El lugar más peligroso | Letras Libres
artículo no publicado

El lugar más peligroso

Según la encuesta mundial sobre los países más peligrosos para las mujeres de la Fundación Thomson Reuters estos lugares peligrosos son numerosos y vastos. Los resultados califican a Afganistán, Congo, Paquistán, India y Somalia como los cinco países más peligrosos para las mujeres.

“Sé que no debería decir esto… pero las mujeres deberían evitar vestirse como putas si no quieren ser violadas” fue la declaración del oficial canadiense Michael Sanguinetti durante una conferencia que daba sobre seguridad en Toronto, en enero pasado. La reacción a este comentario ya la conoce usted bien: en varias ciudades importantes del mundo se organizaron -y se siguen organizando- marchas ciudadanas en defensa de los derechos de las mujeres, en particular el derecho a vestirse y comportarse como a una le parezca sin por eso ser discriminada o violentada. Como se llamó a este movimiento La Marcha de las Putas, en diversos medios hubo que aclarar que no se trataba de una movilización de sexoservidoras sino de mujeres comunes que estaban hartas de la discriminación de género que han padecido. Pero aunque quienes convocaran hubieran sido prostitutas, la demanda hubiera seguido siendo la misma: “no” significa no y ninguna mujer debería ser agredida por el solo hecho de ser mujer o por lo que la “define”  como es ponerse una falda, usar tacones o usar maquillaje, o tener senos y caderas pronunciadas, o tener hijos.

Pregunte usted a cualquier mujer cómo definiría un lugar peligroso y la mayoría le contestará que es un lugar en donde pueda ser violada, sexualmente abusada y agredida. En muchos casos no se trata de un lugar concreto, geográficamente ubicable y por lo tanto preventivamente clausurable, no. Se trata de espacios simbólicos compartidos, de signos y códigos culturales que autorizan sin mayor resistencia el maltrato físico, la humillación, la discriminación, el aislamiento y la esclavitud de millones de mujeres en el mundo entero, en grados más o menos graves.

Según la encuesta mundial sobre los países más peligrosos para las mujeres de la Fundación Thomson Reuters, publicada en junio pasado, estos lugares peligrosos son numerosos y vastos. La encuesta mide el cumplimiento de los derechos de las mujeres en salud, derechos económicos, culturales, religiosos, sexuales, y uno tan básico como la posesión del propio cuerpo (tráfico y trata). Los resultados califican a Afganistán, Congo, Paquistán, India y Somalia como los cinco países más peligrosos para las mujeres. En ellos se practica desde la violación como arma de guerra (95% y 100% de las violaciones en el Congo y Somalia respectivamente) hasta los “ataques con ácido” (se desfigura el rostro con ácido como castigo, en la India y en Afganistán principalmente), el asesinato por honor (ser violada es un deshonor para toda la familia y no solo para la víctima, por lo que en general esta muere a manos de su padre y/o hermanos), la mutilación de los órganos genitales, la esclavitud doméstica, el matrimonio infantil, la lapidación o la mutilación de alguna parte del cuerpo. En el Congo se registran 1150 violaciones al día, una cifra absolutamente aberrante y terrorífica que ilustra muy bien el tipo de agresión al que son sometidas las mujeres. Aunque los hombres sufren también agresiones gravísimas en contextos de guerra y recientemente han salido a la luz las agresiones sexuales que también han padecido y que no han podido denunciar debido a la incomprensión generalizada de este problema. El subregistro de violaciones es muy importante y empieza con la sola definición de violación -que es diferente para cada legislación nacional- y que la mayoría de las veces se describe como la penetración de un pene o un objeto en una vagina sin previo consentimiento. Por eso la violación a hombres, a niños y niñas, o entre homosexuales casi nunca es registrada como tal, y mucho menos lo son las agresiones sexuales en matrimonios o en el seno familiar. Sobra decir que en lugares donde la violación es aceptada y aceptable para los gobiernos, la exclusión de las mujeres de los servicios más esenciales como los de salud, de educación, o de justicia va generalmente implícita.

La impunidad en delitos sexuales no solo reproduce las inequidades de género sino de raza, etnia y clase. En México, en los últimos quince años, el número de delitos contra mujeres ha incrementado tanto y en forma tan violenta que se habla ya de feminicidio. Pero los feminicidios no solo han puesto en evidencia la impunidad de la que disfrutan perpetradores y autoridades cómplices sino también la vulnerabilidad que adolecen algunas mexicanas en comparación con otras. Una sentencia emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos respecto de tres asesinatos ocurridos en Chihuahua alude a la diferente reacción y tratamiento de las autoridades en caso de desaparición de mujeres según sus características socioculturales. El Protocolo Alba, un mecanismo de atención, reacción y coordinación entre autoridades de los tres ámbitos de gobierno en caso de extravío de mujeres y niñas en Ciudad Juárez es calificado por la Corte como relativamente exitoso cuando el criterio de “Alto Riesgo” ha sido considerado. Las desapariciones de “Alto Riesgo” sin embargo corresponden a desapariciones de mujeres que no tuvieran “motivos para abandonar el hogar” (como tener que ir a trabajar), que fueran “niñas” o “jóvenes con una rutina estable” (como no salir de fiesta, tener novio o “andar de voladas” según los propios agentes policiales encargados de las investigaciones). En la Sentencia se registra (p. 127) que los representantes de las víctimas demandaron la revisión de los criterios para clasificar las desapariciones en Cd. Juárez ya que los consideraron como “no claros ni objetivos, y (con) criterios discriminatorios”. En el estado de Hidalgo, en 2010, una niña menor de catorce años fue víctima de violación tumultuaria y después fue insultada y tratada de “mentirosa” y de “india mugrosa” por las autoridades que prefirieron defender a los perpetradores antes que a ella. Este caso ha despertado el interés de defensores de derechos humanos y periodistas pero, en definitiva, no es el primera ni la última vez que una persona -debido precisamente a su condición vulnerable, de pobreza, de raza, de edad y de género- se ve expuesta a situaciones peligrosas y traumáticas para sí, y en general poco costosas para sus victimarios o los defensores de sus victimarios.

Así que el lugar más peligroso para las mujeres no es uno geográficamente delimitado sino uno que se encuentra en el pensamiento machista de hombres y mujeres por igual y que se reproduce casi en forma inadvertida y en todos los niveles. Tan espeluznante es la nota roja sobre la “Chica Emo violada y asesinada” en el Distrito Federal de año pasado, como el hecho de reparar que tal nota fue publicada bajo la sección “ocio” de un foro de “curiosidades” en la página web de una comunidad de videojuegos. La desigualdad de género y la mentalidad que subyace en estas atrocidades da fundamento para el maltrato, opresión, esclavitud y abuso de millones de personas en el mundo; se constituye en un eje adicional de exclusión social además de la pobreza, la falta de educación, la raza y la edad; da pie a la aplicación injusta y parcial de la ley; abre espacios de impunidad; y niega una vida digna no solo a mujeres y niñas sino a familias y comunidades. Combatir esta desigualdad contribuye mucho más a la paz mundial de lo que podría pensarse.