El naufragio de la joven Sabina | Letras Libres
artículo no publicado

El naufragio de la joven Sabina

“En diciembre del año 2001 –ha señalado Patricio Pron– una serie de acontecimientos hizo pensar que el país que habitualmente llamamos Argentina llegaba a su fin.” Una aguda crisis económica devino crisis política y el descontento social parecía incontenible. En un ambiente de represión, inestabilidad y caos, la actividad literaria estaba condenada a estancarse. En los años posteriores, sucedió lo impensable: la literatura se revitalizó, las pequeñas editoriales ganaron presencia una vez que los grandes sellos dejaron de interesarse en autores locales y una nueva camada de escritores hizo su irrupción en el panorama. Estos autores demostraron no ser solo producto de una circunstancia específica sino parte de una de las tradiciones más ricas de la literatura de aquel país. Una tradición que, según observa Damián Tabarovsky en su introducción a este dosier, concilia lo excéntrico y lo político, lo central y lo periférico. Una que escribe contra la norma. En nueve narraciones, una de ellas de no ficción, Letras Libres ha querido reunir a algunas de las voces más sobresalientes de las letras recientes de Argentina, no para insinuar los rasgos compartidos de una generación, sino, precisamente, para dar fe de su diversidad. ~

I

El sábado 7 de febrero de 1925, poco antes de las diez de la noche, un grupo de trece inmigrantes judíos provenientes de Europa del Este se embarró los zapatos en la orilla empantanada del río Uruguay, en Sudamérica.

Los trece –hombres, mujeres, niños y un bebé– se resignaron al fango mirando hacia el oeste: más allá del río bravo, en la oscuridad, las luces chispeaban en el viento como luciérnagas. Era la ciudad de Concordia, en Argentina: tenía algo más de treinta mil habitantes, alumbrado público a electricidad, un centenar de automóviles en sus calles y tres líneas de tranvías rodando sobre nueve kilómetros de vías. Estaba situada en una provincia llamada Entre Ríos. La ciudad uruguaya de Salto, al otro lado, no era más que un pueblo chico. Los trece, que habían comenzado el viaje en un sitio tan lejano como Odesa, estaban ya cerca del destino final: Buenos Aires, Argentina, Buenos Aires, América.

El itinerario era complicado porque los tiempos lo exigían: la Argentina, un país de puertas abiertas a la inmigración, las había entrecerrado en 1923 siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, que había hecho lo mismo dos años antes. Pero los europeos –italianos, españoles, polacos, franceses, judíos del Este– seguían llegando. Penetraban las fronteras porosas sin permiso desde el norte (Paraguay) y desde el este (Uruguay). A veces, en medio de la noche y con los zapatos embarrados.

–Mi tío, Isaac Schtivelband, fue el primero de los tres hermanos en venir –dice Beatriz Schtivelband, una trabajadora social que escuchó desde pequeña la historia de sus ancestros. Tiene entre sus manos una foto en blanco y negro en la que Isaac posa con otros dos: un amigo y un hermano. El sol los ilumina. Ahora, allá afuera, Buenos Aires hace ruido. Ha pasado casi un siglo de aquella noche en el río Uruguay.

Entre los trece viajeros, Isaac era el de boina y corbatín: tenía entonces veinte años, la cara alunada, las orejas grandes y la boca pequeña. Hijo del sastre Salomón, había nacido en 1904: siendo un niño había pasado el hambre de la Primera Guerra Mundial y siendo un muchacho había pasado el de la guerra civil que siguió a la Revolución de Octubre. Cuando se decidió por América, le dijo a su padre que él se adelantaría, trabajaría, juntaría dinero y pagaría los pasajes para el resto de la familia.

–Llegó hasta Montevideo y quedó varado porque había gastado casi todo –sigue su sobrina–. Pero lo poco que tenía le alcanzó para ir después hasta Salto.

Junto a Schtivelband habían llegado los demás, también desde Montevideo, compartiendo el sueño del inmigrante y la lengua yidis. Una muchacha de veinte años llamada Sussie Bolicowsky, que llevaba un diario en cuya primera página había anotado “Rumania, Besarabia, 1924”, tenía un tío en Concordia que podía hacerlos entrar a la Argentina de modo clandestino. Alrededor de ella se armó el grupo: probablemente se habrían conocido en el transatlántico o en los hoteles portuarios y, a su manera, eran shifbriders, hermanos de barco. También estaba el ingeniero mecánico Moisés Brudno, que venía con su mujer, Katja, y sus tres hijos pequeños. Brudno dejaba atrás a los sóviets y un país en guerra constante: había contactado al cónsul argentino en Riga (la actual capital de Letonia) presentando quinientos dólares como garantía de su buen pasar y había sido aceptado para emigrar. En la parada de Cherburgo los Brudno conocieron a otra pareja: los Feldman. Shimon Feldman tenía veintiséis años y era un estudiante de medicina que se había quedado sin plaza en la universidad soviética, en tiempos de privilegio para los estudiantes obreros por sobre los burgueses. Su mujer, Bradnie, tenía veintiocho y estaba cerca de convertirse en dentista. Feldman hablaba once lenguas y había conseguido un trabajo como maestro en una colonia agrícola judía de Basavilbaso, no muy lejos de Concordia. Junto a ellos también viajaban Matheus Maximilien Glimer, un polaco de Lemberg que a los veintisiete años ya había vivido en Río de Janeiro y en la ciudad portuguesa de Coímbra, donde había completado el cuarto año de la carrera de medicina; Gemelcin Meillach, otro polaco, de dieciocho años; Schopsel Schojet, un rumano fornido de veinticinco; y Jina Madverguz, que era esperada por sus parientes en la Argentina.

Por fin, el sábado 7 de febrero de 1925, poco antes de las diez de la noche, estaban ya en Sudamérica, reunidos en la orilla pantanosa de un río. Pero la Joven Sabina, la barcaza con la que cruzarían las aguas, lucía arruinada como una nuez vieja.

Jukelson, un contrabandista ruso que le había cobrado ocho dólares a cada uno de ellos para llevarlo al otro lado –el pago diario de un obrero era entonces de medio dólar–, estaba esperando. Con un machete que aún sujetaba les había abierto el camino a través del monte durante dos kilómetros para llegar hasta la costa. Diego Ojeda, el botero, los apuraba junto a otros dos marineros; ninguno de ellos parecía de confianza, pero ¿quién es de confianza en el laberinto de la clandestinidad? Una vez cruzado el río, Buenos Aires estaba cerca: solo restaba un trayecto de once horas en tren.

Había que hacerlo.

Nadie sabía que el verdadero nombre de Jukelson era Lázaro Chornomaz y que se había criado en la zona rural de Nikolaev –por entonces, asiento de los principales astilleros del Mar Negro–. Durante algunos años se había dedicado a robar caballos en las estepas hasta que la policía del zar lo capturó y lo condenó a muerte. Pero Chornomaz logró huir. Radicado desde 1909 en la Argentina, retomó su oficio, se cambió el nombre y trabó relación con ladrones de ganado. En su destino azaroso pasó, robando y escapando, por las provincias de Santa Fe, Córdoba y Tucumán, y en 1912 se quedó en Entre Ríos. Allí abrió una verdulería y dejó el robo de caballos por el contrabando.

Si Jukelson ya había decidido la suerte de otros inmigrantes en el pasado, el tiempo lo ha olvidado. Pero la noche del 7 de febrero de 1925 tuvo en sus manos el destino de aquellos trece. Cualquier inmigrante lleva en sus bolsillos unos cuantos billetes; en el mejor de los casos también algunas joyas. Jukelson lo sabía desde sus tiempos de ladronzuelo, cuando veía a los más afortunados partir hacia América y se preguntaba, con algo de resentimiento, por qué la suerte nunca lo marcaba a él.

El viento sacudía los sombreros y las maletas de los hombres y mojaba las faldas de las mujeres con salpicones marrones de aguas que bajaban desde las junglas brasileñas.

Había que hacerlo ya, les ordenó Jukelson.

II

Como Isaac Schtivelband, como la familia Brudno, como los demás pasajeros de la barcaza Joven Sabina, otros 125 mil inmigrantes pensaron en la Argentina en 1925. Ese lejano país del sur –poblado entonces por unos nueve millones de habitantes– alimentaba las fantasías de los desplazados que abandonaban en masa el Viejo Mundo. Eran tiempos de entreguerras y Europa se encaminaba hacia el crac de 1929 y los totalitarismos. Mientras las muchedumbres de los países occidentales festejaban la paz de Versalles e intentaban volver a un ritmo de vida normal, los antiguos territorios del imperio zarista se convulsionaban en disputas territoriales y se empobrecían; y las aldeas hebreas se veían sacudidas por pogromos en los que el judío ya era –como lo sería en los años siguientes– el chivo expiatorio de un continente en crisis.

En Europa del Este unas trescientas mil personas esperaban la oportunidad de llegar a Estados Unidos, pero en 1921 patrones y obreros yanquis coincidieron en su intención de cerrar los puertos: los primeros temían la expansión del comunismo; los segundos, la falta de empleo para un número desbordado de hombres. Cuando Washington formalizó sus restricciones, Argentina surgió como una opción para los judíos europeos: en 1891 el barón Moritz von Hirsch –un filántropo alemán contemporáneo del más célebre barón Edmond James de Rothschild– había fundado la Jewish Colonization Association, que a lo largo de ochenta años organizaría la emigración de miles hacia las pampas. La figura del “gaucho judío” fue célebre ya desde 1910. La llegada de estos inmigrantes se enmarcaba en una política nacional que necesitaba obtener fuerza de trabajo como fuera. Con 2,012,728 inmigrantes bienvenidos, el período que va de 1922 a 1928 fue el de mayor crecimiento: luego de los italianos y los españoles, los judíos constituyeron la tercera nación.

Sin embargo, en esos mismos años las tendencias restrictivas también llegaron al sur, en parte también por el temor a la expansión del comunismo: el último día de 1923, Buenos Aires promulgó un nuevo reglamento. Enfermos, débiles mentales, viejos y mujeres solas ya no podían ingresar al país; los hombres que quisieran trabajar debían aportar certificados policiales de buena conducta y pasaportes especiales.

El ingreso clandestino desde Uruguay se hizo cada vez más frecuente. Como Isaac Schtivelband y sus doce compañeros, los desplazados judíos que entraban esquivando las postas oficiales sabían que, una vez en Buenos Aires, sus parientes (una generación que ya era descendiente de los “gauchos judíos” y que se había asentado en las grandes ciudades) podrían ayudarlos a gestionar su residencia. Buenos Aires era para ellos una meta soñada: en entreguerras era un polo de vida israelita tan estimulante como Nueva York, Odesa o Vilna, e Isaac Bashevis Singer lo retrató en su cuento “Janka”. Había allí teatro y prensa en yidis (con dos diarios de tirada masiva: Di Presse y Di Ydische Zaitung) y, por supuesto, también delito: la Zwi Migdal, una red de mujeres judías reducidas a explotación sexual, cayó en 1930 con un proceso resonante que detuvo a 459 proxenetas polacos.

En 1925 –mientras los trece inmigrantes trepaban a la barcaza Joven Sabina– la Argentina tenía, según estudios actuales de la Universidad Hebrea de Jerusalén, una población de entre 162 mil y 200 mil judíos que convivían en una Babel donde el 29.9% de la población total era extranjera.

III

Ahora el viento penetra los huesos y sacude las ramas, y sin embargo es una tarde despejada de primavera. Un hombre gordo, de escasos cabellos flameantes, mira al río durante un momento largo. Su caña de pescar permanece inmóvil.

Después se ríe.

–¡Hace una semana que no pesco nada! –dice–. Ni bagre ni boga, ¡nada!

Un perrito manchado y un muchacho moreno lo acompañan, en la orilla cubierta de maleza que hace de lado argentino del río Uruguay. Las aguas son tan opacas como lo fueron en 1925: traen la tierra del corazón de Sudamérica, que alimentará, luego de viajar quinientos kilómetros río abajo, al océano Atlántico austral.

–Tengo que venir de noche: sin el ruido de los barcos, los pescados aparecen –dice el hombre, pero no hay ahora ningún barco a la vista.

Esta zona, conocida como Salto Chico, está situada a cinco kilómetros del centro de la ciudad de Concordia. La costa uruguaya está a la vista, enfrente. Allí, como aquí, solo hay árboles y arbustos desordenados que crecen sobre el terreno virgen: allí embarcaron los trece inmigrantes del Este, anhelantes de poner un pie de este lado.

IV

Llevaban navegando un rato cuando la Joven Sabina comenzó a sacudirse de modo extraño y los pasajeros se dieron cuenta de que estaba llenándose de agua.

Isaac Schtivelband, que hablaba algo de español, se lo dijo a Diego Ojeda, el improvisado capitán, pero la respuesta fue una orden de silencio. Los viajeros comenzaron a sacar el agua con sus sombreros, pero parecía en vano: el anegamiento avanzaba. En un gesto desesperado, el ingeniero Moisés Brudno pidió a los que supieran nadar que se arrojaran para evitar que el barco se hundiera.

Entonces, sin mediar palabra, Ojeda giró el timón e hizo virar al barco. Él mismo se apoyó en un costado, tomó un remo y se echó al agua. En un instante todos estuvieron en el río, gritando en la noche, aferrados al barco que flotaba dado vuelta en la correntada. “¡Spasaytes!”, dijo Moisés Brudno, en ruso, para que cada cual se salvara.

Algunos eran arrastrados por las aguas; los que sabían nadar intentaban retomar el control. En el caos, Brudno tomó a uno de sus hijos y su mujer se ocupó de su bebé y su hija.

Pero la marea los arrastraba, violenta, indomable. De repente, la furia del río parecía doblegarlos a todos.

“Después de nadar unos metros, la señora Brudno sintió que alguien la tomaba del pie”, se lee cinco días después en Di Ydische Zaitung. “En ese momento, notó que una muchacha estaba peleando por su vida y la agarraba para no ahogarse. Se puede ser un eximio nadador, pero si se es tomado del pie, puede uno ser arrastrado a las profundidades.”

Katja Brudno trató de liberarse de la mano que la sujetaba para salvar a sus hijos. Luchó, forcejeó, pateó, tragó agua sucia a borbotones. Y se la sacó de encima. Pero en el tironeo no pudo evitar que se le resbalaran su bebé y su hija. “La corriente de agua la arrastraba quién sabe hacia dónde”, informa el diario. “La señora Brudno se sumergió y buscó en la oscuridad, palpando bajo las olas a sus dos niños. Pensaba que podía llegar a tocar el pequeño cuerpo de alguno.”

En la desesperación, Katja Brudno pensó que su esposo podría rescatar a los niños. Él era un nadador experto: muchas veces habían jugado, en el Mar Negro, a buscar un anillo bajo las olas que rompían contra la arena, llenas de espuma. Katja Brudno nadó hacia la orilla con las pocas fuerzas que aún le quedaban, exhausta y espantada. Un estanciero de Salto contribuyó al caos general cuando vio el naufragio y disparó al aire para llamar la atención de las autoridades. Brudno, en pánico, pensó que hacían fuego sobre ella y avanzó cientos de metros conteniendo el aire, sumergida.

Los Feldman no sabían nadar: Bradnie y Shimon se aferraron al bote hasta que fueron tragados por las aguas. Matheus Maximilien Glimer le cedió un trozo de madera a Gemelcin Meillach: un trozo inútil que se fue a pique con él.

El fornido Schopsel Schojet fue el primero en llegar a la orilla argentina. Corrió en la oscuridad, a través de los arbustos, pero un hombre le salió al paso con un puñal y se le echó encima. A pesar del agotamiento, Schojet luchó, lo desarmó y lo echó a rodar barranca abajo. En el frenesí no se dio cuenta de que el cuchillo había desgarrado su mano. No le importó. Siguió hasta que vio una casilla de madera escondida entre los árboles. Golpeó la puerta y cuando le abrió una mujer soñolienta, dijo: “¡Agua! ¡Policía!”

Pero no logró hacerse entender. Y gritó, sacudió el cuchillo, enseñó su mano ensangrentada y entonces sí, por fin salió con la mujer en busca de ayuda.

Mientras tanto, en la orilla, los traficantes Jukelson y Ojeda esperaban a cada uno de los sobrevivientes para asaltarlos. “Es probable que, con uno de los niños aún vivo, Moisés Brudno llegara hasta la orilla”, se lee en el diario Crítica, de Buenos Aires, tres días después del naufragio. “Allí le esperaban los asaltantes, quienes lo mataron a él y a la criatura a palos y puñaladas, arrojando sus cadáveres al río luego de apoderarse del dinero que llevaba en los bolsillos del saco.”

Cuando Schopsel Schojet regresó a la orilla con algunos policías encontró a Katja Brudno desesperada. Tenía en sus manos el cuerpo sin vida de su hija, una niña ahogada, y clamaba al río por su esposo. Brudno había esperado encontrar a su marido en la costa; en cambio se había topado con los marineros de Jukelson, que le habían saltado encima a ella también. La mujer gritó cuando le taparon la boca y la arrastraban hacia un bosquecillo, pero justo entonces apareció Isaac Schtivelband.

Schtivelband no era un muchacho valiente: al contrario, era silencioso y un poco temeroso. Pero, como escribió Borges, hay un momento de la vida en el que un hombre comprende su destino. Y el destino de Isaac Schtivelband, el único momento definitivo de su vida, se concretó en esa orilla terrosa, enfrentando a esos verdugos. “Schtivelband la ayudó a liberarse de los bandidos luchando contra ellos, arriesgando su vida, a puñetazos”, se lee en Di Ydische Zaitung cinco días después del episodio.

Desacomodados y habiendo concretado solo en parte el robo, Jukelson, Ojeda y sus dos cómplices se dispersaron cuando Schopsel Schojet llegó con la policía. Algunos días más tarde, la barcaza Joven Sabina fue hallada en Yeruá, cinco kilómetros río abajo. No era más que maderas destrozadas y astillas afiladas.

“Estima la señora Brudno que la banda de malhechores, antes del embarque fatal, tuvo ocasión de imponerse de que todos los viajeros llevaban dinero, especialmente su esposo”, informa el diario El Heraldo, de Concordia, luego de seis días. “Un collar de perlas que llevaba una de las viajeras también provocó su codicia. Y el collar no ha vuelto a aparecer.”

El saldo, al amanecer, es de diez muertos: los cuerpos son apilados en la orilla y fotografiados.

V

Nadie en Concordia recuerda hoy la tragedia de la Joven Sabina.

Pero la memoria popular sí habla de cinco extranjeros que se esfumaron cruzando el río Uruguay en la misma década de 1920 y también de una familia que pereció ahogada cuando los boteros les robaron sus joyas y la echaron al río. Acaso –porque la memoria es una materia frágil y plástica que a veces reescribe el pasado– la historia de la Joven Sabina está por detrás de esas evocaciones imperfectas.

–Hubo una fuerte corriente de judíos que pasaron de Salto a Concordia –dice Jacobo Bilkis, un hombre de hablar pausado que a los 87 años se ha convertido en un referente de la colectividad hebrea de Concordia, compuesta por unas trescientas personas–. Muchos eran interceptados por la policía que, después de dos meses y de una buena coima, los liberaba con documentos argentinos.

Momentos antes de mi encuentro, Bilkis había acompañado a tres personas en una visita guiada por el Museo Judío de Entre Ríos, que funciona en una casona en Concordia.

–En 1925 esta era una ciudad discreta, con una intensa actividad comercial portuaria. Aquí se recogía la producción agrícola de las provincias del norte argentino –agrega después el guía de la visita, Adolfo Gorskin, un hombre vivaz que calza un par de lentes gruesos y que no hizo más que la escuela primaria en una colonia rural, pero que ha publicado un volumen con setenta cuentos. La pluma es una herencia de su padre, un colono que firmó siete libros de memorias y relatos.

Concordia está poblada hoy por 149 mil habitantes y es la segunda ciudad en la provincia de Entre Ríos. Según la época, el contrabando tuvo su auge no solo para personas, sino también para repuestos automotores y drogas farmacéuticas que llegaban desde Uruguay en pesqueros sobrecargados.

Jacobo Bilkis, un farmacéutico retirado, hijo de un padre nacido en Besarabia y de una madre originaria de Ekaterinoslav, recuerda que la sociedad de beneficencia judía ayudaba a los inmigrantes llegados a Concordia a través del río. Un actor aficionado, de apellido Silbert, esperaba con su camión a quienes cruzaban y los cobijaba durante un tiempo en casas seguras, antes de enviarlos a Buenos Aires. Después de la victoria franquista en España, los vascos republicanos también comenzaron a poblar las barcazas clandestinas y a tender sus redes de cooperación en este puerto.

El Museo Judío de Entre Ríos cuenta la historia de los gauchos hebreos que poblaron estos campos. Pero una de sus repisas está dedicada a su fundador, Víctor Oppel. Originario de Transilvania, Oppel fue capturado y enviado a Auschwitz, donde sobrevivió gracias a su contextura: los trabajos forzados lo mantuvieron alejado de la cámara de gas. Después, emigrado a Argentina, fue rechazado en Buenos Aires porque su pasaporte llevaba el sello alemán de “Jude”. Cuando por fin logró entrar lo hizo a través de las puertas de Concordia.

VI

“Mi vida sin ellos ya no tiene ningún valor”, le dijo Katja Brudno al diario Crítica. Habían pasado cuatro días de lo que en Buenos Aires ya se conocía como “la tragedia del río Uruguay”. “Y estoy dispuesta a sacrificarla entera para activar esta causa. Espero y esperaré justicia hasta el último momento. Pero si la desgracia quiere que mi voz no sea oída, seré yo misma quien hará justicia.”

Brudno tenía veintiséis años y estaba sola en un país extraño. La colectividad judía en Buenos Aires la cobijó y, cuando el tiempo pasó, logró casarse con un empresario de apellido Resnick. De algún modo, la vida continuaba. Por su parte, Isaac Schtivelband cumplió con el plan que había pactado: trabajó duro y tres años después envió dinero a Odesa para que su padre y su hermano viajaran a la Argentina. Durante un tiempo vivieron los tres juntos en una habitación, en una vecindad. Después el padre volvió a Odesa, a buscar al resto de la familia, pero ya no volvió.

–Isaac nunca quiso hablar demasiado sobre el episodio del río –dice ahora su sobrina, Beatriz Schtivelband, y despliega el artículo de Di Ydische Zaitung que se ha convertido con el paso del tiempo en un trozo de papel ajado que cuenta la historia y que lleva una fotografía de Schtivelband y otra de la familia Brudno–. Este recorte estaba en una valijita que tenía mi papá. Para nosotros Isaac era un héroe, pero él no hacía alarde: le pesaba en la conciencia no haber podido rescatar al bebé. Se ponía mal. Era un hombre de bajo perfil, Isaac: se casó casi con cuarenta años, tuvo una sola hija e hizo una vida metido adentro de un taller de orfebrería.

VII

Frente al río, el pescador sigue esperando. El muchacho y el perro miran hacia las aguas, fascinados, como esperando una revelación, y permanecen en silencio un buen rato: en Salto Chico la corriente baja veloz y es hipnótica.

–¡Cómo serán las cosas, que no hay ningún pescado! –dice por fin el hombre.

Tan torrentosas bajan las aguas que dieciocho kilómetros hacia el norte se alza hoy la represa hidroeléctrica de Salto Grande, que con catorce turbinas genera el 50% de la energía consumida en Uruguay y el 8% de la requerida en la Argentina. El barrio La Bianca, un complejo de edificios enanos construido para los trabajadores que entre 1974 y 1983 levantaron la obra, se encuentra a unos pasos de la orilla de Salto Chico.

–¡Que se dejen de joder en Salto Grande! –dice el pescador–. Abren y cierran las compuertas, y los pescados no quieren venir...

Después cierra los ojos y deja que el sol acaricie su rostro. No imagina que justo frente adonde está, noventa años atrás, un puñado de hombres con el agua por las rodillas, empujados por una esperanza que era más fuerte que el temor, guió una barcaza río adentro, en la noche, en estas mismas olas en las que él ahora hunde su carnada con un bostezo, antes de balbucear al aire su fastidio, antes de recoger la piola, antes de acomodarse los pantalones, antes de trepar la barranca y perderse entre los arbustos. ~