El Rey León | Letras Libres
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El Rey León

¿El presidente número 44 de Estados Unidos puede ser afroamericano? Sin duda. ¿Puede ser un hombre de 72 años con graves limitaciones físicas a consecuencia de las torturas que sufrió durante su cautiverio en Vietnam? También. ¿El factor clave para la elección del próximo 4 de noviembre es la experiencia política y una larga trayectaoria pública? Sí, pero no necesariamente como ingrediente del triunfo sino de la derrota.

Por si alguien se atrevía a dudar de la fuerza que el fenómeno Obama ha alcanzado, por si alguien todavía no era consciente del profundo nivel de la crisis en ese país, el candidato republicano a la presidencia ha elegido a una mujer sin experiencia, rodeada de situaciones polémicas, para intentar capturar el voto femenino que apoyaba a Hillary Clinton.

Si el comportamiento electoral mantiene la tendencia marcada en las elecciones primarias, la verdadera pelea por ocupar la Casa Blanca será protagonizada por Barack Hussein Obama y Sarah Palin.

La Historia es implacable cuando los pueblos se equivocan al elegir a sus gobernantes. Sin embargo, de vez en cuando la gente tiene la capacidad de intuir las tormentas que se avecinan. Eso ocurrió en 1860, cuando el estilizado Abraham Lincoln se convirtió en el primer presidente emanado del Partido Republicano.

Con poca experiencia y sin pedigrí político, Lincoln tuvo que enfrentar, en la contienda por la presidencia, a candidatos con mucho más experiencia de gobierno. Pero sólo un hombre, él mismo, consiguió invocar, en un discurso memorable ofrecido en Gettysburg, el principio de la igualdad de los hombres consagrado en la Declaración de Independencia y remover en el corazón de los estadounidenses el recuerdo de los Padres Fundadores que construyeron una nación “concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales”. Logró construir un gobierno emanado del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, capaz de salvar a la Unión de la catástrofe secesionista que se avecinaba.

Barack Hussein Obama no es Abraham Lincoln, al menos hasta ahora. Tienen, sin embargo, muchas características comunes. Lincoln poseía una visión de la historia nacional que le daba la imparcialidad y paciencia del leñador que nunca dejó de ser. Era un purista del comportamiento ético del gobierno, sujeto siempre al mandato sagrado de la Constitución, y de acuerdo con la creencia bíblica: la búsqueda de la unidad para el desarrollo del pueblo, por el pueblo y con el pueblo.

Sobre todas las cosas, Lincoln era esencialmente pragmático y estaba enfocado en un sólo objetivo: consolidar la unión de los Estados Unidos de América.

A fines de 1860, cuando fue electo el decimosexto presidente de esa nación, en sus planes de gobierno no había ninguna propuesta de emancipación esclavista, pero sentía que su triunfo implicaba un determinismo providencial, y que para cumplir su misión de la mejor manera era preciso convocar a las personas más destacadas para integrar su gabinete. Lincoln supo liderear a los más brillantes y experimentados para terminar la Guerra Civil y reconstruir al país mediante una memorable campaña de reconciliación, logrando convertirse en ejemplo y guía de la mejor política de Estado a la que puede aspirar una democracia.

El momento histórico actual de Estados Unidos no admite que “mañana será otro día”. Es, de nuevo, un momento crucial para el destino no sólo de ese país sino de millones de humanos que de una u otra forma pendemos del hilo de la política norteamericana. Estas no son unas elecciones sencillas, y por lo tanto no es posible reducirlas a un juego de azar o a un asunto de polaridad racial.

El desafío para la sociedad estadounidense no es sólo encarar el cambio histórico que significa la elección de un hombre negro para gobernar un país fundado por los wasp (blanco, anglosajón y protestante), sino encontrar la solución al embrollo en que se ha convertido el día a día de esta nación.

Obama, como Lincoln, no ataca al hombre de otra raza, ni pretende redimir los abusos contra la suya. Ambos han sido capaces de comprender la complejidad humana y la similitud de sus conflictos.

Obama puede ser el presidente de Estados Unidos no por su origen racial sino porque de ninguna manera es un americano convencional: no tiene una historia de triunfo y esperanza americana; sus ancestros no fueron esclavos ni vivieron el temor del abuso blanco. Obama vivió una niñez tan cercana a Nueva York como la pudo haber vivido cualquier niño latinoamericano o japonés que pasa las tardes viendo televisión.

 

Quién es Obama

Cuando uno está frente a Barack Obama, lo primero que nota, tras su cordialidad, su simpatía y su mirada firme y clara, es la distancia insalvable que impone.

Sólo dos hombres en mi vida me han producido la misma sensación. Uno es Nelson Mandela, que pasó casi treinta años en el doble aislamiento del apartheid y la prisión. El otro es Obama.

Las manos de Obama son un reflejo de su actitud con el interlocutor: largas, cálidas en un primer toque y frías al contacto cuando el saludo se prolonga.

El senador ha aprendido a representar el papel de un americano promedio sin ser uno de ellos, un americano conectado con los mejores momentos de la historia de ese gran país que fue Estados Unidos de América.

No es ni se siente hijo de la ley de derechos civiles, disidente o víctima de una guerra injusta; tampoco ha vivido como un intelectual de cámara o bajo los embrujos de una decadente burguesía.

Es y ha vivido como el hijo de una mujer nacida en Kansas –como Dorothy, la del Mago de Oz–, que, con zapatos rojos o sin ellos, fue en busca de la calidez a Hawái, donde conoció a Barack Obama Sr., un keniata que pasó de cuidar cabras a convertirse en el primer estudiante africano becado por la Universidad de Hawái.

Pero el camino de esta Dorothy no acabó ahí; otro amor la arrastró con un filipino hasta Bali, y de ahí a Yakarta, acompañada por su hijo, que a los diez años volvió a Hawái.

Obama creció ajeno al bagaje de odios y amores que han azotado a la sociedad estadounidense desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco es hijo de esa contradicción fundamental que define a su país, y que consiste en ser imperio para el resto del mundo y ser, en su interior, una pequeña localidad que manda sobre todo pero ignora todo al mismo tiempo.

A Obama sus ojos negros le hacen mirar a su pueblo, el afroamericano, como el producto de un fracaso. Ese fracaso tiene dos partes: el abuso del blanco y el vencimiento y resignación de sus hermanos negros.

El fenómeno Obama tuvo su máxima explosión el pasado 18 de marzo, cuando se atrevió a decir que, para conseguir la unión perfecta, es necesario llamar a las cosas por su nombre, aunque ello implique el reconocimiento del fracaso de una colectividad a la que Lincoln reconoció como clave para la conveniencia política.

Parte del fenómeno Obama es que este compite por la presidencia en un mercado donde la balanza está marcada por el costo de la guerra de Iraq –que hasta el 11 de septiembre de 2008 registraba más de cuatro mil soldados estadounidenses caídos en combate– y por la profunda crisis económica, la única que puede hacer que, en el caso de los electores blancos protestantes, el voto se defina más por la necesidad de garantizar un futuro que por el apego a los atavismos convencionales.

Obama habló a sus hermanos afroamericanos como a cualquier hombre blanco le gustaría hacerlo sin ser acusado de racista: “La falta de oportunidad económica entre los hombres negros, y la frustración y vergüenza de poder mantener a sus familias, contribuyó a la erosión de las familias negras [...] La discriminación legalizada [...] significaba que las familias negras no podían construir ninguna riqueza significativa que dejarle a las futuras generaciones. Esa historia ayuda a explicar la diferencia de ingresos entre blancos negros [...]”

 

El equipo Obama

Impresiona la frialdad de Obama a corta y media distancia. Cuando está junto a su esposa, es notoria la diferencia entre la posición distante de él y el drama del color, y la injusticia y la historia que vive en ella.

Michelle tiene, en cada centímetro de su piel, el recuerdo de la historia acumulada. Tiene una cuenta pendiente, aunque no se la cobre a quienes le quitaron a Rose Parks su asiento en el autobús de la ciudad de Alabama. Ella tiene un sueño, como Martin Luther King, y tiene the eyes on the prize [los ojos en el premio], y el premio es la justicia de la igualdad. Su marido, por el contrario, puede ver la combinación perfecta entre el abuso blanco y la indolencia negra.

Obama –como todo buen hombre que logra construir un hogar equilibrado– es lo que es gracias a su esposa. Ella es la encargada de recordarle que no es “un mesías que lo arreglará todo”, pero al mismo tiempo es el motor que lo ha impulsado a continuar en una carrera que tiene como lema “juntos podemos lograr un cambio”.

Esta mujer sabe que la política debe ser práctica y dar resultados antes que aportar inspiración y sueños poco terrenales. Por lo mismo, fundó un programa para entrenar líderes y ayudar a jóvenes a desarrollar habilidades que pudieran ser funcionales en el mundo de hoy dentro del sector público.

La sinceridad de Michelle ha llegado a tal punto que criticó en público el tamaño de las orejas de su marido, su mal aliento por las mañanas y la tensión que existió entre ellos cuando él estaba enfocado en su carrera política y ella estaba sola en casa cuidando a sus dos pequeñas hijas.

Lo anterior le ha permitido ser vista como una mujer cotidiana, libre y, sobre todo, lista para llegar del brazo de su esposo a la Casa Blanca.

 

La hora de la verdad

Obama sabe que Dios es fundamental en la historia de Estados Unidos. Sabe que Karl Rove lo invocó para lograr que George W. Bush conquistara su segunda victoria electoral en 2004. Por eso, en los discursos y en las frases de Obama el elemento religioso no sólo conecta con la raza sino con el espíritu estadounidense.

En su discurso sobre la raza y el racismo, “Una Unión más perfecta”, dio una lección de paz y de entendimiento con la comunidad blanca. Obama está al tanto de que para los hombres y mujeres de la generación de Jeremiah Wright, su pastor, “los recuerdos de humillación, duda y miedo no se han desvanecido, como tampoco lo hizo el enojo y el resentimiento. El enojo puede no ser expresado en público, frente a compañeros de trabajo o amigos blancos. Pero sí se expresa en la peluquería de barrio o en la mesa de la cocina [...] Y ocasionalmente llega a la Iglesia los domingos en la mañana [...] Esta ira no siempre es productiva; de hecho casi siempre nos distrae de la resolución de los problemas [...] Pero la ira es real, es poderosa, y sencillamente desear que desaparezca, condenarla sin entender sus raíces, sólo sirve para agrandar el abismo de malentendidos que existen entre las razas”.

Obama ve el gueto estadounidense con la misma distancia y solidaridad con que pudo ver el de Varsovia. No obstante, es como una maldición de origen el que el color de su piel, que le importa tan poco a él y tanto a los demás, puede hacerle imposible el acceso a la presidencia.

Obama habla a los afroamericanos sintetizando el punto de vista de esta comunidad, que padeció la esclavitud, pecado original de Estados Unidos: “Aquí es donde estamos hoy en día. En un punto muerto racial. Un punto muerto donde hemos estado por años. Nunca fui tan ingenuo como para creer que podamos superar nuestras diferencias sociales en una sola elección. Pero tengo la firme convicción –basada en mi fe en Dios y en los estadounidenses– de que, trabajando juntos, podemos ir más allá de nuestras heridas raciales y que de hecho no tenemos opción si queremos continuar el camino hacia una unión más perfecta.”

El discurso y la figura en que se ha convertido el candidato seguirían siendo una anécdota de no ser por el suicidio institucional que se produjo en Estados Unidos tras los ataques del 11 de septiembre. En otro momento histórico, durante otra campaña electoral, Obama habría quedado reducido al papel de la esperanza que nunca se cumple, sólo un símbolo de que en el sistema caben todos y que un afroamericano podía seguir encabezando la lista de los sueños políticos más preciados, con la certeza de que estos rara vez se cumplen.

Pero eso era antes de 2001.

Antes habría sido imposible pensar que Obama se haría millonario con la venta de sus libros o que los ojos del mundo seguirían cada uno de sus pasos en Kenia, en tiempo real, durante sus visitas a Sarah Obama, su abuela; habría sido imposible que los contrincantes a la presidencia fueran una mujer, un afroamericano y un héroe de guerra de 72 años.

Sin el fracaso de esa mentira, la invasión a Iraq, que ha destruido toda la autoridad moral del gobierno, Estados Unidos jamás habría arrastrado una serie de crisis consecutivas que abrió la puerta a un hombre que, por clasificación étnica y cultural, está muy lejos de representar el triunfo de un afroamericano promedio y de un estadounidense cualquiera con aspiraciones a ocupar la presidencia de su país.

Es la hora de la verdad. Y en esta hora las predicciones resultan inútiles; es imposible saber cómo se comportará el corazón profundo de la América blanca.

Si uno traza un mapa del lugar de residencia de los estadounidenses muertos en Iraq, o de aquellos que han perdido por lo menos el cincuenta por ciento del valor de sus posesiones, es obligado preguntarse cuánto tiempo más puede alargarse artificialmente el establishment político y permitir que la máquina republicana se imponga. ¿O será superior el anhelo de cambio, lo cual le daría la victoria a la máquina demócrata, más envuelta en sueños que en realidades convertidas en pesadillas?

Nunca había habido una elección con posibilidades más abiertas desde aquella de 1860. En aquellos tiempos, los vientos de la tormenta señalaban la posibilidad del fin de la Unión. El pueblo eligió con instinto, llevando al triunfo a la mejor opción.

 

Una nueva mayoría

Es inconcebible que, pese a su inexperiencia política y a los graves errores e imprudencias cometidos durante su campaña, Obama se haya convertido en un candidato que parece imposible de vencer. Pero al conocerlo, poco a poco se hace evidente que con su estrategia política pasa lo que con su persona: él habla, observa, comunica y trasmite, pero uno siente que nunca podrá penetrar su territorio de soberanía.

El lenguaje corporal de Obama lo dice todo. Él hace uso, inicialmente, de esa cordialidad profesional de cualquier egresado de las universidades del este, a las que sólo es posible ingresar con una garantía financiera superior a los 65,000 dólares o con un préstamo en garantía –como fue su caso. Inmediatamente después, en un segundo movimiento, surge su esencia: Obama levanta una barrera que impide atisbar qué sabe y qué espera que los demás veamos.

Es inútil hablar de lo que pasará, pero es fundamental entender lo que pasó. En el primer debate realizado entre los precandidatos demócratas, Obama era el aspirante y como tal llegó, saludó y recibió la palmadita en la espalda de la reina consolidada Hillary Clinton. En aquel momento, por si fuera poco, la senadora por Nueva York agradecía la contribución multiétnica que le brindaba el senador por Illinois al acompañarla en lo que parecía su carrera triunfal a la Casa Blanca.

En el segundo debate, cuando Obama entró en el foro donde se transmitía por primera vez desde YouTube, la nueva televisión, no se movió ni se precipitó a saludar a nadie. Contra todo pronóstico, dejó de comportarse como un aspirante para empezar a imponer la distancia del Rey León.

A partir de ahí, su política tuvo una constante: abandonar la posición de vendedor para colocarse como comprador. Ese fue el gran salto psicológico que le permitió triunfar sobre los Clinton. Naturalmente, en aquel momento la generalidad de sus palabras, lo hueco de sus planteamientos y la ausencia de propuestas concretas producían el rechazo que provoca un amateur político que ofrece el cambio porque no tiene nada mejor a qué comprometerse.

Ahora Obama sabe que lo que recuerda la gente luego de cualquier intervención televisiva son dos cosas: si el candidato estuvo bien o mal, y si la composición del conjunto era atractiva. Por eso, en sus intervenciones televisivas, no dice nada comprometedor o heterodoxo: eso lo deja para los mítines, donde convoca a miles de entusiastas.

Su código, su entendimiento y su mito no tienen nada que ver con el maquillaje político o las luces de neón de los estudios de televisión. Son una actitud y un discurso que resisten y provocan aire fresco.

Obama es un invento de los jóvenes, de los jóvenes tecnológicos para quienes representa la esperanza, la neutralidad y el pragmatismo de nuestro tiempo.

¿Qué explica que Barack Obama haya conquistado la voluntad de la gente que compró el derecho a votar con él? En el viejo sistema, los políticos compraban el voto de la gente; en la era de internet, la gente no sólo mira y vota, sino que participa a través de YouTube, los blogs y las contribuciones económicas, que van de quince a cien dólares por persona. Esta es una campaña hecha por la gente, para la gente.

¿Qué esperan esos jóvenes a cambio? En las elecciones primarias creció cuarenta por ciento la participación de los nuevos votantes. A partir de ahora la contienda de Estados Unidos puede estar dividida entre la Biblia de Karl Rove o las laptops de Obama. La respuesta se despejará el 4 de noviembre en la madrugada, cuando veamos si la revolución generacional encabezada por los jóvenes se traduce en votos.

Al final del día, las propuestas políticas de Obama tienen poca importancia; es un pragmático y, si llega a la Casa Blanca, gobernará, como Lincoln, buscando la construcción de una nueva mayoría.

Su modelo de gobierno no será el de Clinton ni el de Kennedy sino el de Mandela, porque no intentará ser el mandatario de la esperanza demócrata sino el reconstructor del mejor tejido de Estados Unidos de América, basándose en su condición de profeta de los nuevos medios.

Lo que nadie percibe es que, independientemente de lo que pase el 4 de noviembre, para Barack Hussein Obama la elección ya ha sucedido: el Rey León ya reina. ~