El lado B de la materia | Letras Libres
artículo no publicado

El lado B de la materia

Una reseña de la más reciente puesta en escena de Alberto Villareal 

En El lado B de la materia, Alberto Villareal –autor de la obra y director de la puesta en escena– hace un guiño para acceder al teatro por la entrada inversa. Acaso para revelar sus costuras o para presenciar el ejercicio ensayístico de un dramaturgo que juega hábilmente con los códigos de representación que lo fomentan.

La inversión puede apreciarse desde el inicio, cuando se invita al espectador a formar parte del escenario y se le presentan diversas escenas simultáneas que atrapan por su composición plástica y sonora. Un tono particular se define en la temática del texto y en la composición escénica; así, el mecanismo de un juego por demás complejo. Un falso eje narrativo –la historia de una asesina serial que recibe un trasplante de corazón de un oso polar en cautiverio– da pie, en esta obra, a la exposición de datos duros, consejos populares, confesiones de entes inciertos, óperas pop interpretadas por tiburones y reflexiones filosóficas que giran principalmente en torno al lado más despreciado de la materia: la mierda.

Al prescindir de la hegemonía narrativa a la que nos tiene acostumbrados el “teatro de las grandes capitales del mundo”–una frase sobre la que el texto mismo hace constante mofa–, el director ha podido construir hábilmente la tensión dramática de esta obra mediante cuadros que suceden al mismo tiempo. Al disparar la atención hacia múltiples estímulos, Villarreal logra un afortunado vértigo sensorial que compensa la falta de una historia.

El efecto depende en gran medida de las capacidades y los recursos de cada uno de los actores, quienes llevan al límite la expresión de emociones para las que no existen causas identificables. Lloran, moquean, gritan y someten sus cuerpos a acciones exhaustivas. Un “museo de las emociones” es la propuesta de Villarreal. De esta colección de animales escénicos destacan Adriana Butoi, Bernardo Gamboa y Renán Santos, que –una vez que han renunciado a conformar eso que conocemos como “personajes”– se asumen como emisores complejos y emotivos de los diversos conceptos que aborda el texto. El reto actoral toma desde esta perspectiva una conciencia lúdica y en el proceso de despersonalización del actor nos deja más que una historia, frases interesantes que permanecen en la memoria.

El riesgo y la novedad del trabajo de Alberto Villarreal es que establece un código propio e invita a los espectadores a formar parte de un juego en el que se puede ser cómplice o mero testigo. La diferencia radicará principalmente en nuestra capacidad de dejarnos llevar sensorialmente en este mundo de ideas y en el soporte que puedan aportar nuestros referentes externos, pues sin duda el director y dramaturgo apela a un amplio conocimiento por parte de su espectador que no solamente implica a las artes escénicas, sino también al arte contemporáneo en general.

Sobresale la colaboración del reconocido escenógrafo e iluminador Alejandro Luna, quien ha logrado un trabajo acorde al discurso del joven director. Al invertir la posición del espectador respecto al escenario, director y escenógrafo toman el patio de butacas como un lienzo gigantesco en el que se exponen cuadros de gran belleza plástica, cuyo efecto es sumarse al discurso sobre el desmontaje de la representación al que alude esta obra. Así, el trabajo escenográfico está diseñado para mostrarnos las entrañas de la maquinaria teatral en una forma altamente atractiva y de gran complejidad estética.

En su énfasis por señalar el simulacro permanente que se lleva a cabo dentro de los escenarios y en control de sus propias reglas, Villarreal se da al capricho de replegar la representación y centrarse en las referencias. Tal es el caso de la lograda escena en la que la joven actriz Tania ángeles Begún se mete un pedazo de mierda a la boca, una acción que ha sido despojada de su usual carga escatológica, pues el director nos ha advertido ya de la capacidad que posee el teatro para hacer pasar las verdades como mentiras. Esta aportación resulta por demás hilarante, aunque el efecto de desagrado persiste en algunos miembros del público. Algunos abandonaron la sala. No habría que culparlos: El lado B de la materia presenta una apuesta por la deseducación de las formas teatrales conocidas.

En definitiva,esta obra posee valores atractivos y muy propios que la hacen resaltar dentro del panorama teatral mexicano actual, tanto por su búsqueda de un lenguaje autónomo escénico como por varios de sus caprichos.

No es de sorprender que en El lado B de la materiano existan los aplausos y no es porque el público se niegue a dar semejante gratificación, sino que al final se nos deja a solas con las butacas mirándonos inquisitivamente de vuelta.

Como dramaturgo y director, Alberto Villarreal es un creador inteligente y hábil que suele prescindir de los códigos habituales, pues se sabe en condición de asumir riesgos para dar paso a la construcción de una retórica escénica compleja en la que el espectador no puede quedar indemne. 


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