El nacionalismo como novela histórica | Letras Libres
artículo no publicado

El nacionalismo como novela histórica

El nacionalismo idealiza el pasado y convierte a los muertos en gobernantes de los vivos.

Félix Romeo decía que no le gustaba la novela histórica porque era como las reencarnaciones. Todo el mundo fue Cleopatra y nadie era el tipo que había construido las pirámides. De vez en cuando, en la redacción de un periódico aparece todavía alguien que ha encontrado el diario de Anastasia, o con un poco de suerte llega alguien que dice ser Anastasia.

Cuando este fenómeno afecta a una sola persona se suele considerar un problema psicológico o un intento de obtener un beneficio de manera fraudulenta. Cuando este fenómeno afecta a una colectividad, y sin que sea incompatible con las dos explicaciones anteriores, se clasifica como sentimiento nacionalista.

Esa enajenación romántica permite idealizar el pasado y convertir a los muertos en gobernantes de los vivos. Con frecuencia no se trata solo de reivindicar la tradición, sino de trasladarse desde un pasado idílico hasta un futuro esperanzador, saltándonos todo lo que haya en medio.

Ese pasado idílico -o inventado, por usar el título del libro de Miguel Anxo Murado sobre verdad y ficción en la historia de España- no siempre resulta muy creíble, entre otras cosas porque no todo el mundo fue Cleopatra. Cuando los nacionalistas catalanes reivindican la tradición pactista de la Corona de Aragón, reivindican unos privilegios del Antiguo Régimen, mucho más restringidos que los de las sociedades modernas.

Según esta concepción la nación emerge de la historia. Pero las élites que inventan la nación reconstruyen la historia a su medida. Para que esa versión del pasado funcione bien hay que eliminar muchos matices y a veces es necesario falsificar directamente. David Fernández, de la CUP, dijo que quería independizarse de España, pero sin renunciar a Machado, Lorca ni Rosalía de Castro. Como respondió Ignacio Martínez de Pisón en un discurso memorable, si te quedas con ellos, al menos debería corresponderte la parte alícuota de Jacinto Benavente. “No vale -decía el autor de La buena reputación- eso de coger lo que nos gusta y dejar a los demás lo que no. Las pinturas de Goya, la poesía de Miguel Hernández y las victorias de Rafa Nadal para mí. El Tribunal de la Inquisición, la expulsión de los judíos y el desastre de Annual para ti”. Para mí Cervantes, Miguel Servet, la Constitución de Cádiz; para ti la censura, el pucherazo, el franquismo. Para mí el 2 de mayo; para ti Fernando VII. El mecanismo es sencillo.

Es una operación tosca, pero halaga al oyente, que de pronto forma parte de un grupo selecto, directamente vinculado a los grandes logros de la humanidad. Y a todos nos cuesta creer que alguien que nos considera listos esté totalmente equivocado.

Se necesita un enemigo. Se puede admitir la presencia de traidores, que quizá sea incluso necesaria, pero no la ambigüedad, y se tolera con dificultades a la gente que no termina de encajar en esa versión, o para la que la cuestión nacional no fue el eje de su vida.

Tzvetan Todorov ha explicado otro de los ejes de esta novela: nadie quiere ser víctima, pero todos quieren haberlo sido. Idealmente, la ofensa es imprecisa y gravísima, para que la compensación sea elástica e inagotable.

Isaiah Berlin decía que la época romántica fue “el primer momento, sin duda en la historia de Occidente, en la que las artes dominaron otros aspectos de la vida, cuando hubo una tiranía del arte sobre la vida”. Esa sería “la esencia del movimiento romántico”. (Woody Allen revisaría esa idea algo más tarde: “La vida no imita al arte, sino a la mala televisión”.)

James Joyce parodió en Ulises la mitología kitsch del nacionalismo:

De su cinturón le colgaba una ristra de piedras marinas que cascabeleaban a cada movimiento de su portentosa figura y en ellas estaban talladas con rudo aunque admirable arte las efigies tribales de muchos héroes y heroínas irlandeses de la antigüedad, Cuchulin, Conn el de las cien batallas, Niall el de los nueve rehenes, Brian de Kincora, el gran rey Malachi, Art MacMurragh, Shane O’Neill, el Padre John Murphy, Owen Roe, Patrick Sarsfield, Red Hugh O’Donnell, Red Jim MacDermott, el Sacerdote Eoghan O’Growney, Michael Dwyer, Francy Higgins, Henry Joy M’Cracken, Goliat, Horace Wheatley, Thomas Conneff, Peg Woffington, el Herrero del Pueblo, el Capitán Clarodeluna, el Capitán Boicot, Dante Alighieri, Cristóbal Colón, San Fursa, San Brendano, Marshal MacMahon, Carlomagno, Theobald Wolfe Tone, la Madre de los Macabeos, el último de los Mohicanos, la Rosa de Castilla, el Hombre para todo, el Hombre que hizo saltar la banca en Monte Carlo, el Héroe de la Portería, La mujer que no quiso, Benjamin Franklin, Napoelón Bonaparte, John L. Sullivan, Cleopatra, Savourneen Deelish, Julio César, Paracelso, Sir Thomas Lipton, Guillermo Tell, Miguel Ángel Hayes, Mahoma, La Novia de Lammermoor, Pedro el ermitaño, Pedro el empaquetador, Rousaleen la Tostada, Patrick W. Shakespeare, Brian Confucio, Murtagh Gutenberg, Patricio Velasquez, el Capitán Nemo, Tristán e Isolda, el primer príncipe de Gales, Thomas Cook e Hijo, el Valiente Soldadito, el Besucón, Dick Turpin, Ludwig Beethoven, la Chica Rubia, Naneador Healy, Angus el anacoreta, Dolly Mount, Sidney Paradae, Ben Howth, Valentine Greatrakes, Adán y Eva, Arthur Wellesley, el Jefe Croker, Heródoto, Jack el de las habichuelas, Gautama Buda, Lady Godiva, Lily of Killarney, Balor el del ojo a la virulé, la Reina de Saba, Acky Nagle, Joe Nagle, Alessandro Volta, Jeremiah O’Donovan Rossa, Don Philip O’Sullivan Beare. [Traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns, Cátedra, 2004.]

No podía faltar Cleopatra.