El populismo es un elitismo | Letras Libres
artículo no publicado

El populismo es un elitismo

Muchas veces, el enfrentamiento entre la élite y el pueblo es en realidad la lucha entre dos facciones de la élite.

“Hay dos clases de personas en el mundo -dijo Robert Benchley-: Las que creen que hay dos clases de personas en el mundo y los que no.” Desde que el término populismo se ha puesto de moda en España, existe el peligro de llamar populismo a todo lo que no nos guste. También, según las preferencias, está el peligro de llamar populismo a todo lo que nos guste.

Aunque hay muchas definiciones y aproximaciones, desde el decálogo de Enrique Krauze a la fórmula de José Luis Villacañas -“Carl Schmitt atravesado por los estudios culturales”-, emplearé la que da Manuel Arias Maldonado en la formidable serie sobre el populismo que está publicando en su blog de Revista de Libros:

Esencialmente, el populismo posee cuatro propiedades interrelacionadas: 1) la existencia de dos unidades homogéneas de análisis: el pueblo y la elite; 2) una relación de antagonismo entre ambas; 3) la valoración positiva del “pueblo” y la denigración de la “elite”; y 4) la idea de la soberanía popular, traducida en la prevalencia de la voluntad general como matriz decisoria.

Hay otras propiedades asociadas, pero parece que esos cuatro componentes estuvieron presentes en la campaña del Brexit. Simon Kuper escribía hace unos días que, para entender la situación en que se había metido el Reino Unido, “ayuda saber que el Brexit no es solamente una revuelta contra las élites. Más bien, es una revuelta contra las élites dirigida por otra élite: un golpe de un grupo de alumnos de colegio privado contra otros”.

La recién nombrada primera ministra Theresa May, que no fue a una de las public schools, no llegó a presidir la Oxford Union, lo que, explicaba Kuper, casi hacía de ella una candidata inusual al liderazgo de los conservadores. Su marido Philip, Michael Gove y Boris Johnson presidieron el célebre club de debate oxoniense, cuyo punto álgido eran las luchas entre los exalumnos de Eton -como Cameron y Johnson- por el poder.

Según Kuper,

Los chicos de colegio privado llevaban décadas intentando que los votantes británicos se enfadaran sobre la UE. Pero, como me reconoció Gove en 2005, los votantes corrientes nunca se sintieron muy interesados. Quizá no les preocupaba mucho que los gobernara una élite lejana desde Bruselas u otra similar desde Westminster. Y los chicos de colegio privado centraron la campaña del Brexit en un asunto que preocupa a muchos británicos corrientes: la inmigración. Para gente como Johnson, la campaña era un debate de la Oxford Union aumentado de tamaño. De nuevo, las principales armas eran la retórica y el humor. En Gran Bretaña, el humor se emplea para cortar conversaciones que amenazan con alcanzar profundidad emocional o volverse aburridas o técnicas. De ahí la famosa frase de Johnson: “Mi política sobre el pastel es estar a favor de comerlo y guardarlo”.

Para Kuper, ese chiste del hombre que May ha elegido como ministro de exteriores no es tan gracioso ahora, cuando hay una amenaza de recesión. Un elemento especialmente lamentable es que las medidas irresponsables y mágicas y la bancarrota de las promesas imposibles perjudican en primer lugar a los más débiles. Después de todo, apuntaba Kuper, una recesión cuando ganas 200.000 libras al año es muy distinta a una recesión cuando ganas 20.000 o 15.000.

Hasta cierto punto, la frivolidad de los líderes británicos podría verse como un indicio de la fortaleza de las instituciones. También podemos aprender de la velocidad y naturalidad con que se afrontan y solucionan las crisis en el Reino Unido. El episodio nos muestra que a veces quien habla en nombre de la "gente común" pertenece a las clases privilegiadas: lo que se presenta como un enfrentamiento entre el pueblo y la élite es en realidad una lucha entre dos facciones de la élite. Esa circunstancia se repite en otros lugares, donde millonarios e intelectuales sofisticados aseguran que ellos entienden las preocupaciones de la gente y denuncian las mentiras de la élite corrupta que oculta la verdad. (Curiosamente, esta denuncia convive con un abierto desprecio a los hechos que es difícil no ver como una muestra de desdén hacia tu interlocutor.) 

Existen las élites corruptas, y no se puede tachar de populista toda la crítica a las élites, toda denuncia de la desigualdad o cualquier cosa que digan nuestros adversarios políticos: la complacencia y el inmovilismo debilitan las instituciones y alientan a los movimientos populistas. Pero también es peligroso no tratar a los demás como adultos, y adular a los ciudadanos diciendo que no tienen responsabilidad y solo son víctimas. Reforzar los prejuicios con mentiras, demagogia y cinismo hace que sea más difícil cambiar a mejor.

En El asedio de la modernidad, Juan José Sebreli escribe:

Tanto los elitistas contrarios a las masas como los populistas que las veneran coinciden en una condición organicista del pueblo, otorgándole un carácter de organismo natural con cualidades innatas, negativas en un caso, positivas en otro, pero inmutables y eternas, y desconociendo sus condicionamientos sociales, políticos y económicos. Asimismo, tanto los que lo execran como los que adoran al pueblo tratan de mantenerlo tal cual es, unos para excluirlo de la sociedad con el pretexto de sus graves falencias, otros para afianzar su poder amparándose en su nombre y fomentando sus peores defectos disfrazados de virtudes.

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