al menos, productos comestibles, y la presencia no menos salvífica de grandes áreas repletas de sanitarios portátiles. Una veintena de señores que venden galletas, rumbo a la entrada, es la única insinuación del capitalismo en algunos metros a la redonda. “Nunca confíes en el comercio informal en Cuba”, me dice una chica con la que platico.

La zona de pasto donde me siento es de aquellas donde todavía existe algo llamado “espacio personal”. El público se divide en dos grupos perfectamente identificables: cerca del escenario, los feligreses poseídos, a los que es fácil reconocer porque se han estado mordiendo los nudillos desde que abrieron las puertas del recinto, y, desparramados por el campo, el resto de los mortales, que incluye a viejos nostálgicos con instintos de autoconservación, melómanos moderados, extranjeros temerosos, adolescentes reggaetoneros de mirada indiferente y corresponsales de revista que llegaron tarde. Sorprende, en primera instancia, la variedad del conjunto, incluso entre los rockeros “legítimos”, que han traído ropa alusiva a ac/dc, Iron Maiden o The Beatles, sin esperar herir la susceptibilidad de nadie. Por otro lado, el rango de edades es tan amplio que uno podría soltar un condón inflado para que fuera voleado por la multitud y no habría dos personas nacidas en el mismo año que hicieran contacto con él.

El concierto empieza a las 8:30 de la noche con “Jumpin’ Jack flash” –uno de los mejores riffs de guitarra que nos ha dado el rock– pero su verdadero comienzo, en términos simbólicos, llega cuando Mick Jagger saluda al público al grito de “¡los tiempos están cambiando!”. No alcanzo a identificar si el bullicio que provoca su comentario es de aprobación o repudio, pero hay evidencia suficiente para suponer que al menos no es el de un motín. La segunda canción del repertorio es “It’s only rock and roll”, cuyo coro, en este contexto, parece incluso una declaración de principios. La presentación transita por algunos de los picos más altos de la carrera de los Stones: de “Tumbling dice” a “Miss you”, de “Angie” a “Gimme shelter”, donde la banda puede permitirse su mayor riesgo escénico: algunos minutos sin Jagger. Tampoco escasean las decisiones cuestionables, como “Out of control”, que provocó que la persona a mi lado preguntara: “¿Está malo el sonido? ¿Por qué no se escucha la guitarra?”

(Dos tópicos que van a evitarse en esta crónica: las habilidades físicas de Jagger sobre el escenario, con especial énfasis en su edad, sus rutinas de ejercicios y el tamaño de su cintura, y la tensión casi sexual que a menudo se advierte entre Jagger y Richards, una reproducción a escala de aquel mítico encuentro en la estación de Dartford en 1961 con el que se ha datado el nacimiento de la banda.)

“Su estrategia para refutar el tiempo –ha escrito Juan Villoro– no se basa en lo que fueron sino en su apetito por el presente.” El público ha respondido con un apetito similar. Los aplausos, gritos, bailes que acompañan a cada canción mezclan la exaltación propia de los fanáticos, el entusiasmo que suscita la perseverancia de los ancianos y la euforia inherente al rocanrol, aunque el motor fundamental sea acaso el enamoramiento que tiene el público consigo mismo.

Hacia el final de la noche, después del capítulo solista de Keith Richards, “Sympathy for the devil”, “Brown sugar” y la participación del coro cubano Entrevoces, Jagger pronuncia la frase que, sospecho, busca resumir no solo el concierto, sino la coyuntura de la que esta presentación quiere ser parte: “¿Están listos?”, grita el cantante. “¿Están listos?”, insiste. Lo que sigue son “las cinco notas que conmovieron al mundo”, según Newsweek: “(I can’t get no) Satisfaction”, la única pieza que conoce el 98% de los asistentes, según los cálculos más moderados. La pregunta y la canción dan la impresión de representar un mismo mensaje cifrado. Si lo que se vislumbra para la nueva Cuba es la apertura económica, la democracia, o lo que sea que se cocine más allá del castrismo, la pregunta de Jagger sigue siendo válida: ¿Están listos para no quedar satisfechos?

La presentación termina sin mayores percances. Miles de turistas se dirigen a los autobuses que han contratado dentro de un paquete vacacional, pero al menos dos terceras partes del público simplemente se disgregan. Nadie sabe dónde tomar un taxi. Hay algo sintomático en los dos kilómetros que estuvimos obligados a caminar sobre una avenida desierta que parecía no llevar a ninguna parte. “¿Hacia dónde nos dirigimos?”, le pregunto a un hombre cuyo pelo blanco le confiere cierto aire de sabiduría. “Ni idea, solo estoy esperando llegar a algún lado.”

Delito por bailar “Paint it black”

No hay manera confiable de saber cuánta gente llegó aquella noche a Ciudad Deportiva. En la página oficial de los Stones se habló de 1.2 millones de asistentes, una cifra que ningún otro medio ha dado por buena; Colin Stutz, de Spin, estimó un público de “entre 200 mil y 500 mil personas”. La mayoría de los recuentos apuntan al medio millón, una cantidad apenas superior a lo que el grupo de música electrónica Major Lazer había reunido unas semanas antes y muy lejos del millón que convocó el festival Paz sin Fronteras en 2009, encabezado por Juanes.

Sea cual sea la cifra verdadera, la leyenda dicta que es enteramente mérito de los Stones atraer a cientos de miles de personas en un país que había prohibido el rock durante tres décadas. Mucho se ha hablado del autoritarismo presente en la isla a partir de los sesenta, en particular si eras joven, tenías el pelo largo y te gustaba la “música del imperio”. Algunos medios simpatizantes del castrismo –como Kaosenlared– explican que no es que el rock estuviera prohibido en esos años, sino que simplemente “no era programado en las radios”. Otros más han señalado que el rock, el pelo largo y la juventud habían sido perseguidos en casi toda Latinoamérica durante las mismas décadas. Sin embargo, en pocos lados ese hostigamiento a la música estuvo tan explícitamente ligado a la ideología política: la periodista cubana Claribel Terre Morell ha contado en una crónica para Revista Ñ la manera en que fue humillada en la escuela después de que la maestra la sorprendiera escuchando a los Rolling Stones. “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, le gritaron sus compañeros, en alusión al modo despectivo en que se les llama a los exiliados cubanos en Miami. Y a Terre Morell ni siquiera le gustaban los Stones.

Escuchar rock era difícil en aquel momento no solo en términos políticos sino prácticos: ¿en dónde?, ¿a través de qué medios? La geografía y la tecnología ayudaron a sobrellevar las restricciones. Humberto Manduley –autor de El rock en Cuba (2001), Hierba mala. Una historia del rock en Cuba (2013) y Parche. Enciclopedia del rock en Cuba (2015)– me explica que “a pesar de prohibiciones y dificultades, Cuba está muy cerca de Estados Unidos, de modo que la influencia de, por ejemplo, las estaciones radiales estadounidenses fue decisiva para impulsar el rock”. Otros elementos fueron las viejas grabadoras y los casetes que entraban de contrabando.

Lo sorprendente en todo caso no es que los Rolling Stones hayan llegado a tocar a La Habana por primera vez, sino que el rock se hubiera desarrollado en Cuba a pesar de los obstáculos. Las primeras bandas locales hacían sus instrumentos echando mano de cables de teléfono, altavoces o placas de rayos x que servían como parches de batería. Cuatro décadas más tarde, el equipo de sonido y los instrumentos han mejorado, a pesar de que sigue siendo una odisea conseguir un paquete de cuerdas para guitarra eléctrica. A finales de los ochenta, nació el Patio de María, el sitio indispensable para el crecimiento del rock en un momento donde hasta el Ministerio del Interior podía obligar a una banda a desintegrarse (sucedió con Venus en 1987). La escena siguió creciendo hasta el surgimiento en 2007 de la Agencia Cubana del Rock, un organismo que depende del Ministerio de Cultura y que, de cierta manera, podría representar la aceptación oficial del género. El panorama actual, asegura Manduley, es “muy confuso”, con un sólido movimiento metalero, irreverentes bandas de punk y abundantes grupos de covers. “La difusión es escasa; la discografía, casi inexistente; los fanzines han desaparecido casi por completo.”

La visita de grupos extranjeros tampoco comienza ni terminará con los Rolling Stones. En 2001 los galeses Manic Street Preachers se convirtieron en la primera banda anglosajona en tocar en Cuba (también fue la primera vez que Fidel Castro asistió a un concierto de rock, aunque, de acuerdo con una crónica de Mariana Enriquez, el comandante lució la mayor parte del tiempo pensativo y solo salió de su modorra cuando el grupo tocó una canción llamada “Baby Elian”). En 2005 Audioslave ofreció un recital en la Tribuna Antiimperialista José Martí, una plaza edificada frente a la Embajada de Estados Unidos en La Habana, y tres años más tarde los brasileños Sepultura se presentaron en el mismo lugar. Los conciertos no han escaseado durante los últimos años: hoy día el festival Brutal Fest, que reúne a algunas de las bandas más ruidosas y de nombres más clínicamente llamativos de la escena internacional, tiene dos ediciones anuales. Todas estas presentaciones han tenido el aval del Ministerio de Cultura, de modo que una historia completa del rock en la isla no solo abarca el movimiento semiclandestino que creó públicos y bandas, sino el modo en que el Estado se dio cuenta de que no estaba del todo mal hacer una señal de la “mano cornuda” si la intención era parecer cool.

El Estado rockeador

La Agencia Cubana del Rock ocupa el edificio de una antigua sala de cine, cerca de la Terminal de Ómnibus Nacionales de La Habana. Afuera un letrero gigante anuncia que ahí se encuentra el Teatro Maxim, la sala de conciertos especializada en rock que ahora mismo –entiéndase: en la coyuntura de los Stones en Cuba– se encuentra en reparación. Ahí me recibe Alberto Muñoz Chaviano, productor y jefe comercial.

–¿Cuáles son las labores de este organismo?

–Funcionamos como una agencia de representación de bandas locales. Buscamos colocar a nuestros veintitrés grupos en todos los lugares donde sea posible. Organizamos festivales, trabajamos por la profesionalización de los músicos, les damos representación jurídica y seguridad social.

–¿Qué hacen con el dinero que se obtiene de las presentaciones?

–Se reparte entre la banda, el local y la agencia. Básicamente nuestra función es conseguirles empleo a los músicos de rock.

–De donde vengo eso es un concepto tan avanzado que ni siquiera se considera una opción laboral. ¿Existe algún otro organismo similar en el mundo?

–No, que yo sepa.

Sin embargo, en los hechos, la postura estatal hacia el rock no cambió del todo con la creación de la agencia: en 2008, la policía detuvo al cantante de punk Gorki Águila debido a sus letras anticastristas. El cargo fue “peligrosidad social predelictiva”. Para Humberto Manduley la creación de la Agencia Cubana del Rock es lo menos parecido a un acto de reivindicación: “El rock en Cuba es apenas tolerado, no aceptado, por las instituciones. Por otra parte, el hecho mismo de tener que crear una institución habla no solo de un sentido de control inherente, sino que está en las antípodas de lo que se supone es el rock, en cuanto actitud y no solo sonido.”

Muñoz Chaviano me explica que el rock que ellos representan conserva su carácter contestatario, porque habla de “desarme nuclear, medio ambiente”. Entonces me queda claro que es posible conciliar la rebeldía inmanente al rock con cualquier circunstancia siempre y cuando puedas desviar tu descontento hacia un blanco que convenga a tu forma de vida. De hecho, si algo me sorprende no es tanto que los rockeros acepten la ayuda estatal como que la burocracia cubana haya favorecido al rock sin cortapisas.

–A veces es complicado –acepta Muñoz Chaviano para matizar esta última cuestión–. Cuando Sepultura tocó en 2008, el Ministerio de Cultura no quiso imprimir los carteles que decían “Sepultura en Cuba”. “¿Cómo vamos a insinuar que hay algo muerto en Cuba?”, nos dijeron. Tampoco quisieron utilizar el logo de alambre de púas de la banda. “¿Cómo vamos a insinuar que esto es un campo de concentración?”

–¿Y el concierto fue muy concurrido?

–Cien mil personas. Además, cien mil personas a las que les gustaba de verdad Sepultura. No como el concierto de los Rolling adonde fue cualquiera.

La Habana para un cantante difunto

No muy lejos de la Agencia Cubana del Rock se encuentra la Plaza de la Revolución, un lugar obligado para los turistas que quieren tomarse una foto frente a la escultura metálica del Che o buscan desde el monumento a José Martí la mejor vista panorámica de La Habana. Como parte de ese conjunto hay otra imagen acaso menos atendida: Camilo Cienfuegos ocupa la fachada del Ministerio de Comunicaciones y su frase motivacional “Vas bien, Fidel” parece recordarnos que hasta los dictadores necesitan que se les levante el ánimo. Una mujer a mi lado pregunta a su hija si la imagen es “de Jesucristo con su aura”, pero la joven responde que en realidad “es Camilo con sombrero”. Minutos después alguien le encuentra a la escultura “cierto aire al ayatolá Jomeini”. Yo, por mi parte, no me puedo quitar de la cabeza que se trata de George Harrison. La referencia no es del todo extraordinaria: en La Habana la Revolución sabe que puede contar con The Beatles.

Enclavado en la zona turística de El Vedado, el Parque Lennon no tuvo ese nombre sino hasta el 8 de diciembre de 2000, cuando Fidel Castro inauguró ahí una estatua de tamaño natural del músico, obra del escultor cubano José Ramón Villa Soberón. Como se puede suponer, no se trata del primer Lennon –más cercano a un joven burgués bien vestido– ni del hombre que aparece en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band –una representación satírica de la institución militar–. Es el Lennon de la era Yoko Ono: rasurado, pelo largo, lentes redondos, aunque quizás con demasiada ropa. Sentado en una de las bancas con las piernas cruzadas da la impresión de ser un pacifista inofensivo.

Aleida, una mujer de poco más de sesenta años, es la responsable de cuidar el parque por las mañanas. Durante el último año ha desempeñado una de las funciones de verdad extravagantes de La Habana: colocar las gafas a la estatua de Lennon cada vez que un turista quiere tomarse una fotografía y quitárselas cuando el turista se ha marchado. Después de algunos robos, el gobierno consideró necesario designar un custodio de los lentes de Lennon, alguien que además advirtiera a los visitantes que estaba prohibido sentarse en el regazo del músico.

–Cuando yo era joven no se podían escuchar las canciones de los Beatles –me dice Aleida, sin dejar de observar a un par de mexicanos que se toman fotografías en la banca–, pero eso cambió. Fidel empezó a escuchar sus canciones y se dio cuenta que Lennon era un soñador como él y que estaba del lado de los trabajadores. ¿Sí sabe usted que por eso lo mataron?

Si bien Lennon había manifestado cierta simpatía por algunas causas vinculadas a la lucha obrera, es más sencillo imaginar que no existe el Cielo que pensar en el exbeatle como en un mártir del proletariado.

–La vez que inauguraron la estatua vinieron Fidel y Silvio [Rodríguez], además la cuñada de Lennon donó esa escultura que está allá, la que se supone que es una bailarina. Ese bar de la esquina, por ejemplo, se llamaba antiguamente Atelier y ahora se llama Submarino Amarillo por la canción de los Beatles, ¿sí la conoce?

Le pregunto a Aleida cuál era el nombre anterior del parque, pero no sabe qué responder. Hablo con tres personas más que pasan y nadie puede darme razón, lo cual resulta muy extraño en un país obsesionado con los récords, las estadísticas y los datos exactos. Solo días después me entero de que el sitio originalmente se llamaba parque García Menocal, en honor a quien fuera presidente de la República de Cuba de 1913 a 1921. Según el escritor Orlando Freire Santana, fue el gobierno de Castro, empeñado en descalificar a quienes formaron parte del periodo republicano de la isla, el responsable de que durante muchos años nadie se acordara de ese nombre y también de la desaparición del busto que se encontraba en el lugar. En diciembre de 1990, algunos músicos organizaron ahí un concierto para conmemorar el asesinato de Lennon y, a pesar de los obstáculos oficiales, lograron convocar a miles de asistentes. Embargado por la emoción, uno de los participantes tomó el micrófono para proponer que el parque se llamara John Lennon. Una década más tarde algún oscuro funcionario se habrá tropezado con la petición y habrá concluido que el rock también podía servir para terminar de enterrar a un personaje indeseable. (Eso me recuerda que en los primeros años del castrismo, cierta “avenida Zapata”, que tenía ese nombre en honor a un rico español, iba a ser renombrada como “avenida Emiliano Zapata”, no por solidaridad con el pueblo mexicano sino para abaratar los costos, porque solo se les iba a añadir “Emiliano” a los letreros.) No me extrañaría que el día en que Camilo Cienfuegos deje de servir a los intereses de la Revolución se diga que la escultura del edificio de Comunicaciones es en realidad de George Harrison.

Me quedo unos minutos frente al Submarino Amarillo que no se define como bar sino como “centro cultural”. Al lado de la puerta, una lista de diez restricciones da una idea de lo que el oficialismo entiende por cultura, pero más sintomáticamente de lo que entiende por rock. Me llama la atención que no se permita la entrada a “personas en camiseta”. Podría jurar que eran mucho más permisivos en aquel legendario bar donde comenzaron The Beatles hace 55 años. ~