El pensamiento hegemónico son los otros | Letras Libres
artículo no publicado

El pensamiento hegemónico son los otros

En algunos sectores, la mejor manera de ser conformista es ser un rebelde: a veces parece que el pensamiento contra el pensamiento dominante es el pensamiento dominante realmente existente.

Ismael Grasa ha escrito a propósito de Capitalismo canalla de César Rendueles:

donde creo que se equivoca el autor es en considerar que el pensamiento “hegemónico” –según la expresión que repite– es el que legitima el libre mercado y las libertades individuales. Porque lo hegemónico es pensar en las claves de Rousseau y de Marx: todo aquello de que nuestra sociedad nos hace egoístas, consumistas insensibles, de que Occidente es corruptor, de que los pueblos aislados conservan su bondad natural, de que nuestro sistema es inmoral y autodestructivo…

En algunos sectores, la mejor manera de ser conformista es ser un rebelde: a veces parece que el pensamiento contra el pensamiento dominante es el pensamiento dominante realmente existente. Esa tendencia resulta visible en el mundo cultural. Algunas de las opiniones más populares no son originales ni se basan en información de difícil acceso o más rigurosa que la de los medios convencionales (a menudo es menos fiable). Sin embargo, muchas veces se señala una manipulación que afecta a toda la sociedad, de la que el emisor y su audiencia están a salvo. No es raro que se insista en el rechazo a los tópicos y al pensamiento gregario, pero que al mismo tiempo los puntos de vista sean bastante homogéneos, como si las ovejas se hubieran descarriado para reunirse después en la misma ladera.

Es habitual que se señalen los costes de la lucidez y la independencia, un gesto que es una manera de señalar su valor. Es frecuente que las opiniones se presenten con un tono heroico y cierto espíritu de resistencia. Hace unas semanas, una novelista declaraba que en Occidente hay muchas cosas que no se pueden decir. Añadía: “No se puede hablar en términos de clase, ni ser agorero ni poner en tela de juicio la idea de libertad digital. No se puede decir que en Occidente se tortura”. Basta levantar la cabeza un momento para ver que se sigue hablando de clase, que pensadores y políticos debaten sobre la pérdida de privacidad que facilita internet, o para recordar que los medios mainstream de las democracias occidentales han revelado episodios de tortura de sus fuerzas armadas y policiales. La escritora añadía también: “Tampoco se puede decir que, bajo nuestra ‘democrática’ manera de medir, hay dictaduras buenas y malas, o que se medicaliza el dolor de las personas para beneficiar a las farmacéuticas…”. Las acusaciones de hipocresía contra las democracias occidentales por su connivencia con regímenes opresores están a la orden del día. Lo que es raro es que alguien defienda a los laboratorios farmacéuticos.

Esas posturas que se definen como marginales son compatibles con ocupar el centro del sistema cultural: muchos de esos autores publican en editoriales de prestigio, aparecen en las listas de libros más vendidos y obras destacadas del año, colaboran con los periódicos más importantes, obtienen galardones y son reseñados en los medios de más difusión. Grandes grupos publican a autores como Owen Jones, César Rendueles o Joseph Stiglitz. Incluso con un gobierno que ha gestionado la cultura de manera tan insensible e incompetente como el del Partido Popular, las instituciones han premiado la labor de autores críticos con el “sistema”. La revolución podría retrasarse, pero entretanto -y gracias a su talento y su esfuerzo- a algunos les va bastante bien.

Oponerse al pensamiento supuestamente hegemónico no es un valor en sí. En nuestra sociedad, el pensamiento dominante incluye el respeto a la igualdad sexual, la necesidad de la representación política, el rechazo al racismo o la renuncia a la violencia para resolver conflictos. Llevar la contraria sistemáticamente es una actitud narcisista que se transforma en una trampa, porque te hace prisionero de las ideas que combates: es lo que les ha ocurrido a algunos críticos de la corrección política.

Eso no significa que la crítica sea superflua: es un elemento imprescindible. Es difícil definir la tarea del intelectual, pero incluye la capacidad de cuestionar las propias convicciones y trasladar ese cuestionamiento. Hay un test sencillo: esa autonomía se demuestra cuando uno es capaz de hablar contra la sabiduría convencional de su entorno, cuando sus palabras son  incómodas para su destinatario natural. Se trata, explica Grasa en un texto sobre Frente el miedo (Página Indómita), el estupendo libro de Antonio Escohotado, de “no tener miedo a meterse en líos”. Si todos los que te escuchan están de acuerdo contigo, quizá no seas un disidente.

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