El mundo después de Auschwitz | Letras Libres
artículo no publicado

El mundo después de Auschwitz

Pienso en la psicoanalista uruguaya que iba, hace poco tiempo, a uno de mis cursos de lectura literaria. Era una persona cultivada, muy curiosa, que vino a México en los años setenta y que notoriamente venía de regreso de la locura guerrillera y de su dictadura de conciencia. No tenía ninguna ilusión en Castro, por ejemplo, personaje al que abominaba. Pero ella misma no hacía otra cosa, durante las clases, que criticar compulsiva y amargamente todo lo que recibía de una sociedad democrática y liberal y es notorio que había recibido mucho, era cosa de verla.

Ese asco por el aire que se respira es escandaloso, recalcitrante. (Ayuda un poco, para comprenderlo y citando algo reciente, el retrato de Jean–François Revel que publica Mario Vargas Llosa en Letras Libres de noviembre).

En fin, abundan y son mayoría entre los universitarios en Occidente, esas personas para quienes el mundo sólo parece ser la página abierta del periódico que menciona los escándalos de corrupción ocurridos en las democracias y que contabiliza las víctimas mortales en Medio Oriente, inocentes que generalmente mueren despanzurradas a manos de los terroristas iraquíes o palestinos. Ese sentimiento, queriendo ser hipercrítico es autodenigratorio y me temo que es una de las características indelebles del paradójico individuo creado por las sociedades democrático–liberales. Tiene un origen histórico complicadísimo cuya genealogía me obsesiona. Proviene, en muchos casos (y aquí sólo comento algunas lecturas), de un azoro noble y enloquecido, que tiene que ver con el triunfo electoral del nacionalsocialismo en 1933. Los filósofos alemanes de origen marxista que testificaron aquello y que luego, emigrados a Estados Unidos se identificaron como la Escuela de Frankfurt, pensaron que si la sociedad capitalista era capaz de generar al nazismo, debía de ser revisada desde su molde en la Ilustración y condenada para siempre como una suerte de “totalitarismo con rostro humano”. A T.W. Adorno (véase el libro de Claus Offe que acaba de publicar Katz en Argentina: Autoretrato a distancia. Tocqueville, Weber y Adorno en los Estados Unidos de América), por ejemplo, le gustaba más Estados Unidos –en tanto que heterodoxa culminación de la Revolución burguesa y a la vez el país más expuesto al fascismo, según él pensaba en el medio siglo– de lo que intelectualmente le era permitido expresar. Censuraba freudianamente esa gratitud y se resistía a socavar sus propias teorías sobre EU hasta que en 1968 no pudo más y algo dijo, herido de muerte, al ver a los estudiantes fascitizarse manifestándose contra su propia sociedad, que consideraban “fascista”. Comparar el campus de Berkeley con la Kristallnacht en las narices de Adorno era ir demasiado lejos, incluso para Adorno.

En fin, de aquella angustia filosófica (y que un George Steiner encarna en lo más alto) se alimenta esa forma pertinaz de cretinismo antiliberal que es tan común, tan natural, entre los cultos y los letrados. En el mejor de los casos es un frankfurtianismo, es un Adorno: el mundo democrático –pese a cualquier desmentido de la realidad– es Auschwitz.