El México antiguo de Le Clézio | Letras Libres
artículo no publicado

El México antiguo de Le Clézio

El Premio Nobel de Literatura de 2008, concedido a J.M.G Le Clézio rompe por segunda vez el aparente castigo impuesto por la Academia Sueca a la literatura francesa desde que Jean–Paul Sartre rechazará, en 1964, el galardón. Entre esa fecha y la semana pasada sólo el novelista Claude Simon (1985) y ahora Le Clézio han ganado el Nobel. Sea lo que signifique el premio sueco, tres premios en 44 años a la que fue la literatura más importante de Occidente durante más de dos siglos, da de qué hablar.

En México, el Premio a Le Clézio (Niza, 1940) ha sido recibido con simpatía y no puede ser de otra manera pues el escritor francés con orígenes en la Isla Mauricio forma parte de esa tradición francesa que tiene a México como horizonte espiritual, la tradición de André Breton, Antonin Artaud, Jules Romains, Benjamin Péret. Le Clézio vivió en México (en Michoacán, concretamente) muchos más años que cualquiera de éstos últimos escritores, habla español, tradujo El libro del Chilam Balam de Chumayel, conoce la lengua de los purépechas y es autor de dos libros sobre las civilizaciones mesoamericanas: La conquista divina de Michoacán (traducción de Aurelio Garzón, FCE, 1985) y El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (traducción de Mercedes Córdoba y Tomás Segovia, FCE, 1992).

Dicho lo anterior, me temo la lectura de este par de libros le dará al curioso, sea mexicano o extranjero, una impresión más bien pobre del talento ensayístico del nuevo Nobel y quizá no le deje mucho entusiasmo por su veta de pensador. El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, para empezar, parece más una monografía universitaria que un ensayo literario o un tratado antropológico. Es un libro bien sintetizado y sin errores de bulto, que resume a los clásicos de la conquista militar y espiritual del Nuevo Mundo: en esencia, a Bernal Díaz del Castillo y a fray Bernardino de Sahagún, al soldado y al etnógrafo. Yo lo recomendaría, si acaso, como una buena introducción al México antiguo y a sus mitos, adecuado para el primer viaje a nuestro país de un turista ilustrado.

Tampoco es El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, por desgracia, un verdadero libro de aficionado o de diletante, en la cual el escritor, asumiéndose neófito, compensa su ignorancia arriesgando el cuerpo con búsquedas íntimas dictadas por su sensibilidad o por sus aventuras al recorrer, como en este caso, las ruinas de una cultura antigua y medir la forma en que sobrevive. Alumno aplicado, Le Clézio opina poco y cuando lo hace incurre en las habituales chambonadas que dice un extranjero (Le Clézio en México o yo en China, da igual) cuando se siente impelido a interpretar, recurriendo a la guía mitológica, el país que visita. Relaciona Le Clézio, por ejemplo, al mito de Quetzalcoátl con las leyendas esparcidas en Morelos sobre el eterno regreso de Emiliano Zapata cuando sopla el viento. O mete en un mismo saco a Agustín Yáñez, a Gilberto Owen, a Octavio Paz y a Juan Rulfo, los agita y los saca en calidad de escritores modernos que mantienen en circulación el movimiento cíclico del tiempo prehispánico. Bastante poca cosa, francamente, en comparación con las obras de sus compatriotas Jacques Soustelle o Christian Duverger, dos de los grandes mexicanistas franceses.

El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido sostiene, como conclusión, que la destrucción inesperada y fatídica del mundo prehispánico privó a la humanidad de un surtidero filosófico que habría modificado el rumbo de Occidente, como lo hicieron el budismo y el taoísmo. El dictamen puede ser discutible pero si el lector lo comparte buscará en vano en Le Clézio alguna lección de filosofía comparada que lo respalde y acabará releyendo, en busca de algo más nutritivo, a la fuente del francés, los libros clásicos de Miguel León–Portilla. Más fecunda es una contradicción en la que Le Clézio incurre a cada rato: subraya el carácter renacentista de la empresa de Cortés –visión que estudiosos más recientes rechazan alegando el carácter medieval de la Conquista– y a la vez dice, lo cual es interesante, que los españoles también venían de un mundo de magias y prodigios que los hacía contemporáneos de los aztecas.

Mayor miga tiene La conquista divina de Michoacán, que es otro resumen, ésta vez de la Relación de Michoacán (1530), atribuida al franciscano Jerónimo de Alcalá. Le Clézio trabajó ese texto junto con Francisco Miranda, su principal exégeta, en El Colegio de Michoacán, en los años ochenta. Lo mejor, en La conquista de Michoacán, es la respetuosa emoción con la que Le Clézio hace su glosa, comparando la narración de la edad de oro de Tariácuri con La Ilíada, la Epoyeya de Gilgamesh o la materia de Bretaña. En este caso, Le Clézio cumple mejor con su propósito didáctico y mucho se aprende, en pocas páginas, del reino tarasco, el menos conocido de los grandes reinos del México antiguo. Ese encuentro entre literatura y mito es lo que Le Clézio domina mejor, como ensayista, tal cual lo prueba su prólogo a El libro del Chilam Balam de Chumayel (1976), que José de la Colina tradujo para la revista Vuelta y que el lector puede consultar en la hemeroteca virtual que ofrece el portal de Letras Libres.

La obra de Le Clézio es muy vasta y debe de estar llena de rincones magníficos. Es un escritor que le ha dado a la literatura francesa un aire de mar que había perdido, colocándolo junto a escritores aventureros como Pierre Mac Orlan o Blaise Cendrars, poco leídos y que gracias a Le Clézio quizá leeremos más. Pero como intérprete de los mitos mesoamericanos y de su sobrevivencia entre los indios contemporáneos, a través del chamanismo, que es el tema que le seduce y al que no le entra de lleno en ninguno de sus dos libros, es poca cosa Le Clézio.

(Publicado previamente en el suplemento El ángel de Reforma)