El monje higrómetra | Letras Libres
artículo no publicado

El monje higrómetra

En quién sabe qué lugar del mundo, en quién sabe qué siglo, o quizá en esas épocas fuera del tiempo habitadas por los Inmortales: las de la Leyenda, está el que aquí veis como un monje estudioso de luenga barba blanca, con rudo hábito pardioscuro y sandalias de cuero, con capuchón sobre la noble cabeza anciana, con rosario y crucifijo colgantes del cinturón de cuerda. Sentado en una pequeña banca algo barroca y en una terraza, se perfila contra un mar de amanecer o de anochecer. Ha dejado de atender a las páginas de uno de sus doctos y/o piadosos libros, o de leer la hora en el lento reloj de arena para simultáneamente señalar con un bastón una esfera terráquea y la palabra pioggia (es decir lluvia) inscrita en la base de la columna en la que se inscriben de arriba a abajo otras palabras italianas que indican estados del clima: secco, procelloso, vento, buono, incerto, ventoso, umedo (es decir seco, proceloso, viento, bueno, incierto, ventoso y húmedo).

El artefacto en el que digamos que habita el barbado monje que, si fuese un ermitaño, más bien debería estar en una cueva de alta y árida montaña y no en una soberbia terraza ¿de castillo?, es uno de los fetiches de mi infancia que todavía están conmigo. Es un higrómetro de juguete, de deleznable cartón, pero sigue siendo perfectamente funcional y preciso para indicar el clima previsible de cada día. Tuvo colores deslumbrantes, pero no está muy descolorido después de los muchos años que en alguna de las paredes de mis sucesivos cuartos convive con dibujos, fotografías y reproducciones de cuadros de un cambiante estampario mural. Ahora, en la pared que tengo enfrente mientras escribo, el monje se halla en buena compañía: a la izquierda hay el famoso icono en colores en que Marilyn Monroe, blanca y dorada y sin tener nada puesto (“excepto la radio”, como famosamente dijo), se despereza sobre una especie de río de satín rojo, y a la derecha hay una foto en blanco y negro de Gilbert K. Chesterton, quien, sentado en la banca orillera de un parque (londinense, but of course), lee algo en una libreta sin cuidarse del viento que furiosamente lo despeina. Inevitablemente la ociosa imaginación relaciona entre ellas las tres imágenes y les regala un sentido o una historia (que al fin y al cabo es lo mismo): Marilyn sería la tentadora, el monje sería San Antonio que resiste a una portentosa figura de tentación y Chesterton sería, contra el viento que le ataca la cabeza, el lector de esa posible historia anotada por él mismo. (Pero… dejemos fútiles fabulaciones y sigamos con el relato de datos concretos.)

Hecho con recortados cartones de colores y con el sencillo “mecanismo” de un cabello que se estira o contrae según la voluntad del clima para mover imperceptiblemente las dos piezas de cartón recortado (o sea la capucha indicativa y el brazo señalador), el artefacto pone en escena a ese personaje que a través de distintas habitaciones de sucesivos domicilios me ha acompañado desde cuando, a los nueve o los diez años, lo descubrí en el abigarrado y hoy inexistente escaparate de la Juguetería El Jonuco, en la calle de Tacuba o la de Madero o la de Donceles (en fin: en el centro de la ciudad de México). En cuanto lo vi me fascinó porque, con su vara indudablemente mágica, parecía ser el director y dominador de los poderes de la Naturaleza; y en aquellos días no paré de dar la lata a mis padres hasta que, en la noche de mi cumpleaños y durante mi sueño, lo pusieron al lado de mi almohada para que fuese lo primero que viera al despertar.

Al monje higrómetra lo apodé “Merlín” porque, habiendo leído una versión para niños de la leyenda del rey Arturo, decidí que el personaje sería más bien el retrato del mítico druida y mago, y algo así como el emblema humano de la sabiduría cósmica porque, según yo, si pronosticaba el clima era porque él mismo lo producía en su laboratorio de magia.

Creo que no poseo ningún otro objeto que me haya acompañado tantos años como este “Merlín”. Soy poco coleccionista de cosas (excepto de libros, que no son cosas, sino seres vivos), pero esta permanencia del monje higrómetra en mis sucesivas habitaciones supongo que se debe a que se ha ido convirtiendo en uno de los fetiches de la memoria, un amuleto evocador de mi infancia aún no afantasmado en el olvido, puesto que allí está, allí ha perdurado hasta el presente.

Y si me preguntaran cuál de todas las cosas que he conservado es la más añeja y la mayor suscitadora del recuerdo (digamos mi equivalente personal de la proustiana magdalena mojada en el té), yo, aun sabiendo lo que en ello hay de superstición, señalaría a “Merlín”, el monje/druida que a veces creo que ha ido señalando a lo largo de los años no el clima de cada día sino los diversos estados de ánimo que habrían dominado, pronosticado y adjetivado las etapas de mi íntima biografía.

Si según Baudelaire “los chinos ven la hora en los ojos de los gatos”, quizá yo alguna vez creí haber leído en esa estampa, en ese artefacto, los sucesivos o alternados climas de mi existencia y… (No diré la palabra destino tan añeja, mármórea, solemne… y quizá ya anacrónica y cursi.)