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artículo no publicado

El miedo se llama Grecia

No es noticia nueva que Grecia requería de un sustancioso rescate para sacar a flote su economía. Pero a la hora de poner el dinero, los países europeos batallaron para ponerse de acuerdo. La Unión Europea no funciona de la misma manera que Estados Unidos, el país al que deseaba emular cuando se estableció. Si en la economía estadounidense fue el gobierno central el que se hizo cargo de solventar la colosal deuda de sus bancos, en el caso griego debían ser las economías europeas. Y no es lo mismo intervenir a la economía de un país que a la de un banco. “En caso de que Grecia falte a sus pagos, ¿qué hacen los gobiernos? ¿Asumen el control del país?”, se pregunta el analista financiero Emilio Ramos, al comparar la situación con la que enfrenta Estados Unidos o las economías latinoamericanas, viejas veteranas en asuntos de crisis financieras.

Han pasado tres meses desde que se comentaba que la intervención del Fondo Monetario Internacional en la Unión Europea era “humillante”. La gravedad de la situación ha llevado a la Eurozona a poner el orgullo de lado y asumir que, tras años de perseguir un sueño europeo, la crisis les ha obligado a rescatar a la economía griega: el rescate de 110,000 millones de euros anunciado hace unos días es en concordancia con el FMI. Pero, ¿por qué se ha llevado tanto tiempo aprobar la ayuda que, de inicio se sabía, era tan urgente?

Las razones son tan variadas como las culturas de Europa. La canciller alemana Angela Merkel se resistía a aprobar el rescate a la economía helénica hasta que pasaran las elecciones regionales en el estado de Renania del Norte-Westfalia, el más poblado de Alemania, que se celebran este domingo y cuyos resultados serán claves para que su partido, la CDU, mantenga la mayoría en el parlamento. El eventual rescate no es popular entre los alemanes. El tabloide Bild Zeitung llegó a proponer en sus páginas que Grecia vendiera su patrimonio para solventar sus gastos, lo que indignó a la sociedad griega y reabrió las heridas entre los dos países.

Y lo que sigue es el contagio. Recientemente, el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha salido al paso de los insistentes rumores que aseguran que España es la siguiente en la lista del rescate de la Unión Europea, pese a que los 9,794.4 millones de euros que han aportado al rescate a Grecia suponen la cuarta mayor partida de la eurozona. España, con el tercer déficit más alto de la UE y un desempleo que roza los cinco millones (uno de cada cuatro españoles en edad laboral no tiene trabajo), es un muy válido motivo de preocupación. Los medios internacionales no han tardado en criticar la gestión del gobierno de Zapatero. El diario económico francés Les Echos ha criticado la división del Estado español. The New York Times también señala que “las prioridades regionales que prevalecen sobre las nacionales” son el mayor obstáculo para las reformas que la economía española necesita con tanta urgencia. Por lo pronto, un rumor ha causado un severo desplome en el Ibex 35, el indicador de la Bolsa española. Es decir, aunque Zapatero insiste en que la idea de un rescate similar es “una absoluta locura”, la mera posibilidad es suficiente para hacer temblar a cualquier analista. La economía griega equivale a la del condado de Los Ángeles. La de España, a la de Florida.

La primera gran crisis de la Unión Europea ha dejado en evidencia las debilidades de la que se antojaba como una zona común. Los estereotipos de las culturas y las viejas rivalidades no se disipan, mientras que la situación económica se agrava cada vez más. Y para ilustrar las etiquetas más simplistas que se cuelgan a los países europeos, basta la enumeración que Shlomo Maoz, jefe de Economía de la casa de inversiones israelí Excellence Nessua, hizo en la televisión: “Grecia es un país de cabreros que entró en la UE mediante el engaño. La educación en Portugal no es buena y está anticuada, y ese tipo de educación no les ha dado ninguna oportunidad de aumentar su valor añadido frente a otros países. España pensó que era fantástico traer trabajadores del norte de África y pensaron que se habían convertido en maestros. No trabajan, se echan la siesta por la tarde”, glosó sin pestañear. ¿El consejo? “Aprender de los países amarillos y modernos”, apuntó al referirse a Brasil, India y China.

- Verónica Calderón