El referéndum sobre López Obrador | Letras Libres
artículo no publicado

El referéndum sobre López Obrador

La elección de junio implica una medición del apoyo social a López Obrador.

Aunque los resultados de una elección aparecen como un asunto de simple aritmética, las lecturas de los comicios suelen ir más allá de las sumas y restas. Entre 1958 y 1965, por ejemplo, los votantes argentinos tenían muy claro que cada proceso electoral era tanto una medición del apoyo social al peronismo, proscrito por los gobiernos militares de la época, como un referéndum sobre el liderazgo del propio Perón dentro del movimiento. En 1963, la prohibición absoluta de las listas peronistas resultó en una batalla entre el candidato a la postre ganador, Arturo Illia, que obtuvo 25% de los votos, y el voto en blanco, única forma de expresar el apoyo popular a Perón, el cual le siguió de cerca con un 21% de respaldo. A nadie se le escapó el hecho de que el presidente entrante operaría en una franja muy estrecha de legitimidad; pero los peronistas hicieron también diversas lecturas sobre las implicaciones de la elección para su movimiento. El líder de la central sindical del país, baluarte del peronismo, Augusto Vandor, juzgó que el liderazgo del General y su fijación con regresar al país eran un lastre para institucionalizar al movimiento y normalizar su participación política. Lanzó entonces la consigna “Peronismo sin Perón” para disputarle la conducción al dirigente en el exilio. En la elección provincial de Mendoza, en 1965, se enfrentaron los candidatos de Vandor y Perón. Ninguno ganó a gubernatura, pero el personero de Perón, verdadero precursor de “Juanito”, obtuvo más votos que el vandorista y aseguró para Perón el mando incontestable de las huestes peronistas y la caída del dirigente sindical.

Así como Perón en Argentina durante los años 60, en México Andrés Manuel López Obrador ha sido la figura central en los procesos electorales desde 2006. En Iztapalapa, en 2009, López Obrador neutralizó el intento de la dirigencia perredista por desplazarlo de su posición de liderazgo absoluto. La batalla no fue entre Juanito y Silvia Oliva, sino entre López Obrador y los “Chuchos”, con una victoria contundente para el tabasqueño. La candidatura de 2012 no hubiera sido posible sin pasar por la dura prueba de Iztapalapa. Ahora en 2015, López Obrador ha vuelto a poner su liderazgo a referéndum.

Libre de las limitaciones de una dirigencia colegiada o una estructura partidista funcional, López Obrador no ha tenido empacho en monopolizar la imagen de Morena en todo el país. Prácticamente no hay foto de campaña en la que no aparezca ni pronunciamiento del que no sea parte. No ha escatimado esfuerzos por posicionarse como elemento central en la elección. Con toda la franqueza del mundo ha ofrecido cogobernar en Guerrero y ejercer funciones de gobierno en el todo el país a través de su eventual fracción parlamentaria, sin reparar en la imposibilidad legal para hacerlo ni en los resquemores que levanta la proyección de un liderazgo político omnipresente.

López Obrador debe estar seguro de que su centralidad es el mejor argumento que puede ofrecer Morena en el proceso electoral. Un discurso sencillo basado en la denuncia de la corrupción y una figura que lo encarna. Es difícil saber si sus candidatos comparten esa valoración y están convencidos de las ventajas de hacer campaña un paso atrás del dirigente de su partido. En realidad eso no importa tanto; lo fundamental es que todo mundo, dentro y fuera de Morena, reconozca que esta elección implica una medición del apoyo social a López Obrador.

Aquí hay que hacer un paréntesis: en todos los sistemas electorales parecidos al nuestro, las elecciones intermedias son un referéndum sobre el desempeño de la administración en funciones. Pocas administraciones priístas en la historia habían llegado a una elección de mitad de sexenio en una condición de debilidad tan extrema como la de Enrique Peña Nieto. El partido del presidente debe enfrentar una percepción de caos e inseguridad generalizados, pésima gestión de la imagen presidencial, dañada por escándalos de corrupción y una varios tropiezos perfectamente evitables, y sombrías perspectivas económicas. En este contexto, parecería de elemental sentido común destacar la figura del presidente contra el trasfondo de la situación nacional, a fin de maximizar el voto de castigo, y concentrase en cosechar la mayor parte posible de ese voto. La táctica de López Obrador ha sido contrastarse con el presidente, oponer ambas figuras pensando que esa es la mejor manera de captar el voto de castigo y posicionarse hacia el 2018.

¿Funcionará esa táctica? Lo veremos el 8 de junio.

Computados los votos vendrán las posibles lecturas. En mi opinión, el voto de castigo contra el PRI será claro y abultado, si bien matizado por una muy probable baja participación electoral. Pero el aspecto más interesante de la elección será el referéndum sobre el liderazgo de López Obrador. Se me ocurren estos escenarios:

1. Para perfilarse al 2018 como el candidato natural de las izquierdas, López Obrador debe contar con que Morena obtenga más votos y una mayor fracción parlamentaria que el PRD. No hay vuelta de hoja. Es de esperarse que el PRD, el partido oficial en el D.F., obtenga más delegaciones en la capital, pero a nivel nacional Morena no tiene otro camino más que vencer al PRD. Esa es su batalla.

2. Si Morena no derrota al PRD y si el partido de López Obrador no supera el 15% de la votación nacional, la candidatura del tabasqueño será inviable en 2018. Si la imagen de su dirigente como elemento central de la campaña de Morena no resulta en un apoyo significativa a su partido, habremos comprobado el desgaste de López Obrador ante el electorado. Él sólo se puso en esa posición y en una muestra de madurez política debería asumir las consecuencias del resultado.

El escenario preocupante es la eterna tendencia de López Obrador y sus seguidores de ir adelantando la idea del fraude como explicación genérica de toda derrota electoral, a fin de perpetuarse como oposición beligerante aunque ineficaz.

La pregunta es este último escenario es si surgirá un valiente Augusto Vandor en Morena; alguien que se atreva a decir abiertamente que el liderazgo de López Obrador, crucial para aglutinar fuerzas disímbolas en el nuevo partido, es ahora el mayor obstáculo para su consolidación y crecimiento, luego de fracasar en el referéndum en el que él mismo se colocó. ¿Lo veremos?