El Monsiváis que traté/ 1 | Letras Libres
artículo no publicado

El Monsiváis que traté/ 1

Recuerdo o creo recordar (pues según Borges “la mente es porosa para el olvido”… pero también, me permito añadir, para la falsa memoria) que en los años cincuenta mi entonces reciente amigo José Emilio Pacheco, escandalosamente joven (cuatro años menor que yo), me hablaba con admiración de un muchacho, amigo suyo y de su misma edad, que era deslumbrantemente sabio, talentoso, temible o gozablemente ingenioso, que desde el humor ácido o meramente lúdico criticaba el país y el mundo.

Yo empezaba a sospechar que el tal Carlos Monsiváis no era sino el mismísimo José Emilio, quien por modestia y timidez se habría inventado un heterónimo para ejercer una crítica traviesa y/o feroz del mundo; pero un día tal vez de 1958, y quizá en el Kiko’s de Bucareli y Avenida Juárez (la cafetería cuyas famosas puertas del watercloset de hombres proliferaban de pornográficos grafitti impúdicamente autobiográficos más el frecuente “gallito inglés”), José Emilio me presentó a Carlos Monsiváis, y el glorioso fantasma fue súbitamente “de carne y hueso”. Tras oírle varios breves, afilados comentarios repartidos al azar en temas de actualidad o inactualidad (“lo fugitivo que permanece y dura”… o no), comprobé que no habían exagerado ni Pacheco ni la incipiente leyenda que empezaban a erigir algunos amigos desde las charlas con sandwich, cocacola y café express o americano celebradas en los Kiko’s de cualesquiera barrios citadinos, en el Lady Baltimore de la calle Madero esquina con San Juan de Letrán, en la Horchatería Valenciana, o “Chufas”, de la calle de López, en la Facultad de Derecho o la de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria, en las tertulias junto al mostrador de las dos librerías Zaplana o de la librería Obregón casi frente al hemiciclo a Juárez o en la antesala del cineclub del IFAL en Nazas cuarenta y tantos… y, en fin, pero sin fin, en tutti quanti hervideros del murmullo cultural en la aún fresca Zona Rosa.

El Carlos Monsiváis cuya mano estreché aquel día (pues en las presentaciones, aunque fuesen informales, aún perduraba ese gesto ritual) era visible con corbata y saco de vestir y con mirada falsamente adormecida tras los gruesos y potentes anteojos. Parecía sólo un tímido estudiante empeñoso y cerebralísimo, pero ya era un torrencial escritor que publicaba asombrosos artículos y ensayos en efímeras publicaciones estudiantiles y en México en la Cultura, el suplemento semanal de Fernando Benítez en el diario Novedades.

(Publicaba, en fin, donde fuese, donde lo solicitaran y se diría que hasta en el reverso del aire.)

Yo pronto sabría que, con ese torrente de crónicas, ensayos, cuentos en forma de crónicas, crónicas en forma de cuentos y de ensayos, en los que “el joven de anteojos alucinantes” (Benitez dixit) trataba una multitud de pequeños o mayores asuntos (de cine hollywoodiano o mexicano, de ciencia ficción, de las novedades en la literatura mexicana o estadunidense, de los ídolos y mitos populares que estaban en camino o en salida de la moda) empezaba a convertirse en el ¿involuntario? divo Monsiváis de quien se propalaba un mal pareado de autor anónimo: “Carlos, ¿qué cosas y qué prisa tienes?/ ¿Es que Monsiváis o es que monsi-vienes?”. Se le preveía ya como el astro, el santón, el gurú y el casi mesías en que, a partir de mediados de los años sesenta y gracias a su frecuente y casi ubicua presencia en conferencias, mesas redondas, programas de radio y publicaciones culturales y hasta populares, lo leerían o escucharían por lo menos dos generaciones de fans que habrían de erigirle una estatua verbal sobre el pedestal de una celebridad rara vez controvertida.

Y Monsiváis (simplemente Carlos para los amigos cercanos, pero ostentosamente “Monsi” o “Monchifláis” o “Carlitos” para los dizque compañeros de escuela y de muy hipotéticas francachelas) crecía desde la tierna leyenda hacia el maduro mito, del cual, se decía, él mismo procuraba ser el más entusiasta desmentidor.

No tardó en mostrarse como el cronista especializado en todo (menos en toros y futbol). Escribía de lo que viniera o no a cuento: cine de aquí o de Hollywood, teatro de revista, vida política nacional, ideologías del siglo y del momento, literatura y artes, mitos y ritos populares, la habitual y alucinante ciudad capital de México (including el Metro), el brotar y el perecer de las costumbres, las tribus sociales o políticas o religiosas de la “identidad nacional” (frase que me parece que, cautamente, nunca utilizó)…, etcétera. Muy pronto, con esa mirada devoradora que aspiraba a narrar, a explorar, a comentar exhaustivamente la realidad del país desde lo fugitivo que permanece y dura hasta lo permanente que se fuga y evapora, ya se encontraba “caminando con pedestal”, ya era saludado en la calle hasta por muchos que no habían leído una página suya pero lo “conocían” de nombre y figura y de haberlo visto en frecuentes apariciones públicas o mediante la casera pantalla de televisión.

(Continuará)