El petróleo y el diablo | Letras Libres
artículo no publicado

El petróleo y el diablo

El petróleo y los famosos versos de López Velarde. 

“El Niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros de petróleo el diablo” escribió López Velarde, famosamente, en su sabio, gracioso, emocionante oratorio-poema La suave patria (1921). Había motivos: en 1921, con 193 millones de barriles, México era el segundo productor del mundo.

Son los versos más vibrantes en la vida pública de México: el buscador de la internet genera 9 mil 470 resultados. Obviamente la cifra aumenta cada vez que hay lío petrolero. ¿Alcanzará un día al más citado, el verso de Manuel Acuña en que su “madre como un Dios” se apoltrona entre él y la pobre Rosario?  

El de López Velarde sobre el petróleo es un dístico mil usos: lo citan los cronistas como un mantra del desasosiego nacional; los políticos lo aúllan con entonación apocalíptica; los pragmatistas lo mastican en sordina para exorcizar a ese diablo notario.    

En un ensayo de 1971 (“La patria en tono menor”) Benjamín Carrión aporta la lectura convencional: 

López Velarde ve las mil bocas del infierno en los mil pozos del petróleo mexicano que se lo llevaban los gringos. Dejando, como es de rigor, no precisamente ‘olor de azufre’ sino olor de petróleo… Para mala fortuna suya, no llegó a vivir la época del gran exorcizador: el general Cárdenas que espantó al diablo gringo que se llevaba el petróleo y lo hizo mexicano.

En su delirante escrito sobre el mexicano (lleno de raras fantasías, como la de que López Velarde había vivido en una mansión con una “piscina barroca”), Neruda escribió “La poesía comestible de Ramón” (1963) donde también convierte al petróleo en alegoría del despojo: por 1921, escribe, “trepidaba la vieja tierra. Galopaban los centauros para imponer el pan a los hambrientos. El petróleo atraía a los fríos filibusteros del norte…”

Renato Leduc (en “Mister O’Connor”, 1975) hizo una síntesis perfecta: el dístico “pecuario-energético” de López Velarde contrapone “la blancura angelical de la leche a la negrura infernal del petróleo”. El poeta exalta el mundo agricultural y ganadero, católico y decimonónico, que celebra en el establo su íntimo comercio con la tierra fértil de la superficie; y denuesta en el petróleo profundo e infernal a la industria y el progreso “modernos”.

En esta esquina la luminosa Ceres con sus cereales; en esta otra el contrahecho Hefestos y sus nefastas forjas subterráneas…

Las reticencias sobre el tipo de “modernidad” que acarrea la riqueza del petróleo explican el augurio de la futura nostalgia que, una vez industrializado el país, habrá de sentirse por su lento pasado agrícola. Es lo que advirtió Alejo Carpentier, a quien le encantaba la estrofa. En La consagración de la primavera, su personaje Enrique lo cita un par de veces en ese sentido: es “el secular establo de ganadería” en un país “con demasiados niños nacidos en pesebres y ningún Rey Mago a la vista” que, por la riqueza petrolera, se gradúa en un Rey Midas del progreso que suelta “sus jaurías de buldozers sobre la capital”. 

Ese conflicto entre el Rey Mago y el Rey Midas se percibe también en el clásico ensayo de Gabriel Zaid La economía presidencial (1987). Evoca ahí Zaid “Novedad de la Patria”, un artículo de López Velarde escrito casi a a la par del poema y que es como su “versión teórica”. Pide en él cautela ante la “patria pomposa, multimillonaria” que son dados a anunciar los políticos triunfalistas y que, como se ha visto tantas veces, regresa de la orgía enferma y quebrada. La fantasía lópezportillista de “administrar la abundancia” que generaría el petróleo terminó casi de inmediato. ¿Qué falló? Se responde Zaid: “que al reino de la ilusión habían llegado malas noticias de la realidad”. En México “la principal actividad petrolera consiste en despilfarrar el petróleo, no en extraerlo” (sintetiza Zaid en otro libro: Empresarios oprimidos, 2009).

La reforma energética, ¿servirá para despilfarrar menos? Lo dudo. Pero diré en mi descargo que, como López velarde, me tengo por “un hombre débil, un espontáneo/ que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo…”   

(Publicado previamente en el periódico El Universal)