El niño de Belentlán | Letras Libres
artículo no publicado

El niño de Belentlán

Durero, La Navidad

Eramos tres: Melchor, de Titinzán de Abajo, vendedor viajero por las cercanías, llamado “El Güero” aunque luce una calva deslumbrante, Gaspar, de Oxotlán de Vueltarriba, llamado “El Luzfija” porque es fotógrafo interpueblerino (así dijo) de bodas y bautizos, y Baltasar Pérez, llamado "El Cambujo", de Guayabanén de la Costa, o sea yo mero bailarín y maraquero, que ando por entre los pueblos ganándome la vida haciendo mis shous en bares, en cantinas, congales y festejos de quince años o de bautizo y hasta velorios, pues los hay jacarandosos.

Nos hallábamos chupando una tarde en la cantina La Buena Hora, de don Nicanor Remigio, en Xurunzán de los Cerros, cuando de repente la radio interrumpió un bolero ranchero y notició que en un establo de Belentlán del Arroyo una señora muy pobre, esposa de un carpintero, había dado a luz un chamaco al parecer como cualesquier otro pero que le rodeaba la cabecita un resplandor inexplicable. Y nos pusimos a discutir sobre si era posible que en este mundo en el que el humo asciende y la lluvia desciende naciera un chamaco así, con la cabeza luminosa, igualito que un foco de cien o más vatios, y Gaspar, dijo que sí, que la noche anterior él había soñado eso mero y que él acostumbraba tener sueños premonitorios (así dijo). Y al calor de las copas discutíamos a gritos porque ahora la radio estaba vociferando puros yingobels y villancicos y cuando ya casi estábamos afónicos decidimos irnos los tres para Belentlán del Arroyo a ver si aquello era cierto y nos pusimos en camino por la carretera y en medio del frío y de la niebla. E íbamos en nuestras monturas, o sea a paso de caballo y mula y burro, y si no nos extraviamos en aquella espesa invisibilidad fue porque delante iba una luz que Gaspar dijo que también la había soñado y era una estrella que había bajado del cielo para guiarnos al lugar del magno acontecimiento.

Y allí íbamos los tres todavía discutiendo sin entendernos ya, porque hablábamos en lenguas distintas, y además sentíamos que también iban muchas gentes por entre la noche y la niebla, eran un titipuchal de peregrinos que también discutían y algunos cantaban yingobels y villancicos, y nosotros estábamos bien mareados porque, aparte del efecto de las copiosas, íbamos muy como quien dice columpiados sobre las jorobas de nuestros camellos (pues de repente, aunque ustedes no lo crean, hubo camellos bajo nosotros en lugar de nuestras monturas habituales). Y poco a poco se fue disipando la niebla e íbamos atravesando desiertos y oasis y pueblos que no eran como los de siempre, y la verdad es que nada de eso nos parecía extraño, y le llevábamos al Niño oro e incienso y mirra para honrarlo cual debía de ser.

Y así íbamos, hasta que luego de quién sabe cuánto tiempo, ¿días o años o siglos?, llegamos a Belentlán del Arroyo. Y, qué les cuento, allí nos encontramos una muchedumbre de gente llegada de todas las partes del mundo, o por lo menos de este planeta, dijo Melchor, y había periodistas y fotógrafos y gente de la televisión y todos alrededor del famoso establo, y cantaban villancicos y yingobells y canciones de cuna en quién sabe cuántas lenguas.

Y allí en el establo estaban el Niño con su bonita y sonriente cabeza rodeada de resplandor inexplicable y estaban sus Papás y estaban unos pastores y gentes de todas las razas y las condiciones sociales que cantaban sin cesar en todas las lenguas del mundo, y muchos llevaban sus niños y sus animales para que los milagrosos se los bendijeran, y un locutor que entrevistaba para la televisión a un cura joven le preguntó: ¿Qué opina usted del milagro?, y el cura, que se veía medio intelectual (pero intelectual por cual, ya verán por qué lo digo), respondió que cuál milagro, que eso no era un milagro, que ahora la Iglesia Católica y Apostólica y Romana no aceptaba así como así milagritos, todo era un shou montado para los periódicos, la radio y la tele, para venderles cosas a la gente, pero entonces un cura viejo y venerable lo interpeló severamente diciendo que sí, que se trataba de un auténtico milagro, como lo acababa ya de certificar el evangelista Marcos en la Gaceta del Vaticano, y que para comprobarlo allí estábamos los tres Reyes Magos con nuestros halos de luz en las cabezas, y todas las gentes volvieron hacia nosotros las suyas y gritaron vivas y vítores y cantaron yingobels y villancicos y nos pidieron autógrafos y...

Y de pronto, don Nicanor Remigio nos presentó la cuenta de todo lo que habíamos chupado esa tarde en La Buena Hora. Y Melchor, que era el más culto de nosotros tres, le dijo: Mira, si sabes cómo va el asunto del Eterno Retorno de los Tiempos sabrás también que dentro de unos días o unos años o unos siglos estaremos otra vez e igual que ahora bebiendo aquí, y entonces te pagaremos, lo juramos sobre la cruz de nuestros dedos, y sírvenos otra ronda, ándale...

A lo cual don Nicanor Remigio nos apuntó con un pistolón y dijo que por lo pronto le pagáramos todo lo que hasta orita, según el asunto ese del Eterno Retorno de los tiempos habíamos chupado allí en La Buena Hora desde quién sabe cuántos días y años y tal vez siglos... o nos atuviéramos a las consecuencias que la Ley y la Autoridad indican en tales casos.