El Papa, el mercado y el clima | Letras Libres
artículo no publicado

El Papa, el mercado y el clima

En las propuestas del papa Francisco para la lucha contra el cambio pesan más el dogmatismo y la tradicional oposición católica a la modernidad que el empirismo y la búsqueda de soluciones posibles. 

El papa Francisco tiene don de gentes. A diferencia de su predecesor, Benedicto XVI, es un hombre que sabe tratar con la prensa y las multitudes y decir lo que el público quiere oír. Incluso la designación por parte de un tertuliano de la cadena Fox como “el hombre más peligroso del planeta” podría ser considerada un elogio.

Otras veces, las manifestaciones de entusiasmo parecen indicar que para algunos, si la Iglesia católica fuera un poco más progresista, no tendría importancia su rechazo programático a la razón. Según ese punto de vista, el problema de la verdad revelada no es el método, sino que no coincida con mi opinión personal.

Esa extraña esperanza ha llevado a exagerar el aperturismo de Jorge Bergoglio. Hace un par de años declaró: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. La pregunta, repetida en los medios con variantes que amplían su alcance, insinuaba que se abstendría de juzgar si se cumplían ciertas condiciones, como ha explicado Martín Caparrós. Era un cambio de tono con respecto a tres años atrás, cuando había declarado que el matrimonio homosexual era una “movida” del diablo, pero, puesto que la Iglesia sigue condenando la homosexualidad, hay que echar bastante imaginación para encontrar en sus palabras la defensa de la tolerancia que algunos han querido ver.

Cuando se produjeron los atentados contra los redactores de Charlie Hebdo, afirmó que “no se puede insultar la fe de los demás”. Añadió: “Si el doctor Gasbarri [Alberto, responsable de la organización de los viajes pontificios, que estaba en ese momento a su lado], dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo... ¡Es normal!”.

Hace unos meses, el pontífice publicó Laudato si’, sobre “el cuidado de la casa común”, donde abordaba el cambio climático, el motivo de la cumbre que estos días se celebra el París. Es positivo que una institución poderosa señale la relevancia de uno de los mayores desafíos de la humanidad. Sin embargo, en sus propuestas para la lucha contra el cambio pesan más el dogmatismo y la tradicional oposición católica a la modernidad -aderezada con cierta sensibilidad altermundista- que el empirismo y la búsqueda de soluciones posibles.

Aunque su análisis del deterioro del medio ambiente, que subraya la importancia de la biodiversidad, pueda ser verosímil, queda invalidado porque no reconoce uno de los principales problemas: el aumento de la población. La encíclica dice:

En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan solo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de “salud reproductiva”. Pero, “si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario” [Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina

Social de la Iglesia, 483]. Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas.

La encíclica muestra una encomiable preocupación por los pobres y los habitantes de países en desarrollo, que sufrirán de manera más inmediata las consecuencias del cambio climático. Pese a esa preocupación por los más desfavorecidos, no admite una medida necesaria para la sostenibilidad del planeta y un elemento de fiable eficacia para el desarrollo: el control de las mujeres sobre su fertilidad.

El Papa recomienda “una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, una estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia al paradigma tecnocrático”. Afirma: “Es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles y a la vez recuperar los valores y los grandes fines”.No es tan fácil aminorar la marcha, y menos sin que, como se dice en otros lugares, quienes paguen las consecuencias sean los más débiles; tampoco es fácil saber los valores o los grandes fines de qué momento hay que “recuperar”.

La crítica a los fallos del mercado o las injusticias del capitalismo no debería ocultar que los últimos siglos -y los últimos años- han visto una mejora espectacular de las condiciones de vida de millones de personas. Además, el respeto a la dignidad de los desfavorecidos y la aspiración a que tengan una vida mejor no implica preferir formas de cultivo y de consumo que pueden ser más agresivas para el medio ambiente, o revivir el tópico del buen salvaje (párrafo 146, por ejemplo). En Revista de Libros, Francisco García Olmedo lamentaba que la encíclica idealice “el pasado de la intervención humana en la naturaleza, ya que, por el contrario, esta ha sido más tosca cuanto más antigua, incluso dando al traste con civilizaciones enteras. La agricultura, por ejemplo, ha sido tanto más contraria al medio ambiente cuanto más primitiva. No vamos a resolver los problemas del futuro con tecnologías del pasado”. Añade García Olmedo:

Es cierto que las pequeñas explotaciones familiares son responsables de buena parte del alimento que se produce en el mundo y que hay un déficit de investigaciones destinadas a mejorarlas, pero no es menos cierto que el 72% de ellas no superan la extensión de una hectárea y difícilmente pueden producir las calorías necesarias para mantener a las diversas generaciones de una misma familia que se ven forzadas a vivir de cada una de ellas. Defenderlas sin matices supone, en fin de cuentas, institucionalizar el hambre.

Cuando salió la encíclica, un diario español tituló “La Iglesia abraza la evidencia científica”. De ser cierto, la venerable institución habría tenido que disolverse. Pero, aunque haya aceptado algunos elementos del consenso científico sobre el origen humano del cambio climático, no ha aceptado muchas de las cosas que nos han enseñado las ciencias sociales, como señalaba William D. Nordhaus en The New York Review of Books.

En el texto el Papa muestra una oposición tradicional a la tecnología y rechaza las soluciones basadas en el mercado, como la compraventa de bonos de carbono, que “puede dar lugar a una nueva forma de especulación”. En palabras de Nordhaus, “el creciente peligro del cambio climático y muchos otros problemas ambientales no surge de un comportamiento individual amoral, por ejemplo, el consumismo, la cobardía o una ansia excesiva de provecho. Más bien, la degradación del medio ambiente es el resultado de señales de mercado distorsionadas que ponen un precio demasiado bajo en efectos ambientales dañinos”. Frente a la compraventa de bonos o a una tasa más alta a las emisiones, el Papa defiende recetas viejas e ineficaces: el voluntarismo, soluciones parciales individuales y el rechazo al mundo moderno. Se trata de una respuesta ideológica, que confunde medios con fines.

Las intenciones del Papa pueden ser buenas, pero las soluciones que propone son fallidas, porque renuncia a algunas estrategias imprescindibles: el control de la natalidad, una política de tasas o compraventa de bonos que permita utilizar los incentivos para reducir las emisiones, la investigación tecnológica para hallar nuevas fuentes de energía menos contaminantes.

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