El llamado del escritor | Letras Libres
artículo no publicado

El llamado del escritor

El discurso de la invitación es solo una de las muchas mitologías en las que se basa y articula el campo literario. 

TRABAJO

1. Actividad remunerada que los escritores sin beca necesitan para sobrevivir.

2.  Lo que haces por obligación, a diferencia de escribir tus novelas.

3. Actividad remunerada que, debido al llamado de la literatura, se desdeña públicamente, pero se busca en privado.

***

Después de compartir la columna semanal, una de las actividades frecuentes en el medio literario consiste en presumir que tal o cual publicación te ha invitado a formar parte de sus colaboradores:

“Muy orgulloso y agradecido de que (suplemento o publicación cultural) me haya invitado a colaborar en este número dedicado a la niñez de Fernando del Paso.”

Esta anomalía sucede, hasta donde sé, únicamente en el mundo del arte y las comunicaciones (donde primero hay que acumular capital simbólico para después acumular capital económico) y consiste en esconder, confundir o hacer pasar una relación laboral por una cortesía. Nadie dice, por ejemplo:

“Muy orgulloso y agradecido de que el señor Martínez me haya invitado a manejar su taxi”

O:

“La familia López me ha invitado a limpiar su casa dos veces por semana”

Y nadie lo dice porque las relaciones de explotación laboral son claras y están, por desgracia, perfectamente asumidas.  Así como todavía hay gente que cree que el trabajo dignifica y que la pobreza existe porque a las personas no les gusta trabajar, también hay muchos otros que defienden la idea de una clase letrada superior, impermeable al mundo, que se maneja según sus propias reglas.

Invitar a alguien a publicar, entonces, es el eufemismo perfecto para las editoriales que sólo pagan un miserable porcentaje en regalías; o para revistas que, en lugar de autores, tienen colaboradores que no cobran. Del lado contrario, al concebir sus textos como el resultado de una invitación, el escritor se asegura de: 1) perpetuar la idea del acceso restringido al mundo cultural; 2) mostrarse como uno de esos elegidos; 3) alabar el medio cultural que lo ha publicado; y 4) auto-promocionarse mediante todas las anteriores.

Este discurso es sospechosamente parecido al del político que agradece a la nación por haberlo elegido como representante popular, y al del empresario que, en la fiesta de navidad, agradece a sus empleados con un caluroso aplauso por el trabajo de equipo hecho durante todo el año: en todos los casos se trata de maquillar relaciones jerárquicas y espacios de privilegio.

El discurso de la invitación es sólo una de las muchas mitologías en las que se basa y articula el campo literario. Es difícil encontrar escritores que sientan cómodos fuera del espacio normado por las reglas del arte, en especial porque si están cómodos significa que no quieren que los estemos buscando. Como están las cosas, las opciones se miran mejor desde los extremos. De un lado, el escritor profesional, satirizado con frecuencia por su concepción de sí mismo como marca, y de la literatura –y actividades alrededor– como su forma de vida. Del otro, a falta de un mejor nombre, el escritor literario, que concibe la literatura como fin, no como medio, pero que igual participa de estos rituales de la clase artística con cierto aire de superioridad.

Recuerdo a una escritora que aprovechaba todas las oportunidades para negarse a reproducir este tipo de lugares comunes. Frente a la frecuente pregunta sobre su vocación –“¿Y usted cuándo decidió que quería ser escritora?”–, que puesta frente a la mayoría de los escritores termina siempre en exageraciones o cursilerías, ella solía responder:

“¿Y usted cuándo decidió que no quería ser escritor?”.

En su conferencia "El escritor como productor", Walter Benjamin se preguntaba sobre la posición de las obras dentro de las relaciones de producción de su época; para él, ésta era una manera de proponer el estudio de la técnica literaria por encima, pero también en relación con, de la tendencia política de los escritores. Hoy, cuando al parecer se trata de esconder cualquier cosa parecida a una tendencia política y a eliminar la reflexión sobre las relaciones de producción con la obra, lo que le queda al escritor es actuar como Benito, el protagonista del cómic que ilustra esta entrada, adecuando y normalizando su personalidad pública de manera que se elimine cualquier tipo de disidencia.